7. LA LECCIÓN INVERTIDA #2
La segunda fue con la boca. Se arrodilló delante de él en la alfombra clara, sin ninguna de las señales que Esteban asociaba a aquello —ni prisa, ni entrega, ni intención de complacer—, y lo tomó entero y muy despacio, con una técnica exacta, hasta el fondo, sosteniéndolo ahí unos segundos que a él le parecieron una eternidad, y después empezó un movimiento lento y profundo mientras le sujetaba las caderas con las dos manos para impedirle acompañar.
Esteban miró hacia abajo y vio el pelo blanco moviéndose, la boca cerrada alrededor, los ojos levantados hacia él, absolutamente serenos, y esa serenidad —el hecho de que ella no estuviera perdida en absoluto, de que estuviera trabajando con el mismo control con el que hablaba en un salón— casi lo acabó ahí mismo.
Ella lo notó por el pulso de la mano, se apartó y esperó a que bajara.
La tercera lo dejó al borde y lo mantuvo, con dos dedos, un minuto entero.
Y cuando por fin lo soltó, Esteban tenía la mandíbula agarrotada, los brazos temblando de la fuerza con que se estaba sujetando las manos a la espalda, y una lucidez brutal, insoportable, de una limpieza que no había sentido nunca.
Ella se puso de pie y le habló muy cerca de la boca, sin tocarla.
—¿Lo entiende ahora?
—No.
—El que controla no es el que se mueve —dijo—. Llevo diez minutos sin moverme apenas. Usted lleva diez minutos entero para mí. —Le pasó el dorso de la mano por la mandíbula—. Ferrand se mueve todo el rato. Por eso pierde.
—Desnúdeme —dijo entonces—. Puede usar las manos. Solo para eso.
Esteban las despegó de la espalda y le costó, porque tenía los hombros agarrotados de sostener aquella postura. Le buscó los botones del vestido gris a la altura del costado, y se dio cuenta de que le temblaban los dedos, y de que ella lo estaba viendo y no pensaba ayudarle.
Tardó. Se lo bajó por los hombros, por la cintura, y ella levantó un pie y luego el otro para salir de la lana.
Debajo llevaba ropa clara de seda, muy poca, sin encaje.
Tenía treinta y cuatro años y el cuerpo de una mujer que nada tres veces por semana en una piscina cubierta: hombros firmes, cintura marcada, muslos largos y sólidos, la piel muy blanca del norte, con esa translucidez en la que se ven las venas azules del interior de los brazos.
Los pechos eran pequeños y altos, con los pezones pálidos y ya endurecidos, y aquello —la única prueba en toda la noche de que a ella también le estaba pasando algo— le produjo a Esteban una satisfacción desproporcionada.
Le desabrochó lo de arriba. Ella dejó caer los tirantes. Le deslizó lo de abajo por las caderas, arrodillándose sin que se lo hubieran mandado, y ella lo dejó hacer.
Estaba completamente depilada, y estaba mojada; se le veía brillar la piel en el interior de los muslos, y el olor le llegó de golpe, limpio y caliente, y Esteban se quedó ahí de rodillas a diez centímetros con la boca abierta y las manos en el aire, sin permiso.
—Todavía no —dijo ella desde arriba.
—Por favor.
Fue la primera vez que dijo esas dos palabras en su vida adulta, y las oyó salir de su propia boca con una especie de asombro remoto.
Viktoria le puso una mano en el pelo. No lo apartó ni lo acercó: se la dejó ahí, quieta, cerrando un poco los dedos, y lo tuvo así diez o quince segundos larguísimos.
—Ahora —dijo.
Se sentó en el borde del sillón y abrió las piernas, y no lo hizo de la manera en que lo hacen las mujeres que se ofrecen, sino de la manera en que un hombre coloca una carpeta sobre una mesa.
—Despacio. Sin manos.
Esteban obedeció.
Aprendió más en veinte minutos que en cinco años.
Aprendió que ella no daba instrucciones habladas, sino que respondía: cuando iba bien, la mano del pelo se aflojaba; cuando se aceleraba por su cuenta, los dedos se cerraban hasta hacerle daño y lo frenaban.
Aprendió a leerla como había aprendido a leer a los hombres de una mesa, con la diferencia de que aquí no había ningún premio por acertar: el premio era que le dejaran seguir.
—Más arriba. Ahí. No se mueva de ahí.
Aprendió el ritmo. Aprendió a no cambiar cuando ella empezó a respirar distinto, que era exactamente lo que su instinto le pedía.
Aprendió que la primera vez que se le tensaron los muslos alrededor de la cabeza no era el final, sino un aviso, y que si hubiera acelerado en ese punto lo habría estropeado todo.
Ella se corrió con un solo sonido, corto y hondo, y con la mano cerrada en su pelo tan fuerte que a Esteban se le llenaron los ojos de agua.
No arqueó la espalda ni gritó ni dijo su nombre.
Lo mantuvo ahí, sin dejarle apartarse, quince o veinte segundos después, mientras las contracciones se iban espaciando y él seguía trabajando cada vez más suave hasta que la mano lo soltó.
Después le apartó la cara con dos dedos en la frente.
—Muy bien —dijo, y le costó a él más recuperarse de esas dos palabras que de todo lo demás.
Lo llevó al dormitorio de la mano, como se lleva a alguien por un pasillo, y le dijo que se tumbara boca arriba en el centro de la cama.
—Las manos por encima de la cabeza. No las baje.
—¿Y si las bajo?
—Nos vestimos —dijo ella, y se subió encima.
Se colocó a horcajadas sobre él y no se hundió.
Se quedó ahí, apoyada, moviéndose adelante y atrás sin dejarlo entrar, resbalando por toda la longitud, con las manos apoyadas en su pecho y la cara muy tranquila.
Esteban tenía los brazos estirados por encima de la cabeza, los puños cerrados en el hueco entre el colchón y el cabecero, y toda la parte inferior del cuerpo pidiéndole a gritos un empujón de cinco centímetros.
—No —dijo ella, sin que él hubiera hecho nada—. Lo estaba pensando.
—Sí.
—Ya lo sé.
Lo tuvo así casi cinco minutos. Cuando por fin se levantó un poco y se dejó caer, muy lentamente, tomándolo entero, Esteban soltó el aire como si le hubieran dado un golpe en el pecho y ella cerró los ojos por primera vez en toda la noche.