Esteban, El Origen del Dominio (Umbrella: El Imperio de la Obediencia nº 3) 7. LA LECCIÓN INVERTIDA
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7. LA LECCIÓN INVERTIDA

Se lo dijo un lunes por la mañana, en el despacho, con el correo todavía sin abrir sobre el secante.

—Me voy.

Ferrand no levantó la cabeza enseguida. Terminó de rasgar un sobre, sacó una factura, la miró por encima, la dejó a un lado.

—¿Cuándo?

—El viernes.

—¿Adónde?

—A ninguna parte todavía.

—Eso es mentira.

—Sí —dijo Esteban.

Y ahí terminó el interrogatorio. Ferrand no preguntó más, no ofreció dinero, no habló del invierno, no dijo una sola de las cuatro o cinco cosas que Esteban había previsto durante tres semanas y para las que llevaba preparadas respuestas exactas.

Aquella docilidad fue lo más inquietante que le vio hacer en dos años.

Un hombre que colecciona deudas no deja marchar a nadie sin cobrar algo, y Marcel Ferrand lo dejó marchar como se deja pasar a alguien en un portal.

El viernes, a las siete de la tarde, Esteban subió a devolver la llave del armario de la consola.

Ferrand estaba de pie junto a la ventana condenada, abrochándose los gemelos.

—Gracias —dijo.

Esteban se quedó parado con la llave en la mano. En dos años no le había oído darle las gracias a nadie: ni al jefe de sala, ni a los proveedores, ni a los hombres que le hacían ganar dinero, ni a la mujer que le lavaba las camisas desde hacía quince años.

—¿Por qué?

—Por el trabajo —dijo Ferrand, sin volverse—. Lo has hecho bien.

Y no dijo nada más. No hubo apretón de manos, ni consejo, ni ninguna de esas frases de despedida que los hombres de aquel mundo consideraban una debilidad.

Esteban dejó la llave sobre la mesa, bajó por la escalera de servicio, empujó con el hombro la puerta hinchada por la humedad y salió al callejón que olía a salmuera y a aceite quemado.

Tardaría meses en entender que aquellas gracias no eran una despedida. Eran un recibo.

El piso estaba en un cuarto sobre el lago, sin placa en el portal, con un ascensor de rejilla que había que cerrar a mano.

Ella misma abrió la puerta. Llevaba un vestido gris de lana fina, sin joyas, el pelo blanco recogido igual que en diciembre, y no le tendió la mano ni le dijo buenas noches.

—Pase.

Tres habitaciones. Suelos de madera oscura, alfombras claras, muy pocos muebles y todos buenos. Una pared entera de ventanales con el lago negro detrás y las luces de la otra orilla temblando en el agua. Encima de una mesa baja había una carpeta cerrada, un vaso de agua, nada más.

No le ofreció beber. Ni agua. Esteban lo registró de inmediato, porque llevaba tres años sirviendo copas y sabía exactamente lo que significa una casa donde no se ofrece nada: en aquel piso las cosas no se ofrecían. Se concedían.

—Siéntese.

Se sentó. Ella no.

—Ha dejado a Ferrand.

—El viernes pasado.

—¿Le pagó algo por marcharse?

—No. Me dio las gracias.

Viktoria se detuvo un segundo, muy breve, junto a la ventana.

—Ya —dijo, exactamente igual que en diciembre.

Y no explicó nada, y Esteban archivó aquel “ya” en el mismo cajón donde tenía la ruta adriática y la casa blanca del bulevar Périer, sin saber que estaba archivando lo mismo tres veces.

Él había preparado la reunión como preparaba todo: por escrito en la cabeza, con un orden y unas condiciones.

Las expuso bien. Dijo lo que sabía hacer y lo que no.

Dijo que no quería un sueldo, sino un porcentaje de aquello en lo que interviniera.

Dijo que estaba dispuesto a empezar por abajo, con la humildad calculada de quien ya sabe que va a subir rápido.

Dijo, por último, que su intención era aprender de ella cómo se manda de verdad.

Ella lo escuchó de pie, sin interrumpir, con las manos colgando quietas a lo largo del cuerpo.

—¿Ha terminado?

—Sí.

—Todo lo que ha dicho es correcto y no me sirve de nada. —Rodeó la mesa baja y se sentó por fin, en el borde de un sillón, muy erguida—. Usted quiere que le enseñe a mandar. No se puede enseñar a mandar a un hombre que no ha estado nunca debajo.

—He estado debajo toda mi vida.

—Ha estado abajo. Que es lo contrario. —Ladeó apenas la cabeza—. Abajo se está por falta de dinero. Debajo se está por decisión. Usted lleva veintidós años sirviendo a gente que le parecía inferior, y eso no le ha enseñado nada, salvo a mirar. Se le nota en todo. Se le nota en cómo se sienta.

—¿Y qué diferencia hay?

—Un hombre que solo ha mandado obedece a su propio miedo —dijo ella—.

Se pasa la vida tapando huecos. No sabe cuándo apretar, porque no sabe qué se siente.

No sabe cuándo parar, porque no ha necesitado nunca que alguien parara.

Da órdenes que él mismo no podría cumplir, y entonces la persona que tiene delante deja de obedecerle por dentro aunque siga obedeciéndole por fuera.

—Se recostó—. Y ese hombre nunca se entera.

Ferrand no se entera. Ferrand lleva treinta años creyendo que le obedecen.

Esteban tardó en contestar.

—¿Qué me está ofreciendo exactamente?

—Instrucción.

—¿En qué consiste?

—En que durante un tiempo usted no decide nada aquí dentro —dijo Viktoria—. Ni la hora, ni la ropa, ni lo que se hace, ni cuándo se acaba. Fuera de esta casa haga lo que quiera; le voy a poner delante gente que le va a cambiar la vida. Aquí dentro, no.

—¿Cuánto tiempo?

—Hasta que yo diga.

—Eso no es un plazo.

—No —dijo ella—. Es la primera parte de la lección.

Se hizo un silencio largo. Fuera, un barco del lago hizo sonar una sirena y el sonido llegó con retraso, apagado por el doble cristal.

—Puede levantarse e irse ahora mismo —añadió—. Si se va, no pasa nada. Le doy dos nombres en Ginebra que le recibirán de mi parte y en tres años tendrá dinero. Un poco de dinero. Y será exactamente el hombre que le describí en diciembre.

Esteban se quedó mirando el vaso de agua que no le habían ofrecido.

—¿Y si me quedo?

—Empezamos ahora.

—Levántese —dijo ella.

Esteban se levantó.

—Quítese la chaqueta. Déjela en el respaldo, no en el suelo. —Esperó—. La corbata, ahí también. Los zapatos, junto a la puerta.

Lo hizo. Ella lo miraba desde el sillón, sin moverse, con la absoluta falta de urgencia de quien tiene toda la noche.

—Los zapatos son los mismos de diciembre.

—Sí.

—Los ha cuidado bien.

—Sí.

—Bien. —Se puso de pie—. La camisa.

Esteban se la desabrochó y la dejó doblada sobre la chaqueta.

Se quedó ahí de pie en mitad de la habitación, con el pecho descubierto y el pantalón puesto, delante de una mujer vestida, y comprendió en ese momento —con una nitidez desagradable, física— por qué ella no se había quitado nada.

La ropa era la distancia. Mientras uno de los dos siguiera vestido, no había ninguna simetría.

Ella se acercó. Le puso una mano abierta en el esternón, igual que él se la había puesto en la nuca a una mujer en un cuarto sobre un callejón de Marsella, y notó cómo se le aceleraba el corazón debajo de la palma.

—Se le ha disparado el pulso —dijo—. No lo disimule. Disimularlo es lo único que le voy a prohibir de verdad.

Le recorrió el pecho despacio, sin ternura y sin prisa, con una atención de propietaria: los hombros anchos de cargar cajas de hielo desde los quince años, el estómago plano, una cicatriz vieja de tres centímetros bajo la última costilla que él se había hecho a los once con un alambre. Se detuvo ahí y la tocó con dos dedos.

—¿Y esto?

—Un alambre.

—¿Duele?

—No.

—Mejor.

Le llevó las manos hacia atrás, una y luego la otra, y se las juntó a la altura de los riñones.

—Ahí. No las mueva. —Le habló muy cerca, sin bajar la voz—. Regla primera: usted no me toca hasta que yo se lo diga. Si me toca, nos vestimos y se va a su hotel. No me lo tome como una amenaza. Es un horario.

—¿Y si no puedo?

—Entonces no me sirve —dijo ella—, y los dos habremos ahorrado seis meses.

Le desabrochó el cinturón sin ninguna ceremonia, igual que había abierto la conversación, y le bajó el pantalón y el resto hasta la mitad del muslo, y esperó.

Esteban estaba durísimo. Lo estaba desde antes de que ella le tocara el pecho, desde el momento exacto en que le había dicho levántese con aquel tono administrativo, y ahora, de pie en mitad de una habitación iluminada con las manos a la espalda y una mujer vestida mirándolo, lo estaba de una manera que le resultaba casi insultante.

Ella lo miró con la misma neutralidad con que había mirado la cicatriz.

—Bien —dijo, y esa palabra le hizo más que cualquier caricia.

Lo rodeó con la mano. No lo acarició: lo sostuvo, cerrando los dedos, midiendo el peso y la dureza, y él tuvo que apretar los dientes y respirar por la nariz.

—Quieto.

—Estoy quieto.

—No lo está. —Le apretó un poco más—. Las caderas. Las está adelantando dos centímetros. Eso es lo que hace un hombre cuando quiere mandar y no le dejan: empuja sin darse cuenta. Otra vez.

Esteban se obligó. Retrocedió esos dos centímetros y se sostuvo, con las manos a la espalda, y ella empezó a moverla despacio, cerrada, apretando en la subida, y aquello fue peor porque él ya no podía acompañarla ni acelerarla ni hacer absolutamente nada más que quedarse ahí de pie recibiéndolo.

—Así —dijo ella—. Eso ya es otra cosa.

Lo trabajó un rato largo, sin variar el ritmo, mirándole la cara en lugar de mirarse la mano. Esteban sostuvo la mirada tanto como pudo. Cuando ya no pudo y cerró los ojos, ella se detuvo en seco y le soltó.

—No —dijo—. Míreme.

Los abrió. Ella volvió a empezar desde el principio, con la misma lentitud, y él tuvo que quedarse ahí, con la respiración descolocándose, con el sudor apareciéndole en la espalda, sosteniéndole los ojos claros de un gris sin fondo mientras la mano subía y bajaba.

Le dejó llegar muy cerca. Esteban notó cómo se le tensaba todo, cómo empezaba esa cuenta atrás que no admite discusión, y a ella no se le escapó ni medio segundo: retiró la mano y dio un paso atrás.

El vacío fue tan brutal que se le escapó un sonido, algo grave, entre los dientes.

—Respire.

—Maldición.

—Respire —repitió, sin ninguna dureza—. Cuente hasta veinte.

Contó. Le temblaban los muslos. Cuando llegó a veinte ella volvió a acercarse.

Lo hizo tres veces.