Este libro puede matar Capítulo 28
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Capítulo 28

C ompletamente vestidos y sentados en el sofá a una respetable distancia entre nosotros, Grant y yo escuchamos en silencio a Lesley mientras nos cuenta sus aventuras nocturnas. Lisa, radiante de felicidad, corretea por la sala sirviendo el té e interviniendo para dar énfasis a las mejores partes.

Atraparon a Alistair con relativa facilidad, aunque se negó a decir nada en cuanto estuvo en la Casa Falsa. Lesley y Lisa se pasaron la noche probando todos los métodos de interrogatorio que se les ocurrían salvo la tortura. Después de horas y horas en balde, por fin, consiguieron algo.

—Todo gracias a esta lunática —dice Lesley sacudiendo a Lisa por los hombros—. Cuando debía de haberos llamado ya unas treinta veces, por fin logró que hablara.

—Yo ni lo sospechaba, pero resulta que se me da fenomenal la guerra psicológica —explica Lisa con voz alegre—. ¿Quién lo iba a imaginar?

Se me escapa una carcajada al intentar visualizar a Lisa intimidando a nadie para sacarle información.

—¿Qué hiciste, cantarle «Un elefante se balanceaba» hasta que suplicó clemencia?

Me lanza una mirada punzante.

—Por favor, Roxie, que soy una adulta. Fue «El árbol de la montaña».

Al final, solo lo hartó lo suficiente para que le ofreciera un dato: la dirección de correo electrónico para acceder a su cuenta de Facebook.

Insistió en que no sabía quién era mister Page, pero que había recibido varios mensajes suyos por privado con detalles sobre la competición.

Puede que ahí tengamos un hilo del que tirar.

—Vale —dice Grant—. Así que tenemos una dirección de correo electrónico. ¿Y qué vamos a hacer? ¿Adivinar la contraseña?

Lisa y Lesley intercambian una mirada de «Esto no le va a gustar a Grant».

—La cuestión es, Grantullón —dice Lesley—, que está dispuesto a decírnosla, pero con una condición.

Por el tono que emplea, entiendo que no va a ser donar un millón de dólares a Unicef.

—Quiere que os llevemos a vosotros a la Casa Falsa para hablar con él —anuncia Lisa.

Grant se recuesta en el sofá. Yo me cruzo de brazos.

—¿Qué os hace creer que no quiera atraernos para tener una segunda oportunidad de matarnos?

—Ah —Lesley suelta una risita—, seguro que es lo que quiere.

—Pero no podrá hacerlo —nos asegura Lisa—. Está bien controlado. Además, ya lo vencisteis una vez; si se diera el caso, lo haríais de nuevo. Lo cual me recuerda: ¿cómo lo conseguisteis?

En el otro lado del sofá reina el silencio, por lo que carraspeo y miro a Grant hasta que entiende que no voy a permitir que su gran triunfo pase inadvertido.

—Eeeh… me enfrenté yo a él —comenta de pasada, como quien menciona que ha ido a la frutería.

—En un duelo —añado yo, incapaz de reprimir una sonrisa de oreja a oreja cuando la emoción me invade de nuevo—. Con espadas. Hasta Alistair dijo que era como un mosquetero sexy.

—No dijo nada de «sexy» —me corrige Grant.

—Pero seguro que lo pensó.

Lisa da una palmada y rompe en alabanzas y exclamaciones de deleite con los ojos brillantes.

Lesley no dice nada, pero avanza hacia Grant y levanta brioso la mano abierta para chocarle los cinco con toda la ceremonia de un Premio Nobel.

Grant se sonroja levemente, pero le noto que está intentando reprimir una sonrisa.

—Bueno —dice Lesley cuando vuelve a seguir con su té—. ¿Quién se apunta a una charla con el Desenmascarador?

Grant y yo levantamos la mano (él con un poco más de renuencia), mientras que Lisa levanta las dos y chilla: «¡Yo, yo, yo!», antes de ponerse en pie de un salto y salir corriendo del despacho como si alguien le hubiera metido un petardo por el trasero.

Lesley la mira con cariño y se termina el resto de su té en silencio. Cuando ha desaparecido de nuestra vista, entrecierra los ojos, se pasa la lengua por los dientes y ladea la cabeza con curiosidad.

—Granuloso —observa—. Una cosa hay que reconocerle, esta chica tiene talento para arruinar un té de formas nuevas e ingeniosas.

—Y, sin embargo, jamás le rechazas una taza —señala Grant.

Lesley sonríe.

—Cuánta razón tienes, Grant Jeté.

No sé por qué creía que la Casa Falsa sería una especie de caja de acero ultramoderna en las afueras, pero de camino recorremos calles residenciales a cada cual más pintoresca.

Pasamos junto a puertas pintadas de azul turquesa, amarillo limón y rojo frambuesa, con bicicletas aparcadas en los jardines delanteros y camelias rosadas en flor.

Todo parece nuevo y alegre, fresco como la primera página de un cuaderno por estrenar.

Puede que sea que la primavera flota en el aire o que estamos a punto de coronar un hito en la resolución de los crímenes. Pero, más que nada, se debe al hombre que me da la mano.

Grant y yo nos hemos quedado atrás, felices de interponer cierta distancia con Lisa, que se ha pasado la mayoría del paseo lanzándonos miraditas y dando codazos atolondrados a Lesley.

Ahora que nos hemos parado al final de la calle, Lesley se inclina sobre una valla de hierro forjado, el sol reflejado en sus gafas de aviador, y Lisa salta sobre uno y otro pie como si sus zapatos estuvieran hechos de bengalas.

Grant suelta un largo suspiro.

—No acaba de gustarme esto de Alistair —dice—. ¿Y si él es mister Page? ¿El cabecilla haciéndose pasar por otro payaso más? Podría ser capaz de mucho más de lo que aparenta.

Intento no hacer caso de la intranquilidad que me provocan sus palabras.

—No va a pasarnos nada. —Le aprieto la mano—. Puede que Alistair tan solo quiera volver a verte. Después de lo de anoche, yo también querría.

—No sé si te acordarás —responde tratando de no sonreír—, pero precisamente Alistair no fue invitado a esa parte de la noche.

—¡Antes de esa parte! —El calor me sube por las mejillas.

Lisa debe de haberse dado cuenta, a pesar de encontrarse a una manzana de distancia. De verdad que no puede contenerse: se pone a bailotear como si se hiciera pis.

No, espera, le acaba de tender la mano con urgencia a Lesley, sin parar de dar saltitos mientras él rebusca las llaves en el bolsillo de la chaqueta, y sale disparada en cuanto se las pone en la mano. Sí que se hacía pis. Me vuelvo hacia Grant.

—Puede que quiera la revancha, o que le enseñes a blandir mejor la espada. O puede que tan solo desee comer palomitas y suspirar mientras luces esos magníficos antebrazos y haces cosas sexis de espadachín.

—¿Magníficos antebrazos? —Grant reprime una sonrisilla—. Continúa.

—Lo único que digo es que, si me ponen delante mangas subidas y metales entrechocando, no me hace falta más.

—Interesante —responde con una chispa maliciosa en los ojos—. Así que… —Se aleja un poco y, con teatralidad y pícara chulería, empieza a remangarse la sudadera.

—Oh, Grant, por favor, que estamos en público —susurro escandalizada. Puede que lo diga medio en broma. O un tercio.

—Siento interrumpir —nos llama Lesley desde el final de la calle—, pero si ya os habéis puesto ojitos lo suficiente, par de tórtolos, tal vez podríamos ponernos en marcha.

—Iríamos mucho más rápido si «alguien» me hubiera dejado conducir el Jaguar, tal y como me prometió —respondo alzando la voz.

Él hace un gesto de desdén. Grant reprime una carcajada antes de rodearme con el brazo y echar a andar de nuevo. Yo le abrazo la cintura con el mío, incapaz de dejar de sonreír.

Cuando llegamos adonde se encuentra Lesley, nos informa sobre lo que vamos a encontrarnos.

Alistair está encerrado en lo que describe como una celda improvisada, aunque a mí más bien me suena a un apartamento que costaría un par de miles de dólares en Boston.

Cuenta con una cama, un cuarto de baño y hasta un televisor.

—Pero no puede alcanzar el mando a distancia —aclara Lesley—. Le he dejado puesto el canal infantil de la BBC a todo trapo. Supongo que o lo volverá loco o lo rehabilitará. Veremos.

Lisa prometió que nos esperaría antes de ir a ver a Alistair. Es probable que, mientras hablamos, esté puliendo su imitación de Fergie por si el tipo vacila a la hora de cumplir su parte del trato.

Cuando por fin llegamos al final de la calle tranquila, ahí está.

La Casa Falsa parece de todo menos eso. De hecho, presenta todas las características de una casa bien mantenida, con cortinas en todas las ventanas y una colección de macetas esmaltadas en azul con plantas verdeantes en la parte delantera.

Cuando entremos, no me cabe duda de que nos envolverán nuevas muestras de ese estilo lesleyano rarito y hogareño que he aprendido a reconocer y amar.

Pero no nos da tiempo.

Todo vuelca hacia un lado, o eso es lo único que siento al principio. Además del estallido de luz, sonido y calor que se extiende por toda la casa, tan fuerte que silencia el resto.

El aire pita. Tardo unos segundos en recobrar la visión y distinguir lo que me rodea: trozos de cemento, añicos de cristal y astillas de madera desperdigados.

Estoy tendida en el suelo con los pulmones ardiendo.

Hay humo por todas partes. Me duele la cabeza.

Cuando intento incorporarme, un dolor afilado me atraviesa la mano; veo un fragmento de cristal que sobresale y sangre manando de la palma.

Lo extraigo con dedos temblorosos y lo arrojo a un lado antes de ponerme en pie, tambaleante y mareada.

El mundo se mece como un barco bajo mis pies.

«Grant. Lesley». Intento llamarlos, atrapada en el aire lleno de cenizas como un insecto en una telaraña, pero una tormenta se desata en mi interior y vomito en la acera.

Solo cuando levanto la cabeza en busca de aire, noto una mano sobre mi hombro. El alivio corta la náusea como un chute de oxígeno. Grant tose y tiene un arañazo desde la sien hasta la mejilla, pero está entero.

—¿Bien? —es lo único que consigo decir.

Él asiente; todavía intenta respirar con normalidad.

—¿Tú?

En cuanto murmuro una especie de afirmación, nos derrumbamos juntos y contemplamos en silencio lo que solía ser la Casa Falsa.

La estructura como tal sigue en pie, pero ya no es más que una cáscara. Las llamas asoman por las ventanas reventadas, cuyos cristales rotos se asemejan a colmillos.

La puerta ha desaparecido, sustituida por un agujero negro y humeante. No veo nada del interior. Dudo que todavía exista.

«Lisa».

Ay, no.

Algo cruje bajo el pie de Grant y este se queda paralizado. Se inclina para recogerlo y, al levantarse, sostiene los restos de unas gafas de aviador, rajadas y cubiertas de hollín. Alza hacia mí los ojos llenos de miedo.

Recorro la escena con mirada nerviosa, pero ni rastro de Lesley. Ninguna figura esbelta entre la neblina, ningún bulto en el suelo. Estamos solos aquí fuera. Las sirenas comienzan a ulular en la distancia.

—No —musita Grant contemplando la casa en llamas—. Oh, no.

—Había entrado —digo. Quería expresarlo en forma de pregunta para que Grant pudiera negarlo. Pero lo sé. Sé cuál sería la respuesta.

Ambos nos precipitamos con sensación de impotencia, como si no estuviéramos seguros de si deberíamos entrar o impedir que el otro lo haga.

Pero antes de que ninguno pueda dar otro paso, nos llega un sonido desde el interior de la casa, un ruido áspero y cortante.

Algo cambia entre las sombras del humo. Se vuelve más sólido, más real, y por último vemos recortarse de pronto a Lesley y a Lisa en el umbral.

Están manchados de hollín y caminan con torpeza, con el brazo de ella sobre los hombros de él.

—Yujuuu… —tose Lesley.

Grant y yo nos arrojamos sobre ellos, envolviéndolos en un abrazo de grupo al tiempo que los arrastramos hacia el aire limpio de la calle.

En mi mente no hago más que contarnos una y otra vez: uno, dos, tres, cuatro; uno, dos, tres, cuatro.

Los cuatro estamos de vuelta en la acera, y nos damos un aire a Winona Ryder al final de Escuela de jóvenes asesinos , pero el caso es que seguimos aquí, juntos.

Por ahora, claro. El estómago se me revuelve de pensarlo.

Porque, mientras la Casa Falsa arde y el eco de quién, qué y por qué ha sucedido se entremezcla con el humo, la ceniza y las llamas, una cosa está clarísima: alguien viene a por nosotros.

No sé si esto será una trampa, un mensaje…

, pero da igual; esto cambia las reglas del juego.

No me hace falta ser una experta en novela negra para saber que es el tipo de crisis sensacional que un autor se guardaría para el momento justo. Solo puede significar una cosa.

El final debe de estar cerca.