Capítulo 36
M e quedo petrificada, la mano en el pomo, contemplando a los viandantes al otro lado de la puerta. La historia ha terminado y mi vida vuelve a ser mía, pero no parece que el tiempo avance. Siento el corazón dentro de un tirachinas, a punto de ser lanzado lejos de mi cuerpo.
Me vuelvo hacia Anna, que me observa con distante confusión.
—Grant —repito.
Su rostro permanece inexpresivo.
—Grant Hoffman.
Frunce el ceño y niega con la cabeza, como si no le sonase de nada.
—El interés amoroso —termino por decir, aunque me chirría muchísimo reducirlo a ese simple título.
Anna deja escapar una carcajada confusa y me mira como si estuviera loca.
—No había ningún interés amoroso —dice—. Esa era la gracia. Era mi cínico libro posdivorcio; quería escribir tan solo a una chica quemada con la romántica y que se tomaba la revancha.
Todo zumba a mi alrededor. Niego con la cabeza.
—No, Grant —repito, por si no me hubiera oído correctamente las primeras dos o tres o cuatro veces—. El que iba en el Uber que robé.
—¿El conductor?
—¡No! —La frustración se va apoderando de mí—. El pasajero. Lo llevé a la casa de la playa de Steph. ¡Mató a Jack!
—No había ningún pasajero —me asegura—. Tú mataste a Jack.
Mi mente recupera de golpe algo que dijo le Regalante: «Es poco probable que la trama se cumpla al cien por cien». Me mareo al intentar comprender todo esto, al tratar de reprimir la esperanza.
Imposible. Grant tenía un papel demasiado importante en la historia para ser un personaje accidental. Para mí, en muchos sentidos, él era la historia.
—Pero si estaban todos los clichés —le discuto—. ¿Qué me dices del Fin de Semana de los Enamorados en el bed and breakfast ? ¡Solo había una cama!
Ahora me mira igual que Grant miraba a Raj cuando se puso a soltar incoherencias.
—El Fin de Semana de los Solteros —me corrige con dulzura—. Y solo había una cama… porque eras la única huésped.
—Pero ¿y la lluvia? —alego.
—Es Londres —responde.
—Entonces ¿cómo acabó? —exijo saber—. En tu versión, según la escribiste. ¿Cómo acabó?
Anna se encoge de hombros.
—En parte ese es el motivo por el que he abandonado la historia. Lisa te acorralaba, te revelaba que era ella la villana y te proponía que unierais fuerzas. Y en principio era lo que ibas a hacer. Ibas a ser la chica buena que se volvía mala, con el corazón endurecido y ansia de sangre.
Esboza una sonrisa y se recuesta en la silla.
—El caso es que te negaste a cooperar. A veces los personajes tienen esas rarezas.
Toman sus propias decisiones. Y, a la hora de la verdad, no quisiste dejar que ganara la amargura.
Por sola y abatida que estuvieras, seguías albergando esperanza.
—Hace un gesto desdeñoso con la mano—. Como lectura, no era demasiado emocionante, pero me hizo darme cuenta de que, al final, tal vez no haya terminado del todo con la romántica.
La contemplo estupefacta.
—Tengo que irme —balbuceo caminando hacia atrás con torpeza—. Ay, Dios, tengo que irme.
Casi tiro un expositor de libros mientras corro hacia la salida. Pero me detengo de nuevo junto a la puerta. Una última oportunidad de obtener respuestas antes de irme.
—Espera —digo sin aliento al tiempo que me vuelvo hacia Anna—. Es probable que no lo escribieras y que ni siquiera se te haya pasado por la cabeza, pero… ¿qué fue de Raj?
En el rostro de Anna se dibuja una enorme sonrisa de magnanimidad al tiempo que entrelaza las manos sobre la mesa.
—Gracias a tu ayuda, Raj se recuperó del todo y decidió cambiar de vida. Le propuso matrimonio a Hugh, su pareja de siempre, y por fin se presentó a The Great British Bake Off . Y ganó.
Asiento con despreocupación, como haría cualquier persona que se interesa lo normal por un personaje secundario de ficción.
Y casi lo consigo, hasta que se me forma en la garganta un nudo del tamaño de un sapo y se me escapa un «qué bonito» casi sollozado. Jo. El bueno de Raj.
Sorbo por la nariz para recomponerme y le lanzo una última mirada.
—Gracias —le digo, y por fin me doy la vuelta para marcharme.
—De nada —responde a mi espalda—. ¡Y de nada también a Grant, quienquiera que sea!
Al principio me falta tiempo para escapar de la librería. Pero en cuanto mis pies pisan la acera, me quedo paralizada.
Todo lo que imaginé con Grant, todo lo que le dije que deseaba: una vida real, con sus altos, sus bajos y sus medios, ahora es posible. Si corro, le daré alcance en unos veinte minutos. Pero entre querer algo e ir a por ello hay mucha diferencia.
Decir adiós a Grant fue una de las experiencias más dolorosas de mi vida.
Pero si no nos hubiéramos despedido ahora, el dolor tan solo se aplazaría a un momento en el futuro.
Seguiría escondido, agazapado y a la espera para dar el golpe en el momento menos pensado.
El día que lo perdiera, o el día en que me rompiera el corazón.
O puede que el dolor se disipe y se reparta en un sinfín de días en los que nos sintamos atrapados en la relación, ni tan esperanzados como para luchar por ella ni tan desesperanzados como para dejarla.
«Podrías volver a casa —musita esa vieja voz en mi cabeza—. Vete a casa, retoma lo que ya conoces y deja esta historia en la estantería. No es más que otra novela romántica. Con su comienzo, su desarrollo y su final. Nada más».
Echo a correr.
Subo los escalones como una exhalación y al llegar a la puerta ya estoy rebuscando las llaves, pero no las encuentro. Me palpo cada bolsillo a la vez que miro por las ventanas por si viera a Grant.
Pero, por supuesto, no hay rastro de él.
De hecho, no hay rastro de nada conocido porque esta es la casa real en la que se basaba la de Lesley.
A través de los cristales vislumbro trazos beis y linos en tonos naturales, ni el menor atisbo de los gastados colores joya que eran propios de nuestro amigo.
Siento una punzada en el pecho al percatarme del cambio, pero no dejo que afecte a mi determinación. ¿Que Grant no está aquí? Vale. Pues si tengo que peinar la ciudad, la peino.
Al darme la vuelta, me quedo pasmada. Al otro lado de la calle, en nuestro banco del jardín, lo veo sentado.
Pero él no me ve a mí. Está absorto en sus pensamientos, como un retrato enmarcado por hierro forjado cubierto de hiedra y brotes recientes de verdor.
Dudo un instante. Ya no hay una estructura narrativa tras la que esconderse. No hay pistas argumentales en las que apoyarse. Solo nuestras torpes decisiones y todo su peligroso potencial. Un paso más y todo cambiará.
Pero, al mirarlo, se afloja en mi interior algo que permanecía muy tenso.
Así que bajo los escalones a todo correr.
A pesar de que una vocecilla sigue susurrándome que cambie de dirección, voy derecha hacia él, hacia la verja.
Que no se abre, porque para qué va a abrirse.
Es un jardín privado y yo ya no tengo la llave.
Así que pienso: vale, si un personaje de ficción puede vivir un romance real, la realidad también puede admitir un poquitín de comedia romántica.
Haciendo honor a Notting Hill , escalo la verja, enfrentándome a los hierros y a las ramas enredadas en pos de lo que me espera al otro lado.
Y haciendo honor a Hugh Grant, me tropiezo por el camino y caigo sobre el jardín con una elegante y muy británica exclamación, solo que a mí me sale en forma de:
—¡Joder!
Una mujer mayor que ha salido a pasear y ha sido testigo de mi allanamiento me reprende alzando la voz desde el otro lado de la verja, pero sus quejas se desvanecen en el momento en que, mientras me sacudo el polvo, mi mirada se cruza con la de Grant.
Él, algo perplejo, se pone de pie y me observa con esa arruguita perfecta entre las cejas.
Yo renqueo hacia él; él corre hacia mí. Los dos nos detenemos frente al otro. Es la primera vez que nos vemos cara a cara fuera de un libro. Busco en mi mente las primeras palabras más apropiadas.
—Eres una persona real —me sale.
—Lo sé —responde él—. Lo supe en cuanto acabó todo. Abrí la verja y, de repente, la llave desapareció de mi mano. ¡Si la tenía en la puñetera mano! —Me alarga la palma vacía como inquietante demostración de lo que dice.
—Sí, guau… —comento aturdida, intentando todavía recuperar el aliento. Mi corazón no da señales de querer calmarse, y se me ocurre que no sucederá hasta que le diga a Grant lo que he venido a decirle.
Son unas palabras que no he pronunciado ante nadie y que casi ni me he permitido pensar.
Sin embargo, llevan tiempo formándose en mi lengua, pugnando por salir a pesar de mis intentos por tragármelas.
Ahora que estoy de nuevo junto a él y veo sus ojos expectantes y algo preocupados, tengo que pronunciarlas. En voz alta. De verdad.
—Tengo miedo —digo. El corazón me palpita con fuerza y es posible que la garganta se me esté cerrando—. Tengo muchísimo miedo. Pero aquí estoy, y creo que eso podría ser lo fundamental.
Grant esboza esa media sonrisa sabedora antes de alargar la mano y retirarme una ramita del pelo.
—Creo que podrías tener razón.
En mitad de este dramático y emocionantísimo momento de confesión, la señora de la calle se ha acercado hasta la valla para gritarnos:
—¡Fuera de ahí! ¡Ese jardín es solo para residentes!
Sin hacerle el menor caso, los miedos que guardo en mi interior empiezan a salir en tromba y las lágrimas me escuecen en los ojos.
—No voy a saber ni lo que hago —reconozco.
—Yo tampoco —responde Grant—. ¿Desde cuándo eso nos ha parado los pies?
El nudo en la garganta se va deshaciendo poco a poco, como un cubito de hielo, pero el dolor sigue ahí. La señora de la verja sigue dale que te pego, riñéndonos por nuestra «absoluta falta de educación».
—¿Y si la pifiamos?
—¿Es que no nos conoces? —me pregunta Grant—. Pues claro que la vamos a pifiar. Buscaremos la solución, que es lo que hacemos siempre.
—Pero ¿y si solo te gusto porque me has visto en mis mejores momentos?
Grant entrecierra los ojos y me observa inquisitivo.
—Cuando te conocí, intentabas vomitar en un cubo de basura, y fallaste, y luego robaste un coche.
—¡¿Que robó un coche?! —aúlla la señora desde la calle—. ¡¿Ha dicho que robó un coche?! ¡¿Qué será lo próximo, prender fuego al parque entero?!
—Mira —dice Grant dando un paso hacia mí—. Sé que nos hemos conocido en unas circunstancias extremas.
—¡¡¡Voy a llamar a las autoridades!!! —chilla la mujer.
—Y fue terrorífico, extrañísimo e increíble —prosigue Grant—. Y no voy a ponerme aquí y ahora a fingir que verte pegarle un puñetazo en la cara a un tipo no fue impresionantemente sexy.
Sorbo por la nariz.
—¿A que sí?
—Ufff, y tanto. Pero ¿esto? —Posa la palma de la mano en mi pecho, justo por encima de mi corazón, cálida y segura—. Eres tú. Eres todo lo que quiero. Tal y como eres, dando puñetazos o poniendo acentos terribles o doblando la colada. Quiero compartir la vida real contigo.
Aquí parada, con el corazón casi literalmente en sus manos, empiezo a ser consciente de lo tranquila que estoy.
De cómo esa voz que me urgía a huir se ha convertido en un mero susurro.
No es que haya perdido el miedo, pero se está empequeñeciendo hasta convertirse en algo que puedo soportar.
¿Y si no termina de irse del todo nunca?
De alguna manera creo que prefiero pasar miedo con Grant a mi lado que vivir sin miedo y sola.
—Yo también lo quiero —musito.
Al fin me dejo envolver por su pecho, me acurruco contra su corazón, real y palpitante.
Grant me rodea con los brazos y me acaricia la espalda; luego apoya la barbilla en mi cabeza.
No se me ocurre absolutamente nada mejor que esto, hasta que desliza la mano entre mi pelo e inclina mi cabeza hacia arriba.
Entonces nuestras narices se rozan y su boca se acerca a la mía.
—¡Gracias al cielo! —exclama la señora—. Agente, estos granujas están allanando un jardín privado.
Grant se queda inmóvil y se echa hacia atrás para mirarme a los ojos con el ceño fruncido por la confusión.
—Perdona, pero ¿nos acaba de llamar «granujas»?
—Increíble —respondo—. Cuando está clarísimo que somos unos tunantes.
—¡¡¡Saque ahora mismo de ahí a ese par de tunantes!!!
—¿Ves? Ahora sí que ha acertado.
Grant sonríe y, acto seguido, me besa con tanta pasión que los chillidos de la señora al otro lado de la verja se pierden como si fueran ruido de fondo, y me pregunto si no me flaquearán las piernas.
Pero no. No es debilidad lo que siento ahora mismo, sino fortaleza.
Como si fuera capaz de todo. Como si juntos fuéramos capaces de todo.
Solo nos separamos cuando un policía carraspea con pocas ganas a nuestras espaldas.
—A ver, pareja —dice—. Se acabó el espectáculo. Es hora de que os vayáis.
Caminamos del brazo mientras el agente nos acompaña a la calle, reprimiendo sendas sonrisitas, como adolescentes a los que acabaran de pillar enrollándose detrás de las tribunas del polideportivo del instituto.
—No sé por qué —le comento a Grant—, pero cuando nos imaginaba contraviniendo la ley, no era precisamente metiéndonos en un jardín.
—Huy, pues yo sí —responde él—, tienes toda la pinta de meterte en jardines, Mitchell.
—¡Dice el primero que se metió en uno!
Grant me sonríe de oreja a oreja.
—Bueno, supongo que eso nos convierte en cómplices en el delito.
—Sí. —Sonrío tanto que irradio alegría por todo el cuerpo—. Me figuro que sí.
Una vez cruzadas las puertas y de vuelta en la calle, nos despedimos con la mano de la señora, que menea la cabeza con un gesto severo de desaprobación, y echamos a andar por la acera sin la menor idea de hacia dónde nos dirigimos o cómo vamos a llegar.
Sin mapas, sin planes, sin pistas. Tan solo dados de la mano y caminando el uno junto al otro.
Tan solo él, tan solo yo. Tan solo los dos.