Esteban, El Origen del Dominio (Umbrella: El Imperio de la Obediencia nº 3) 5. EL HOMBRE QUE AÚN NO ERA LOBO
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5. EL HOMBRE QUE AÚN NO ERA LOBO

Llegó un jueves de octubre, y lo primero que Esteban notó fue que el Palatine entero cambió de temperatura.

No hubo aviso. Ferrand no dijo un nombre en toda la semana.

Pero el miércoles hizo cambiar el mantel de la sala privada, que se cambiaba los sábados, y el jueves por la mañana bajó él mismo a la bodega a elegir el vino, cosa que Esteban no le había visto hacer nunca.

Subió con dos botellas de un tinto italiano que no estaba en la carta.

—Esta noche sirves tú solo —dijo—. No sube nadie más. Ni el jefe de sala.

—¿Cuántos son?

—Cinco. —Dejó las botellas sobre la consola—. Cuatro que conoces y uno que no.

—¿Y el que no?

Ferrand lo miró un momento.

—Ordenado —dijo, y bajó.

Fue toda la descripción que dio, y Esteban tardó dos horas en darse cuenta de que era exactamente la palabra que había oído aquella noche de la ruta adriática, en boca de otro hombre, en aquella misma sala.

Vuk Radović tenía treinta años y no parecía peligroso, cosa que a Esteban le resultó más inquietante que si lo hubiera parecido.

Era alto, de hombros anchos, con las manos grandes de quien ha trabajado con ellas antes de dejar de necesitarlo.

Traje bueno, sin ostentación. Se sentó donde le indicaron sin discutir el sitio, que era el peor de la mesa, de espaldas a la puerta.

Pidió agua antes que vino. Durante la primera hora habló poco, escuchó mucho, y cuando intervino lo hizo en un francés lento, correcto, con un acento que se comía las vocales largas.

Esteban aplicó su método y no encontró nada. Las manos quietas, pero no de la manera del bulevar Périer —no era una quietud fabricada—; era la quietud de un hombre al que no le urge nada. No miró el reloj ni una vez. No repitió una cifra. No pagó nada, porque en aquella mesa nadie pagaba.

A los cuarenta minutos, sin embargo, ocurrió algo que Esteban no supo colocar hasta mucho después.

Le llenó la copa de agua. Radović levantó dos dedos del mantel, cinco centímetros, en un gesto mínimo de gracias, y lo miró.

Lo miró a él. No al vaso, no al brazo, no al espacio. A la cara. Un segundo entero.

En catorce meses en aquella sala, ningún hombre había hecho eso.

La conversación llegó a lo que tenía que llegar hacia las once y media, cuando ya se había hablado del invierno malo, de un cargamento de café, de un ministro que iba a caer.

Ferrand lo planteó con su elegancia habitual, que consistía en presentar una amputación como un favor.

—Lo que se hace hoy en su costa —dijo— es artesanía. Funciona porque usted lo vigila todo. El día que no pueda vigilarlo todo, se cae.

—No tengo intención de dejar de vigilarlo —dijo Radović.

—Nadie tiene esa intención. —Ferrand sonrió apenas—. Yo le pongo estructura. Seguros, corresponsales, un banco en Ginebra que no hace preguntas y no comete errores. Usted sigue en su casa, con su gente, con su nombre. Yo pongo el orden de detrás.

—¿Y qué se lleva usted?

—Cuarenta.

Uno de los otros silbó por lo bajo. Radović no se movió.

—¿Cuarenta de qué?

—De todo.

Radović se quedó pensándolo el tiempo suficiente para que resultara educado. Esteban, desde la consola, supo que ya lo había decidido antes de que Ferrand terminara la frase.

—No —dijo.

—Piénselo unos meses.

—Lo he pensado ahora. —Dejó la servilleta sobre la mesa, sin arrugarla—. Le agradezco la cena y el ofrecimiento. Los dos son buenos. Pero usted quiere el cuarenta por ciento de una cosa que solo funciona porque es mía. Si es de dos, deja de funcionar. No por usted. Por cómo son las cosas allí.

—Explíquemelo.

—Allí la gente no obedece a un contrato. Obedece a un hombre. —Se encogió apenas de hombros—. Si mañana llega alguien y les dice que hay un socio en Marsella, esa misma noche descargan en otro sitio y yo no me entero hasta el jueves. Eso es todo. No es una cuestión de dinero.

—Todo es una cuestión de dinero.

—Casi todo —dijo Radović.

Y ahí, en aquella corrección de dos palabras dicha sin ninguna dureza, se decidió una noche que ocurriría cuatro meses después y de la que no quedaría constancia.

Esteban lo vio. Vio la mano izquierda de Ferrand sobre el mantel, abierta, absolutamente quieta, y supo que no era ira sino aritmética, porque ya lo había visto una vez, un año antes, con un armador de Toulon y una mujer de Aix.

Lo que no supo fue en qué columna de esa cuenta iba a estar él.

Se fueron todos a la una menos cuarto, menos uno.

Radović se quedó. No por estrategia: se quedó porque le había preguntado a Ferrand si podía terminar el vaso de vino, el primero y único que se había servido en toda la noche, y Ferrand, que ya estaba de pie, le dijo que por supuesto, que la casa era suya, y bajó con los demás.

Esteban empezó a recoger.

—¿Le importa si le hago una pregunta? —dijo Radović.

—No, señor.

—¿Cuánto lleva usted aquí?

—Dos años.

—¿Y cuánto va a quedarse?

Esteban se detuvo con dos copas en la mano. Era una pregunta que nadie le había hecho, incluida la persona que más derecho tenía a hacérsela, que era él mismo.

—No lo sé.

—Se lo digo porque llevo cuatro horas mirándole. —Radović giró un poco la silla para tenerlo de frente, sin levantarse—. Usted no está sirviendo. Usted está haciendo inventario.

Esteban dejó las copas en la bandeja, muy despacio.

—Tranquilo. No se lo voy a decir a nadie. —Bebió un sorbo corto—. En mi casa tengo un chico que hace lo mismo. Tiene dieciocho años. Va a acabar mandando en la mitad del pueblo, y todo el mundo cree que es tímido.

—¿Y qué hace usted con él?

—Le pago bien y le doy trabajo de verdad. —Se encogió de hombros—. Lo otro sería tenerlo cerca fingiendo que no lo veo. Los que fingen que no ven se llevan siempre la peor parte.

Esteban no dijo nada. Radović terminó el vino, se puso de pie, se abotonó la chaqueta.

Y entonces hizo la segunda cosa que Esteban no supo colocar hasta mucho después: sacó la cartera, dejó un billete doblado sobre el mantel, junto al plato, con dos dedos.

—Esto no es de la casa —dijo—. Es suyo.

—No hace falta, señor.

—Ya sé que no hace falta. —Ni siquiera lo dijo con calidez; lo dijo como quien coloca un objeto en su sitio—.

Mañana tomo el tren a las siete. Llego a mi casa el sábado por la mañana.

Mi mujer no me habla hasta el domingo cuando vengo de un viaje largo, así que hago las cuentas: cuatro días fuera, un día de castigo.

—Sonrió por primera y única vez en toda la noche, muy brevemente, y aquella sonrisa no tenía nada que ver con el hombre que había estado negociando—. Vale la pena.

Fue hacia la puerta. Se detuvo.

—Le va a hacer una oferta —dijo, sin volverse—. Ese hombre. Dentro de poco. Y no va a ser de dinero, porque ya se habrá dado cuenta de que a usted el dinero le da igual.

—¿Qué le hace pensar eso?

—Los zapatos —dijo Radović—. Son buenos. Son mejores que la camisa, mejores que el reloj, mejores que todo lo demás que lleva encima. Un hombre que se gasta lo que tiene en lo único que nadie mira desde arriba es un hombre que no está comprando cosas. Está comprando otra cosa.

Abrió la puerta.

—Cuando le llegue la oferta, pregunte por qué se la hacen a usted. No qué le dan. Por qué a usted. —Se puso el sombrero—. Buenas noches.

Salió al pasillo de moqueta granate, bajo los dos apliques que funcionaban, y Esteban se quedó de pie en una sala vacía con un billete doblado sobre el mantel.

Fue el único hombre que entró en aquella habitación en dos años y lo contó como presente.

Bajó a las tres y cuarto. Le sobraban la noche y una inquietud que no se parecía a ninguna otra.

En el rellano de la escalera lateral, la que subía al segundo piso, estaba una de las mujeres que a veces subían y a veces no. Veintipocos años, el pelo suelto, un cigarrillo a medias, los zapatos en la mano.

—Hoy nadie —dijo, a modo de saludo—. Cena de negocios.

—Ya.

Ella lo miró con más atención de la que ponía normalmente.

—¿Qué te pasa?

—Nada.

—Vienes con una cara rara.

Esteban no supo explicárselo, y ni siquiera lo intentó, porque no había manera de decir en voz alta que llevaba tres meses ordenando en la cabeza una casa del bulevar Périer, una cadena fina en el hueco de una garganta, una frase sobre lo difícil que es encontrar a alguien que sepa qué hacer con una mujer que ha decidido obedecer.

Subieron.

El cuarto del segundo tenía un lavabo, una cama estrecha, una ventana que daba al callejón de la puerta de servicio. Ella dejó los zapatos en el suelo, empezó a desabrocharse el vestido por la espalda con esa eficiencia sin ceremonia de quien lo hace todos los días.

—Espera —dijo Esteban.

—¿Qué.

—Espera. No te muevas.

Se detuvo, más por curiosidad que por otra cosa. Esteban se acercó por detrás. Le apartó el pelo del cuello con dos dedos, lentamente, y sintió cómo se le erizaba la piel debajo de la mano, cómo la respiración de ella se descolocaba medio compás. Eso funcionó. Eso funcionaba siempre.

Le puso la palma abierta en el esternón, sin apretar, y la mantuvo ahí.

—No te des la vuelta —dijo, con la boca cerca de la nuca.

Ella se rio, un poco desconcertada, un poco divertida.

—¿Qué haces?

—Nada. Quédate así.

Y ahí se le acabó.

Lo comprendió con una lucidez humillante, de pie, con la mano en el pecho de una mujer que esperaba con paciencia profesional a que aquello desembocara en algo.

Sabía lo que quería. Quería exactamente aquello que había visto en el patio del bulevar Périer: una quietud sostenida desde dentro, una mujer que se quedara donde estaba porque lo había decidido, un orden.

Sabía cómo empezaba. No tenía la menor idea de qué venía después.

Le faltaba todo. Le faltaba saber cuánto dura un silencio antes de convertirse en incomodidad. Le faltaba saber qué se pide primero, qué se concede, qué se retira. Le faltaba, sobre todo, entender que aquello no se le hace a alguien: se construye con alguien, y hace falta que el otro sepa jugar.

Ella se dio la vuelta, porque nadie le había explicado que no debía.

Terminó de bajarse el vestido por los hombros sin dejar de mirarlo, con una sonrisa pequeña, condescendiente y afectuosa, la de quien reconoce a un hombre que se ha metido en una habitación de la que no encuentra la salida.

La tela le cayó hasta las caderas y después al suelo.

Debajo no llevaba casi nada, y lo poco que llevaba se lo quitó ella misma, sin espectáculo, doblándolo sobre el respaldo de la silla porque al día siguiente tenía que ponérselo otra vez.

—Ven —dijo.

Le desabrochó la camisa empezando por abajo, que era el orden rápido, el de quien conoce el reloj.

Le sacó los faldones del pantalón, le pasó las manos por el estómago hacia arriba, le apartó la camisa por los hombros.

Después le desabrochó el cinturón con dos gestos y se arrodilló delante de él, en el suelo de tablas, sin pedir permiso y sin pedirle nada.

Esteban le puso la mano en el pelo. Al principio solo apoyada.

Después, cuando la boca de ella se cerró alrededor y empezó ese movimiento lento y hondo que no tenía ninguna prisa, cerró los dedos y la sujetó, y notó que ella lo permitía, que incluso lo agradecía, que empujaba un poco la nuca contra su mano buscando esa presión.

Él la guio. Marcó el ritmo con la muñeca, más despacio de lo que ella iba, y ella lo aceptó al segundo intento, ajustándose, y durante ocho o diez segundos —los contó, porque contaba siempre— Esteban tuvo exactamente lo que buscaba: una mujer haciendo lo que él decidía, al ritmo que él decidía, mirándolo desde abajo con los ojos húmedos y las manos quietas sobre sus muslos.

Después ella se cansó de esperar y lo decidió por su cuenta. Se apartó, se levantó, lo empujó por el pecho hacia la cama con la palma abierta.

Y ahí se acabó lo suyo.

Se sentó encima. Le agarró la mano y se la puso donde la quería, apretando los dedos de él con los suyos para enseñarle cuánta presión, y cuando estuvo satisfecha lo soltó y ya no volvió a corregirlo.

Se hundió despacio, con una inspiración larga por la nariz, y se quedó quieta un momento con la cabeza echada hacia atrás y el pelo cayéndole por la espalda. Después empezó a moverse.

Lo hizo todo ella. El ritmo, la profundidad, el ángulo.

Las manos apoyadas en el pecho de él para tener dónde empujar.

Esteban le sujetó las caderas, intentó frenarla, ir más lento, volver a lo de antes; ella lo dejó hacer tres o cuatro embestidas y después recuperó el mando sin discutirlo, con una risa corta y afectuosa contra su boca, como quien le quita a un niño un cuchillo de las manos.

—Así —dijo ella, y ya no dijo nada más.

Fue bueno. Esa era la parte más incómoda de todo: fue objetivamente bueno.

Ella sabía lo que hacía, se aplicaba a ello con una generosidad honesta, cambió de postura una vez —de espaldas, apoyada en el cabecero, y ahí él sí pudo llevarla, con las manos en la cintura y la boca en su hombro, quince o veinte minutos largos en los que el cuarto entero se redujo al ruido de la respiración y al crujido de la cama contra la pared— y volvió a colocarse encima para terminar, porque le gustaba terminar así.

Esteban aguantó hasta después de ella. Eso lo hizo bien.

Notó cómo se le cerraba todo el cuerpo alrededor, cómo se le apretaban los muslos y se le quedaba la respiración atascada en algún punto de la garganta, y esperó, y solo entonces se dejó ir, con la boca contra la clavícula de ella y las dos manos abiertas en su espalda.

Ella se quedó encima un rato, sin peso, con la cara en el hueco del cuello de él. Después rodó a un lado.

—Estás mejor —dijo, medio dormida—. Se te ha quitado la cara.

Se durmió a los diez minutos, boca arriba, con una mano sobre el estómago y la otra colgando fuera de la cama.

Esteban se quedó mirando el techo.

No estaba insatisfecho del cuerpo. El cuerpo había funcionado, y el de ella también, y una hora antes habría dicho que aquello era todo lo que había que pedirle a una noche. Estaba insatisfecho de otra cosa, y esa era la novedad.

Repasó la hora entera como repasaba las cenas de la sala privada, ordenadamente, y encontró el punto exacto: los ocho o diez segundos con la mano en el pelo de ella.

Ahí, y solo ahí, había existido algo. Después ella había tomado el mando por pura piedad, porque él no había sabido sostenerlo, del mismo modo que un músico sin partitura se calla cuando entra la orquesta.

Por primera vez en su vida había querido algo que no consistía en un acto, sino en una estructura, y había descubierto que no la sabía construir. Tenía apetito y no tenía método. Tenía el oído perfecto y no sabía leer.

Se vistió sin encender la luz. Bajó por la escalera lateral, cruzó el callejón, empujó con el hombro la puerta hinchada por la humedad para salir.

Amanecía sobre los tejados de la pescadería.

Faltaban cuatro meses, y en algún vagón camino del norte, un hombre ordenado que le había dado propina y un consejo volvía a una casa blanca frente al mar donde una mujer no iba a hablarle hasta el domingo.