Este libro puede matar Capítulo 34 #2
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Capítulo 34 #2

De camino a casa de Lesley me siento llena de incertidumbre, como si en cualquier momento la acera fuera a rajarse para que nos tragara la tierra.

El alivio momentáneo de haber derrotado a Lisa se ha esfumado en su mayor parte, sustituido ahora por un temor creciente.

Es como si sintiera la palabra FIN respirándome en el cuello.

Me concentro en los pasos de Grant, en el cuidado con que camina, como si estuviera inmerso en sus reflexiones.

Los detalles, minúsculos y perfectos, que posee son innumerables: la calidez de su voz, el lunar en su índice derecho…

Me pregunto si Anna se los habrá inventado todos o si habrá algo en él que vaya más allá, que sea solo mío.

No me imagino que pueda conocerlo como lo conozco yo.

La casa está inusualmente silenciosa cuando llegamos, y no nos resultaría natural estar en ella nosotros dos solos, por lo que nos acomodamos en los escalones de la entrada.

Sería una bonita escena final. El héroe y la heroína juntos, victoriosos bajo el sol de la tarde, encarando la promesa de una vida en común ahora que han vencido al villano.

Pero el caso es que es una promesa que no se puede cumplir.

Por mucho que Anna escriba sobre nosotros (ya sea un montaje de una felicidad que dure días o semanas, o un epílogo un año más tarde), de una u otra forma, la historia debe terminar.

Tiene que haber una última palabra en una última página y una cubierta de fría y dura tapa que se cierre tras ella.

Es una tortura desear que esto dure para siempre sabiendo que no es posible, que un final feliz sigue siendo un final.

—¿Qué te parece? —pregunto con voz ronca—. ¿Podría haber una secuela?

Grant parece pensárselo.

—Puede —responde, aunque la curva de sus cejas no ofrece demasiada esperanza—.

Lisa no ha muerto; podría regresar para vengarse de nosotros.

—Su mirada, suave y segura, se posa sobre mí—.

Seguiríamos juntos —afirma—. Formamos un equipo demasiado bueno como para separarnos. Al menos podríamos contar con eso.

Asiento y trago saliva dolorosamente.

—A diferencia de la vida real —respondo—. Donde podríamos pifiarla, rompernos el corazón el uno a otro y ya nunca sería lo mismo.

Grant asiente y su mirada se pierde en la distancia. Intento grabarme su perfil en la memoria. El asomo de barba a lo largo de su mentón, el modo en que el sol hace que sus ojos brillen casi ambarinos.

—O bien… —prosigue— podríamos conocer a las respectivas familias y volver a casa en coche dados de la mano. Ir a conciertos, planificar las vacaciones y ser el contacto de emergencia del otro.

—Y leer juntos —digo yo—. Salir a pasear, levantarnos tarde e ir a por helado después de trabajar. —Me mata pensar en todas estas cosas que, antes, habría rechazado. Sombras de una vida que nunca tendremos.

Grant me dedica una sonrisa agridulce y sabedora mientras las palabras flotan en el aire.

—Lo quiero todo —admito con una voz que me escuece en la garganta.

—Y yo quiero que lo tengas —responde Grant en un susurro. Alarga la mano, tomando la mía, entrelaza nuestros dedos como hemos hecho tantas veces antes—. Por lo que —continúa— debes ir a Libros Bramble y pedirle a Anna que acabe con esto.

El aire se me escapa de los pulmones cuando lo miro sorprendida. No por las palabras que ha pronunciado, noto con desaliento, sino porque las haya dicho antes de que yo pudiera hacerlo.

Puede que haya más historia que contar, más hazañas heroicas, más huidas vertiginosas. Podría quedarme y averiguar qué sucederá a continuación. Podría buscar a Anna y rogarle que no deje de escribir sobre nosotros, que nos envíe a todo tipo de emocionantes aventuras por siempre jamás.

Pero nunca serían «nuestras» del todo. Siempre estaríamos atados a un arco narrativo, viviendo de prestado. Sería una historia, no una existencia.

Me muero por contradecirlo, por idear una forma de eludir lo ineludible. Pero, mientras mi mente se acelera, mi visión se empaña por las lágrimas, porque en realidad ya lo sé: no hay otra solución. Si nuestro romance era inevitable, también lo es nuestra despedida.

—¿Y tú? —digo ahogándome en cada palabra—. ¿A dónde irás?

—A donde quiera que vayan los personajes —responde citando a le Regalante—.

A la Boston de ficción, supongo. Sigo teniendo un gato que alimentar.

—Su boca se curva en una leve sonrisa, aunque la tristeza vela su rostro—.

Puede que hasta vuelvas a leer sobre mí algún día, en algún otro libro de Anna Matthews.

El profesor favorito de alguien, o el viejo que lleva la librería.

Puede que hasta salga de fondo, en la tele, ganando Jeopardy!

, mientras los protagonistas viven su encuentro cuqui.

La emoción me golpea con todas sus fuerzas, como un ancla que cayera sobre mi pecho. Es impensable regresar a un mundo en el que no esté él. Un mundo en el que todas mis esperanzas se limiten a hojear un libro con la esperanza de atisbar su presencia.

Pero no puedo impedirle vivir la vida que conoce.

La vida que desea. Y que no es una plagada de asesinatos y persecuciones en coche, sino de clases y martes de café con los amigos.

De batirse con la espada por afición, no para sobrevivir.

Esa vida es a la que debe volver. Y, después de todo por lo que ha pasado, merece esa tranquilidad.

Los ojos me arden, por lo que trato de pestañear, pero siento cómo se me escapa una lágrima que desciende por mi mejilla.

Grant me la enjuga y, por un instante, me sujeta el rostro en el cuenco de su mano.

Yo cierro los ojos, como si al hacerlo pudiera detener el tiempo.

Solo un minuto, o quizá para siempre. Me inclino hacia él y toco su frente con la mía.

—¿Vendrás conmigo? —le pregunto, mi voz sale en un involuntario susurro.

Grant asiente.

—Si así lo quieres… —responde—, aunque si me quedo aquí podemos fingir que todo ha sido real. Que no somos más que dos personas que se despiden antes de seguir caminos separados.

No creo que tengamos que fingir nada. Si hay una cosa que he aprendido en este tiempo junto a él es que la ficción y la realidad son la noche y el día, no universos opuestos, sino el mismo mundo en distintos colores.

Nuestra historia siempre será tan verdadera para mí como cualquier otra parte de mi vida.

Lo único irreal es la posibilidad de que fuera a alejarme de él si de veras tuviese otra opción.

Pero la idea de ver cómo acaba todo, de verlo desaparecer cuando termine como si nunca hubiera existido, es algo que no soportaría.

Así, puedo imaginar qué le sucederá a continuación.

Que se subirá a un avión y volverá a casa.

Que inspirará a sus alumnos. Que escribirá su libro.

Que vivirá la vida como solo él sabe hacerlo, con reflexión, honestidad, siempre con algo de miedo pero también atreviéndose a vivirla.

Con todo el cariño y la pasión, y con mucha más valentía de la que cree poseer.

Me muero por besarlo una última vez. Pero también estoy segura de que, si lo hago, no seré capaz de marcharme.

Así que me quedo donde estoy, los ojos cerrados con fuerza, memorizando el tacto de sus manos en las mías.

Como si una parte de mí, desesperada, todavía creyera que, si lo conservo lo bastante cerca, podré esconderlo y llevármelo de tapadillo de vuelta a mi vida.

Al cabo de unos momentos en silencio, me besa la frente y no hace falta que diga el adiós que ya conlleva. Le suelto las manos.

Evito mirarlo mientras bajo los escalones, con la cara girada para que no me vea llorar. Pero entonces oigo su voz a mi espalda.

—Roxie.

Cuando lo miro por última vez, el sol tiñe de dorado su ceño fruncido y sus ojos húmedos.

—Dale las gracias de mi parte.