Este libro puede matar Capítulo 30
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Capítulo 30

M i primer cursillo de defensa personal incluía un módulo de reanimación cardiopulmonar y primeros auxilios, con idea de que así, en caso de crisis, estaríamos más preparadas no solo para salvarnos a nosotras mismas, sino también a los demás.

Te enseñan todo lo que hay que hacer. Dos respiraciones, treinta compresiones, cien pulsaciones por minuto. Te dicen que alguien debe llamar a emergencias y te explican cómo comprobar si la víctima respira y cómo colocar las manos.

Lo que no te dicen es qué pasa cuando todo es en vano.

No te cuentan cómo agotas hasta la última de tus energías intentando desesperadamente devolver la vida a un hombre que ya lleva muerto diez minutos.

Cómo no paras de llamarlo por su nombre en vez de contar las compresiones, cómo le suplicas: «Venga, Lesley, despierta, Lesley, vuelve».

Cómo sabes que todo ha terminado antes de que lo comprendan tus brazos.

Cómo, llegado el momento, alguien tendrá que separarte de su cuerpo y dejar que los sanitarios lo intenten, o contemplar cómo agachan la cabeza y murmuran cosas del tipo «parada cardiaca prolongada» y «concluir reanimación».

Cómo puedes hacerlo todo bien y que siga siendo insuficiente. Insuficiente para salvarlo e insuficiente para prepararte ante el hecho de que cuando lo saquen de la casa sea en una camilla, pero con la cara cubierta por una sábana.

Cómo lo único peor que el incesante destello de las luces azules de la ambulancia delante de casa es ver que las apagan cuando los servicios de emergencia terminan de cargar la camilla y se marchan sin color ni sonido alguno, sin fanfarrias.

No sé cuánto tiempo nos quedamos de pie en el vestíbulo, contemplando la puerta delantera como si esperásemos que Lesley la atravesara en cualquier momento.

De alguna manera acabamos en su despacho, lo que quizá sea aún peor.

Su ausencia se siente por todas partes: en su butaca vacía, en su chimenea sin encender, en su escritorio dispuesto tal y como lo dejó, con el portátil abierto, los cuadernos desperdigados y la pluma destapada.

Como si acabara de salir a tomarse un pequeño descanso.

Cuando se levanta del sofá, Lisa tiene la mirada empañada y desenfocada.

—Té —dice, al tiempo que camina como una zombi hacia el hervidor eléctrico del aparador—. Voy a preparar té.

—No hace falta —digo.

—A mí sí —responde sin darse la vuelta.

Escuchamos bullir el agua en el hervidor y el tintinear de las tazas y los platillos.

Lisa sisea cuando se escalda y maldice cuando se le cae el azúcar.

No me sorprendo cuando una taza se le escurre de las manos y acaba estrellándose contra el suelo.

Se queda inmóvil un instante antes de volverse hacia nosotros.

—Tengo que ir a comprar más tazas.

Grant se levanta.

—Lisa, no es neces…

—Sí, sí —responde—. Porque las tazas están en la tienda. Y no aquí. Y es adonde tengo que ir. Así que…

Cuando sale corriendo, deja atrás tres tazas llenas hasta el borde y otra hecha trizas sobre el suelo. Solo una vez que ha cerrado la puerta a su espalda, cuando pasa por delante de la ventana, se derrumba entre sollozos. La sola visión me rompe por dentro.

Una avalancha de sentimientos me desborda. Grant me aferra contra él y lloro como hacía mucho tiempo que no lloraba.

Qué es real y qué es ficticio… ya no importa.

Aun cuando esté de vuelta en Boston y las piezas de mi vida vuelvan a encajar, eso no cambiará el hecho de que todo esto ha pasado.

Lo recordaré todo: la fuerza de los brazos de Grant rodeándome, el corazón destrozado de Lisa.

Y nunca dejaré de echar de menos a Lesley.

Lo sucedido ha dejado en mí un millar de marcas invisibles que siempre llevaré conmigo.

Si esto no es real, no sé qué más podría serlo.

Mucho después de que mis lágrimas ya secas hayan dejado un rastro salado en mi cara y de que la luz del exterior se haya teñido de dorado, continúo acurrucada contra Grant. Su respiración es honda y serena mientras me acaricia el pelo con gesto distraído.

—¿Sabes una cosa? —dice en voz baja—. Empiezo a creer que tal vez sí fuera Banksy. En este universo, al menos.

Se me escapa una carcajada, porque lo primero que me viene a la cabeza es la pose victoriosa que Lesley adoptará cuando se entere. Y entonces lo recuerdo todo de nuevo, y las lágrimas vuelven.

—No es una coincidencia —señalo. Quería que fuera una pregunta, pero me ha salido una afirmación—. La gente no muere de un repentino ataque al corazón a las pocas horas de sobrevivir a una explosión, ¿verdad?

—La gente quizá —responde—. Los personajes… no, no tanto.

La implicación queda flotando, pesada, en el aire. Aunque ninguno de los dos lo dice en voz alta, siento cómo las preguntas nos consumen, exigiendo respuestas que todavía no queremos encarar: qué significa todo esto, qué va a suceder a continuación.

Aunque tampoco hace falta esperar demasiado.

Una solitaria nota electrónica suena en el móvil de Lesley, que sigue reposando en el escritorio. Grant se levanta a mirar. Coge el teléfono y me dirige una sonrisa triste.

—No tiene contraseña —dice—. Muy propio de Lesley.

Entonces empieza a pulsar aquí y allá para averiguar la causa de la notificación y se queda petrificado. Me mira con los ojos como platos, sin articular palabra.

Corro hasta él y leo el nuevo mensaje privado de Facebook que ilumina la pantalla.

AHORA QUE LA COMPETICIÓN SE ACERCA A SU FIN, TAMBIÉN TERMINA NUESTRO PEQUEÑO JUEGO DEL GATO Y EL RATÓN. ¿QUÉ OS PARECE SI NOS VEMOS LAS CARAS PARA LA GRAN FINAL?

«LOS HOMbrES QUE JURAN AMOR ETERNO A VECES TIENEN LAS PEORES INTENCIONES DEL MUNDO»,

LOS TRES MOSQUETEROS , ALEXANDRE DUMAS, p. 318, cap. 12.

ISBN: 5149283-018742

MR PAGE

De pronto me siento como si estuviera en el fondo del mar; la presión aumenta a medida que descifro el mensaje. Ya está. Es la confrontación final.

Mañana. A mediodía.

Miro a Grant con inquietud, pero él sigue contemplando la pantalla con el ceño fruncido.

—Esa cita sí es real, del libro —apunta con la voz velada cual densa neblina, como si intentara comprender un texto antiguo.

Cuando la puerta delantera se abre, mi atención se desvía y el corazón se me encoge de pensar en cargar a Lisa con una nueva preocupación. Pero cuando entra con los ojos hinchados y enrojecidos, diría que su estado ya va más allá del dolor.

—Acabo de hablar con los investigadores —dice con la voz opacada al tiempo que levanta con cansancio el móvil que lleva en la mano. Traga con dificultad—. No han encontrado restos humanos en la Casa Falsa.

En mi mente se dispara una alarma ululante y grave como una sirena antiaérea ante una afirmación que, en cualquier otra circunstancia, habría sido una excelente noticia.

—¿Alistair?

Niega con la cabeza.

—No estaba allí.