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Epílogo. Un año después

Epílogo

Un año después

Grant, con el rostro contraído por el terror, suelta una retahíla de juramentos seguida de un coro de «Ay, Dios. Ay, Dios. Ay, Dios».

—Oooh —grito por encima del fuerte viento, intentando darle una palmadita en el hombro—, qué recuerdos me traen tus palabras.

Él no parece demasiado nostálgico, a juzgar por su mirada horrorizada.

—No tienes por qué hacerlo —le recuerdo.

—No —responde medio mareado al tiempo que cierra los ojos—, si es que quiero hacerlo.

Después de volver de Londres, Grant empezó a elaborar una lista de aventuras que experimentar juntos, cosas que le recordarían cómo «vivir a tope».

Oficialmente no me deja llamarla «Lista Enrole Diem » (aunque ya os digo yo que se llama así).

Hacer paracaidismo era la primera actividad que apuntó, pero también es con la que más ha remoloneado.

Toma aire con fuerza y, tenso, se vuelve hacia Zeke, el instructor al que está enganchado.

—Vale —anuncia con voz ahogada—. Estoy listo.

Se colocan en posición, con el cielo azul bajo sus pies, y Zeke comienza la cuenta atrás.

—¡Espera! —grita Grant, apoyando una mano en la pared del avión antes de que Zeke llegue al cero. Se vuelve hacia mí con el ceño más fruncido que nunca.

—Te quiero —dice, como si fueran sus últimas palabras.

—Bien dicho. —Zeke le da un golpecito en el hombro. Antes de que yo pueda responderle lo mismo a Grant, nuestro instructor grita—. Oh, oh; creo que hay un problema con… —Y se tira del avión, llevándose consigo a Grant.

Lo último que oigo es cómo este le grita «¡¿Qué?!», pero el sonido se va empequeñeciendo como en una caricatura conforme caen en picado.

Mi instructora, Mari, se ríe detrás de mí.

—Siempre hace lo mismo —comenta.

Mientras nos disponemos a saltar, entrecierro los ojos y veo el puntito que Grant y Zeke forman sobre las ondulantes colinas del oeste de Massachusetts.

Estoy al cien por cien segura de que Grant no puede oírme (más que nada porque yo tampoco puedo oírlo a él y estoy al ciento diez por ciento segura de que ahora mismo grita como un descosido), pero respondo: «¡¡¡Te quiero!

!!», porque quería chillarlo desde lo más alto mucho antes de que pudiera atreverme siquiera a musitarlo, así que tengo mucho que compensar.

Y diría que un avión traqueteante a diez mil pies de altitud puede valer como «lo más alto».

Cuando Mari y yo nos arrojamos al vacío, me maravilla que nunca me canse de esta sensación: el frenesí de la anticipación, el subidón de la caída libre y la paz total y absoluta al posarme de nuevo sobre el suelo. No hay nada igual.

Salvo, por supuesto, lo que me espera cuando aterrizo.

De vuelta en tierra firme, Grant corre con gesto desgarbado hacia mí, no sé si porque todavía le flaquean las piernas o por lo mucho que se ríe.

—Yo esto no vuelvo a hacerlo —señala emocionado al tiempo que me envuelve entre sus brazos.

Sonrío contra el hueco de su hombro.

—Pues yo pienso hacerlo mil veces más.

Grant me besa la sien y me estrecha con fuerza.

—Y cuando lo hagas, yo te esperaré abajo con un globo y una red de seguridad, por si acaso.

Horas más tarde, estamos disfrutando de la esperada segunda parte de nuestra aventura de hoy, acurrucados en casa de Grant, en chándal, con nuestro té y nuestros libros.

La madera de abedul crepita entre llamas en el televisor, el sofá está cubierto de un montón de mantas y mi sorprendente tercer mejor amigo, Arthur, ronronea en mi regazo.

Llego al final de mi libro, escrito a doble espacio y encuadernado en espiral, y lo cierro con un suspiro. Junto a mi hombro aparece una taza humeante y, al alzar la vista, me encuentro a Grant mirándome con expectación.

—¿Y bien? —pregunta al tiempo que me tiende la taza de té y se apoya en el reposabrazos—. ¿Cuál es el veredicto?

Hace meses que Anna me envió el manuscrito de El beso de la muerte junto con un ejemplar de lectura anticipada de su última novela (un romance sin asesinatos sobre dueños de hostales rivales) y una carta en la que me prometía enviarme galeradas de todos sus títulos futuros, «por las molestias».

El romance me lo bebí en un fin de semana. El manuscrito me ha durado más.

Estuvo esperando en la mesa de la cocina un tiempo, acumulando polvo mientras yo dudaba si leerlo. Pero poco a poco, a medida que la vida real con Grant empezó a eclipsar nuestros surrealistas comienzos, la curiosidad me venció y me puse con él.

—Ha sido… raro —digo—. Como asomarse a un universo alternativo.

Incluso donde difería de mi experiencia, había cierta nostalgia en la lectura, al regresar por nuestros antiguos pagos y rememorar aquellas aventuras. Al reencontrarme con Lesley y saber que ahora siempre está a unas pocas páginas de volver a la vida.

En cuanto a la ausencia de Grant en la novela, me produjo un extraño alivio, al recordarme que está aquí, donde le corresponde.

Me alegro por mí, claro, pero también porque el mundo real tiene el privilegio de contar con Grant Hoffman entre sus habitantes.

Me alegro de que disfrute de su ceño fruncido, sus conocimientos variopintos y, cualquier día de estos, una brillante novela de detectives magos.

Igual que me alegro de que pueda vivir, aprender, enseñar y amar como nadie más sabe hacerlo.

Sonrío cuando me besa el hombro y viene a acomodarse en el otro extremo del sofá.

—Aunque me gustó más nuestra versión —añado.

Esa versión, al fin y al cabo, es la que nos ha traído hasta este momento y todos los demás que hemos compartido.

Paseos por la ribera y sándwiches en el parque, escapadas de fin de semana y noches de Trivial.

Mi primer día como profesora en Zona de Combate, y el cucurucho de churros que me esperaba allí de parte de Grant.

Y la visita que hicimos a Steph en su casa de la playa, donde Grant nos ofreció una interpretación digna de un Oscar en su papel de «tío que no sabe dónde está el baño porque jamás ha matado a nadie en él».

Dejo el manuscrito en la mesita de centro.

—¿Sabes? Ahora que echo la vista atrás, debí de haber adivinado que no eras un héroe romántico —digo—. Ni siquiera proclamaste que llevabas enamorado de mí desde el instante en que secuestré el Uber.

La arruguita de siempre asoma justo entre sus cejas.

—Claro, porque no fue así. Te pasaste nuestras dos primeras horas juntos traumatizándome. —Alarga la mano y rasca a Arthur entre las orejas; cuando su mirada se cruza con la mía, se le curva la comisura de la boca—. Aunque es cierto que empezaste a gustarme mucho antes de lo debido.

Me arrellano en el sofá y cruzo las piernas sobre las suyas.

—A mí también.

Pero no cambiaría lo sucedido, nada de nada.

Ni por todos los discursos románticos y los finales felices del mundo.

De todas formas, las novelas románticas no van de eso.

Por supuesto que presentan muchas más carreras por aeropuertos para declararse ante el ser amado de las que se ven en el mundo real.

Y la tasa de camas por persona, francamente, da que pensar.

Pero, al final, de lo que tratan en realidad es de cosas de las que todos somos capaces: amor, valentía, esperanza.

Ofrecen un «felices para siempre» no como final, sino como invitación a escribir nuestros propios comienzos.

A dejar que la vida continúe donde la ficción acaba.

En cuanto a Grant y a mí, nuestra vida juntos no es una historia, sino miles: las que hemos leído, las que hemos vivido, las que nos contamos el uno al otro y las que están por venir.

Las que nos han sucedido y las que hemos elegido.

Y, aunque algunas sean de ficción, todas ellas han sido de verdad.

Porque las mejores historias siempre lo son.