Este libro puede matar Capítulo 34
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Capítulo 34

L isa echa a correr hacia la salida, pero Grant y yo la rodeamos para impedirle escapar.

Ella se abalanza contra Grant, dispuesta a golpearle la cabeza con la pistola, pero él ejecuta su clásica maniobra de evasión y ataque.

Yo le quito el arma y la lanzo hacia el otro extremo de la estación; cuando me giro de nuevo hacia Lisa, me recibe con su puño lleno de anillos contra mi cara.

Intento agarrarla por la cintura, pero me esquiva y termino aterrizando en el suelo. Se zafa de Grant asestándole un codazo en la barbilla, pero yo logro agarrarla del tobillo y la hago perder el equilibrio. Al desplomarse, la otra pistola se desliza por el suelo hasta caer sobre las vías.

Me pongo en pie antes que ella y, con las bridas esperando impacientes en el bolsillo, trato de atraparle las manos, pero se me escapa en el último segundo y me falta poco para recibir un cabezazo.

Las sirenas por encima de nuestras cabezas suenan más fuertes y el túnel entero crepita de energía contenida. Lisa vuelve a estar en pie y sacude los brazos, dispuesta a luchar una vez más. Pero Grant y yo seguimos llevándole la delantera, pues nos interponemos entre ella y la salida.

La salida oficial, vaya. Todos parecemos percatarnos al mismo tiempo de que una chispa salvaje destella en los ojos de Lisa y se precipita hacia las vías. Corremos tras ella, mientras el crujido de nuestros pasos sobre la grava se mezcla con el rumor del túnel a nuestro alrededor.

Grant, que es el primero en alcanzarla, la agarra del brazo.

Lisa se gira y él, aunque anticipa el golpe en la cara, no se espera la forma en que alarga el pie tras el suyo y le echa la zancadilla.

Al caer, Lisa salta por encima de él y le planta una bota de plataforma en el centro del pecho para impulsarse.

Aterriza en cuclillas delante de mí y yo tardo demasiado en entender lo que hace: en cuanto se yergue, tiene las manos llenas de grava, que me arroja directamente a los ojos.

El impacto me hace gritar y, mientras intento limpiarme los ojos con una mano, agito la otra por delante de mí, pero no agarro más que aire.

Oigo el sonido amortiguado de un puñetazo y un siseo de dolor.

Cuando recupero la visión, apenas atisbo a Grant y un hilillo de sangre que baja de su nariz.

Trago saliva para intentar reprimir la náusea que me asciende por la garganta.

Pero antes de que me dé cuenta de lo que hago, una pirada de pelo rosado se abalanza de nuevo sobre mí.

Me agacho en el último segundo, le agarro las piernas y me la cargo a los hombros.

Consigo tumbarla de espaldas sobre el andén y me arrastro tras ella.

Formamos una melé de patadas y puñetazos, y solo al cabo de varios golpes y desvíos me doy cuenta de que Grant no nos ha seguido.

Mientras tengo a Lisa atrapada en una llave de cabeza, me giro hacia las vías.

Grant está agachado y se mira los pies con el ceño fruncido.

—¿Grant?

—Estoy inmovilizado —responde, y de pronto veo la brida de plástico blanco que une su zapato al raíl y cómo intenta en vano liberar el pie—. Me lo hizo justo después de pegarme el puñetazo en la nariz.

—Gracias por haber intentado maniatarme —dice Lisa con voz ahogada—.

El material extra me vino de perlas. —Ejerzo presión cuando intenta clavarme en el brazo las uñas rosa chillón para que la suelte.

Es entonces cuando me doy cuenta de que el rumor distante y vago ya no es ni tan vago ni tan distante.

—¡Usa el cordón del zapato! —le grito a Grant.

—Es a lo que está atado —responde.

—¡¡¡Pues desátalo!!!

—¡Estoy en ello!

Lisa aprovecha el instante de distracción para desasirse de la llave de cabeza y arrojarme de espaldas contra la mugrienta pared del andén. Yo intento salir corriendo hacia Grant, pero Lisa me empuja de nuevo y me sujeta apretándome la garganta con el antebrazo.

—Vamos a hablar en serio, de mujer a mujer —me dice—. Esto es patético. ¿No ves que cuando estás pendiente de él te vuelves mucho más débil?

Le tiro del brazo y consigo el segundo necesario para alargar el cuello y echar un vistazo a las vías, pero ni toda la fuerza del mundo es comparable al rugido cada vez más fuerte que llega por el túnel y al miedo creciente a que Grant no consiga liberarse a tiempo.

Debo llegar hasta él. Debo ayudarlo a escapar. Vuelvo a concentrarme en Lisa y alargo los pulgares hacia sus ojos. Ella se escabulle justo a tiempo antes de volverse hacia mí, riéndose en mi cara y sin dejar de apretarme el cuello.

—Ahí estááá —canturrea—. ¿Ves? ¿Notas cómo el fuego prende en tu interior cuando luchas de verdad? Es lo único con lo que puedes contar en realidad.

—No, no lo es —respondo con voz estrangulada—. Puedo contar con Grant.

—De aquí a un minuto, lo que podrás contar serán los pedacitos que han quedado de él aplastados sobre las vías.

Los oídos me pitan mientras intento liberarme de su brazo. Ella me mira con una mueca de menosprecio. Grant, veo de soslayo, sigue intentando zafarse. Una luz comienza a brillar al fondo del túnel e ilumina su silueta. El ruido hace que la estación se estremezca. Lisa aprieta aún más.

—Te estoy haciendo un favor —dice—. Él te debilitaría. Pero acabarás entendiendo que todo esto, todo lo que creías que teníais juntos, no era nada. Una bella fantasía y ya.

El caso es que se acerca a la verdad, pero no podría estar más equivocada. Puede que muy pronto todo esto se esfume como un sueño, pero no habrá sido nada. Es importante. Y tampoco puede acabar así.

Cuando trato de apartar su muñeca, se resiste con todas sus fuerzas.

—Eres mejor que esto y lo sabes —sisea contra mi cara—. En realidad no crees en estas mierdas. ¡El amor no es real!

—¡Sí que lo es! —chillo, y haciendo acopio de mis últimas energías, me giro y me zafo de ella al tiempo que el rugido del tren se vuelve ensordecedor. Ella cae hacia atrás como una muñeca de trapo.

Justo del lado por el que el tren pasa a toda velocidad.

Entre el ruido del tren y la sangre que me retumba en los oídos, no puedo oírme gritar en el túnel vacío. Pero cuando tomo aire, siento la garganta ronca.

El tren desaparece al cabo de un instante, alejándose como si Grant ni siquiera existiese.

La consternación se apodera hasta del último átomo de mi ser, por lo que me arrastro por el borde del andén como si fuera mi propio cadáver.

No puedo evitar buscarlo, aunque sé que me espera la peor visión de toda mi vida.

Y ahí, entre los raíles, yace Grant, bocabajo, cubriéndose con las manos y con un zapato desatado.

Respira con dificultad.

Cuando levanta la cabeza y mira a su alrededor, tiene el rostro petrificado por el susto. Entonces se incorpora, se palpa el cuerpo en busca de lesiones y me mira estupefacto.

—La madre que me trajo —exhala.

Un sonido ahogado escapa de mi boca mientras me desplomo en el suelo.

Grant se tambalea hasta el borde del andén y se alza sobre él antes de tomarme entre sus brazos. Sus dedos temblorosos me sujetan la nuca al tiempo que me rodea con fuerza con el otro brazo. Yo hundo la cara en su hombro y me agarro con los puños cerrados a su chaqueta.

—Lisa… —dice con la voz entrecortada, y cuando los dos nos atrevemos a mirar la encontramos acuclillada en el suelo, viva, aunque ensangrentada e incapaz de alejarse a rastras.

El ajetreo del piso superior va acercándose hasta nuestra planta. El túnel peatonal se ilumina con una mezcolanza de luces a la que sigue un buen puñado de policías, liderados por Wally.

—¡Las manos delante, que yo las vea! —le grita a Lisa. Esta ya las tiene a la vista, abiertas sobre las polvorientas baldosas del suelo, por lo que tan solo se derrumba derrotada.

De pronto se me escapa todo el aire de los pulmones. Es el fin.

Grant me mira con fijeza y me acaricia las mejillas con los pulgares.

—Lo hemos conseguido —dice—. Estamos bien.

—Estamos bien —repito tratando de creerlo, al tiempo que deseo que las extremidades me dejen de temblar.

Su boca se curva en una sonrisa suave; tiene la cara manchada de sangre, como debe de estarlo la mía.

—Hey —dice con voz dulce—. No has vomitado.

—Todavía podría hacerlo —respondo trémula—. Estoy muy mareada.

—Lo sé. —Me besa en la coronilla—. Poco a poco.

Algo más allá, Wally le lee a Lisa sus derechos.

Está esposada y se la llevan en una camilla, mientras que otros oficiales murmuran a sus aparatos de radio e inspeccionan la escena.

Alguien intenta ofrecernos atención médica, que rechazamos; alguien más nos tiende unas mantas rasposas y nos hace preguntas inútiles.

Nos dan la enhorabuena y nos sonríen, pero yo no consigo tener esa sensación de victoria, solo de finalidad.

Porque la victoria solo llega al final. Así que esto es el fin.

Mientras la policía concluye sus procedimientos, Wally se acerca para darnos las gracias por nuestra ayuda.

—También deberías agradecérselo a Lesley —responde Grant.

Wally se queda callado, la mirada fija en el suelo sucio. Le tiembla un músculo del mentón.

—Durante mucho tiempo temí esas mismas palabras —termina por reconocer—.

Ahora tan solo querría que estuviera aquí dándose aires.

—Se aclara la garganta con brusquedad, se yergue y añade—: Podéis estar seguros de que se le rendirán los debidos honores por su contribución.

Le dedicaremos una placa, una fuente o algo.

—Un banco —afirmo con voz densa—. Eso le encantaría.

Wally asiente.

—Que sea un banco.

Nos pregunta si estamos seguros de no necesitar que nos echen un vistazo en el hospital y, cuando le respondemos que estamos bien, nos ofrece llevarnos a casa.

«Casa». La sola palabra me abre una dolorosa grieta en el pecho.

Grant y yo contestamos al mismo tiempo.

—Iremos andando.