Esteban, El Origen del Dominio (Umbrella: El Imperio de la Obediencia nº 3) 7. LA LECCIÓN INVERTIDA #3
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7. LA LECCIÓN INVERTIDA #3

Después empezó a moverse, y fue exactamente igual que todo lo demás: lento, medido, sin un cambio brusco.

Las caderas subiendo hasta casi soltarlo y bajando hasta el fondo, con esa rotación mínima al final que le arrancaba a él un sonido cada vez.

Los pechos pequeños moviéndose apenas. El pelo blanco suelto sobre los hombros, porque en algún momento se lo había soltado y él no la había visto hacerlo.

—Míreme —dijo, cuando él giró la cara.

Lo miró. Y sostener aquello —los ojos grises, sin fondo, absolutamente presentes, mientras el cuerpo entero se le contraía alrededor— resultó ser lo más difícil que le habían pedido en toda la noche.

—Todavía no —dijo ella—. No hasta que yo se lo diga.

—No voy a poder.

—Va a poder.

Y aguantó. No supo cómo, ni cuánto tiempo, y años más tarde seguiría sin saber cómo lo hizo: aguantó con las manos clavadas en el cabecero y los talones hundidos en el colchón, contando de veinte hacia atrás, mordiéndose la cara interna de la mejilla, mientras ella se movía encima de él con una lentitud implacable y le decía, tres veces, con toda la calma del mundo, todavía no.

Ella se corrió otra vez, encima, con las dos manos apoyadas en su pecho y la cabeza baja, y esa vez sí gimió, largo y grave, y le clavó las uñas.

Y solo cuando terminó, cuando levantó la cabeza y le buscó los ojos y él ya estaba temblando de una manera que no controlaba, dijo:

—Ahora.

Fue lo más violento que Esteban había sentido nunca. Se vació dentro de ella con la espalda arqueada del colchón, con un ruido que no reconoció como suyo, con las manos todavía arriba porque no se le ocurrió bajarlas, y siguió y siguió hasta que dejó de ver la habitación.

Ella se apartó al cabo de un rato, sin ceremonia, y se tumbó a su lado boca arriba.

Esteban se quedó mirando un techo desconocido con el pecho subiendo y bajando y el pelo pegado a la frente. Se le pasaron por la cabeza cuatro o cinco cosas seguidas, y una de ellas se quedó.

Desde abajo se ve todo.

Lo pensó con esas palabras, exactamente con esas, y por un momento le pareció una tontería de hombre saciado. Después lo miró bien y no lo era.

Durante tres años había leído a media Marsella desde una bandeja, y había podido hacerlo porque nadie mira al que sirve.

La posición del camarero era la mejor del tablero: se ve todo y no se es visto.

Acababa de pasar dos horas en la única posición que era todavía mejor que esa —de rodillas, con las manos atadas por una regla en vez de por una cuerda, sin poder decidir nada— y desde ahí había aprendido de aquella mujer más de lo que había aprendido en dos años de sala privada.

Porque el que está debajo tiene una sola tarea, y esa tarea es mirar. Mirar con una atención que el de arriba no puede permitirse, porque el de arriba está ocupado en sostener.

Ella no le había enseñado a mandar. Le había enseñado dónde se aprende.

—Ya lo ha pensado —dijo Viktoria a su lado, sin volverse.

—¿El qué?

—Lo que sea que acaba de pensar. Se le ha cambiado la respiración hace medio minuto. —Se incorporó sobre un codo y lo miró desde arriba, con el pelo blanco cayéndole por un hombro—. No me lo diga. Si es verdad, lo va a usar contra mí dentro de un año.

Se levantó y se puso una bata. Volvió con el vaso de agua de la otra habitación, bebió la mitad, le dio el resto. Fue la primera cosa que le concedió en toda la noche.

—Una condición —dijo, ya de pie junto a la ventana—. Mientras dure la instrucción, no hay nadie más. Ni en Ginebra, ni en Marsella, ni en un tren.

—¿Por usted?

—Por usted. —Miró el lago negro—. Esto solo funciona si no tiene dónde descansar. Si tiene una mujer fácil en algún sitio, va a ir ahí cada vez que yo le apriete, y va a volver conmigo con la mitad del hambre. Y entonces no aprende nada, y perdemos los dos el tiempo.

—De acuerdo.

—No diga “de acuerdo” tan rápido.

—No lo he dicho rápido —dijo Esteban—. Lo tenía decidido desde diciembre.

Ella no contestó a eso.

Se quedó ahí un rato, de espaldas, con las luces de la otra orilla temblando en el agua, y cuando volvió a hablar lo hizo en el tono con el que se cierra una reunión.

—El lunes a las nueve le espera un hombre en la rue du Rhône.

Se llama Reinhardt, es alemán, tiene treinta y dos años y trabaja para un consorcio de rutas del este.

No le va a caer bien y le va a enseñar en seis meses todo lo que hay que saber sobre pabellones y conocimientos de embarque.

—Se ajustó el cinturón de la bata—. Vaya con esos zapatos.

Aquella misma semana, a novecientos kilómetros de allí, Marcel Ferrand cenó solo en el reservado del Panier y después se reunió durante veinte minutos con dos hombres a los que nadie había visto antes en Marsella.

No se levantó acta. No hubo papeles. No quedó constancia de nada, porque el patrón del Palatine llevaba treinta años sin escribir una sola línea, y porque a partir de aquella primavera hubo además otras personas, mucho más arriba y mucho mejor pagadas, interesadas en que aquellos meses no figuraran en ninguna parte.