Este libro puede matar Capítulo 27 #2
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Capítulo 27 #2

—Bueno, para que te sitúes, solía llamarse Hoffman e Hijos —me cuenta—.

Que no es poca cosa, teniendo en cuenta que le puso el nombre antes de que naciéramos ninguno.

Y que terminó teniendo una hija también.

Pero esperaba que nosotros, Ted y yo en concreto, siguiéramos sus pasos.

A sus ojos, uno no era un hombre de verdad a menos que tuviera pasión por saberse cada tipo de destornillador y su nombre completo oficial.

—Menuda ridiculez, ¿no? —digo—. Lo único que hay que saber es que hay uno plano y otro con una crucecita…

—Gracias —responde—. En fin, que cuando lo llamé para contarle lo de la universidad, se quedó callado.

Y luego dijo: «Pues muy bien», y colgó. La siguiente vez que volví a casa, había pintado el cartel y ya solo decía Hoffman e Hijo.

Que, a ver, era lo suyo. Hoffman e Hijo era una descripción perfectamente precisa de quién llevaba la tienda.

Pero me pareció que pretendía demostrar algo.

Con Ted estaba de lo más simpático, pero hervía de resentimiento cada vez que yo intentaba hablar con él.

Era insoportable. Así que dejé de intentarlo, aunque con la esperanza de que cambiara de opinión sobre mí.

Pensé que tan solo necesitaba tiempo, que un día me llamaría y diría que iba siendo hora de que habláramos, o que me preguntaría qué tal me iba, sin más.

Pero cuando por fin sonó el teléfono, era mi madre, llorando.

—Su expresión se ha nublado y una honda arruga de dolor atraviesa su entrecejo.

—Ay, Grant —digo tomándole la mano—. Lo siento mucho.

Inspira hondo.

—Es solo que detesto que todo acabara así.

Siempre pensé que tendría la oportunidad de arreglar las cosas de alguna manera.

Mucho antes de que nos dejara, ya lo echaba de menos.

Sí, podía ser testarudo y estrecho de miras, pero no era solo eso.

También era divertido e inteligente, y se dejaba la piel por construir algo de lo que estar orgulloso.

Yo estaba orgulloso de él. Y habría querido decírselo.

Y también estaba furioso, y eso también habría querido decírselo.

Pero, de pronto, era demasiado tarde. Es solo…

—Se aclara la garganta y, cuando vuelve a hablar, su voz suena ronca—. Ese no es el final que habría querido.

El pecho me duele al verlo así. En la vida real, a veces pasan cosas malas, y la mala suerte no es más que eso.

Pero la vida de Grant y todo lo que ha sucedido en ella estaba prediseñado.

Alguien le ha hecho todo esto a propósito y ¿para qué?

¿Para tener una buena historia? Desearía más que nada en el mundo poder darle otra.

—Puede que este no sea el final —digo.

—No, está más muerto que muerto. Si no, no habría cabido en la urna.

—No me refiero a eso —contesto—. Puede que ya no esté aquí, pero eso no significa que vuestra historia haya acabado.

Tal vez el resto consista en cómo lo recuerdas tú.

No como héroe o villano, sino como un padre humano que podría haber sido mejor y también peor.

Puedes aferrarte a las cosas que amabas de él, aunque los recuerdos todavía duelan.

Se queda un momento sin hablar, tan solo asiente en silencio y observa mi mano en la suya, sobre cuyos nudillos desliza el pulgar.

—Gracias.

Le doy un apretón.

—¿Sabes? Una vez un tipo, que además de un bombón era listísimo, me dijo que el final de una relación no tiene por qué negar lo bueno que tuvo.

Puede que también sea aplicable a padres e hijos.

—Es un consejo que no terminé de creerme cuando me lo dio, pero ahora me encaja.

Estar aquí con él es algo tan bueno que no puedo imaginar que nada en el futuro pueda empañarlo—.

Puede que hasta sea aplicable a secuestradoras y secuestrados de libro que acaban gustándose un montón.

Me mira de un modo que antes me habría hecho retroceder, pero ahora quiero recrearme en sus ojos.

—Pero que un montón —susurra.

Ya me está doliendo que esto tenga un final.

Pero si pudiera recordar estas mismas palabras siempre que quisiera, y la forma en que las pronunció, con la solemnidad de una promesa y su mirada profunda sosteniendo la mía y envolviéndome en su calor, puede que compense un poco lo demás. Puede que no sea tan terrible.

—En cualquier caso —digo obligándome a regresar al presente—, espero que ahora puedas estar orgulloso de tu pasatiempo secreto. Es increíble, Grant. Si tu padre no lo pensaba, puede que sea porque no tuvo el privilegio de ver cómo le «roleabas» a un tío en toda la cara.

—Quien le «roleó» en toda la cara fuiste tú —replica Grant, antes de ladear la cabeza en un gesto de asentimiento—. Aunque yo le «rolée» bien «roleado» todo lo demás.

—Somos un equipo de lo más «enrolado», tú y yo.

Grant sonríe y me rodea los hombros con un brazo. Yo me acurruco contra él. Quiero memorizar todo esto, todo él. Quiero guardármelo y atesorarlo.

—Es una lástima que solo desearas estar en un libro —comenta Grant con una carcajada débil—. Si no, podríamos haber tenido una secuela. O una saga entera.

La idea, agridulce, hace que me asome una sonrisa en la cara, pero se desvanece cuando mi mente empieza a recopilar fragmentos.

—No… no estoy segura de que solo deseara estar en un libro.

Grant me mira con curiosidad mientras yo hago memoria del momento en que todo comenzó: la esquina de una calle, un ser mágico y un deseo exasperado, irónico y secretamente desesperado. Algo parecido a la esperanza comienza a aflorar en mi interior.

—Lo que deseé fue convertirme en la próxima protagonista de Anna Matthews —indico.

—Lo que podría traducirse en más de un libro —reconoce Grant, mientras se le ilumina el rostro—. Más de esto.

—Más de nosotros —afirmo, deseosa de que mis palabras se hagan realidad.

Pero una punzada de preocupación se me clava en el fondo de la garganta—.

Aunque, ¿de verdad querríamos hacerlo? Dudo mucho que escriba una secuela sobre nosotros dos disfrutando de unas tranquilas vacaciones en las Bahamas. Somos personajes de thriller, ¿sabes?

—De thriller romántico —me corrige antes de levantarme la mano y besármela.

Luego me mira con tanta intensidad que, por un momento, creo que he cometido un error al recordarle en qué tipo de historia estamos inmersos: no todo son sábanas enredadas y conversaciones de almohada.

Me preparo mentalmente para oírle decir «¿Sabes qué?

Olvídalo. No lo quiero. Nadie merece que pase por esto».

Pero cuando habla, lo hace con voz tierna—: Si la única forma de que sigamos juntos es persiguiendo a asesinos en serie, espero que el mundo esté lleno de ellos.

Casi querría reír al comparar a este Grant con el que conocí aquel día, pero tengo un inesperado nudo en la garganta por la emoción.

—Sé que suena a locura —añade—, pero, aunque todo lo demás sea una pesadilla, me siento mejor cuando estoy contigo. Haces que desee aceptar lo que la trama nos ponga delante. Huir de asesinos, descender por la fachada de rascacielos, saltar de aviones en marcha… Aquí estoy, dispuesto a todo.

Sus arrugas de preocupación se han vuelto aún más profundas por la mera mención de esas hipotéticas aventuras, pero sigue siendo lo más romántico que nadie me haya dicho nunca.

De hecho, justo por eso lo es mucho más.

Y diría que «romántico» no es la palabra adecuada.

Ese grado de cuidado, ese estar dispuesto a enfrentarse a los propios miedos si supone pasar más tiempo juntos… es otra cosa. Es algo más.

Y yo siento lo mismo. No me importa cómo sea la historia mientras sea nuestra.

Aunque la trama resulte una pesadilla para mí: la aburridísima investigación de un delito de guante blanco o una misión en secreto en una tranquila residencia de ancianos.

Por lo que a mí respecta, que nos metan en un cozy mystery ambientado en una comunidad amish. Si está Grant, me vale.

Podría decirle todo esto. Podría decirle que yo también accedería aunque suponga que más tarde me duela. Y me duela de verdad. Como nunca. Por pasar más tiempo con él, accedería.

Pero no consigo que las palabras salgan por mi boca. Lo que hago es enarcar las cejas y decirle:

—¿Que por mí saltarías de un avión? Guau. Espero que con paracaídas, al menos.

—Tú eres mi paracaídas —responde con una sinceridad que me provoca mariposas en el estómago, aunque mi cerebro no termine de procesarlo—.

Tú eres el motivo por el que podría saltar.

Todo lo que este libro nos ha puesto delante…

, sin ti yo no habría sido capaz de hacer nada.

No sé cómo, pero sin que resulte menos terrorífico sí consigues que crea que puedo hacerlo.

Logras que me sienta capaz de hacer cosas que, según las leyes de la física y del sentido común, no debería.

El corazón me palpita de un modo que no estoy segura de que sea normal y la voz apenas me sale en un susurro, pero aun así digo:

—Así que, en ese sentido, soy como las metanfetaminas.

—Shhh. —Me pone un dedo sobre los labios—. Me alegro de que sea contigo con quien estoy en este libro. Es lo único que intento decir.

El pecho se me encoge hasta el punto de dolerme. Esto significa mucho, aunque creo que Grant se equivoca en algo. Es él quien siempre salta primero al decir exactamente lo que piensa y lo que siente con total franqueza. Ojalá yo pudiera ser así.

Aunque tal vez pueda.

Quizá él pueda ser mi paracaídas.

—Yo también me alegro de que sea contigo.

Y entonces no queda nada que no podamos decirnos con sus brazos rodeándome, mi cabeza en su pecho y la sincronía de nuestra respiración. Simple silencio, cómodo y compartido.

Cuando quiero darme cuenta, está casi amaneciendo y nos despiertan unos golpes urgentes en la puerta. Las voces amortiguadas de Lesley y Lisa, que se oyen desde el pasillo, me traen de vuelta a la realidad. O a la ficción, dado el caso.

—¡Yujuuu! —canturrea Lesley—. ¡Lissy Elliot y Banksy han vueltooo!

Le tapo la boca a Grant con la mano antes de que diga una maldita palabra. Lisa se suma con un «¡Arriba! ¡Arriba! ¡Arriba!» más frenético y preciso.

Salgo como un cohete de la cama y me pongo lo primero que diga: «He mantenido cero relaciones sexuales esta noche; no sé de qué me hablas».

Grant se incorpora de golpe y recorre el dormitorio con la mirada, buscando dónde esconderse antes de decidirse por hacerlo bajo el nórdico.

En cuanto me planto un pantalón de chándal y una camiseta, arrugo la ropa de cama para que el escondrijo de Grant resulte un pelín menos obvio antes de abrir la puerta una rendija.

Lesley está tan tranquilo y controlado como siempre, pero hay un nuevo brillo en sus ojos. Lisa, en cambio, o está emocionadísima o se le han metido las bragas por el trasero.

—Ay, menos mal que has abierto la puerta, ya que no respondes al teléfono —dice Lesley—. Solo venía a decirte que…

—¡¡¡Ha hablado!!! —chilla Lisa—. Bueno, más o menos. ¡Pero lo tenemos! Y va a cantar hasta La traviata , ¡lo presiento!

Parpadeo tratando de aclarar el estupor que supone entrar de golpe una vez más en la trama. Casi se me había olvidado que anoche teníamos otro objetivo que quitarnos la ropa el uno al otro.

Lesley me observa y frunce el ceño.

—Huy —dice—. Te han dado pero bien.

—¿Cómo? —Retrocedo un paso.

—Tu mejilla —responde apuntando hacia mi cara.

—Mi mejilla… —Me llevo la mano a toda prisa hacia ese lugar que había olvidado por completo—. Ah, sí. Me han dado. Pero estoy bien.

Lesley asiente una sola vez.

—Me alegro.

Carraspeo y trato de concentrarme en nuestra tarea de resolver crímenes más allá de la puerta de mi dormitorio.

—¿Dónde está Alistair?

—En la Casa Falsa —responde Lisa con un gesto despreocupado de la mano—. Encerradito y listo para confesar. Ahora mismo te lo contamos. ¿Podemos entrar?

Se me corta la respiración mientras busco una excusa creíble, pero Lesley le pone la mano en el hombro.

—Esta conversación es más adecuada para el despacho —explica—. Nos vemos allí en…, no sé, ¿cinco, diez minutos? —Me mira por encima de las gafas antes de dar media vuelta.

Entonces se detiene un instante y alza la voz para que se le oiga en el dormitorio.

—Buenos días, Grant.

«Niégalo, niégalo, niégalo», dice mi cerebro, pero antes de poder hacerlo, oigo a mis espaldas un crujido de sábanas a modo de rendición y a mi nórdico decir con toda claridad:

—Buenos días.

Lesley se marcha con paso elegante; Lisa se queda inmóvil junto al umbral. Abre los ojos como platos y su mandíbula desciende con gesto tan dramático que me pregunto si seguirá unida a su cráneo.

—Ay, cállate —digo cerrándole la puerta en las narices en el preciso instante en que emite un chillido ensordecedor.