Capítulo 31
E stoy convencida de que, si alguna vez una novela negra ha mostrado a los protagonistas durmiendo plácidamente la víspera de la gran confrontación final, mentía.
Grant y yo llevamos toda la noche diseñando y debatiendo estrategias, analizando hasta la extenuación cada ínfimo detalle y momento de las últimas dos semanas, y sigue sin parecernos suficiente preparación.
Hemos convertido su cuarto en un museo de pósits con sospechosos, clichés, pruebas y maniobras de distracción pegados a toda superficie disponible.
En estos momentos observo el muro de las teorías, demasiado agotada para seguir pensando y demasiado nerviosa para irme a dormir.
Grant se coloca a mi espalda y me rodea los hombros con los brazos.
—¿Y si nos equivocamos? —le pregunto mientras poso las manos en sus antebrazos.
—Imagino que Anna nos pondrá contra las cuerdas y tendrá que inventarse algún milagro para sacarnos de allí.
—Nada de presión.
—Exacto. Nada de presión.
Me apoyo en su pecho y cierro los ojos; él descansa la barbilla sobre mi cabeza. Al cabo de un momento, se yergue e inspira hondo.
—Solo una cosa: es posible que yo no llegue al final del libro.
Me giro para mirarlo, con la sensación de que alguien me hubiera deslizado un dedo gélido por la columna.
—No digas eso.
—Es la verdad —responde—. Los protagonistas suelen salir vivos. Los intereses amorosos… no siempre.
—Sí, siempre. Toda novela romántica necesita un final feliz.
—Pero esta no es, estrictamente, una novela romántica. Es una mezcla, así que puede que no podamos fiarnos de las convenciones del género. Que sepamos, podría matarme para sentar las bases de una secuela alimentada por la venganza.
—Eso no va a suceder. Me niego a seguir sin ti.
Grant me mira como si tratara de memorizarme. Lo siento en cada célula de mi cuerpo.
—Lo que intento decir, ahora que todavía tengo la oportunidad, es que… da igual cómo acabe esto, para mí ha merecido la pena. Solo quería que lo supieras.
Un escalofrío me atraviesa por dentro y me eriza la piel. Quiero que lo retire, que me prometa que estará a mi lado hasta el final. Pero no puedo discutírselo, porque siento lo mismo. Pase lo que pase, habrá merecido la pena.
Así que, por una vez, no me enfrento. No huyo. No entro en pánico. Me limito a quedarme sentada en silencio, con mi mano en la suya, a pesar de la amenaza de acabar con el corazón roto. Sigo a su lado mientras pueda.
El episodio final de todo concurso exige sacar el arsenal de armas completo para crear drama: escenarios llenos de confeti, platós iluminados con antorchas, islas privadas que los perdedores deben abandonar entre lágrimas cuando el helicóptero llega a sus orillas barridas por el viento.
Habría preferido cualquiera de esos ejemplos antes que la estación de metro abandonada que ha elegido mister Page, pero a cada uno sus gustos.
También me habría encantado disponer de más tiempo de preparación (mental y emocional, si no logística), pero las cosas van a hacerse a la manera de Lesley y Anna Matthews: con dieciocho horas de planificación y en el bolsillo tan solo unas bridas y los teléfonos.
Con eso bastará, porque tiene que bastar.
Lisa nos conduce hasta la antigua estación de Moseley Green cual guía turística de muy mal agüero, repasando por quinta vez todos los detalles.
Yo intento, al menos, fingir escucharla.
Noto el cerebro machacado y anegado, por no hablar de mi corazón, que siento como si hubiera pasado por una trituradora de papel.
—Recordad: mantened el teléfono en manos libres para que pueda oírlo todo —nos recomienda nuestra compañera—.
Vosotros haced que siga hablando. Yo no estaré lejos y la comisaría queda a un par de manzanas.
Una vez que oigan lo que pasa, no les quedará otra que mandar a sus mejores hombres.
Por fin entenderán que Lesley tenía razón.
Su nombre me atraviesa como una dolorosa hacha. Se suponía que este iba a ser su gran momento de reivindicación. Tendría que estar aquí.
Lisa se detiene en una esquina.
—Hemos llegado —anuncia sacando el teléfono—. Vamos a iniciar la llamada. ¿Grant?
—Lo tengo —respondo al tiempo que marco su número. Ella contesta y se silencia; yo me lo guardo en el bolsillo.
—Bueno. —Se vuelve hacia nosotros y nos mira con seriedad—. No voy a decir adiós, porque nos veremos dentro de nada, ¿vale?
Asiento con la garganta como papel de lija.
Lisa se arroja contra nosotros en un brusco abrazo de grupo para luego separarse y posar las manos llenas de anillos en nuestros hombros.
—En momentos como este, desearía habernos puesto un nombre de grupo y haber inventado un saludo secreto supermolón —suspira.
—También puedes desearnos suerte y ya —señala Grant.
—La mejor de las suertes —responde lanzándonos besos al aire antes de que nos alejemos.
La anodina puerta al otro lado de la calle está discretamente sujeta con un libro: Los tres mosqueteros . Es como la versión asesina en serie de un globo de cumpleaños atado al buzón, diciéndote que has llegado a la fiesta.
Nos detenemos una vez dentro para que nuestros ojos se acostumbren. La tenue luz es de ese tono amarillento tan específico de las escenas postapocalípticas, y las paredes están desconchadas y húmedas. Más que en una historia de crímenes, se diría que estamos en una de zombis.
—¿Estás seguro de querer seguir adelante? —le pregunto a Grant, que inspira hondo y asiente.
—Sí, bastante seguro.
—Uf, «bastante» seguro. Bueno, eso es…
El beso con el que me silencia me pilla por sorpresa.
Es el «cállate» más dulce que jamás haya recibido.
Me toma la cara entre las manos y sus dedos se deslizan por mi pelo.
Hay cierta urgencia en el modo en que sus labios atrapan los míos, pero tras ella también hay algo de trágico.
Para cuando se separa de mí, tengo la garganta estrangulada por la emoción.
—No me hagas esto —le pido—. No me beses como si fuera la última vez.
—Recuerda lo que dije —responde deslizando los pulgares sobre mis mejillas—. Ha merecido la pena.
Su mano baja por mi brazo hasta encontrar mi mano.
Un fogonazo de dolor se extiende por mi pecho como un relámpago mientras continuamos caminando hasta el punto de encuentro.
«Secuelas —trato de convencerme—. Libro tras libro tras libro.
Una serie entera». Pero sé con desgarradora certeza que estos momentos juntos podrían ser los últimos. La aventura final de Roxie y Grant.
La estación es un laberinto de pasillos y túneles que reverberan en cada azulejo roto y nos conducen hasta una polvorienta escalera que desciende en espiral y a la que siguen aún más túneles. Pero al fin llegamos al lugar.
El andén subterráneo parece parte del pecio del Titanic, envuelto como está en la fantasmagórica luz verde de una única bombilla titilante.
Cada extremo del túnel se pierde en una inquietante negrura, tan profunda que parece sólida y que nos encierra en su interior como si de muros de piedra se tratara.
Esperamos en silencio, casi sin respirar. Una rata corre por el suelo y se escabulle. Los dos nos tensamos cuando un tren silba cerca del andén olvidado hasta que su sonido se pierde en el vacío.
Entonces se oyen pasos. Quedos al principio; cada vez más fuertes. El paso firme de quien llega dispuesto a matar y se dirige inconfundiblemente hacia nosotros.
Inspiro para reunir fuerzas.
—Nos vemos en el siguiente capítulo, Hoffman —susurro.
—Allí nos vemos, Mitchell.
Conforme las últimas pisadas incorpóreas resuenan en el túnel, me yergo para enfrentarme al tan esperado mister Page.
Al doblar la esquina, aparece Lisa.