Este libro puede matar Capítulo 33
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Capítulo 33

E n el túnel reverbera el eco de un chasquido hueco.

Grant frunce el ceño, con las manos todavía elevadas en un gesto de rendición.

—Hum —dice—. Qué raro.

Lisa, confusa y enfadada, prueba de nuevo. Clic.

—Huy, superraro —coincido—. Casi como si alguien le hubiera visto las intenciones y hubiera descargado a Higgins y a Wiggins antes de salir de casa. ¿Crees que habrá sido eso, Grant?

—Sí, la verdad es que fue justo así.

La cara de Lisa se contrae en una mezcla de rabia y estupefacción.

—¿Cómo? —sisea.

—Aquí tengo que reconocer que fue cosa de Grant —respondo—. Es muy bueno sacando conclusiones.

—Todo gracias a una vida pensando demasiado —explica al tiempo que baja las manos—. Empecemos por este preciso instante: tú sabes que podemos hacerte frente, en lo que a defensa personal se refiere. O, más bien, Roxie puede hacerte frente.

—Aunque has mejorado muchísimo —apunto.

—Tengo una muy buena maestra —responde.

—Y, además, muy molona.

—La más molona.

—Puaj —exclama Lisa con repugnancia.

Grant carraspea.

—En fin, que te superamos en número y, desde luego, no te ibas a arriesgar a que te diéramos una paliza o que escapáramos, así que tenía sentido que optaras por las pistolas.

—Dos —continúo yo—. Una por cada uno de nosotros. Y así sería más difícil desarmarte.

Lisa me fulmina con la mirada.

—¿Y por qué estás tan segura de que Grant está de tu parte?

—Para empezar, por una cuestión básica de confianza.

—Él me sonríe, yo le sonrío, y Lisa emite un sonido de arcada.

Me vuelvo hacia ella de golpe—. Además, da la casualidad de que sé que Grant jamás omitiría un signo de interrogación.

Tenlo en cuenta la próxima vez que intentes incriminarlo con mensajes falsos.

—Presumir de que tienes amigos hackers tampoco ha sido lo más inteligente —añade Grant—. Pero gracias por recordarme que cambie la contraseña.

Lisa cierra los ojos un instante mientras exhala el más exasperado de los suspiros antes de bajar las inútiles armas.

—Vale —admite—. Impresionante lo vuestro. Pero no explica cómo supisteis que era yo.

—Tuvimos que ir reduciendo las posibilidades —dice Grant—. Wally tenía muchas de las papeletas, con toda la hostilidad que mostraba hacia Lesley. Pero no encajaba con su pasado.

—Lesley sabía demasiado —explico—, por lo que Wally se lo habría cargado hacía un montón. Lo único que le importaba era la justicia, y que se aplicara de la forma adecuada.

—Alistair también era una posibilidad —prosigue Grant—, y es evidente que tú querías que así lo creyéramos, con la cita de Los tres mosqueteros y su supuesta desaparición de la Casa Falsa.

Pero el caso es que él ni siquiera había leído el libro.

Supongo que lo amenazaste para que se sometiera al interrogatorio y luego, al final, mentiste sobre su huida.

—Ah, ¿eso crees? —La voz de Lisa, teñida de sarcasmo, adopta un tono gravísimo al tiempo que le clava una mirada despectiva—. Pues no, Grant, explotó.

—Y luego estaba su casa decrépita y su coche hecho polvo —señalo yo—. Puede que fuera un aristócrata, pero no tenía un penique.

Grant asiente.

—No se habría podido permitir todo este espectáculo. Él jugaba para ganar.

—Así que nos quedabas tú —le digo a Lisa.

Me mira con el ceño fruncido, como una especie de imitadora barata de Grant.

—Podría haber sido cualquiera —responde—. Alguna otra persona. Un completo desconocido.

—No —la contradice Grant—. Tenía que ser alguien que conociéramos. Uno no se saca de la manga un nuevo villano al final; sería demasiado anticlimático. Además, tu nombre es un anagrama de «la mentirosa»: un recurso pelín trillado para mi gusto, pero da igual…

—Jo, estás supersexy cuando piensas demasiado —digo en voz baja.

Sin mirarme siquiera, Grant se sube deliberadamente las mangas de la camisa hasta los codos. Mi caballero con su brillante armadura de forro polar.

Lisa, entretanto, mira a Grant sin entender nada.

—¿De qué coño hablas?

Grant hace un gesto desdeñoso con la mano.

—Ni te molestes en entenderlo.

—Tenías la mala costumbre de desaparecer en los momentos clave —respondo yo—. Cuando murió la Bestia del Bicitaxi. Cuando nos escribía MR Page.

—Y luego lo de la Casa Falsa —añade Grant—. Qué casualidad que tuvieras que entrar antes que nadie, así conseguiste tiempo suficiente para hacerte la víctima.

—Esa parte te encantó, ¿eh? —le pregunto—. Darnos a entender que no eras más que una inocentona algo rarita. Pobre Lisa, con su vejiga diminuta y sus lágrimas de cocodrilo y sus cupcakes terribles. Eras un monstruo vestido de hada buena.

Los recuerdos ahora escuecen como una herida abierta, todos esos días en que creímos que era nuestra compañera algo atolondrada. Nuestra amiga. Aunque ese era el objetivo de Anna: que no detectáramos el rastro.

—Lo que nos lleva a Lesley —continúa Grant con voz gélida—.

Verás, no creo que seas tan mala cocinando, horneando o preparando el té.

Creo que, de hecho, eres buenísima a la hora de hacerlo solo un poquitín mal.

Lo justo para que, llegado el momento, pudieras echarle algo al té de Lesley y que este apenas se diera cuenta, como sucedió ayer con el desayuno.

Al oírlo, las facciones de Lisa se endurecen y sus hombros se cuadran.

—Su medicina puede provocar un paro cardiaco —responde impertérrita—. No fue culpa mía.

—Pero ¿no fue culpa tuya que se tomara la dosis mensual de una sola vez? —La contemplo con dureza, pero ella evita mi mirada—. Lo comprobamos anoche, cuando nos dimos cuenta. Todas sus pastillas habían desaparecido.

Lisa aprieta los labios con firmeza y cierra los puños alrededor de las pistolas a los costados.

—Él te quería —le digo reprimiendo la enorme pena que me sube hasta la garganta—. Te consideraba parte de su familia.

—Yo nunca se lo pedí. —Cuando me mira a los ojos, su frialdad está a punto de paralizarme.

Entre el dolor y la furia, de pronto me alegro de que Lesley no haya tenido que verla así.

Y que no haya tenido que experimentar esta traición.

Por cruel que Anna Matthews haya sido, al menos ahí ha tenido piedad de él.

Lisa deja escapar un largo suspiro.

—Yo no quería tener que matarlo, ¿vale? —Nos mira a Grant y a mí como si deseara que la comprendiéramos—.

A pesar de todo, terminé tomándole cariño.

Pero se estaba acercando demasiado a la verdad.

A veces una tiene que matar a quien no se lo merece para luego poder matar a quienes sí. ¡Es el clásico dilema del tranvía!

—No diría yo que es la versión «clásica» del dilema —puntualiza Grant.

—No había otra —suspira, como si estuviera empezando a hartarse de esta conversación y de nuestra necesidad de contradecirla—.

Mirad, bastante tenía ya sin que él complicara aún más las cosas.

La competición se me estaba yendo de madre.

Los participantes se estaban rajando y hablando de más y pifiándola de todas las formas imaginables.

Y, mientras tanto, la única persona lo bastante dura y valiente para ganar ni siquiera competía. —Se queda mirándome con fijeza.

Increíble. Todavía cree que puede ganarme para su causa.

—Tienes que estar de broma —le digo.

—En absoluto —responde—. Eres la persona más valiente en toda esta operación. Puede que la más valiente que haya conocido nunca. Te has enfrentado a asesinos con las manos vacías y saltado de un puente sin pensártelo dos veces. Jamás has dudado. Jamás has mostrado el menor miedo.

Da un paso hacia mí.

—No es demasiado tarde para que cambies de bando.

Vale que Grant no te ha traicionado, pero eso solo significa que no te ha traicionado todavía.

No permitas que él te frene. —Sus ojos brillan enfervorecidos y su boca esboza una sonrisa—.

Piensa en toda la gente horrible con la que podrías acabar.

Hombres infieles. Sinvergüenzas. Consejeros amorosos para tíos heteros en YouTube.

Podría ser tu mentora. Nos asociaríamos, llevaríamos el grupo juntas y seríamos más fuertes que nunca.

—Ahoga un chillido—. ¡Podríamos hacernos llamar las Jefazas de la Muerte!

—Uf, es que eres lo peorcito —gruño—. Y, además, no has entendido nada. Yo no soy la valiente. Es Grant.

Lisa suelta una carcajada despectiva y nos mira al uno y al otro.

—¿Grant? ¿Este Grant? —Lo señala con un gesto de la barbilla, mientras él aprieta los puños para que no le tiemblen. Hasta me lanza una mirada escéptica. Lisa se ríe—. Qué va, guapi.

—Guapi tu madre —espeto—. Y me reafirmo en lo dicho.

Sí, yo hago un montón de chorradas sin pensármelo dos veces.

Pero eso no es ser valiente. Porque no me da ningún miedo.

Pero ¿Grant? Él lleva aterrorizado semanas.

¡Semanas! Por el amor de Dios, si es profesor de filología, lo que él querría es estar leyendo en casa con su gato, no ofreciéndose como cebo a unos criminales.

Y, sin embargo, aquí lo tienes, mirando al peligro de frente a pesar de que él sí se lo piensa dos veces.

Y tres y cuatro, y muchísimas más, probablemente demasiadas para la salud mental de cualquiera.

Pero aquí sigue. Eso sí que es ser valiente. Dar la cara a pesar del miedo.

Lisa me contempla pasmada, por lo que Grant aprovecha para carraspear y dar un pequeño paso al frente.

—Esto…, perdón por interrumpir —me dice—. Lo que has dicho es todo un detalle por tu parte y significa mucho para mí. Pero se diría que me estás nominando para que me convierta en el nuevo pupilo de Lisa, y solo quería dejar claro que no quiero serlo.

—No, es que iba a aprovechar el discursito para concluir que ahora, gracias a nuestra combinación de valentía y conocimientos técnicos, íbamos a acabar con ella —le digo.

—Ah, vale. Pues continúa.

Me vuelvo hacia Lisa, pero ya se me ha ido el santo al cielo. Suspiro.

—En fin, que la cuestión es esa. Que vamos a acabar contigo.

Lisa arruga el entrecejo. En la distancia, a nivel de la calle, se empieza a oír una sirena.

—Oh —añado—. Y parece que Wally viene de camino. Supongo que ya puedes colgar, Grant.

Este se saca el móvil del bolsillo y corta la llamada por la que ha estado transmitiendo toda nuestra conversación a la policía.

—Gracias por la idea de la llamada silenciada, por cierto —le dice a Lisa—. Eso sí que ha sido útil.