9. LA PRIMERA VEZ QUE NO OBEDECIÓ #2
—El problema es que parar antes deja el cuerpo intacto —dijo—. Se queda uno con hambre, nada más. Yo no voy a parar antes.
Ella abrió los ojos.
—No —dijo.
—Sí.
—Esteban.
—Diga Adriático.
Silencio.
—Ya —dijo él, y bajó la cabeza.
La primera se la dejó llegar del todo, entera, sin trampas.
La trabajó con la boca doce o trece minutos, sin variar, con los dos dedos dentro y el pulgar quieto y la lengua haciendo lo mismo una y otra vez hasta que ella dejó de disimular, y de contenerse, y al final dejó también de intentar controlar el ruido.
Se corrió con la espalda arqueada del colchón, con los muslos cerrándose alrededor de su cabeza y las muñecas tirando de la seda, y fue larga, y él la sostuvo hasta el último temblor.
Después le apartó la mano y le dio treinta segundos.
—Esa era gratis —dijo—. Para que sepa de qué le estoy hablando.
—Suélteme.
—No.
Volvió a empezar.
La segunda la paró exactamente cuando empezaba.
No un segundo antes: cuando ya había empezado.
Notó bajo los dedos la primera contracción —esa que ya no se puede detener, la que dispara todas las demás—, y en ese instante exacto retiró la boca, retiró los dedos, retiró la mano, y se apartó veinte centímetros y no la tocó en ninguna parte del cuerpo.
Viktoria se quedó a mitad de camino.
Fue horrible verlo. El cuerpo entero se le disparó buscando un contacto que había desaparecido, las caderas subieron del colchón y se quedaron ahí un segundo entero suspendidas, los muslos se cerraron sobre nada, y el sonido que le salió no se parecía a ninguno de los que Esteban le había oído en dos años: fue corto, y agudo, y sonó a animal atrapado.
Y después las contracciones siguieron, huérfanas, sin nada que las alimentara, cinco o seis, cada vez más flojas, hasta apagarse en un temblor que no llevaba a ninguna parte.
Se quedó tirada, con el pecho subiendo y bajando, mirando el techo.
—Eso —dijo Esteban— es distinto.
Ella tardó en poder hablar.
—Es peor.
—Sí.
—Mucho peor.
—Sí. —Volvió a acercar la mano, y ella se estremeció entera solo con el aire—. Lo otro es hambre. Esto es una promesa rota por dentro, con el cuerpo ya abierto. No se puede recoger. No sirve de nada haber aprendido que voy a parar, porque cuando llega a ese punto usted ya no está aquí.
—Cállese y siga.
—No hablaba para usted —dijo él—. Estaba comprobando si lo había entendido bien.
Se lo hizo cuatro veces más.
La tercera la paró igual, en la misma décima, y esta vez ella le mordió el dorso de la mano izquierda cuando él se la puso cerca de la boca, con fuerza, hasta dejarle la marca de los dientes.
La cuarta la dejó llegar un poco más adentro antes de soltarla, y Viktoria, que en dos años no le había pedido nada, dijo por favor dos veces seguidas, muy bajo, contra la almohada, y el sonido de aquellas dos palabras en aquella voz le hizo a Esteban más daño que todo lo que le habían hecho a él en septiembre.
La quinta la hizo con la mano sola, muy lento, cuarenta minutos, subiendo y bajando por una meseta larguísima sin dejarla salir de ella en ningún momento, hablándole al oído mientras tanto, describiéndole con toda la calma del mundo lo que le estaba pasando al cuerpo y lo que iba a pasar dentro de un minuto, y ella lo escuchó entero con los ojos cerrados y la cara vuelta hacia otro lado, temblando de una manera continua que ya no se paraba entre una vez y la siguiente.
La sexta la paró en el segundo exacto, otra vez, y ahí Viktoria se echó a temblar de arriba abajo, de los hombros a los pies, con un temblor de frío, y Esteban se detuvo.
Le puso las dos manos abiertas en el estómago y esperó.
—¿Adriático? —preguntó, muy suave.
Pasaron cuatro segundos.
—No —dijo ella.
—Dígalo entero.
—No quiero parar.
—Ya lo sé —dijo Esteban—. Se lo he preguntado para que se lo oyera usted.
Y entonces ella recuperó el mando, y a él le pareció justo, y le pareció además la parte más excitante de toda la noche.
Lo hizo sin manos, porque no las tenía. Lo hizo con la voz.
—Súbase —dijo—. Ahora. Y no se le ocurra ir despacio.
Esteban se subió.
Se colocó encima y entró de una sola vez, y ella soltó un sonido larguísimo y le cerró las piernas alrededor de la cintura y le clavó los talones en los riñones para meterlo más, y a partir de ahí, aunque él estaba encima y aunque era él quien se movía, quedó absolutamente claro quién estaba dirigiendo aquello.
—Más fuerte.
Fue más fuerte.
—Así. No cambie. Como está.
No cambió.
Y en algún momento —cuando ella empezó a decirle cosas al oído que no eran órdenes, cuando le dijo por primera vez en dos años una frase que no tenía nada que ver con enseñar— Esteban entendió que estaban en tablas, que ninguno de los dos iba a ganar aquella noche, y que precisamente por eso iba a ser la mejor de las dos.
Se corrió ella primero, esta vez sí, entera, larga, brutal, con los brazos estirados y las muñecas en carne viva y la boca contra su hombro, y las contracciones fueron tan violentas después de seis horas de interrupciones que a Esteban se le fue el aire.
—Ahora usted —dijo, todavía temblando—. Dentro.
Y él obedeció, y le pareció perfectamente natural obedecer.
Le deshizo los nudos con cuidado, primero la derecha. Le bajó los brazos uno a uno y le frotó las muñecas con los pulgares, exactamente como ella había hecho con las suyas, y Viktoria lo dejó hacer sin decir nada.
Tenía marcas mucho peores que las de él. La seda le había abierto la piel en la muñeca izquierda.
—Perdón —dijo Esteban.
—No. —Ella se miró la muñeca con una curiosidad remota—. Eso lo hice yo tirando. Usted ató bien.
Se quedaron los dos boca arriba, mirando el techo, mientras se les enfriaba el sudor.
Al cabo de un rato ella dijo:
—Cometió un error.
—¿Cuál?
—Cuando me lo explicó. —Se pasó la mano por la cara—. En mitad de la segunda, se paró usted a explicarme lo que me estaba haciendo y por qué era peor que lo mío. Estaba muy bien pensado y estaba muy bien dicho. Y no debió decirlo.
—¿Por qué no?
—Porque en ese momento usted no estaba conmigo. Estaba buscando mi aprobación. —Giró la cabeza y lo miró—. Se pasó veinte segundos siendo un alumno que enseña el ejercicio. Y yo, que estaba a punto de perder la cabeza, tuve veinte segundos para recomponerme, y los usé.
Esteban se quedó callado.
—El que manda no explica —dijo Viktoria—. Explicar es pedir permiso con otra cara. Cuando le entienda eso del todo, ya no voy a poder hacer nada con usted.
Se levantó a las cuatro, se puso la bata, fue a la otra habitación.
Volvió con el vaso de agua. Bebió la mitad, y en vez de dárselo se lo puso en la mano, que era distinto y los dos lo notaron.
—Una cosa de trabajo —dijo, sentándose en el borde de la cama—.
Hay una operación. Es mía, es de verdad y es de un tamaño que usted no ha visto todavía.
Refinanciación de cuatro buques y dos terminales, tres años de flete asegurado por delante.
La lleva usted de principio a fin, con mi dinero, sin que yo mire por encima.
—¿Por qué ahora?
—Porque esta noche se lo ha ganado —dijo ella—, y porque el que se lo hubiera dado la semana pasada habría sido un regalo.
—Se ajustó el cinturón de la bata—. La contraparte es una sociedad de Vaduz.
Pequeña, constituida hace dos años, con dos administradores fiduciarios que no son nadie.
Tienen dinero y no tienen historia. Le va a resultar un cliente cómodo.
Esteban no dijo nada. Se quedó con el vaso en la mano.
Vaduz.
Constituida dos años atrás.
La tercera del consorcio de tres.
Levantó la vista muy despacio y la encontró mirándolo, con una serenidad absoluta, y ninguno de los dos dijo una palabra durante un tiempo que a él le pareció larguísimo.
Ella no había mentido. Ella nunca mentía. Le acababa de poner delante, con un tono administrativo, la única puerta que a él le importaba en el mundo entero, y no había dicho una sola frase que no fuera exactamente cierta.
Lo que no dijo fue por qué.
El sobre llegó a la rue du Rhône un martes de noviembre, con el correo de la mañana, entre una factura y una circular del consorcio.
Esteban lo vio y se quedó completamente quieto.
Era color hueso. Estaba cerrado con lacre en el reverso. No tenía nombre por delante, ni remitente, ni sello, lo cual significaba que no lo había traído el correo: alguien lo había dejado en portería.
Lo tuvo cuarenta minutos sobre la mesa sin abrirlo.
Dentro había una sola hoja, doblada en tres. En el centro, escrita a mano, con una letra que no era la de Marcel Ferrand y que Esteban había visto una vez en su vida —en un papel doblado con una dirección de la costa dálmata—, había una fecha.
El martes en que entregó el sobre.
Nada más. Ni una palabra, ni una firma, ni una instrucción.
Esteban se quedó mirando aquella hoja mucho rato, en un despacho de tres metros por cuatro, con la mano completamente firme y el estómago vacío, entendiendo dos cosas.
La primera, que el hombre que llevaba treinta años sin escribir una sola línea acababa de escribirle a él.
La segunda, que no le estaba pidiendo nada todavía.