Este libro puede matar Capítulo 25 #3
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Capítulo 25 #3

—Quédate aquí —le digo a Grant al tiempo que vuelvo a guardarme el móvil—. Voy a conducirlo hacia el puente.

—¿Cómo? Te alcanzará en nada.

—No si salto.

Grant abre los ojos como platos.

—No puedes…

—He hecho puenting millones de veces —respondo—. Es lo mismo. Pero sin cuerda.

—¡Las cuerdas son importantes!

—Estaré bien —respondo con decisión.

Espero que entienda el resto. La situación, las señales…

, todo parece anunciar con claridad lo que debo hacer.

Puedo imaginar que, como protagonista que soy de esta historia, sobreviviré a una caída al río, pero no puedo prometerle lo mismo a Grant, sea mi interés amoroso o no.

Y no pienso permitir que Anna demuestre lo atrevida que se ha vuelto cargándoselo.

Como el tráfico comienza a moverse, me arriesgo a regresar a la calle principal para que Alistair me vea y dejo a Grant atrás. Esquivo coches y viandantes mientras atravieso la calzada y corro hacia el puente clausurado. El coche de Alistair ruge a mi espalda.

Rebaso los conos hasta que una serie de bloques de hormigón me impiden el paso. Oigo cómo Alistair, al acelerar hacia mí, se los lleva por delante. No miro atrás. Salto la barrera que cierra el paseo peatonal, me subo a la barandilla y bajo la vista al agua oscura.

Es imposible saber a qué distancia se encuentra la superficie. La adrenalina se me dispara ante la idea de lanzarme al abismo. Estoy a punto de saltar cuando alguien me toma la mano.

Al girarme de golpe, me encuentro a Grant más pálido que nunca bajo la luz de las farolas y casi sin aliento, colocándose a mi lado. Se yergue con vacilación, mira el agua con miedo y luego clava sus ojos en los míos.

—Juntos —dice.

Debería negarme, pero no tenemos tiempo.

Tan solo trago el nudo que tengo en la garganta y asiento.

Me sobresalto al oír un estruendo y, al volverme, veo a Alistair, con el rostro enrojecido y furioso, bajarse del coche, estampado contra los bloques de hormigón.

Un poco más lejos, Lesley dobla la esquina en dirección hacia el puente desierto.

Me giro hacia Grant y le aprieto la mano.

—Ahora.

—Mierda.

Y entonces, justo un instante antes de que Alistair pueda atraparnos, saltamos.

Todo se queda en silencio mientras caemos a través de la oscuridad. El aire escapa de mis pulmones y el estómago me da un vuelco. Por un momento, no existimos más que Grant y yo, dados de la mano.

Entonces me golpea el agua. El gélido impacto es como hormigón: sólido en el primer contacto, para luego disolverse al engullirme por entero.

El frío y el choque me desorientan tanto que no sé cuál es el fondo y cuál la superficie.

Intento nadar hacia donde creo que se encuentra esta, con los pulmones en batalla.

Todo a mi alrededor es negrura y aguas turbulentas que me hacen arder los ojos y me muerden la piel.

Cuando asoma mi cabeza, inspiro en una gran bocanada, como si surgiera de entre los muertos. Mis brazos y piernas se mueven sin mi intervención, pues mi mente está absorta por el milagro que supone volver a recibir oxígeno. Tardo un momento en darme cuenta.

Estoy sola en el agua.

Llamo a gritos a Grant con voz ronca. La única respuesta son el rumor del tráfico por encima y el oleaje a mi alrededor. El pánico se apodera de mí como nunca, ni en esta historia ni en la vida entera. Hasta que oigo un chapoteo a mis espaldas y otra bocanada vivificante y trascendental.

De forma instintiva, alargo el brazo hacia Grant, que me lo agarra. Ninguno de los dos parece capaz de hablar. Tan solo podemos respirar y mantenernos a flote, buscando los contornos del otro para asegurarnos de que se encuentra bien.

Nos soltamos para nadar hacia la orilla.

La corriente es fuerte y nos aleja cada vez más del puente, por lo que nos cuesta el doble de lo que tardaríamos en línea recta.

Pero, cuando por fin lo conseguimos, nos desplomamos el uno junto al otro sobre los guijarros de la orilla, escupiendo agua y tiritando de la cabeza a los pies.

La pierna me vibra. Las manos me tiemblan tanto que tengo que esforzarme por sacar el móvil de su escondrijo. Es un mensaje de texto de Lisa:

LO TENEMOS!!!

Dejo caer el teléfono y vuelvo a tumbarme sobre la tierra mientras el alivio me atraviesa todo el cuerpo. Poco a poco vuelvo a sentir las extremidades y el frío del aire sustituye al del agua. Pero mi corazón sigue acelerado y mi respiración entrecortada.

Cuando cierro los ojos, todo lo sucedido esta noche pasa por mi mente como una película al doble de velocidad. El baile, la lluvia, la lucha de espadas. Los ojos de Grant sobre los míos, sus dedos en mi pelo, su mano en la mía.

Abro los ojos y vuelvo la cabeza para contemplarlo. Él hace lo mismo y su mirada abandona el cielo nocturno por mí. El corazón me palpita con fuerza en el pecho, un ariete contra una muralla que no tiene la menor opción de resistir.

Por segunda vez esta noche, me encuentro frente a un precipicio. El silencio es pesado, como si el mundo entero contuviera el aliento, como si el tiempo se hubiera detenido, como si la página estuviera en blanco. Podría pasar cualquier cosa, podría serlo todo o no ser nada.

—A la mierda —musito.

—Gracias a Dios.

No estoy segura de si me agarra él o si me abalanzo yo o si somos los dos, pero nuestros labios se encuentran en un choque fervoroso.

Entonces me doy cuenta de que estaba equivocada: no era oxígeno lo que necesitaba, era esto.

Se enredan nuestras extremidades, nuestras ropas empapadas, nuestro cabello chorreando y nuestras manos ansiosas, y no soy capaz de recordar por qué hemos hecho nada que no fuera esto.

Sus brazos me rodean y me acercan más a él mientras su boca se funde con la mía.

Hundo los dedos en su pelo mojado y siento estremecer cada punto de contacto entre nuestros cuerpos.

Grant recorre mi mentón, mi cuello, mi cintura.

Sus manos se deslizan sobre mis caderas, trazando mis contornos en la oscuridad.

¿De veras antes albergaba dudas sobre lo que deseaba?

Ahora no hago otra cosa sino desear, y todo lo que deseo es más.

Ni siquiera soy consciente de que hemos rodado por el suelo hasta que Grant echa la espalda hacia atrás, con los ojos soltando chispas que caen como rocío sobre mí, sus manos apoyadas a ambos lados de mis hombros.

Alargo los dedos hacia un lado de su cara con la intención de atraerlo de nuevo hacia mí, pero me pierdo por un instante, sin poder dejar de mirarlo.

Y, en ese segundo de silencio, con sus ojos fijos en los míos, apenas gira la cabeza y posa un leve beso sobre la palma de mi mano.

Es tan dulce, tan suave y tan tierno que el estómago me da un nuevo vuelco, aún peor que cuando caímos al Támesis.

Puedo sentir cómo su boca se curva en una sonrisa bajo mi mano.

Y entonces siento cómo frunce el ceño de golpe para luego poner cara de asco. Recoge algo que hay junto a mi brazo.

—Joderrr —exclama retrocediendo ante la visión de la jeringuilla hipodérmica que sostiene en la mano. La lanza muy lejos y se pone en pie antes de ayudarme para que haga lo mismo—. ¿Qué te parece si buscamos algún lugar menos tetánico?

Reprimo una sonrisilla.

—Siempre y cuando lo sea un poquitín… —respondo—. No querría que te aburrieras.

El buen humor regresa a su rostro.

—¿Contigo? Nunca.

Entrelazamos los dedos y Grant me da un nuevo beso en los nudillos que me derrite el corazón. A continuación subimos por el terraplén dados de la mano, sin poder, o puede que sin querer, soltarnos del otro.