8. LO QUE VIKTORIA SABÍA #2
—Ha cambiado de manos y no hay papeles. No hay transmisión, no hay pólizas, no hay manifiestos.
Faltan once meses en tres archivos distintos de tres países distintos.
—Esteban no se movió de la puerta—. Y en Trieste hay un hombre que llevaba veinte años tratando con el propietario y no consigue acordarse de cómo se llamaba.
Ella lo escuchó entera, sin interrumpir, con las manos quietas.
—¿Ha terminado?
—No. En diciembre usted me preguntó por él. Fue la única pregunta de aquella noche que me hizo de verdad, la única cuya respuesta no tenía. Le dije que había dicho que no. —Tragó saliva—. Y usted contestó “ya”.
—Sí.
—¿Sabe lo que pasó?
—Sí —dijo Viktoria.
Lo dijo inmediatamente, sin una décima de vacilación, y aquello lo descolocó más que cualquier evasiva.
—Cuéntemelo.
—No.
Esteban se quedó parado.
—¿Por qué no?
—Podría decirle que no lo sé. —Rodeó la mesa baja despacio—.
Piénselo un momento: sería facilísimo. Usted no tiene manera de comprobarlo.
Se iría de aquí esta noche tranquilo y no volveríamos a hablar del asunto nunca más.
—Se detuvo a dos metros—. No se lo digo porque a usted le sirve más que se lo niegue.
—Eso no significa nada.
—Significa todo. Le estoy enseñando la única cosa importante de este oficio y usted la está mirando sin verla.
—Ladeó apenas la cabeza—. Yo no le miento.
Nunca. Ni a usted ni a nadie con quien vaya a trabajar dos veces.
La mentira es de gente pobre: se gasta una vez y después ya no vale nada, porque el que la descubre no vuelve.
Yo le digo que sí lo sé y le digo que no se lo voy a contar.
Es más caro, ¿verdad? Le duele más. —Se encogió mínimamente de hombros—.
Y en veinte años usted seguirá sabiendo que todo lo que le diga esta mujer es cierto. Eso vale más que un negocio.
—Quiero saberlo.
—Ya lo sé.
—Estuve allí —dijo Esteban, y se le quebró un poco la voz al final, cosa que lo humilló—. Yo estuve en esa carretera.
Viktoria se quedó muy quieta.
Fue medio segundo. La cara no le cambió, las manos no se le movieron, pero se quedó quieta de una manera distinta, y Esteban, que llevaba tres años leyendo a gente y seis meses aprendiendo a leerla a ella, lo vio.
—Ya lo sé —dijo ella otra vez, en un tono ligeramente distinto—. Quítese el abrigo.
—Quiero una respuesta.
—Y yo quiero que se quite el abrigo —dijo Viktoria—. Uno de los dos va a conseguir lo que quiere esta noche. Piense cuál, y piénselo rápido, porque no lo voy a repetir.
Esteban se lo quitó. Ella señaló el respaldo con dos dedos y él lo dejó ahí, doblado, y se quedó de pie en mitad de la habitación con las manos vacías y la pregunta atravesada en la garganta.
—Otra vez. ¿Por qué no me lo cuenta?
—Al dormitorio.
—Le he hecho una pregunta.
—Sí. —Ella ya iba hacia el pasillo, sin volverse—. Y va a seguir haciéndomela un rato. No me molesta.
Fue detrás. Se odió mientras lo hacía y fue detrás.
En el dormitorio ella encendió solo la lámpara del rincón, la que dejaba media habitación en penumbra, y abrió el cajón alto de la cómoda.
Sacó dos tiras de seda gruesa, de las de forrar el interior de un abrigo, cortadas a la misma medida. Las dejó sobre la colcha.
Después sacó otra cosa.
Era una fusta corta, de las de montar, de caña negra y empuñadura de cuero trenzado, con la pala rectangular al final, gastada por el uso. No la dejó sobre la cama: la dejó sobre la cómoda, a la vista, y no dijo una palabra sobre ella.
Esteban miró las dos cosas por turno.
—¿Eso qué es?
—Es una pregunta mejor que la otra. —Se volvió hacia él—. Desnúdese.
Lo hizo. Cuando terminó, ella se le acercó y le pasó una mano abierta por el pecho, por el estómago, hacia abajo, y comprobó con total naturalidad lo que ya sabía: que estaba duro desde el pasillo, desde antes de ver la seda, probablemente desde el momento en que había dicho quítese el abrigo con aquel tono.
—Bien —dijo, y volvió a hacerle lo mismo que aquella palabra le hacía siempre.
—No he dicho que sí.
—No he preguntado. —Tomó una de las tiras y se la enseñó sostenida entre las dos manos, a la altura de sus ojos—.
Se lo explico una vez, y una vez es lo que le voy a explicar cualquier cosa a partir de hoy.
Voy a atarle las manos al cabecero. Cuando estén atadas, usted no puede tocarme, no puede taparse, no puede acelerar nada y no puede terminar.
Todo lo que pase en las próximas dos horas lo decido yo.
Absolutamente todo, incluido si termina o si le mando a su casa como está.
—¿Y la pregunta?
—La pregunta puede hacerla las veces que quiera. Esa sí. —Le acercó la seda a la muñeca izquierda sin llegar a tocarlo—. La palabra para parar es Marsella. Si la dice, esto se acaba en dos segundos, y no pasa nada, ni esta noche ni nunca. No la use para negociar. No funciona dos veces.
—¿Y la fusta?
Viktoria giró la cabeza hacia la cómoda, como si acabara de reparar en ella.
—La fusta no es para hacerle daño —dijo—. Es para que no tengamos que discutir.
Le ató la izquierda primero. Tres vueltas, un nudo plano contra el barrote, dos dedos de holgura entre la seda y la piel. Le hizo cerrar y abrir la mano dos veces para comprobar que le llegaba bien la sangre. La derecha igual. Ni una palabra en todo el proceso.
Después se apartó, tomó la fusta de la cómoda y se sentó en el borde de la cama con ella en el regazo.
Y lo miró.
Lo miró un rato absurdamente largo, sin tocarlo.
Esteban, tumbado boca arriba con los brazos estirados y las muñecas sujetas y el cuerpo entero expuesto en una habitación en penumbra, sintió cómo se le calentaba la cara y cómo se le ponía todavía más dura sin que nadie hubiera hecho absolutamente nada.
—Las piernas —dijo ella—. Ábralas.
—Están abiertas.
Viktoria levantó la fusta y le tocó con la pala en el interior del muslo izquierdo. No fue un golpe: fue un contacto, frío, seco, un empujón lateral de dos centímetros.
—Más.
Esteban las abrió más.
—Ahí. Si se cierran, lo corrijo. —Apoyó la pala en el mismo sitio, quieta—. Y le va a resultar dificilísimo mantenerlas así dentro de un rato. El cuerpo se cierra cuando le quitan una cosa. Es lo primero que hace.
—¿Y si se cierran?
—Se lo acabo de decir. —Deslizó la pala muslo arriba, muy lentamente, con una presión mínima, hasta el pliegue de la ingle, y ahí se detuvo—. Ahora hágame la pregunta.
Esteban tragó saliva.
—¿Qué pasó en el Adriático?
—No se lo voy a contar —dijo Viktoria, y le puso la mano encima.
Fue una descarga. Llevaba quince minutos sin que lo tocaran, y el contacto le arrancó un sonido por la nariz. Ella lo tomó con la mano entera, cerrando los dedos, y empezó a moverla despacio, apretando en la subida, sin ninguna prisa, sin dejar de mirarle la cara.
—Otra vez.
—¿Qué pasó?
—No se lo voy a contar.
La primera vez tardó cuatro minutos.
Ella lo notó antes que él: el estómago que se cierra, los tendones del cuello, el cambio en la respiración. Apartó la mano y la dejó suspendida a un centímetro, sin tocar nada.
Esteban se quedó a mitad de camino, con todo el cuerpo tensado hacia arriba, hacia una mano que ya no estaba.
—Respire.
—No pare.
—Respire —repitió, con una neutralidad absoluta—. Cuente hasta veinte. En voz alta.
—Viktoria…
Ella le apoyó la pala de la fusta en el estómago, plana, y esperó.
—Uno —dijo Esteban, con los dientes apretados—. Dos. Tres.
Contó hasta veinte. Cuando terminó, ella volvió a empezar desde el principio, con la misma lentitud del primer minuto, y él comprendió, con un desaliento físico que le llegó hasta la garganta, que aquello iba a ocurrir otra vez.
La segunda vez tardó tres minutos, porque ya estaba caliente.
La tercera, dos.
A la cuarta, ella cambió de método. Se lo tomó con la boca y se lo tragó entero de una sola vez, hasta el fondo, y se quedó ahí unos segundos, y después empezó a subir y bajar, hondo, sin acelerar nunca, con las dos manos apoyadas en la parte alta de sus muslos para impedirle empujar.
Esteban tiró de la seda por primera vez. No pudo mover las manos ni tres centímetros. Se le cerraron las rodillas por puro reflejo.
Viktoria se apartó al instante. Tomó la fusta y le dio en el interior del muslo derecho.
Fue un golpe corto, de muñeca, sin fuerza de brazo, y sonó mucho más de lo que dolió: un chasquido seco en una habitación en silencio. Le dejó una franja caliente en la piel.
—Le he dicho abiertas.
—Perdón.
—No me pida perdón. Ábralas.
Las abrió. Ella esperó tres segundos, comprobó, volvió a bajar la cabeza.
Perdió la cuenta a partir de la sexta.
Se lo hizo con la mano seca. Se lo hizo con la mano aceitada, muy despacio, apretando y soltando y volviendo a apretar, sentada a su lado con la misma compostura con la que se sienta alguien a leer.
Se lo hizo con la boca dos veces más. Y cada una de esas veces lo llevó hasta el punto exacto en que la cosa deja de ser reversible, y cada una de esas veces retiró la mano o la boca un segundo antes, y esperó a que bajara, y volvió a empezar.
Empezó a aprenderse las señales de que iba a parar —el ritmo que se rompe, los dedos que aflojan— con una precisión desesperada, y saberlo no le sirvió absolutamente de nada. El cuerpo no aprende. El cuerpo cree cada vez.
A la octava se le escapó una súplica.
—Por favor.
Viktoria se detuvo.
—¿Por favor qué?
—Déjeme.
—No. —Le pasó una uña por el interior del muslo, lentamente, por la franja que había dejado la fusta—.
Mírese. Lleva usted cincuenta minutos goteando en su propio estómago.
¿Sabe lo que es eso? Es su cuerpo convencido, ocho veces seguidas, de que esto va a terminar.
Ocho veces se ha preparado entero. Ocho veces le he mentido sin decir una palabra.
—Le tocó con dos dedos, resbaladizo, y él se arqueó—. Así se hace. No con amenazas. Así.
Se lo trabajó rápido, brutalmente rápido, ocho o diez segundos, y lo soltó de golpe cuando ya estaba en el borde.