Este libro puede matar Capítulo 35
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Capítulo 35

C uando consigo llegar a Libros Bramble y me dejo caer en una de las últimas sillas disponibles, hace rato que empezó la lectura.

Desde donde estoy, apenas veo a Anna y tampoco consigo escuchar sus palabras, pero da igual; bastante surrealista es encontrarme en el mismo lugar que ella después de todo este tiempo.

Los asistentes estallan en aplausos, y yo continúo atónita y callada mientras todos los demás vuelan a que les firme sus libros.

Pero cuanto más tiempo sigo sentada, más siento cómo me rompo por dentro.

Como si algo helado en mi interior fuera agrietándose y partiéndose hasta formar un mar salpicado de fragmentos de emociones.

Angustia. Impotencia. Agotamiento.

Aunque, cuando Anna se despide del último de sus seguidores y por fin nos vemos cara a cara, es la rabia la que asciende hasta la superficie.

Al principio no se percata de mi presencia.

Parece satisfecha esta mujer pelirroja y menuda que me ha arruinado la vida.

Sonríe con serenidad mientras reúne los ejemplares de sus novelas románticas como si no llevara un mes haciéndonos vivir un infierno a Grant y a mí.

La amargura que me va llenando termina por darme el impulso para levantarme del asiento.

—Oye —la llamo con voz airada mientras recorro con paso firme el pasillo que forman las sillas hasta llegar a su mesa. Ella levanta la vista sorprendida—. Soy Roxie Mitchell —espeto— y tengo un par de cosas que decirte.

Anna me mira en un asombrado silencio, puede que calculando cuál es la forma más rápida de alertar a los de seguridad sobre la fan acosadora y pirada que tiene delante.

—Joderrr —termina por musitar. Entonces, sin pestañear, añade—: Sí, veo quién eres. Y sí, me lo imagino.

Me quedo tan estupefacta como lo está Anna, y como ella sigue esperando a que hable, las dos nos miramos con la misma estupefacción de un lado al otro de la mesa.

—¿Cómo? —acierto a responder—. ¿Que sabes… quién soy?

—Bueno, debería, ¿no? Yo te he escrito, así que te reconocería en cualquier parte. La cuestión es ¿cómo puedes estar ahora mismo parada delante de mí en una librería real?

Eso, ¿cómo?

—No me vas a creer —empiezo por decir—, pero es una cuestión de… magia. —Incluso ahora, que llevo semanas inmersa en esta experiencia sobrenatural e imposible, me suena disparatado.

—Soy autora de romántica —contesta enarcando una ceja—. Si alguien cree en la magia, esa soy yo.

Así que tomo aire y le cuento cómo sucedió. Le confieso cómo adoro sus libros desde siempre y que deseaba en secreto poder vivir en ellos. Cómo conocí a le Regalante y cómo el deseo dejó de ser tan secreto para pasar a ser demasiado real.

—Ay, cielos. —Sus pulseras tintinean cuando se echa hacia atrás y se cruza de brazos—. Así que cuando conociste a Jack…

—Pensé que era el típico encuentro cuqui —respondo dolida al recordarlo—, en una comedia romántica.

—Ufff. —Arruga la cara—. Lo siento.

Y, por el modo en que lo dice, lo siente de verdad.

De pronto la veo como lo que es en realidad: no una sádica, sino una soñadora con una imaginación desbordante.

Una contadora de historias. Y, por mucho que me fastidie (o puede que precisamente por eso), tengo que admitir que la que ha contado aquí es buena.

En cuestión de un instante, se evapora toda la hostilidad que me quedaba dentro.

—Mira —suspiro—, en realidad solo he venido para pedirte una cosa. No quiero que sigas escribiendo sobre mí. Esto ha sido… —Me esfuerzo por sonar serena, lucho contra el nudo que siento en la garganta—. Ha sido muy duro. Y necesito volver a mi vida. La real.

Ella asiente y esboza una sonrisa compasiva.

—Dalo por hecho. —Se inclina hacia delante con ademán conspirativo y añade—: En realidad, estoy pensando en guardarlo todo en un cajón. Me emocioné demasiado en lo que a publicidad se refiere, pero al final no me sentía demasiado yo con este libro. Creo que necesitaba sacármelo de dentro y ya.

Parpadeo sin saber muy bien qué sentir. Así, sin más ni más, nadie va a contar nuestra historia. Nunca llegaré a leerla.

Aunque, bien visto, tampoco importa. Me la sé de memoria.

—Bueno, pues… estupendo —respondo—. Me alegro de que te la sacaras de dentro.

Ella asiente con un amplio gesto, casi una reverencia.

Yo me siento vacía. No tengo nada más que decir y estoy más que dispuesta a que Anna Matthews deje de controlar mi vida.

Así que me doy media vuelta para marcharme, con la esperanza de que algún día yo también pueda sacarme de dentro esta historia y sus dolorosos detalles igual que ha hecho ella.

Aunque al mismo tiempo temo el día en que deje de sentirla con tanta intensidad, en que se difumine como el recuerdo de un sueño.

Entonces, como si alguien retorciera un puñal clavado en mi corazón, me acuerdo de algo y me detengo.

—Por cierto, Grant me ha pedido que te dé las gracias —digo a mi espalda.

Estoy a punto de llegar a la puerta, y de regresar a mi vida real, cuando oigo su voz.

—¿Quién es Grant?