Capítulo 25 #2
Pero Grant me mira serio y niega con la cabeza.
Me siento mareada cuando se levanta y se coloca frente a Alistair. Esto no es justo. Ninguno de mis entrenamientos sería aplicable a un ataque propio del siglo XVIII . Empiezo a retorcerme para librarme de las ataduras, pero son firmes.
—Imagino que no te apetecerá contarme cuáles son las reglas —dice Grant. Sujeta el arma con aprensión, como si esperase que el manual sobre Cómo luchar con espadas fuera a caerle del cielo.
—Las reglas son sencillas —responde Alistair cortando el aire con un par de movimientos certeros—. Si ganas, sois libres. Los dos. Y si gano yo, estáis muertos. —Sonríe y baja la voz hasta casi susurrar—: Pero que lo sepas, siempre gano yo.
Grant levanta la espada con renuencia; parece un niño con un churro de natación.
Alistair se sitúa en posición y dirige a Grant una fatídica sonrisa de suficiencia.
No puedo mirar. Cierro los ojos con fuerza y en vano clavo los dedos en las sogas alrededor de mis manos, no tanto con la esperanza de soltarme como por la necesidad de hacer algo.
Cualquier cosa que me abstraiga del horror a punto de desplegarse ante mí: el olor acre de la sangre en el aire, el sonido de la hoja al cortar la piel. La bilis me sube por la garganta.
Un choque ensordecedor amenaza con partirme en dos, y tardo un instante en darme cuenta de qué sonido se trata: metal contra metal.
No es un golpe mortal, sino uno desviado.
Cuando medio abro un ojo, veo a Alistair pasmado por la sorpresa.
Grant hace rodar los hombros y parece un poquitín más alto.
Alistair se precipita con la espada por delante y, una vez más, Grant bloquea el golpe…
con facilidad, como si espantara una mosca.
La confusión nubla el semblante del aristócrata.
Ya no hay rastro de desazón en los ojos de Grant, reemplazada por una imperturbable concentración.
—Esto no son espadas largas, por cierto —dice con desenfado—. Son espadas roperas.
Con un rugido de indignación, Alistair da rienda suelta a toda su furia. Se produce un caos de metales entrechocando y extremidades en movimiento mientras avanzan y retroceden en alternancia. Yo los observo perpleja desde el margen.
Mira por dónde.
Imagino que así queda resuelto el misterio del extraño talento oculto de Grant.
Él se mueve con decisión, modificando el ángulo de su espada hacia aquí o hacia allá para defenderse y atacar a Alistair.
Es la viva imagen de la concentración; los antebrazos se flexionan bajo las mangas enrolladas, los ojos brillan con resuelta intensidad.
Es como si su mundo se hubiera estrechado hasta enfocarse únicamente en el movimiento de su cuerpo y el arma en su mano.
Y, lo que es más, se lo está pasando en grande. En sus ojos brilla una chispa especial y en su boca luce una sonrisa. Algo ha prendido en su interior y parece más vivo que nunca. Jamás había visto nada tan sexy.
Alistair no parece estar de acuerdo; su rostro se contrae por el asco y la rabia.
—¿Quién eres, el cuarto mosquetero secreto?
—Los mosqueteros siempre fueron cuatro —protesta Grant entre mandoble y mandoble, antes de bloquear de nuevo la espada de Alistair con un gruñido—. El título… —clonc— es… —clonc— ¡equívoco!
En un acceso de furia, Alistair empuña la espada como si fuera un bate de béisbol y golpea la silla antigua que había arrastrado antes, lo que envía una lluvia de astillas hacia la cabeza de Grant. Este la esquiva con rapidez antes de dirigir un espadazo hacia las piernas de Alistair.
El aristócrata evita la hoja con un salto antes de bajar su espada con todas sus fuerzas. Grant tiene el tiempo justo de salvar el pescuezo, literalmente, sujetando su espada con ambas manos para desviar la de Alistair.
Este se tambalea hacia atrás y fulmina con la mirada a mi compañero.
—¿Cómo es posible? —brama.
—Se llama «pasatiempo» —responde Grant, al tiempo que agita su espada con una floritura chulísima—. Deberías probar alguno que no implique maldad.
Llegados a este punto, empiezo a pensar que tal vez podría buscar la manera de liberarme de las sogas, pero no puedo despegar los ojos de Grant.
Este hombre no puede ser el mismo que una vez me chilló todos sus datos personales desde el asiento trasero de un Kia Rio robado.
«¡Soy profesor! ¡Tengo un gato!». Pero ni una palabra de «soy el Zorro de Nueva Inglaterra»…
Se producen nuevas desviaciones y choques, nuevos zas y cloncs y probablemente un nuevo montón de términos técnicos de esgrima que desconozco. Yo qué sé. Alistair casi ruge por lo mucho que le está costando vencer a Grant. Ambos sudan por el esfuerzo y el opresivo calor del fuego.
Pero Grant ahora le lleva la delantera, y su inexorable ofensiva está haciendo que Alistair retroceda poco a poco hacia la chimenea.
—Puedes luchar cuanto quieras —masculla Alistair—. Jamás diré touché .
—Acabas de decirlo —contesta Grant.
Y, con un gruñido esforzado y un giro de muñeca ejecutado a la perfección, hace que la espada de Alistair salga volando antes de agarrarlo del cuello de la camisa y hundir la punta de su propia espada primero en la tela y luego en la repisa de la chimenea.
Clavado por la camisa y la chaqueta. Alistair bailotea con torpeza para evitar que las llamas le laman los pies. Grant corre hacia mí. Yo no puedo más que mirarlo boquiabierta.
Su rostro se arruga con preocupación al tocarme con suavidad la mejilla; sus ojos se detienen en el punto donde sé que se me está formando un moratón.
—¿Estás bien?
Asiento, aturdida, y él se gira para ir a agarrar la otra espada.
Alistair sigue retorciéndose delante del fuego, tratando de liberarse.
Grant vuelve hasta mí y corta con cuidado las sogas que me atan a la silla.
Cuando se dispone a soltarme las piernas, me sonríe con la respiración algo entrecortada.
—¿Has visto qué giro de muñeca?
—Eh, sí, Grant, he visto el giro de muñeca —respondo con voz aguda y aflautada. No sé ni por dónde empezar a comprender lo que he visto o lo que me ha provocado—. No lo entiendo… Dijiste que no sabías…
—Ya —responde al tiempo que me libera los brazos—. Tú misma lo dijiste: hay que mantener el efecto sorpresa. Vamos. —Deja la espada a un lado y me tiende una mano que tomo sin dudar para ponerme en pie como buenamente puedo.
—Espera —le digo deteniéndome de golpe. Me doy media vuelta y camino con paso firme hasta el villano de Bond de baratillo, clavado a la repisa como un kebab. Sin mediar palabra, le arreo un puñetazo en la nariz. El hueso cruje contra mi puño y me provoca una náusea.
—¡Ahí lo llevas! —exclama Grant antes de darme un apretón celebratorio en el hombro mientras nos dirigimos hacia la puerta.
Una vez fuera, cierro la puerta de golpe y maldigo que no tenga cerrojo. Sin las llaves, no hay forma de cerrarla. Oigo un rasguido de tela en el interior, seguido de un fuerte golpe: Alistair se ha soltado.
—Corre —digo.
Nos giramos y subimos volando las escaleras para desembocar en un pasillo en penumbra; trastabillamos sobre la moqueta apolillada cuando oímos abrirse la puerta por debajo de nuestros pies.
Atravesamos el decrépito vestíbulo huyendo de los pasos retumbantes.
Me subo el vestido hasta los muslos para poder correr mejor y me llevo una agradable sorpresa al ver que el móvil sigue sujeto a mi pierna.
Marco el número de Lesley mientras bajamos por la escalinata de entrada y salimos a la calle. Responde Lisa.
—Ay, Dios. ¿Estáis…?
—Voy a compartir nuestra ubicación —le suelto, tratando de correr y pulsar la pantalla al mismo tiempo—. Estamos huyendo del asesino. Daos prisa.
Al colgar, aventuro una mirada a nuestras espaldas y veo que Alistair todavía no ha salido. Entonces me vuelvo hacia Grant.
—¡¿Esgrima?! —mascullo mientras recorremos la calle como una flecha—. ¡¿Tu pasatiempo secreto era la esgrima?! ¿Y no se te ocurrió mencionarlo?
Grant resopla.
—¡No se me ocurrió que fuera a hacer falta!
—¡¡¡¿Esgrima?!!! —chillo de nuevo.
—¿Podríamos hablar del tema más tarde?
No tengo intención de dejar que se escaquee con tanta facilidad, pero un sonido al otro lado de la calle nos llama la atención.
No se trata de una puerta abriéndose, sino del zumbido mecánico del portón de un garaje.
Alistair sale a la calle en un baqueteado Mercedes negro y acelera en nuestra dirección.
—Mierda.
Doblo la esquina con Grant y lo agarro del brazo para empujarlo hacia un callejón por el que espero que no quepa el coche.
A juzgar por el chirrido de neumáticos que oigo a continuación, no he tenido tanta suerte.
No me hace falta mirar atrás para saber que, en su persecución, Alistair está chocando con cubos de basura y bicicletas aparcadas.
—Lesley y Lisa vienen de camino —le grito a Grant por encima del ruido—. Si pudiéramos conducir a Alistair a algún lugar donde pudieran atraparlo…
—Vale —me grita él señalando hacia una calle lateral.
En una especie de juego de resistencia, obligamos a Alistair a perseguirnos sin fin, asegurándonos de que no nos pierda de vista, pero que tampoco nos atrape.
El pecho me empieza a arder, me quema la garganta, y no sé cuánto tiempo más podré seguir cuando, por fin, oigo el ahúúúga inconfundible de la bocina del coche de Lesley.
Lisa y él entran en la calle, una manzana por detrás de Alistair. Ninguna visión fue tan bienvenida.
Grant y yo accedemos a la calle principal, esquivando en nuestra carrera vallas de obra y carteles de PUENTE CERRADO, PROHIBIDA LA ENTRADA en busca de un lugar donde arrinconar a Alistair.
Entramos en otro callejón, aprovechando unos pocos instantes preciosos cuando Alistair se ve interrumpido por el tráfico en un cruce, sin dejar de presionar el claxon.
Contemplo el río al otro lado de la calle, donde una hilera de conos naranja chillón advierte a los conductores que tomen otro camino. Se me ocurre algo.