Este libro puede matar Capítulo 26
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Capítulo 26

A saber cómo llegamos de vuelta a la casa.

En cuanto estamos dentro, nos arrojamos de nuevo en brazos del otro, recuperando todo el fervor de la orilla del río como si tan solo lo hubiéramos mantenido en suspenso desde entonces.

Nos separamos apenas un instante para comprobar que no hay nadie cerca, llamando a Lesley y a Lisa por sus nombres entre besos hambrientos.

Pero no están. Siguen interrogando a Alistair en la Casa Falsa y, por mí, que se queden allí mil años.

—¿Vamos arriba? —pregunto, y la voz me sale en un susurro apresurado.

Grant asiente y yo me doy la vuelta para subir, pero él me sujeta de la cintura y me gira de nuevo hacia él.

—Ascensor —murmura contra mis labios. Recorremos a ciegas el pasillo sin dejar de enrollarnos, como una pareja de adolescentes treintañeros en una serie de The CW, riéndonos cuando me pega la espalda a la pared y, al mismo tiempo, pulsa el botón.

El frenesí continúa hasta que llegamos a la puerta de mi dormitorio, donde Grant se echa hacia atrás con cierto esfuerzo y desliza sus manos hasta mi cintura.

—¿Estás segura de que es lo que quieres? —pregunta con la respiración entrecortada—. ¿Aunque no sea real?

Pienso en las mejores escenas románticas que he leído, en todos esos besos perfectos y esos grandes gestos.

En los estremecimientos que me provocaban.

En que las leía una y otra vez hasta memorizarlas, hasta que el revoloteo en mi pecho amainaba y terminaba convirtiéndose en una vaga punzada.

Ahora, con Grant, ese estremecimiento no hace sino crecer con cada beso y cada caricia.

—Es real —respondo—. En este momento es real.

Exhala con alivio quedo. Me percato de que me está mirando de esa extraña forma, con ese fruncimiento del entrecejo que nunca llegué a entender. Pero ahora lo comprendo. Es el modo en que me mira cuando quiere besarme.

Y ahora es la forma en que me mira justo antes de hacerlo.

Esta vez, sus labios se cierran sobre los míos con una suave determinación que siento hasta en la punta de los pies, un beso que no devora, sino que saborea.

Se mire por donde se mire, constituye una paradoja: es seguro y tentativo, pregunta y respuesta.

Demasiado bueno para ser verdad y demasiado real para ser imaginario.

Agarro el pomo de la puerta y, de pronto, estamos en mi dormitorio. Por fin, creo que nunca me he alegrado tanto de ver mi cama… Pero Grant tira de mí hacia el cuarto de baño.

Se separa de mí un instante para abrir el grifo de la ducha y, cuando regresa, responde a mi mirada de curiosidad con una sonrisa tan tierna que se me olvida hasta respirar.

—Ese río daba asco —explica retirándome un mechón húmedo de la cara antes de inclinarse de nuevo hacia mí—. Y, la verdad —dice entre besos—, no quiero que… contraigas… —su boca se hunde aún más en la mía, recreándose antes de apartarse de nuevo— alguna bacteria carnívora.

Rompo a reír. Ay, madre. ¿Cómo puedo desear tanto a alguien, incluso cuando se ha puesto a hablar de bichos comecarne?

Claro que, pienso de pronto, lo que me provoca una pequeña burbuja de vertiginosa alegría, de no ser así, no sería Grant.

Contemplo la cascada de agua por un momento.

No es que carezca de experiencia en encuentros «peculiares»: una góndola en los Alpes suizos, un cobertizo de socorristas en Costa Rica, una plantación de cactus (no demasiado bien pensada y, en consecuencia, espinosamente dolorosa) en Joshua Tree.

Pero nunca me he duchado con nadie. Me parece superíntimo lo de invitar a alguien a un ritual tan privado y desnudo.

Grant da un paso atrás, lo que interpreto como que no le importa si prefiero ducharme sola. No me doy cuenta de que no quiero hasta que mi brazo se tensa negándose a soltarle la mano.

Él me mira un segundo con la ceja enarcada formando una pregunta antes de dar un paso al frente.

Nos encontramos en un beso lento; sus manos se deslizan bajo los finos tirantes de mi vestido y siguen su trayectoria hasta los intrincados cruces que forman sobre mi espalda.

Sus dedos acarician mi piel con levedad, sin prisa, trazando caminos sobre mis costados y a lo largo de mi cintura.

—Te advierto… —consigo decir en medio de un beso, ya sin aliento— que este vestido es complicado. Meterme dentro ya me costó lo suyo.

—Eso suena a desafío —responde con una sonrisa contra mis labios—. Y lo acepto de buen grado.

Cuando se aparta, el frío de la repentina distancia entre nosotros se ve compensado al instante por el calor de su mirada pensativa.

Y eso no es nada frente al subidón que siento cuando se arrodilla para agarrarme el bajo del vestido.

Lo hace como lo hace todo, con atención y con cuidado, levantando la tela por encima de mi piel al tiempo que desliza sus manos a ambos lados de mi cuerpo.

Se detiene un instante en mis caderas y ríe por lo bajo al soltarme el liguero con que me sujetaba el teléfono.

Un escalofrío recorre mi piel expuesta, no sé si por el aire o por la devota atención que me presta Grant.

Cuando llega a mis costillas, levanto los brazos y me saca el vestido por encima de la cabeza.

Su mirada está algo velada y su grave expresión de deseo me deja sin aliento.

—Eres increíble —dice.

—Y tú llevas puesta demasiada ropa —respondo.

Tiro de él hacia mí y lo beso mientras deslizo mis manos por el cuello de su camisa mojada para descender por su pecho, desabotonándolo por el camino. Me tomo mi tiempo en quitársela, deleitándome en los fibrosos músculos de sus brazos bajo mis palmas.

No es la primera vez que lo veo descamisado, pero sí que puedo admirarlo y tocarlo de verdad y sin vergüenza. Es delgado pero sólido, con esa complexión de fuerza callada que tiene menos que ver con una rutina de fitness específica y más con el confort con que habita su cuerpo.

Aunque, una vez más, puede que su fuerza no sea tan callada, porque de pronto me agarra de las caderas y me alza hasta sentarme sobre el tocador. La sorpresa hace que se me escape un sonido entre un chillido y un suspiro que nos hace reír a ambos.

Con mis ojos a la altura de los suyos es mucho más fácil apreciarlo en toda su magnitud.

Tiro de él hacia mí, rodeo sus caderas con mis piernas y siento la extensión de su espalda bajo mis dedos.

Su boca aterriza sobre la mía antes de descender dejando un rastro de besos en mi mentón y mi cuello.

Solo eso bastaría para sentirme mareada, para que me costase respirar, aunque también podría deberse al vaho que llena el cuarto de baño.

—Creo que nos hemos dejado el agua de la ducha corriendo —musito.

—Si tú lo dices… —responde Grant—. Ahora mismo no sé ni dónde estoy.

Reímos de nuevo cuando nos damos cuenta de que no estamos en la mejor posición para seguir desvistiéndonos el uno al otro, pero tampoco nos apetece parar ni movernos. Sus dedos pasan por debajo de los laterales de mis bragas; los míos se deslizan hasta el botón de sus pantalones.

Es una mezcla extraña de deseo y mareo, de alelamiento y torpeza que, de alguna manera, no frena la atracción entre los dos. Si acaso, solo hace que la escena gane claridad, transformando este territorio inexplorado en algo más familiar.

Esa idea me reconforta incluso cuando nos hemos deshecho de toda la ropa y las carcajadas se han esfumado.

No somos más que nosotros dos, pienso. Nos conocemos.

Lo conozco. Así que, a pesar de que mi corazón está desbocado, a pesar de que esto es nuevo y da un poco de miedo, es miedo del bueno, de ese que me gusta.

Como cuando saltas desde un precipicio. Grant es el borde rocoso y también el océano que espera recogerme debajo.

Lo beso de nuevo y me dejo llevar. No sabía que pudiera ser así. No sé si en la vida real podría hacerlo. Pero, ahora mismo, lo que existe entre nosotros es vívido y cegador, y no me puedo creer que en algún momento quisiera reprimirlo.

Grant da un paso atrás y, mirando de reojo la ducha, me tiende la mano.

Yo sonrío y se la doy.

Más tarde, cuando la noche se ha transformado en un remolino de deseo y sensaciones, de pelo mojado, respiración entrecortada y manos aferradas a sábanas, me pregunto si siempre será así entre el héroe y la heroína de las novelas románticas, si en algún lugar oculto entre la tinta y el papel ellos dos lo sentirán.

Y no me refiero al pasar de las páginas, sino a la sangre acelerada, al calor de una piel contra otra, al deseo, a la necesidad.

Si todas esas metáforas y esos símiles tan bellos apenas pueden rozar la superficie de lo que se siente en realidad.

Porque es como…

Bueno, esta vez no soy yo quien debe describirlo o leerlo.

Por una vez, solo tengo que vivirlo y sentirlo. Y lo que siento desafía toda descripción, rebasa el entendimiento y me envía a un lugar en el que no hay más palabras en mi cabeza salvo «él», «yo», «nosotros», resonando en un eco continuo en cada rincón de mi ser.