6. LA MUJER DE CABELLO BLANCO #2
—Una tarjeta —dijo Esteban—. Para una cena en el bulevar Périer.
—¿Y la cena qué le pagó a usted?
—Estar aquí.
Ella asintió una vez, despacio, como quien cierra una cuenta que le cuadra.
—Bien —dijo—. Ahora dígame qué quiere.
Y ahí Esteban hizo lo que llevaba tres semanas preparando, y lo hizo tal como lo había ensayado, y comprendió antes de terminar la segunda frase que se estaba equivocando.
Le ofreció lo único que tenía. Le dijo, sin dar nombres todavía, que él estaba en un sitio donde se hablaba mucho y se vigilaba poco. Que había cosas que se decían en Marsella tres o cuatro meses antes de que ocurrieran. Que él tenía una manera de recordarlas.
Viktoria lo dejó terminar. No le hizo el favor de interrumpirlo.
—¿Sabe usted lo que es un banco corresponsal? —preguntó cuando se quedó callado.
—No.
—¿Sabe cómo se mueve una carga de un pabellón a otro sin que cambie el conocimiento de embarque?
—No.
—¿Sabe cuántas personas hay en esta ciudad que pueden firmar una garantía por encima de dos millones sin consultarlo con nadie?
—No.
—Once —dijo ella—. Cuatro estaban esta noche en ese salón.
—Se apoyó con las dos manos en el respaldo de una silla, y hasta ese gesto lo hizo sin ruido—.
Usted ha venido a venderme información en la única ciudad de Europa donde la información sobra.
Aquí lo sabemos todo. Sabemos lo del acero turco, lo de la agencia de Rey, lo del ministro que va a caer en marzo, que no va a caer.
Saberlo no vale nada. Se lo voy a demostrar: yo sé todo eso y no he ganado un franco con nada de ello.
Esteban no dijo nada. Tenía la boca seca.
—Lo que escasea no es gente que sepa cosas —siguió ella—. Lo que escasea, y es asombroso lo poco que hay, es gente que sepa qué hacer con las personas que se las cuentan.
—No entiendo la diferencia.
—Sí que la entiende. La ha visto todos los días durante dos años y no ha sabido ponerle nombre.
—Rodeó la silla, se detuvo a un metro y medio de él—.
Su patrón sabe lo mismo que yo. Y su patrón, con todo lo que sabe, ¿qué hace?
Espera a que un hombre se emborrache, le quita un barco y se va a dormir contento.
Eso no es poder. Eso es un carterista con paciencia.
Cada vez que aprieta a alguien, gana una vez y pierde a esa persona para siempre.
—¿Y usted qué hace?
—Yo no aprieto a nadie —dijo Viktoria—. Yo hago que me lo traigan.
Se hizo un silencio en el que Esteban oyó, por la puerta entreabierta, a alguien reírse en el salón.
—Usted tiene un oído extraordinario y no tiene ningún método —continuó ella, en un tono absolutamente administrativo, como si estuviera leyendo el inventario de un almacén ajeno—.
Sabe entrar en las habitaciones y no sabe qué hacer una vez dentro.
Sabe que la gente obedece, no sabe por qué.
Se compró unos zapatos caros con la camisa rota porque intuye que el poder está en los detalles que nadie mira, y acertó, pero acertó por instinto, igual que un perro sabe qué hora es.
—Ladeó apenas la cabeza—. Sirve usted para lo primero.
Para lo que hace Ferrand. Y con ese oído, en dos o tres años, lo hará mejor que él.
Va a ser un extorsionista de primera categoría. Le va a ir muy bien.
Lo dijo sin desprecio. Ese fue el problema. Lo dijo con la misma neutralidad con la que se le dice a un hombre que su camisa es de algodón, y Esteban, que había soportado ocho años de humillaciones sin que ninguna le tocara nada, sintió por primera vez en su vida adulta que se le calentaba la cara.
Ella lo vio. Naturalmente que lo vio.
—Ahí —dijo—. Eso que le acaba de pasar. Guárdelo. Eso es lo único suyo que me ha interesado esta noche.
Se quedaron un momento callados. Ella se acercó dos pasos más, y esa distancia —menos de un brazo— era demasiado corta para una conversación de negocios y demasiado larga para cualquier otra cosa, y Esteban comprendió que estaba puesta ahí a propósito, medida, como todo lo demás.
Le olía el pelo a algo limpio y frío. Tenía los ojos claros, de un gris sin fondo, y una manera de sostener la mirada que no era desafío: era espera.
—¿Sabe usted por qué las cuatro mujeres de la casa del bulevar Périer no se sientan a la mesa? —preguntó.
Esteban tardó un segundo entero en contestar, y no por la pregunta.
—Porque no son servicio.
—Muy bien. ¿Y por qué no son servicio?
—Porque el servicio se va a las dos de la mañana.
Ella sonrió. Apenas. Fue la primera y la última de la noche.
—Le voy a decir lo que le pasa a usted —dijo, y bajó la voz sin necesidad, porque no había nadie—.
Usted salió de aquella casa con algo en la cabeza que no se le ha quitado desde entonces, y ha intentado repetirlo por su cuenta con quien ha podido, y no le ha salido.
Y no entiende por qué, porque usted es listo y las cosas para las que se es listo salen.
—Levantó una mano y le enderezó el nudo de la corbata, dos dedos, tres segundos, sin llegar a tocarle la garganta—.
No le sale porque cree que consiste en mandar.
Y no consiste en mandar. Mandar lo hace cualquiera con dinero.
—¿En qué consiste?
—En saber recibir —dijo ella—. Y eso, monsieur, no se aprende leyendo manos.
Retiró la mano. El aire de la habitación volvió a su sitio.
Esteban se dio cuenta de que llevaba un rato sin respirar bien, y de que ella lo sabía, y de que aquello —aquella cosa exacta que acababa de ocurrir sin que nadie tocara a nadie— era la demostración práctica de todo lo que le había explicado con palabras cinco minutos antes.
—Voy a estar en esta ciudad el segundo jueves de marzo —dijo Viktoria, ya en otro tono, recogiendo un guante de la mesa baja—. Si aparece, hablamos. Si no aparece, no pasa nada.
—¿Y qué tengo que llevar?
—Nada. —Se puso el guante, dedo por dedo—.
Solo una condición: viene usted solo. No en nombre de nadie.
No con el permiso de nadie. Si el segundo jueves de marzo sigue trabajando para Marcel Ferrand, no venga, porque entonces no viene usted: viene él, y él ya sabe lo que le vendería yo y no le interesa.
Fue hacia la puerta.
—Una cosa más —dijo, con la mano en el picaporte, y lo dijo de pasada, exactamente igual que se pregunta por el tiempo—. Ese hombre de la costa, el serbio. ¿Cerró con Ferrand en octubre?
Esteban tenía la respuesta antes de que ella terminara la frase, y aun así se tomó un instante, porque acababa de darse cuenta de que era la única pregunta de toda la noche cuya respuesta ella no tenía.
—No —dijo—. Dijo que no.
Viktoria se quedó quieta medio segundo. La cara no le cambió.
—Ya —dijo.
Y abrió la puerta, y volvió al salón, y no le dirigió la palabra en lo que quedaba de noche.
Volvió a Marsella el sábado, con el tren de la tarde, mirando por la ventanilla campos helados que no veía.
El domingo por la noche subió al Palatine. Ferrand estaba en el despacho con el correo, de pie, con el abrecartas.
—Dos días —dijo, sin levantar la vista—. ¿Dónde has estado?
—En Barcelona.
—¿A qué?
—Mi madre está enterrada allí. —Esteban dejó la bandeja en la consola—. Hacía tres años.
Ferrand asintió, siguió abriendo el correo, dijo algo sobre el frío que hacía en diciembre en aquella ciudad. La conversación terminó ahí.
Esteban bajó a por el hielo y comprobó, con una curiosidad casi clínica, lo que sentía. Le había mentido a la cara al único hombre que le había enseñado algo, con una facilidad de la que no se había creído capaz, y esperó a que apareciera la culpa, o el nerviosismo, o al menos la satisfacción.
No había nada. Absolutamente nada, en ninguna dirección.
Y esa ausencia, más que la mentira, fue lo que lo dejó pensativo mientras subía la cubitera por la escalera de servicio.
Faltaban nueve semanas.