Este no era mi plan (y tú tampoco) (Familia Cresswell-Donovan 5)
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Capítulo 1. Hace cinco años
Stella
—No lo entiendo, mamá. ¿Por qué volver a los Hamptons? Hay mejores hospitales en una ciudad grande que en este pueblo lleno de ricachones a los que no les importamos nada.
Sacó la maleta del armario con bastante fuerza y la tiró sobre la cama. Su madre se sentó y la miró con cierto reproche.
—¿Has terminado, Stella? Eres tan cabezota que no sé a quién has salido.
—¿Tal vez a ese padre al que nunca te has molestado en decirme quién es?
Su madre se retrajo, con los ojos dolidos. Ella se arrepintió al instante.
—Lo siento, mamá. Sé que pasaste un mal momento, alguien te dejó embarazada y pasó de ti… y por eso no me siento bien por volver.
—Te equivocas, fueron buenos momentos y cuando estuvimos viviendo allí, tú también los tuviste. Ibas a clase, conociste a algunas personas. Te vi feliz. Hiciste amigas.
—La mayoría de esas personas me miraban por encima del hombro.
—Ya sabes cómo son. Viven en su mundo… casi todos.
Su madre suspiró y continuó guardando sus cosas en las cajas, como si la decisión estuviera tomada desde hacía mucho y ya no quedara nada que discutir.
Stella, en cambio, seguía sin comprenderla.
Después de este tiempo lejos de los Hamptons, no encontraba ninguna razón lógica para regresar allí, y mucho menos ahora que la enfermedad había empeorado y necesitaba un seguimiento médico constante.
Se habían mudado varias veces, pero siempre volvían allí. Incluso habían viajado de excursión. Era como si su madre pensara que era el lugar adecuado, y de repente, cambiase de opinión y se marcharan.
Había nacido en Nueva York y, cuando Stella tenía unos seis años, regresaron otra vez al pueblo costero. Ahora, casi de la misma manera brusca en que se habían marchado cuando cumplió los diecisiete, su madre había decidido volver.
Aquello no podía ser solo por el clima ni por la tranquilidad.
Tenía que existir otra razón.
Tal vez, una vez instaladas, su madre se decidiera por fin a contarle la verdad.
Quizá aquel regreso tuviera algo que ver con el hombre del que nunca hablaba, con ese padre sin nombre que había permanecido durante años como un hueco incómodo en su vida.
La posibilidad de encontrarlo la inquietaba casi tanto como la enfadaba.
Stella soltó un suspiro exagerado, esperando provocar alguna reacción, pero su madre ni siquiera levantó la vista.
Siguió recogiendo los pocos enseres que habían acumulado en el pequeño piso de alquiler: ropa, fotografías, sus novelas, y poco más.
En realidad, era algo triste ver que toda su vida se resumía en cinco o seis cajas.
Al menos, intentó convencerse, los Hamptons ofrecían algunas ventajas.
Tendrían la playa cerca, un clima algo más agradable y un lugar tranquilo donde su madre podría descansar.
Lo malo era todo lo demás: las enormes casas, los coches de lujo y aquella gente que caminaba como si el mundo les perteneciera y los demás solo estuvieran allí para servirles.
Por suerte, Stella ya había conseguido trabajo en el pub La Sirena.
Lo conocía desde niña. Su madre había trabajado durante años ayudando en la cocina y, cuando no tenía con quién dejarla, Stella pasaba las tardes sentada en un extremo de la barra, observando entrar y salir a los clientes.
Había crecido viendo a esas personas: cómo hablaban, se movían o ignoraban a todos los que no eran como ellos.
Vivieron allí hasta que Stella tuvo dieciséis o diecisiete años, justo cuando comenzaba a salir sola por las noches y a sentir que, por primera vez, aquel lugar también podía pertenecerle.
Entonces, casi de un día para otro y sin ofrecerle ninguna explicación convincente, su madre hizo las maletas y regresaron a Nueva York.
Allí encontró trabajo en otra cafetería y Stella comenzó la universidad, aunque nunca dejó de preguntarse qué había ocurrido para que su madre huyera de los Hamptons con tanta prisa.
Y, sobre todo, qué había cambiado ahora para que quisiera regresar.
Había estudiado dos años de derecho, pero tuvo que dejarlo finalmente porque no consiguió una beca y su economía no estaba como para hacer ese esfuerzo.
Ni siquiera pudo solicitar un crédito estudiantil.
Su madre se veía cada año más cansada, así que ella encontró trabajo de camarera.
Al menos, subsistían. Por eso, ver a esos niñatos que pululaban por los Hamptons presumiendo de sus cochazos o sus casas le ponía enferma.
—Me han alquilado una casita a bajo precio. Es una amiga de cuando estuvimos viviendo allí. Por favor, Stella. Hazlo por mí.
¿Y cómo se iba a negar? No entendía por qué, pero si su madre le pedía la luna solo le preguntaría cómo la quería.
Terminó de empacar en silencio y subieron a su destartalado coche.
En cuanto llegaron, tras tres horas y media de conducir, acudieron a la casita.
Era un sitio donde la dueña había creado tres apartamentos en la misma casa.
El suyo tenía una habitación con dos camas, una cocina con salón y un baño.
Menos de cincuenta metros entre todo, pero no le importó.
Estaban a diez minutos de la playa y tenían un pequeño jardín común donde sabía que su madre disfrutaría.
Esa misma tarde se acercó al pub La Sirena.
El dueño, Hans, era muy amable, hijo del que conocieron entonces y enseguida le explicó dónde estaba todo, aunque ella lo recordaba.
En realidad, no había cambiado tanto. Era un trabajo como otro cualquiera.
Aunque estuvieran esos estúpidos que la miraban como si fuera un gusano.
Ya llevaba una semana trabajando sin incidentes cuando aparecieron ellos.
Los Donovan. Y su amigo Ben. Con veintitantos años ya se les veía tan seguros de sí mismos como los demás de su calaña.
Su madre le había advertido, ella era bonita y cualquiera que pasase por el bar no tendría problema en acostarse y dejarla tirada.
Le había prohibido que se acercase a los gemelos o a su grupo.
Y sí era cierto que cuando era una cría le hacía gracia verlos tan guapos los dos.
Ya no. Uno de ellos seguía siendo más parado, el otro, seguía tan imbécil como siempre.
Y Ben… se mordió el labio. Se había desarrollado mucho y crecido.
Oh, sí. Ella era alta, pero ese tipo debía de medir metro noventa de músculos. Bajó la mirada para que no la pillaran.
Se acercaron los tres al sitio de la barra donde le tocaba y ella, con un suave bufido, les preguntó qué querían tomar.
—Cervezas para todos —dijo Leo, guiñándole el ojo.
—¿Ya habéis cumplido los veintiuno? Porque me parecéis bastante jóvenes.
—Si quieres saber mi edad o dónde vivo solo tienes que preguntármelo —dijo Leo.
Ben le dio un suave puñetazo. Los conocía de los veranos que había pasado allí.
Ellos llegaron a los diecisiete y enseguida se hicieron amigos de Ben.
Ella iba a las hogueras de playa, incluso cuando era más joven.
Tenía que reconocer que le fascinaba esa gente.
Luego, al ver cómo la miraban la mayoría, detestó estar cerca de ellos.
Les puso las tres cervezas y Ben sonrió.
—No les hagas caso, son un caso perdido, o él lo es, por lo menos. Me alegro de verte, Stella. Si trabajas es que has vuelto por aquí.
—Muy listo, Ben.
—No te metas con él, que está en la academia de policía —dijo Leo. Jacob se lo llevó y Ben movió la cabeza.
—Es bastante idiota, pero buena gente. Que digo que… si algún día te apetece quedar… conmigo para ponernos al día y no, no con ellos. Podríamos ir a dar una vuelta.
—¿Me estás pidiendo una cita? Porque yo no salgo con clientes y menos, de vuestro tipo.
—¿De nuestro tipo? ¿Y a qué tipo pertenecemos si puede saberse?
—De los ricachones. Ahora te ha apetecido hacerte policía, luego qué será.
—Es vocacional, Stella y no tienes ni idea de mis circunstancias, la verdad. Pero oye, sigue con tus prejuicios y piérdete la oportunidad de conocer a gente buena.
Se marchó, molesto. Ella se giró hacia la caja y tomó nota de las bebidas. Su jefe, Hans, se acercó a ella.
—Los gemelos son un poco capullos, o más bien Leo, pero Ben es un buen tipo. Si te ha pedido una cita…
—No te metas donde no te conviene, jefe. Es mi vida privada.
—Tú misma, Stella, pero eres muy joven para estar sola…
—Voy a limpiar el baño.
Dejó el delantal sobre el mostrador y cogió las cosas para limpiarlo. Estaba tan enfadada que no se dio cuenta de que entró en el de chicos. O que Ben estaba de pie, usándolo.
—Joder —dijo él al verla aparecer.
Ella se quedó parada. Se giró y él se subió la cremallera y se lavó las manos. Punto para él.
—¿Pasa algo?
—No, iba a limpiar el baño. Si no te importa. Algunas trabajamos.
Él se puso delante de ella y Stella dio un paso hacia atrás, apoyándose en el lavabo. El tipo le sacaba casi una cabeza y estaba bastante fuerte. Sus ojos, color miel, la miraban fijamente. Llevaba el cabello rubio revuelto, ligeramente largo.
—Te lo decía en serio, Stella, solo salir a dar una vuelta, nada más. Pero si no te interesa, no pasa nada.
Se marchó y la dejó con el corazón desbocado.
Y sí, claro que le interesaba, pero era como los demás.
Su madre le había confesado que se quedó embarazada allí y en el fondo, quería saber quién era su padre.
Si era uno de los ricachones que vivían por allí, tal vez alguno de estos podría ser su hermano. No. No iba a salir con nadie.
Y al cabo del tiempo, ocurrió.
Su madre se puso peor y la llevó al hospital. Tenía un precario seguro que cubriría los gastos médicos normales, si la cosa no se complicaba. Ella se quedó durante días acompañándola.
—Stella...
—Dime, estoy aquí.
—Quería decirte que siento haberte ocultado la información sobre tu padre. Es un tipo muy agradable que no se merece que lo odies.
—¿Y por qué no me has contado quién es? No lo entiendo, mamá.
—Pensé en decírtelo varias veces, y cuando volvimos... lo he visto desde lejos, pero tenía miedo. Miedo de perderte y de haber esperado tanto. Sé que no es justo para ti, hija.
—No sé qué hubiera hecho si lo hubiera sabido. Lo que no habría hecho habría sido reclamarle nada y jamás te habría abandonado, mamá.
—Ya... —suspiró. Stella le tomó de la mano—.
No supe cómo arreglarlo, pero... ahora quizá sea tarde.
Hay una caja en el altillo, una caja de botas.
Ahí está tu partida de nacimiento, apunté el nombre de tu padre.
También encontrarás alguna fotografía. Solo te pido que antes de hacer o decir algo, lo pienses bien.
—Lo entiendo, no te preocupes. Te quiero.
Ella sonrió débilmente.
Su madre murió esa misma noche y la dejó con el alma en pena y con la noticia de cuál era la verdadera identidad de su padre.
Solo asistieron su jefe y la casera al entierro. Ella se fue a casa con los abrazos sentidos de ambos. Siempre habían estado juntas, su madre y ella. Las dos contra el mundo. Ahora su pérdida dejaba un vacío que ni su supuesto padre podría llenar. Eso, si se lo decía.
Metió la ropa que no se iba a quedar en una bolsa y la donó a la caridad. Sí, incluso en los Hamptons, había zonas donde no se extendía la riqueza de la mayoría. Luego, limpió la casa. Y sabía que estaba retrasando lo inevitable.
—A la mierda.
Cogió una cerveza fría de la nevera y puso la caja sobre la mesita delante del sofá. La miró fijamente, como si contuviera una bomba. Dio un trago a su cerveza y la abrió.
Lo primero que vio fue una fotografía de tres hombres y dos mujeres, una de ellas era su madre.
Qué joven estaba. En la siguiente fotografía aparecía su madre con uno de los hombres, tomándola de la cintura.
Llevaba el cabello largo, moreno, como ella y una sonrisa arrebatadora.
Y sí, era muy guapo. Le sonaba su cara, pero no sabía bien quién podía ser.
Imaginó su rostro comparándolo. Puede que sí se pareciera algo, tal vez la mandíbula, o el cabello. Los ojos eran de su madre.
Siguió viendo objetos, una estrella de mar, algunas cintas y más abajo, una carpeta con lo que supuso que era su partida de nacimiento. Ponía la fecha, la ciudad, Nueva York, y abajo manuscrita con la caligrafía de su madre, lo vio. Richard Donovan.
¿Donovan? ¿El padre de los gemelos? ¿Cómo era posible?
Se sintió anonadada. Lo conocía, por supuesto. Alguna vez iba a La Sirena con su esposa, la millonaria Margot Cresswell. Incluso habían tenido una niña.
Estuvo dos días enferma de dolor. No solo porque su madre se había ido, sino porque no le había llegado a decir quién era su progenitor antes de morir, en qué circunstancias se habían conocido o porque de repente, tenía dos hermanos. Tres si contaba a la niña.
Los buscó en Internet, aunque los conocía de sobra y entendió por qué su madre no quería que se acercara a ellos. O cuando ella comenzó a salir a las hogueras, se relacionara con el resto de los jóvenes. Tal vez su madre tenía miedo a que tuviera algo con los gemelos.
Abrió las redes de Leo Donovan, que era quien mantenía más activas sus redes. Y sí, salían fotos de todos. Eran ellos, sin duda. Aunque en el fondo, ya lo sabía. Todo le cuadraba. Tal vez debería marcharse de la ciudad.
Por otra parte, tenía curiosidad. Y le iba bien en su trabajo. Hasta había hecho un par de amigas. Quizá podría hablar con él, decirle quién era y no por el dinero. Jamás aceptaría ni un solo dólar de él. Pero… ella siempre se había criado sola, con su madre.
Calculó las fechas en las que había sido concebida y por lo que había averiguado preguntando aquí y allá, sucedió antes incluso de conocer a Margot y después de que se hubiera divorciado de su primera esposa.
Bueno, al menos no había sido un canalla por engañarlas a ambas. Aun así, seguía dudando. Pero se quedó.
Unos días más tarde, en el trabajo. Leo y Jacob, con Ben, aparecieron por la puerta. Los observó, viendo en sus rostros el suyo propio.
Se lo estaban pasando de maravilla, ajenos a su sufrimiento. Y sí, puede que ellos no tuvieran la culpa de nada, pero ella tampoco.
Ben se acercó con una sonrisa tímida. Llevaba el cabello más corto, tal vez por eso que dijo de la academia y una camiseta que se ajustaba a sus hombros como si hubiera sido hecha a medida.
—Hola, Stella, me he enterado de lo de tu madre, lo siento mucho. ¿Cómo estás?
—¿Tú qué crees, Ben?
—Fatal, lo entiendo. Oye, que si... necesitas algo, aunque sea un hombro sobre el que llorar, puedes contar conmigo.
—Tú nunca paras, ¿verdad? Incluso cuando estoy de luto.
—No es eso, Stella. Solo me ofrecía...
—Déjame en paz, Ben. Me tienes harta.
Se marchó hacia el almacén y se encerró. Puede que no hubiera sido justa del todo, pero ese tío era... o tal vez estaba furiosa con Richard Donovan y él había llegado en el peor momento.