Capítulo 32
A hora, al ver a Lisa, el entorno desierto y abandonado cobra sentido: le pega.
Toda su burbujeante calidez ha desaparecido, sustituida por algo infinitamente más oscuro.
Su sonrisa maliciosa ahora es una línea dura y gélida, sus ojos brillan como cuchillos.
En sus manos de manicura impecable sostiene las pistolas de Lesley, cada una de ellas apuntando hacia uno de nosotros.
—Diría que ya podéis colgar —sugiere—, aunque tal vez sea mejor que no hagáis ningún movimiento, ¿no? —Esboza una sonrisita que apesta a falsa disculpa—. Ya os dije que nos veríamos dentro de nada.
Sus palabras resuenan en las paredes y su eco se extiende por la estación desierta.
Lisa enarca las cejas, esperando una respuesta por nuestra parte, pero nos hemos quedado mudos.
Yo la miro, incapaz de parpadear, con los puños cerrados.
Siento el corazón palpitar en los oídos.
Ella deja escapar un suspiro exasperado.
—¿Ni siquiera vais a preguntar cómo es posible? Qué decepción. Al fin y al cabo, estoy bastante orgullosa: menudo techo de cristal que he roto. Lleváis todo el tiempo buscando a un hombre. —Ríe con frialdad—. No es «mister» Page, idiotas. Es M. R. Page. Melisa Roant.
Su nombre corta el aire como un sable; no queda más que silencio hasta que añade:
—Y luego Page, claro, «página». Como las de los libros. Porque es un club de lectura. ¿Lo pilláis? —Nos mira de forma alternativa como si esperase que la felicitáramos.
—¿Por qué? —es lo único que digo, con una voz tan baja que parece de ultratumba.
Lisa pestañea, los labios prietos como si se estuviera pensando la respuesta.
—¿Os acordáis del hombre al que amaba? —pregunta—.
¿El que me abandonó? Craig. Él fue el primero.
Veréis, antes de conocerlo, yo era un desastre: estaba desesperada por encontrar el amor, por que alguien me eligiera.
Daba pena. Incluso después de que me dejara, yo seguía albergando una esperanza inútil.
Al día siguiente me presenté en su apartamento, creyendo que se disculparía.
Me habría bastado con el mínimo signo de remordimiento, pero no.
Él me miró por encima del hombro y me despidió como si no valiera nada.
Como si no fuera un ser humano con un corazón palpitante y sentimientos heridos, sino un insecto. Una molestia.
»Pero no podía dejarlo así, creyéndose que había ganado. Así que decidí que, si se negaba a arrepentirse de cómo me había tratado… —emite un suspiro que se funde en una sonrisa melancólica—, tendría que obligarlo yo.
Se encoge, como diciendo «ups», antes de continuar:
—La verdad es que se me fue un poco la mano con él, el pobre.
Pero lo que aprendí sobre mí en aquel momento, de pie frente a su cadáver, con su sangre en mis manos, sintiéndome más ligera y más libre…
, aquello era impagable. Quería más. Pensé en todas las personas que me habían hecho daño, los ex que me habían engañado, los profesores que me habían suspendido, los camareros que me habían puesto descafeinado, y me los fui cargando uno a uno.
Jamás me había sentido tan viva. Encontrar tu pasión es algo precioso.
»Pero también es muy solitario, sobre todo cuando no se lo puedes contar a nadie. Esa es la perdición de tantos asesinos: están tan desesperados por que alguien reconozca su genialidad que empiezan a alardear y a dejar pistas para la policía y, cuando quieren darse cuenta, los han pillado.
»Yo no soy tan tonta. Empecé a buscar una solución alternativa, alguna manera de compartir mi talento sin delatarme.
Pensé en abrir un pódcast o un blog anónimo, pero me pareció demasiado arriesgado.
Intenté ficcionalizar mis hazañas; escribí mi historia en forma de novela bajo seudónimo y la compartí con mi club de lectura, pero la pusieron verde.
Así que los maté a todos y pasé al plan b.
—Otro club de lectura —respondo lacónica—. Pero falso, lleno de gente como tú.
—Exacto —responde radiante—. Un grupo de apoyo para asesinos en serie.
Un lugar en el que pudiéramos conectar, levantarnos el ánimo, compartir nuestros logros con personas que nos comprendieran.
Al principio no fue fácil; cuesta dar con gente que prefiere pasar inadvertida.
Pero al final, a base de un montón de contactos y el viejo método del boca a boca, se convirtió en la belleza que es hoy en día: una comunidad floreciente y unida por el amor a la venganza.
—¿Venganza de qué? —replico—. La mayoría de los asesinos que nos hemos encontrado parecían hacerlo por gusto.
Lisa exhala con tristeza.
—Sabía que lo dirías. Estás empeñada en verlos tan solo como monstruos sedientos de sangre.
Pero si te fijaras bien, si los conocieras como yo los conozco, lo entenderías.
Verías quiénes son en realidad, personas que buscan justicia.
Howard, que se habría convertido en un magnate si el repartidor de comida no le hubiera provocado una intoxicación la noche antes de su examen de admisión en el máster de ADE.
Vincent, el ciclista que se cansó de ver sus rutas favoritas ocupadas por los turistas.
Y Jack, harto de que le dieran calabazas tantas lectoras de romántica con estándares imposibles.
—Pone los ojos en blanco—. Personalmente, me alegro de que a ese lo quitaras de en medio.
Como si respetar, comunicarse y no cargarse a tus citas fueran estándares inalcanzables.
Dios. Detesto cuando la gente horrible presenta unos argumentos buenísimos.
—Eso no explica la competición —dice Grant.
—Ahora llego —responde Lisa, como si la impaciencia de Grant fuera la peor ofensa cometida aquí—.
Mirad, por un tiempo las cosas iban a pedir de boca en el grupo.
La operación debía ser beneficiosa para todos, teníamos un espacio seguro en el que fardar para no tener que hacerlo en otro sitio.
Pero llegó un momento en que no era suficiente.
Los miembros se estaban poniendo chulitos: tentaban a la policía con letras recortadas de revistas, abandonaban pruebas cruciales.
Un tío hasta se dejó el móvil en la escena del crimen.
Fue así como Lesley se enteró de nuestra existencia.
»Una mente menos privilegiada habría pensado que la respuesta era sacar a Lesley de la ecuación, pero yo no.
Yo investigué un poco y descubrí que había publicado un anuncio porque buscaba un asistente personal.
“Menuda oportunidad”, pensé. Podría presentarme sin darse cuenta a nuevos postulantes, al tiempo que yo lo alejaría lo suficiente del rastro de nuestros miembros como para garantizar la seguridad del grupo.
Voilà . Así nació nuestro equipo de ensueño.
»Pero eso no resolvía el problema de fondo, el motivo por el que mis colegas se estaban saltando las reglas. Es el viejo riesgo laboral de siempre: el asesino desea notoriedad. Y con que cazaran a uno de los nuestros, todos saldríamos perdiendo.
»Fue entonces cuando, viendo La Voz una noche, tuve una epifanía: ¿acaso hay mejor reclamo que el que te consideren el mejor en tu campo?
Si hay algo por lo que competir, ¿no habrá muchas menos posibilidades de que busques el reconocimiento en otra parte?
Así fue como empezó, como un incentivo para que mis compañeros no perdieran el foco.
Para que tuvieran la vista puesta en el premio, por así decirlo: el premio, sí, pero sobre todo el honor de ser “el más grande”.
—Y entiendo que el dinero del premio se lo robaste a Lesley —digo.
—En parte —responde—. Ventajas de tener un jefe rico con una ciberseguridad lamentable.
Pero también cobro por participar en la competición.
Y quedaba eximido todo aquel que también fuera hacker siempre que me ayudara a vaciarle las cuentas a la víctima.
—Abre los brazos de par en par en un gesto triunfal—.
Me gusta pensar que soy la jefaza definitiva.
—¿En serio? —replico—. Porque a mí me parece que eres una sabandija infecta.
Lisa sonríe.
—Que viene a ser lo mismo.
—El símil no les va a hacer demasiada gracia a los lectores… —musita Grant.
—En fin —continúa Lisa—. Volvamos a lo que nos ocupa: el gran desenlace. Es hora de proclamar al ganador.
—Pero no tiene sentido —me quejo—. ¿Por qué nos invitas a la final? Esta era una competición para asesinos en serie. Grant y yo no participamos.
Me dirige una larga sonrisa de lástima, de esas que uno regala a un alma cándida.
—Me temo —responde con lentitud— que solo puedes hablar por ti, guapi.
«Silencio» me resulta insuficiente para describir el momento tras esas palabras. Es como si el andén entero hubiera dejado de respirar.
—Ese gusto por el romance que te tiene cegada me ha venido de maravilla —responde Lisa—.
Te ha mantenido lo bastante distraída como para no averiguar lo que me traía entre manos.
Pero da la casualidad de que no es lo único que has pasado por alto.
Vale que yo soy la mala malísima —afirma con desenvoltura, como si no fuera nada nuevo—, pero creo que vas a sorprenderte con el verdadero giro de guion, que está en el bolsillo de mi abrigo.
—Se mueve como si fuera a extraer algo, pero se da cuenta de que todavía sostiene las armas y suspira—.
Hazme el favor de sacar mi móvil, anda, Rox. Que tengo las manos ocupadas.
Lanzo una mirada a Grant, que observa a Lisa con los ojos echando chispas bajo el ceño fruncido. Siento un hormigueo en la espalda mientras camino hacia Lisa y hago lo que me ha pedido.
Me dice su contraseña y me pide que abra los mensajes de Facebook. Los de MR Page, vaya. Y justo ahí, en lo más alto, aparece un hilo de mensajes de Grant Hoffman.
Lisa esboza un gesto de asentimiento.
—Léelos en alto, porfa.
Miro a Grant con incredulidad antes de aclararme la garganta y empezar a leer sus mensajes uno a uno.
Tenemos que hablar. Sé quién eres.
Sé que eres mister Page. Sé lo que estás haciendo y quiero participar. Puedo ganar la competición. Deja que te lo demuestre.
Maté a Jack, Lisa. Maté a la Bestia. Maté a Lesley. Sabes en qué nos diferenciamos ellos y yo? En que yo soy listo, soy cuidadoso y sigo vivo. Dame una oportunidad.
Acabaré con Roxie. Vas a ver cómo la engaño y luego a ver si me dices que no soy el mejor.
El teléfono se me cae de la mano y el sonido al impactar contra el suelo reverbera por todo el túnel.
—Lo sé —reconoce Lisa—. Me quedé tan sorprendida como tú cuando todos esos mensajes me llegaron ayer. Grant, tan ansioso y balbuceante como parecía. ¿Quién iba a imaginar de lo que era capaz?
Grant se vuelve hacia mí con mirada ardiente.
—Roxie…
—Ay, no, permíteme que siga —lo interrumpe Lisa—.
A ver si lo he entendido bien. Verás, Grant empezó como hemos empezado tantos otros, un pobre y solitario perdedor sin poder ni propósito.
Pero todo cambió una noche fatídica en la que «por accidente» le reventó el cráneo al pobre Jack Smith.
Solo que… ¿fue un accidente? Si lo fue, ¿por qué se sintió taaan bien?
¿Por qué, en el fondo, antes de asestar el golpe fatal, sabiendo que podía detenerse, simplemente… no quiso… hacerlo?
»Y luego nos conoció a Lesley y a mí, y se enteró de la existencia del grupo de Facebook y, de pronto, lo entendió: no estaba solo.
Había otros como él, gente que se había sentido revivir gracias al frenesí de los asesinatos.
Y cuando se enteró de que hay una competición en marcha, bueno…
Si lo piensas bien, es típico de Grant: siempre tiene que tener razón, siempre tiene que quedar por encima de los demás.
¿Cómo iba a resistirse ante la oportunidad de demostrar que es “el mejor de todos”?
Sonríe de oreja a oreja a Grant, que podría incinerarla con las llamaradas que echa por los ojos.
—Pero, Grant, solo hay un pequeño problema —continúa Lisa, apuntándole de nuevo con una de las pistolas—.
Una cosa es engañar a tu objetivo previsto.
Las artimañas siempre han sido una de las armas clásicas de los asesinos en serie, por supuesto.
Pero hacerlo conmigo, fingir que eras uno de los pequeños justicieros de Lesley cuando todo este tiempo deseabas entrar en la competición…
, eso no lo puedo permitir. La comunidad se basa en la confianza.
Por eso nunca podrás pertenecer a ella, y mucho menos declararte el mejor.
Entonces me señala a mí de un modo que podría resultar halagador si no fuera por el arma en la mano.
—Pero tú, Roxie, puede que tú sí tengas lo que hay que tener.
Eres imprevisible, claro, pero sé reconocer un talento raro cuando lo veo.
Has salido airosa frente a algunos de los participantes más prometedores.
Eres osada. Temeraria. Y, sobre todo, eres como yo.
Ahora sabes lo que es verte traicionada por un hombre, haberte dejado llevar por el corazón.
Puede que no cuentes con el historial de asesinatos necesario, pero ese no es más que un detallito.
Y nunca es tarde para empezar… Así que aquí tienes tu oportunidad.
Puedo dispararos a los dos y considerar todo esto un experimento fallido. O bien…
Con una dramática floritura, desvía hacia Grant el arma con la que me apuntaba, de modo que ahora es el objetivo de ambas. Sus manos se alzan en un gesto defensivo.
—Podría disparar a Grant siguiendo tus órdenes. Puedes recuperar tu poder y unirte a mí para mostrar al mundo de qué es capaz una mujer despechada. Así que, ¿qué me dices? ¿Acabo con este capullo e inauguramos tu carrera de venganza por todo lo alto?
Cuando amartilla las pistolas, el chasquido retumba por todo el túnel. Luego se vuelve hacia mí.
—¿O queréis caer los dos juntos? —Desvía el arma una y otra vez, alternando entre Grant y yo—. ¿Queréis marcaros un Romeo y Julieta o dejáis esas mierdas para los libros, que es donde tienen que estar?
Desde donde me encuentro, tan cerca de Lisa y con ambas armas apuntando a Grant, podría quitárselas de las manos de una patada. Podría desarmarla y salir del atolladero con una tercera vía.
Sin embargo, miro a Grant, que contempla a Lisa con incredulidad. Luego me mira a mí. El héroe romántico. El interés amoroso. El hombre que luchó conmigo y por mí, que escuchó mis secretos y me contó los suyos. El que saltó cuando yo salté. «Juntos».
El hombre que mintió, como dice Lisa. Y a la cara. Una y otra vez.
—Hazlo —respondo—. Dispárale.
Mientras sus labios se curvan en una sonrisa triunfal, Lisa estira los brazos y se prepara para matar.
Ni siquiera mira a Grant cuando aprieta el gatillo.