Este libro puede matar Capítulo 27
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Capítulo 27

P uede que sea un cliché (la heroína romántica en la cama, en los brazos del héroe, envuelta entre sábanas y probablemente con un «guau» recién musitado todavía en los labios), pero no me importa. He perdido la noción del tiempo y el espacio, de la ficción y la realidad y de todo lo demás.

Mi mente está inmersa por completo en lo bien que me siento, aquí con Grant, y en lo impensable que ahora me resulta que no acabáramos antes así, con su pulso palpitando cálido bajo mis dedos, los suyos recorriendo mi brazo con pereza, arriba y abajo, hasta que levanta mi mano y la observa.

—Di lo que quieras sobre Zach Beaumont —comenta contemplando el gigantesco diamante que todavía adorna mi dedo—, pero me apuesto algo a que todos los joyeros lo adoran.

Gruño al ver semejante pedrusco, me lo saco del dedo y lo arrojo a la otra punta de la habitación.

—Y Savannah podría fichar por los Red Sox —añade.

Me acurruco contra él mientras exhalo un suspiro satisfecho.

—Lo creas o no, esta no es mi primera vez. En tercero de primaria, Brock Kowalski me propuso matrimonio con un anillo de caramelo. Se lo tiré a la cabeza.

—Ya, es que no te veo con un Brock. Diría que tomaste la decisión correcta.

—Lo sé. Fue la propuesta rechazada con la que cualquier chica sueña.

Grant me toma la mano y entrelaza poco a poco nuestros dedos. Sin esa monstruosidad en el anular, no llevo más que una fina alianza de oro a juego con la suya.

Es extraño, pienso, ver nuestras manos juntas. No me disgusta ese pequeño hilo dorado que lucimos y nos identifica como pareja. Qué curioso que la versión ficticia de algo resulte tan dulce cuando la realidad me daría urticaria.

—Bueno —dice Grant besándome el hombro—, ahora que hemos cruzado al género en el que eres experta, ¿qué crees que va a pasar?

—¿La verdad? —Suelto un hondo suspiro pensativo—. Sexo sin fin, espero. Se acabó la trama. Ahora toca solo porno.

Su risa retumba en mi interior.

—No seré yo quien se queje.

—Con alguna que otra interrupción para cenas y paseos nocturnos.

—Y turismo —añade—. Con todo el tiempo que hemos pasado en Londres, todavía nos quedan muchísimas cosas por ver. Espero que haya un capítulo entero consagrado a nuestra visita al London Eye.

—Y a ti quejándote de los errores en la información del British Museum.

—Y a ti intentando en vano hacer reír a la guardia real.

—Ahí es donde te equivocas —le digo—. Lo conseguiría fijo.

Grant sonríe y es un momento que me gustaría pausar para poder vivirlo un poquitín más de tiempo.

Todos estos instantes, de hecho, estos pequeños escenarios que estamos inventando, en los que Grant y yo hacemos cosas normales, sin estructura narrativa a la que ceñirnos.

La idea me atrae, pero también me duele un poquitín.

Grant se vuelve hacia mí y apoya la cabeza en el brazo.

—¿Crees que nos habríamos conocido en la vida real? Si no fuera por el libro, digo. Si las cosas fueran distintas.

Me quedo pensando. Si nuestras vidas normales fueran «la vida real», los dos seguiríamos como si tal cosa en el mismo plano de la existencia. A pocos kilómetros de distancia, pero sin saber nada del otro.

—No lo sé —respondo—. Imagino que nunca hemos frecuentado los mismos círculos.

—Ya. La verdad es que los buscadores de emociones fuertes y los equipos de Trivial universitarios no suelen coincidir.

No es solo eso, lo sé. Si nos hubiéramos cruzado por casualidad, sospecho que ahí habría acabado la cosa. Nunca me habría permitido tanta cercanía. Como alternativa, es bastante triste.

—Habría sido una lástima —digo—. No conocerte. Me habría perdido algo estupendo.

Grant sonríe.

—Yo también.

—Y, tal vez, que las cosas sucedieran como sucedieron haya sido lo mejor —añado—. Aunque hubiese sido distinto, si hubiéramos llegado a conocernos, no habríamos tenido un encuentro cuqui tan molón.

Grant me mira dudoso.

—¿Llamarías «encuentro cuqui» a aquello?

—Por supuesto —contesto—. Chico llama a Uber; chica roba Uber; la vida del chico pasa por delante de sus ojos y narra toda la secuencia a voz en grito. El clásico encuentro cuqui.

—Yo más bien lo llamaría «encuentro horripilante».

—Bueno, quedemos en que fue un «encuentro chulo».

—Venga, va, un encuentro chulo —concede.

No hay más vuelta de hoja, esto va a doler cuando acabe. Pero no puedo pensar en ello. Yo solita me he hecho la cama, y luego la he deshecho con Grant, y ahora mismo estoy convencida de que el montón de sábanas es un sitio estupendo en el que quedarse, siempre que sea con él.

Y al menos hay un elemento de certidumbre.

Puede que esto tenga que acabar cuando acabe el libro, pero es un romance; no voy a dejar de gustarle y ya.

No vamos a alejarnos poco a poco hasta que ya no nos reconozcamos.

Seremos felices hasta el final, y la ruptura será limpia, no un millar de pequeñas grietas.

Cuando Grant posa una mano en mi hombro y, sin darse cuenta, empieza a trazar con el pulgar pequeños círculos sobre mi piel, todo pensamiento sobre tramas y arcos narrativos se evapora de mi mente.

El interés amoroso, el héroe romántico, el novio de libro…

, todas esas denominaciones se esfuman y no queda más que Grant.

Él, cuyo tacto hace que me hierva la sangre como aceite en una sartén caliente.

Con quien puedo hablar de absolutamente todo.

Quien me hace preguntarme por qué nos referimos al romance como «más que una amistad» cuando las dos cosas pueden coexistir de un modo tan bonito en la misma persona.

—Háblame de tu vida antes de esto —le pido.

Grant arruga la cara.

—No era real —responde—. Da lo mismo.

—No da lo mismo. Si era real para ti, lo es para mí. Quiero saber de ti.

Una sonrisita le curva la boca y cualquier otra protesta desaparece con un suspiro.

—¿Qué quieres saber?

—Uff, no sé —contesto—. ¿Tal vez cómo te convertiste en campeón de esgrima y por qué no me lo contaste hasta ahora?

Grant hunde la cabeza en la almohada con un gruñido. Yo le pego con la mía.

—¡Venga, Grant!

—Qué voy a ser campeón —responde con la voz amortiguada—. Si acaso, estoy bastante oxidado. Es solo que el Alistair ese era malísimo.

—Corta con lo de la falsa modestia, capitán Hook. Si eres un protagonista de capa y espada.

Mueve la cabeza lo justo para mirarme de soslayo con un solo ojo.

—¿Capitán Hook? ¿Con ese me comparas? Al menos podías haber mencionado a Jack Sparrow.

—No. No te veo llevando raya en el ojo.

—Pero sí un garfio, ¿no?

—Venga, ¿cómo aprendiste a luchar así? Si no me lo cuentas, voy a imaginarme lo peor, por ejemplo, que eres un pirata de verdad. O un asesino en serie, como Alistair. O que una bruja te maldijo con un talento anacrónico. O…

—Vale —me corta incorporándose sobre los codos con esa expresión de «no quiero sonreír». Vacila un momento, como si ya estuviera arrepintiéndose de lo que va a contarme—. Empecé porque participaba en juegos de rol en vivo en el instituto. ¿Contenta?

Al principio no puedo ni hablar. El regocijo me impide toda reacción.

—Grant. Soy tan pero que tan feliz. —Lo imagino un adolescente desgarbado, ataviado con una cota de malla fabricada con arandelas de refresco y armas de cartón, y es imposible no reír por lo bajo de puro gozo.

Él vuelve a hundir la cara en la almohada—.

Guau, juegos de rol en vivo. Y yo que imaginaba que estarías en el equipo de esgrima o algo…

Se queda callado un momento.

—Sí —responde con lentitud—. Esa… habría sido una alternativa más normal.

—¿Quién quiere normalidad? Cuéntamelo todo sobre tus juegos de rol. —Me pongo bocabajo, con las rodillas dobladas y los pies en alto, y le doy un pequeño codazo para que se gire—. ¿Cómo era la vida del rolero? ¿Eras el chaval más «enrolado» del instituto?

Grant suspira hondo y me mira.

—Para empezar, ese adjetivo ni existe. Cosa que sé que sabes, porque tu competencia lingüística es excelente.

—¡Jo, «enrólate», tío! —le digo chasqueando los dedos con falsa irritación. Él esboza una sonrisa—. ¿Por qué no me dijiste nada?

—Porque es muy friki. No es lo que se dice material para el héroe de un thriller criminal.

—Bueno, pero dejando de lado por un momento que tu frikismo nos ha salvado la vida y que sentir pasión por algo es lo más sexy del mundo, ¿por qué te daría vergüenza ser un friki? No estamos en los noventa. Los frikis ahora mismo son los populares.

—Eso díselo a mi padre —responde. Se queda callado un momento antes de soltar una carcajada amarga—. Mira, una cosa buena. Si nunca existió, supongo que técnicamente ya no está muerto.

Me lanza una mirada sardónica; yo me limito a esperar a que continúe. Al cabo de un momento baja la vista y centra todo su interés en la costura de la funda de su almohada.

—Creo que lo avergonzaba —termina por decir tirando de un hilo suelto—. Quería un hijo que jugara al fútbol americano y le salió uno que se pasaba los fines de semana correteando por los bosques con sus amigos como si fueran extras de bajo presupuesto de Los caballeros de la mesa cuadrada .

—Que imagino que, para empezar, ya sería de bajo presupuesto —señalo.

—Justo. —Por un momento aparece un tierno velo de nostalgia en sus ojos, pero se esfuma enseguida—.

Mi padre y yo éramos demasiado distintos.

Yo no estaba hecho para convertirme en quien él quería que fuera.

Pero las cosas no se pusieron mal de verdad hasta que le dije que iba a ir a la universidad en lugar de ponerme a trabajar con él en la tienda.

—Suelta un pesado suspiro—. La dichosa tienda.

—¿Qué pasó? —le pregunto con suavidad.