Esteban, El Origen del Dominio (Umbrella: El Imperio de la Obediencia nº 3) 6. LA MUJER DE CABELLO BLANCO
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6. LA MUJER DE CABELLO BLANCO

La tarjeta llevaba tres meses en el cajón sin usar.

Esteban la había mirado unas cuantas veces, siempre por la noche, siempre con la misma pregunta encima: para qué sirve exactamente una puerta abierta cuando no se sabe qué hay al otro lado.

Un hombre impaciente la habría cruzado en septiembre y habría gastado el crédito en una cena.

Él esperó a diciembre, hasta tener claras dos cosas: qué iba a pedir, y por qué a Rey le convenía dárselo.

Subió a la rue de la République un martes por la mañana, con los zapatos buenos y la camisa remendada por dentro, donde no se veía.

Rey lo recibió de inmediato, esta vez sí, y esta vez con una silla.

—El chico del Palatine —dijo, y lo dijo mirando a los dos hombres que estaban en el despacho terminando de recoger unos papeles—. Este es el chico del Palatine. El que me contó lo de la junta. ¿Se lo he contado a ustedes?

Uno de los dos dijo que sí. El otro miró a Esteban de arriba abajo, se detuvo tres segundos de más en la camisa y sonrió con la boca cerrada.

—Extraordinario —dijo Rey—. Uno se pasa treinta años construyendo una cosa y viene un camarero a explicarle cómo se le está cayendo. —Se rio. Los otros dos se rieron. Fue una risa corta, de despacho, de las que se apagan solas—. Siéntese. Ustedes ya se iban, ¿verdad?

Los dos hombres se fueron.

Esteban se sentó y esperó a que la puerta estuviera cerrada del todo.

No sintió rabia. Registró el episodio como se registra el precio de una cosa que uno ha decidido comprar: Ferrand se lo había dicho en abril, con las sillas apiladas y la luz gris entrando por la ventana condenada.

Los hombres soportan mal a quien les ha salvado.

Había costado tres meses y una humillación de cuarenta segundos delante de dos desconocidos. Le pareció barato.

—Dígame —dijo Rey.

—No vengo a pedirle un favor.

—Todo el mundo viene a pedirme un favor.

—Vengo a pedirle una presentación. —Esteban no se movió en la silla—. No es lo mismo. Un favor lo paga usted. Una presentación la pago yo, y si sale mal, usted no queda mal, porque no ha recomendado a nadie: solo ha dicho un nombre.

Rey lo miró un momento largo.

—¿Qué nombre?

—El mío.

—¿A quién?

Esteban se lo dijo.

Y ahí, por primera vez, vio a Antoine Rey perder el tono. Fue medio segundo: la mano derecha, que estaba sobre el secante, se separó un centímetro del papel y volvió a bajar.

—¿Quién le ha hablado de esa señora?

—Nadie.

—Eso es mentira.

—Sí —dijo Esteban—. Es mentira.

Rey se echó hacia atrás. Se quedó así un rato, con los dedos cruzados sobre el estómago, calculando, y Esteban aprovechó ese silencio para hacer lo único inteligente que se puede hacer en un silencio ajeno, que es no llenarlo.

—Hay una cena el jueves catorce —dijo Rey al fin—.

En Ginebra. No es una cena, es otra cosa; van cuarenta personas y hablan de pie.

Puedo decir su nombre. No puedo decir nada más.

—Descolgó la pluma, la volvió a dejar—. Y le voy a dar un consejo que no me ha pedido, muchacho.

Usted conmigo acertó porque yo estaba a punto de perderlo todo.

Un hombre que está a punto de perderlo todo agradece.

Esa señora no está a punto de perder nada.

—Lo sé.

—No, no lo sabe. —Rey escribió tres palabras en un papel y se lo tendió—. Pero lo va a saber el jueves.

Ginebra en diciembre era una ciudad que no hacía ruido.

Eso fue lo primero que le llamó la atención, y no lo olvidaría nunca: había llegado de un puerto donde todo se gritaba, donde los negocios se cerraban con la voz alta y la mano en el hombro, y se encontró con calles de piedra limpia, coches que aparcaban sin frenar del todo, gente que hablaba a un metro de distancia sin que se oyera lo que decía.

La niebla del lago borraba la orilla de enfrente.

Los edificios eran discretos hasta lo hostil: fachadas iguales, placas de latón del tamaño de una mano, ventanas con las cortinas a media altura.

En Marsella el dinero se veía. Aquí el dinero no estaba en ninguna parte, lo cual, comprendió mientras caminaba desde la estación con una maleta prestada, significaba exactamente que estaba en todas.

Se alojó en una pensión de la orilla equivocada y planchó él mismo la camisa nueva, que se había comprado con lo que le quedaba del recado de octubre.

La casa quedaba en el quai des Bergues y no tenía número visible. Cuarenta personas, quizá cincuenta, de pie, en dos salones comunicados por unas puertas dobles abiertas de par en par. Camareros con guantes. Ni música, ni discursos, ni anfitrión que recibiera en la puerta.

Esteban dio su nombre. El hombre de la entrada lo comprobó en una lista, dijo “bien venu, monsieur”, y ese fue todo el trámite. Nadie le preguntó quién era en toda la noche.

Se colocó a la izquierda del salón grande, cerca de una consola, donde podía ver las dos puertas y la mayor parte de las manos. Tomó una copa que no pensaba beber. Y trabajó.

En veinte minutos tenía el mapa. El hombre alto de la chimenea era el que más hablaba y el que menos pesaba: repetía cifras y buscaba con los ojos, entre frase y frase, a alguien que no le hacía caso.

El grupo de cuatro junto al ventanal estaba cerrando algo, porque uno de ellos había mirado dos veces hacia la puerta de servicio, que es lo que se mira cuando se quiere terminar.

El belga bajito no era belga. Y el que decidía en aquel salón no era ninguno de los que estaban hablando, sino un señor de setenta años sentado —el único sentado— en una butaca junto a la ventana, al que la gente se acercaba de uno en uno, se agachaba un poco, decía dos frases y se iba.

Esteban tardó cuarenta minutos en ganarse el derecho a acercarse a esa butaca.

Lo hizo bien: se puso a hablar con el segundo más aburrido de la sala, lo escuchó de verdad durante un cuarto de hora, le hizo dos preguntas exactas sobre un problema de fletes que aquel hombre llevaba semanas rumiando sin que nadie le preguntara, y aquel hombre, agradecido, lo llevó él mismo hasta la butaca y lo presentó.

Fueron tres minutos. Al final de los tres minutos, el señor de la butaca le dijo que volviera a verlo en primavera.

Esteban se retiró hacia la consola con la copa intacta y con una sensación que hacía dos años que no tenía: la de estar jugando bien.

Duró hasta las once y diez.

Entró por las puertas dobles y no se anunció.

No hubo un silencio, ni cabezas que se volvieran a la vez, ni ninguno de esos efectos que Esteban había visto usar a los hombres que necesitan entrar.

Lo que ocurrió fue más sutil y mucho más impresionante: los grupos se recompusieron.

El de cuatro del ventanal se abrió un poco.

El alto de la chimenea bajó el volumen sin dejar de hablar.

El de la butaca, el único sentado del salón, se puso de pie.

Viktoria Petrova tenía treinta y cuatro años y el pelo enteramente blanco.

No blanco de vieja: blanco de nieve, uniforme, sin una sola veta gris, recogido bajo la nuca con una sencillez que no ocultaba nada.

Lo llevaba desde los veinte y no se lo había teñido nunca.

Esteban tardaría meses en entender lo que esa decisión significaba, y cuando lo entendiera le parecería la declaración más agresiva que había visto hacer a nadie: cualquier otra habría escondido aquello.

Ella lo había convertido en el primer dato que se sabía de ella al entrar en una habitación.

Lo que a ustedes les parece un defecto, a mí me sirve de firma.

Lo demás era simple. Vestido oscuro, sin brillos. Ningún anillo. Un reloj pequeño de hombre en la muñeca izquierda.

Habló poco. Estuvo cuarenta minutos en el salón y Esteban calculó que no dijo más de treinta frases, ninguna larga.

En dos ocasiones se acercó gente a explicarle algo con detalle, y en las dos ocasiones ella escuchó hasta el final sin interrumpir, dijo una sola cosa, y la conversación terminó ahí, no porque hubiera cortado, sino porque después de lo que había dicho no quedaba nada más que decir.

Esteban aplicó el método.

Le miró las manos. Estuvieron quietas cuarenta minutos: sosteniendo una copa que tampoco bebía, apoyada una sobre el dorso de la otra, colgando a lo largo del cuerpo cuando se movía. No un tic, no un roce, no una uña contra un cristal.

Y entendió, con un desagrado físico muy parecido al mareo, que aquello no era naturaleza.

Era oficio. Ella tenía las manos quietas exactamente por la misma razón por la que él tenía la cara quieta desde los diecinueve años: porque alguien puede estar mirando.

Llevaba tres años leyendo hombres que no sabían que estaban siendo leídos, y acababa de tropezar con alguien que había resuelto ese problema antes que él.

Se quedó junto a la consola sin acercarse. No por prudencia. Porque no se le ocurría con qué.

A las once y cincuenta, ella giró la cabeza y lo miró directamente, desde el otro extremo del salón, por encima de dos hombros y una lámpara.

No fue un vistazo. Fue una comprobación.

Después volvió a lo suyo y lo dejó ahí cuarenta minutos más.

Lo mandó llamar a la una menos veinte, cuando el salón se había quedado en quince personas. Un camarero le dijo, sin nombrarla, que si era tan amable de pasar a la biblioteca.

La biblioteca era pequeña, con las paredes forradas de libros que alguien había leído de verdad, porque estaban desordenados. Ella estaba de pie junto a una mesa baja. No se sentó, y por tanto él tampoco.

—Antoine Rey dio su nombre —dijo—. Rey no da nombres. Le he preguntado por qué y me ha dicho que le debe un favor. —Lo miró—. Un hombre de sesenta y un años que le debe un favor a un hombre de veintidós. Explíquemelo usted, que él lo explica mal.

Esteban se lo explicó. Tardó dos minutos. No adornó nada, igual que en abril.

—¿Cuánto le pagó?

—Nada.

—Ya sé que nada. —Fue la primera vez que Esteban vio moverse algo en su cara, y fue mínimo, una contracción brevísima en la comisura—. Le pregunto cuánto le pagó. Lo que le pagó no fue dinero. ¿Qué fue?