Esteban, El Origen del Dominio (Umbrella: El Imperio de la Obediencia nº 3) 8. LO QUE VIKTORIA SABÍA
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8. LO QUE VIKTORIA SABÍA

Viktor Reinhardt tenía treinta y dos años, un despacho de tres metros por cuatro en la rue du Rhône y la costumbre de mirar el reloj cuando alguien llegaba puntual, para comprobar que efectivamente lo era.

—Nueve en punto —dijo el primer lunes, sin levantarse—. Bien. La semana que viene, ocho y media.

—Habíamos quedado a las nueve.

—Habíamos quedado a las nueve esta semana.

No le cayó bien. No le cayó bien en marzo, ni en abril, ni en ninguno de los seis meses siguientes, y años más tarde, cuando ya se hubieran repartido medio continente sentados a la misma mesa, seguiría sin caerle bien, cosa que a ninguno de los dos le pareció nunca un problema.

Era un hombre sin gracia. No contaba nada, no bebía, no preguntaba por la vida de nadie, no había hecho una broma en su vida y desconfiaba profundamente de los que las hacían.

Trabajaba para un consorcio de rutas del este con capital de Fráncfort, y hacía el trabajo del modo en que un relojero limpia una máquina: pieza a pieza, en orden, sin saltarse una sola por evidente que fuera.

Le enseñó todo lo que Esteban no sabía.

Le enseñó qué es un conocimiento de embarque y por qué el papel importa más que la carga.

Le enseñó cómo un buque cambia de pabellón en cuarenta y ocho horas y qué queda escrito cuando eso pasa.

Le enseñó lo que es un banco corresponsal, que era la pregunta con la que Viktoria lo había desmontado en diciembre, y resultó ser algo tan simple y tan aburrido que Esteban se sintió estúpido durante una tarde entera.

Le enseñó que en aquel negocio no hay secretos: hay papeles, y los papeles están en sitios, y el trabajo consiste en saber en qué sitio.

—Todo deja rastro —dijo Reinhardt una mañana de mayo, sin ningún énfasis, mientras señalaba una carpeta con el nudillo—.

Todo. Una carga que se mueve, un seguro que se firma, una sociedad que cambia de manos.

Puede tardarse seis meses en encontrarlo, puede costar dinero, pero está. Un negocio sin rastro no existe.

Esteban lo apuntó en la cabeza, en el archivo silencioso, sin darle mayor importancia.

Lo iba a necesitar cuatro meses después.

Aprendió deprisa. Demasiado deprisa, para el gusto del alemán.

En junio ya corregía facturas de flete de memoria.

En julio encontró un error en una liquidación de tres años atrás que dos auditores habían pasado por alto, y Reinhardt se pasó el resto del día de un humor de perros, sin decir una palabra al respecto, hasta que a las siete de la tarde, poniéndose el abrigo, soltó:

—Usted no ha estudiado nada de esto.

—No.

—Ya. —Se abrochó el último botón—. El jueves traiga las pólizas del Adriático. Las de los tres últimos años.

Esteban levantó la vista.

Fue la primera vez que oyó esa palabra desde diciembre, y le llegó desde un ángulo del que no la esperaba, dicha por un hombre sin doblez ninguna, como quien pide un expediente cualquiera.

—¿Del Adriático?

—Rutas del este —dijo Reinhardt, con el tono de quien explica algo por segunda vez a alguien más lento—. Es a lo que nos dedicamos. Buenas noches.

Iba a Ginebra cada quince días, y después ya no hubo que ir a ninguna parte, porque en mayo se instaló en la ciudad.

Vivía en dos habitaciones en la orilla equivocada, trabajaba once horas y subía al piso del cuarto cuando ella lo llamaba, que era irregular: dos veces en una semana, ninguna en tres.

En aquella casa seguía sin decidir nada.

Ni la hora, ni la ropa, ni lo que se hacía, ni cuándo se acababa.

Salía de ahí a las dos o a las cinco de la mañana según lo que ella dispusiera, bajaba en el ascensor de rejilla que había que cerrar a mano y caminaba de vuelta por el muelle sin pensar en nada, con la cabeza limpia como después de una fiebre.

Dejó de contar los días entre una vez y la siguiente en algún momento de junio. No fue una decisión: descubrió una mañana que ya no lo hacía, y que había dejado de hacerlo porque contarlos le hacía daño.

También descubrió que no había vuelto a mirar a ninguna otra mujer, y no por la condición que ella le había puesto —esa la habría podido incumplir sin que nadie se enterara—, sino porque le habían quitado el interés.

Todo lo demás le parecía ahora, exactamente, lo que le había parecido aquel cuarto sobre el callejón de Marsella: gimnasia.

La noticia llegó de lado, como llegan las que importan.

Fue en una comida de trabajo de septiembre, un almuerzo largo con gente del consorcio y dos corredores de Trieste, en un restaurante de la orilla derecha con manteles blancos y camareros que Esteban miraba de otra manera desde marzo.

Se hablaba de tarifas. Alguien mencionó de pasada que en el Adriático se había ordenado bastante el asunto, que ahora aquello lo llevaba un consorcio de tres, que se trabajaba mejor.

Esteban dejó el tenedor.

—Antes lo tenía un hombre solo —dijo.

—Sí.

—¿Y ya no?

—Ya no. —El corredor se encogió de hombros, con la boca llena—. Ahora es de un grupo. Es mejor así, hay menos capricho.

—¿Le pasó algo?

—¿A quién?

—Al que la tenía.

El corredor se quedó pensando un momento, con esa cara vaga del que intenta recordar el nombre de un actor.

—Nada, que yo sepa. Se retiró, o vendió, o se cansó. —Tomó el pan—. Esas cosas pasan continuamente.

Y ahí se acabó la conversación, porque el de al lado empezó a hablar de un problema con una grúa en Rijeka.

Esteban comió el resto de la comida en silencio, con una atención especial, escuchando.

Nadie sabía nada. Esa fue la anomalía, y era enorme.

Aquella mesa la formaban seis hombres cuyo oficio consistía en saber cosas antes que los demás, hombres que en veinte minutos habían chismorreado sobre un divorcio en Amberes, sobre una deuda de juego de un naviero griego y sobre quién iba a quedarse con una consignataria de Bari.

Un negocio entero había cambiado de manos en la costa dálmata y ninguno de los seis tenía una versión, ni una sospecha, ni una maledicencia.

En su oficio todo el mundo sabe algo. Cuando nadie sabe nada, es porque alguien pagó para eso.

Se lo tomó como un problema técnico, que era la única manera que tenía de tomarse las cosas.

Empezó por lo fácil. Le preguntó a Reinhardt, con la mayor naturalidad, quiénes componían el consorcio de tres. Reinhardt se lo dijo sin ningún misterio: dos sociedades de Trieste y una tercera de la que no había oído hablar nunca, constituida el año anterior, con domicilio en Vaduz.

Después escribió a Marsella. No a Ferrand: a un corredor de la rue Sainte con el que había tratado veinte veces, un hombre hablador que le debía dos favores pequeños. Una carta corta, cortés, con una pregunta enterrada en el tercer párrafo.

No hubo respuesta. Ni a la primera carta ni a la segunda.

En octubre viajó a Trieste dos días por un asunto del consorcio y aprovechó para tomar café con uno de los corredores del almuerzo. Preguntó otra vez. El hombre, que era simpático y no tenía nada que ocultar, le contestó con una sinceridad desarmante:

—Amigo mío, yo llevo veinte años aquí y le juro que me acuerdo del sitio y no me acuerdo del hombre. Sé que había uno. Sé cómo funcionaba. Si me pregunta cómo se llamaba, tengo que pensarlo, y hace dos años se lo habría dicho de memoria.

Aquella frase le quitó el sueño más que ninguna otra cosa.

Lo último lo hizo bien, y lo hizo porque Viktor Reinhardt le había enseñado a hacerlo.

Todo deja rastro. Una carga que se mueve, un seguro que se firma, una sociedad que cambia de manos. Un negocio sin rastro no existe.

Se pasó tres sábados enteros en ello. Tenía acceso a los archivos del consorcio, tenía una excusa profesional impecable —estaba preparando un histórico de tarifas del este que nadie le había pedido pero que a Reinhardt le pareció excelente idea— y tenía el método.

Buscó la transmisión. No estaba.

Buscó una quiebra, un embargo, una liquidación. No había.

Buscó las pólizas: los seguros de la ruta, que se renovaban cada doce meses y que forzosamente tenían que registrar el cambio de tomador.

Encontró las del año anterior. Encontró las del año siguiente, a nombre del consorcio de tres.

En medio, donde tenía que haber doce meses de renovaciones, endosos, siniestros menores y correspondencia, había una carpeta con dos documentos administrativos sin ningún valor.

Buscó los manifiestos de tránsito. Diciembre estaba.

Enero estaba. Los once meses de en medio no estaban, y no faltaban con el desorden con que faltan las cosas en un archivo mal llevado —una carpeta traspapelada, unas hojas sueltas—, sino con una limpieza absoluta, como una escalera a la que le hubieran quitado un tramo entero.

Y no era el archivo de Ginebra. Comprobó dos referencias cruzadas con Trieste y con una compañía de seguros de Génova. Faltaba lo mismo.

Un negocio sin rastro no existe. Aquel había existido: él lo había visto con sus propios ojos, había estado en aquella carretera, había visto la casa desde arriba, había tomado un autobús a las cinco de la tarde.

Y sin embargo no había manera de demostrarlo, y si en aquel momento hubiera querido explicárselo a alguien, no habría tenido un solo papel en la mano.

Cerró la carpeta el tercer sábado, a las nueve de la noche, en un despacho vacío de la rue du Rhône, y se quedó ahí sentado un rato largo con una sensación nueva que tardó en identificar y que resultó ser, sencillamente, miedo.

Se lo preguntó el jueves, en su casa, que era el único sitio donde no debía preguntarlo.

Lo hizo nada más entrar, todavía con el abrigo puesto, sin sentarse, porque llevaba tres semanas sabiendo que si esperaba al momento adecuado no lo haría nunca.

—El Adriático.

Viktoria estaba junto a la mesa baja. Levantó la vista.

—¿Qué pasa con el Adriático?