Este libro puede matar Capítulo 29
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Capítulo 29

H oras más tarde, una vez que han extinguido el incendio y los oficiales han comenzado a investigar (para desgracia de Lesley), nos encontramos de nuevo en la casa señorial, sentados sobre los escalones delanteros y sumidos en un silencio perplejo.

Tenemos muchas más preguntas que respuestas, incluso con los pocos datos que Lisa ha conseguido proporcionarnos pese a su estado de shock.

No llegó a ver el origen de la explosión, solo oyó un pitido distante antes de que todo saltara por los aires y se viera derribada por la ola expansiva.

Ha sido un milagro que escapara de la zona mortal, al menos físicamente.

Mentalmente todavía no acaba de estar entre nosotros.

—¿No hay posibilidad de que haya sido un accidente? —pregunto, aunque ya sé la respuesta—. ¿Un problema en la cocina, en el cableado o algo así?

—Me temo que no —contesta Lesley.

La mirada que me lanza Grant confirma todos mis miedos. Era hora de que sucediera algo así. Es el principio del fin.

Al tragar saliva me duele, pues todavía tengo la garganta seca.

—Fue mister Page —aventuro—, intentando librarse de Alistair, o de nosotros, o ambas cosas.

—Eso creo yo también —confirma Grant—, a menos que Alistair nos atrajera para luego hacernos salir volando.

—No habría podido —explica Lesley—. Lo cacheamos antes de encerrarlo; no llevaba explosivos encima. Unos zapatos horripilantes y una cantidad de gomina que debería ser ilegal, sí, pero nada incendiario.

Lisa toma una trémula bocanada de aire con los ojos anegados.

—Iba a sacarlo de allí —hipa—. A Alistair. Sé que era malvado, pero nadie merece morir así. Pero el fuego… No pude acceder… No he podido…

Lesley le da un afectuoso apretón en el hombro cuando rompe en sollozos.

—Has hecho lo que has podido —le dice—. Ahora lo importante es que todos estamos a salvo.

—Curiosa definición de «a salvo» la tuya —gruñe una voz desde la calle. De pie en la acera vemos alzarse una imponente figura que nos tapa el sol.

Por Dios, ¿es que por una vez no podría entrar Wally en escena diciendo algo normal, del tipo «hola» o «perdón por interrumpir»?

—Ah —responde Lesley con una sonrisa tensa—. Un detalle que por fin aparezcas. Me preguntaba por qué habrías dejado investigar el incendio de esta mañana a tus subordinados. ¿Te has quedado dormido?

—Mis colegas están más que cualificados para responder a un incendio doméstico normal —dice Wally. A continuación da un lento y dramático paso al frente y se cruza de brazos con gesto amenazante—. Pero tú y yo sabemos que este no es un incendio doméstico normal.

—Ah, ¿sí? —ironiza nuestro amigo—. Y yo que pensaba que tú eras el genio y yo una mera molestia.

—Normalmente sí, pero hoy, por una vez, tienes la oportunidad de servir para algo. —Wally se saca una pequeña libreta del bolsillo interior de la chaqueta—. No te importará, seguro, que te haga algunas preguntas sobre el incidente.

—Ojalá pudiera —responde Lesley—, pero me dijeron que me mantuviera al margen del trabajo de la policía.

Wally suelta una risita lúgubre.

—Creo que por esta vez podemos hacer una excepción. Te propongo algo: tú me dices lo que sabes y yo hago la vista gorda sobre todos los delitos que has cometido a lo largo de los años…

Mientras los dos se fulminan con la mirada, Grant se me arrima y comenta:

—¿Por qué tengo la impresión de que Anna está escribiendo esto mientras tiene puesta de fondo una serie policiaca de las malas?

El duelo de miraditas no parece que vaya a aflojar.

—Eso o porno del cutre —murmuro antes de ponerme en pie y abrir la puerta—. Bueno, vosotros dos, a ver si termináis de una vez con el concurso de quién es más duro.

Media hora más tarde, en el despacho, Wally y Lesley se lanzan miradas furibundas desde ambos extremos de la mesita de centro mientras Grant, Lisa y yo los observamos en los márgenes.

La situación es tan absurda que el dolor de verlo roza lo físico; las tácticas de intimidación de Wally no son nada en comparación con el arte de Lesley para ofrecer respuestas inútiles.

Es como ver a dos personas jugando al tenis, solo que uno de los contrincantes, en vez de golpear la pelota, la coge y la tira a la basura.

—¿Qué hacías cuando se produjo el incendio? —pregunta Wally.

—Intentar no abrasarme —responde Lesley.

—¿Tuviste algo que ver con el incendio?

—Sí, si contamos que casi me abraso.

—El edificio en cuestión estaba considerado tu «segunda residencia». Dime, ¿cuál es el propósito de contar con más de una residencia?

—Tener una sustituta si la otra explota.

Con cada nueva pregunta, la sonrisita de suficiencia de Wally se va tensando y su postura se vuelve un poco más rígida. Aun así, su compostura es impresionante.

—¿Hay algo que creas que los investigadores vayan a encontrar en la escena del incendio? —pregunta—. ¿Algo que te reconcoma por dentro y quieras confesar ya?

—Posiblemente los restos de mi medalla de plata de las Olimpiadas de Preguntas Estúpidas —responde Lesley—. Pero no te preocupes, que la de oro sigue a salvo contigo.

Wally se inclina hacia delante y achica los ojos.

—¿Intentas ocultar algo?

—¿Y tú? ¿Intentas ocultar algo?

Wally pulsa el botón de su bolígrafo y empieza a garabatear en su libreta.

—«El sospechoso se niega a colaborar» —dice sin mirar la página—. Podría detenerte solo por eso, ¿sabes?

—¿Podría? —le susurro a Grant.

—Es probable que no —murmura—, pero no creo que nadie espere exactitud en los procedimientos tratándose de Anna Matthews.

Wally se pone en pie y se guarda la libreta.

—¿Sabes qué, amigo? Que estoy harto. No sé qué está pasando aquí, si esto ha sido cosa tuya o te las has ingeniado para convertirte en un objetivo, pero es evidente que sigues liándola por ahí. Enhorabuena, se me han agotado las advertencias. ¿Quieres que te maten? Que así sea. Pásatelo bomba.

Sale como un vendaval y tan solo se detiene para fulminarnos con la mirada a Grant y a mí, al tiempo que menea la cabeza con desaprobación.

Lisa se dirige hacia el sofá y, con los ojos todavía velados, se deja caer junto a Lesley. Él nos recorre con la vista y se queda mirando nuestra ropa sucia y nuestros rostros preocupados.

—Bueno, menudo día, ¿eh? ¿Qué os parece si nos relajamos con algo de comer y una taza de té? Yo me ocupo. Vosotros tomaos unos minutos para descansar y adecentaros.

Le da una palmadita a Lisa en la rodilla y ella le besa en la mejilla.

—Gracias —responde trémula.

Él se pone en pie y, mientras se dirige hacia la puerta, se detiene para sacudirse un poco de ceniza de la chaqueta morada. Chasquea la lengua al ver que le ha dejado marca.

—Versace —señala negando disgustado con la cabeza, antes de desaparecer camino de la cocina.

Una vez duchada y cambiada de ropa, encuentro a Grant en el jardín trasero. Está pensativo.

—Más te vale no estar aquí fuera resolviendo todo el misterio sin mí —le digo mientras me siento a su lado en el banco de teca.

—No podría aunque quisiera —responde—. No tengo información suficiente.

Yo diría que tiene «demasiada» información; los acontecimientos de las últimas veinticuatro horas, por no hablar de estas dos semanas, a mí se me están embarullando en la cabeza.

—¿Podría ser Wally? —pregunto—. Mister Page, digo. Puede que toda esta investigación sea una pantalla de humo. Puede que él hiciera saltar la Casa Falsa por los aires para librarse de Lesley.

—Puede… —responde Grant ladeando la cabeza mientras cavila—. Pero creo que montar una competición de asesinos en serie con el salario de un detective de policía sería demasiado, incluso para la ficción.

—Cierto. —Me quedo pensando con la mirada perdida en el glorioso jardín primaveral. Frondoso e inmaculado, debe de ser obra de un paisajista carísimo. Una idea me revuelve el estómago.

—¿No creerás que es…? —Señalo hacia la casa con la cabeza, sin querer terminar la frase.

—¿Lesley? —Las cejas de Grant salen disparadas hacia arriba—. No. ¡No! Por Dios, espero que no. Es cierto que tiene el dinero, pero…

—Es demasiado achuchable, ¿verdad?

—Desde luego —responde—. Si Anna lo convirtiera en el malo se le echarían encima hordas de lectores furiosos.

—Vale, así que no es Lesley —decido con alivio, aunque eso significa que seguimos buscando a ciegas—. Bueno, puede que no haga falta averiguarlo ahora mismo. Que sepamos, puede haber otras quinientas misiones esperándonos.

Grant asiente. Yo lo imito. Es bonito imaginar que los cuatro seguiremos juntos indefinidamente, dando caza a los villanos e impidiendo sus crímenes sin acercarnos demasiado a su resolución. Sin acercarnos demasiado a nuestra despedida.

Pero sería engañarnos.

Suelto aire con lentitud y contemplo la tarde queda.

—No va a haber más misiones —afirmo.

—No —coincide Grant—. No lo creo.

—Aquí es donde las cosas se ponen feas —continúo—. Y van a ir a peor.

Veo de reojo cómo asiente, con la mirada perdida en la distancia, más allá del jardín.

Siempre he sabido que llegaríamos a esto.

Lo que no sabía era que me sentiría así al ver cómo enfilamos el tercer acto, deseando más que nada en el mundo poder dar marcha atrás.

Querría dar media vuelta y alejarme de la acción que se avecina y quedarme en algún lugar tranquilo, un lugar en el que solo estemos Grant y yo, contándonos secretos o discutiendo bajo la lluvia o paseando por la ciudad.

Los momentos de normalidad, descubro con sorpresa, han sido mis favoritos en esta historia.

Pero eso va a cambiar pronto. La historia se acerca a su fin y no hay forma de saber si habrá continuación.

—Tengo que darte la razón en una cosa —dice Grant—. Puede que no haya sido a cámara lenta, pero dijiste que habría una explosión.

Pienso en el día en que lo auguré, que ahora me parece tan lejano. No tenía ni idea. Jamás habría imaginado que la explosión de una casa sería la menor de mis preocupaciones.

Apoyo la cabeza en el hombro de Grant, que me rodea con el brazo. Me besa la coronilla y ambos nos quedamos en silencio.

Mientras el tiempo se nos escapa, intento no preocuparme, no sentir que cada latido de nuestro corazón es un segundo en la cuenta atrás.

Desearía más que nada que esto, este instante precioso, fuera una escena interminable.

Anna Matthews podría pasarse el resto de su carrera describiendo lo que siento aquí, junto a Grant, y jamás se le agotarían las ideas.

Los dos podríamos vivir para siempre en este puñado de momentos.

Pero el caso es que los escritores tienen la manía de regalar a sus personajes pequeños y frágiles instantes de felicidad para luego aplastarlos de un martillazo.

O, en este caso, de un grito desde el interior de la casa que nos hiela la sangre.

Grant y yo nos levantamos de un salto y echamos a correr hacia la cocina. Primero veo a Lisa, con el pelo mojado de la ducha, arrodillada en el suelo. Y, junto a ella, Lesley, tendido en el suelo con los ojos vidriosos y la tez tan gris como la ceniza que todavía le cubre la ropa y el pelo.