Este libro puede matar Capítulo 25
76%

Capítulo 25

L o primero que noto es el olor: whisky, humo de madera y moho.

La cabeza me retumba y no es culpa del aroma que flota en el aire, aunque tampoco creo que ayude.

Siento como si las extremidades no fueran mías y me cuesta una batalla abrir los ojos.

Una mezcolanza de tonos marrones me nubla la vista y tardo bastante en distinguir remotamente algo.

Pero, de pronto, lo que estaba mirando aparece enfocado de golpe y el estómago se me cae a los pies.

Un león. Uno de verdad. Con las fauces abiertas, los ojos amarillos y aspecto hambriento.

Aquí acaba todo. No he entrenado para esto y, aunque lo hubiera hecho, sigo sin poder moverme. Soy pasto para los leones, un pequeño tentempié que no va a ser capaz ni de defenderse. Solo entonces alguien me toca la mano.

«Grant».

Sus dedos apenas rozan los míos, pero bastan para sacarme de la espiral de desolación.

Nos han atado juntos a un par de pesadas sillas de madera y estamos sujetos por los pies, las manos y la cintura por una gruesa soga; también nos han tapado la boca con cinta adhesiva.

El león, ahora lo veo, no es más que una cabeza, disecada y suspendida de la pared, acompañada de una cebra, un guepardo y lo que parece el cuerno de un rinoceronte.

La estancia en la que nos encontramos sufre el peso de su propia opulencia: el papel decorativo se está pelando por las esquinas, los apliques en las paredes están sucios.

El fuego crepita en la chimenea. Es todo muy rollo mansión encantada.

Allá donde miro hay trofeos de caza, viejos retratos al óleo de aspecto inquietante, espadas antiguas… y ninguna ventana.

Grant y yo, aturullados, nos preguntamos si estamos bien y respondemos que sí con la voz amortiguada por nuestras mordazas. Por supuesto, el listón de «estar bien» queda bastante bajo cuando a uno lo han drogado y atado en una especie de cripta-guarida de señoro.

Buscar en mi cabeza métodos para escapar es como abrirse paso por una ciénaga.

Por un breve y glorioso instante, recuerdo lo primero que hay que hacer: «Inspira hondo e hínchate todo lo que puedas».

Pero enseguida me doy cuenta de que eso hay que realizarlo «mientras» te atan, para que al exhalar y relajar los músculos haya cierta holgura en las cuerdas.

Como en aquel momento mis músculos tenían la misma tensión que un espárrago recocido, estoy atada y bien atada.

Sujeta a los reposabrazos desde las muñecas hasta los codos, ni siquiera alcanzo los nudos.

Soy igualita que una cándida joven en una peli antigua en blanco y negro.

Lo único que me falta es una vía de tren y el aciago chucu, chucu de la locomotora en la distancia.

En su lugar, lo que se oyen son pisadas. Lejanas al principio y luego justo al otro lado de la puerta. Me quedo paralizada. Le siguen un chirrido de llaves y un clic cuando la cerradura se abre y la puerta hace otro tanto.

Lo primero que veo son los zapatos, seguidos de un almidonado esmoquin y un rostro enmarcado por una cabellera engominada. El tipo con quien me choqué en la gala.

Nos dirige una sonrisa de superioridad mientras se guarda un manojo de llaves de aspecto antiguo.

—Bienvenidos, amigos míos —nos dice con una voz aterciopelada que se me desliza cuello abajo como unas gélidas uñas.

Se acerca a un amarillento globo terráqueo en un rincón de la sala y, al abrirlo, veo un surtido de botellas y vasos de cristal.

Mientras se sirve un whisky, prosigue—: Confío en que os sintáis frescos tras la pequeña siesta.

Supongo que notaréis cierto hormigueo, pero no os preocupéis, que no os va a pasar nada. Por ahora.

Cuando se gira hacia nosotros, suelta una risita con la boca cerrada desprovista de humor que, si no le saliera tan bien, sonaría al típico cliché del villano. Sus ojos brillan por encima del borde del vaso, pero frunce el ceño a mitad del trago.

—Disculpadme —dice—. Qué terrible descortesía por mi parte no haberme presentado.

Soy Alistair Walton-Hornsby, decimosexto conde de Colchester.

—Sus pasos lentos crujen sobre el suelo mientras se aproxima hacia nosotros.

Se inclina tanto que su aliento a alcohol me quema en los ojos—. ¿Y vosotros sois…?

Puede que esté maniatada, pero no sé cuántas oportunidades más se nos ofrecerán de tenerlo lo bastante cerca.

Además, vi algo parecido en Los ángeles de Charlie .

Levanto todo mi peso de la silla para saltar y destrozarla al caer a plomo sobre el suelo, así se romperán las patas y liberaré mis piernas.

Pero resulta que Los ángeles de Charlie me mintieron. Las patas resisten.

Lo que sí que consigo es que una de ellas aterrice en el pie de Alistair, que da un paso atrás y emite un gruñido de dolor que rápidamente se convierte en una mirada aviesa.

Acto seguido, me cruza la cara con un fuerte bofetón.

El grito de Grant se ve amortiguado por la cinta adhesiva cuando trata de echársele encima, en vano, escupiendo fuego por los ojos.

Alistair se ríe.

—Un valiente paladín —observa—. Qué reconfortante.

—Agarra una silla tallada situada en el otro extremo de la sala y la arrastra hasta nosotros con un chirrido grave de madera, como el que haría un ataúd al cerrarse.

A continuación se sienta frente a los dos—.

Decidme, ¿os gustaría saber por qué os he traído aquí esta noche?

Grant y yo callamos, por motivos evidentes, y el tipo chasquea la lengua en un reproche burlón.

—Huy, es verdad —dice antes de alargar las manos y arrancarnos la cinta adhesiva de la boca a ambos a la vez, provocando que estallemos en maldiciones por el dolor—.

Intentémoslo de nuevo: ¿os gustaría saber por qué os he traído aquí esta noche?

—Esta vez habla con lentitud y un tono mesurado que nos da a entender el límite de su paciencia.

Se hace trompetilla con la mano junto a la oreja.

—¿Por qué? —respondemos los dos, lacónicos.

—Cómo me alegra que me lo preguntéis. —Se levanta y echa a andar por la sala—. Veréis, soy miembro de una gran tradición de británicos. De un linaje de caballeros con título cuyos ancestros allanaron el camino para lograr una sociedad de modales, nobleza y decencia. De hidalguía y respetabilidad.

Grant se ríe desdeñoso.

—Y de esnobismo, endogamia y caza de especies protegidas que os hacen sentir inferiores.

Alistair enarca una ceja.

—Veo que has conocido a Harold —señala acercándose hasta el león disecado para rascarle bajo el hocico como si fuera un gato doméstico—.

Di lo que quieras, pero tu ignorancia es evidente.

Estáis aquí porque representáis un marcado contraste con el legado de la aristocracia.

Sois bravucones, irreverentes, no tenéis reparos en entregaros a la exhibición más vulgar de la pasión.

Esta última palabra la escupe como si fuera veneno. «Pasión». Se enrosca a mi alrededor como enredadera y despierta el recuerdo de Grant bajo la lluvia. Su mirada ferviente, su mano sobre mi brazo. Su seguridad. Su fuerza.

«Céntrate». Necesito centrarme. La frialdad con que Alistair nos observa parece ayudarme.

—¿Y qué? —respondo—. ¿Por qué traernos aquí? ¿Por qué no nos has disparado en medio de la calle, ya que eres tan buen tirador?

Alistair chasquea la lengua y niega con la cabeza.

—Por favor…, ¿como un delincuente cualquiera? ¿Qué honor presentaría esa acción?

—No tanto como el honor que presenta drogar a la gente y arrastrarla hasta una mazmorra —replica Grant.

—No, no. —Alistair suspira—. No lo entendéis. Solo el cazador novel tiende una simple trampa a su presa. Ahí no hay victoria alguna. No, mi buen amigo, esto es una prueba. Una que solo yo os puedo ofrecer. —Me mira con sus pálidos ojos echando chispas. Es repugnante—. ¿Y sabéis por qué?

—¿Porque eres Allison Walmart-Joroba, decimonoveno conde de A Quién Coño Le Importa?

—Muy buena —tercia Grant.

—Porque… —se responde a sí mismo Alistair sin hacer caso de mi comentario— soy uno de los últimos en apreciar las viejas usanzas. En saber qué constituye la verdadera nobleza, una distinción que solo puede heredarse o ganarse.

Cuando se encamina hacia la chimenea, Grant y yo intercambiamos una mirada nerviosa.

—El arte del duelo —prosigue con parsimonia— es una de las numerosas nobles costumbres perdidas por el cruel paso del tiempo.

—Se acerca al borde exterior de la chimenea y alarga las manos hacia las dos espadas cruzadas por encima de la repisa.

Las agarra con cuidado de las empuñaduras y las levanta de los soportes antes de regresar a nuestro lado—.

Es decir, perdidas para todos salvo para los verdaderos caballeros.

Con una rápida serie de movimientos repentinos y altamente improbables, corta las sogas alrededor del torso de Grant antes de liberarle las muñecas y los tobillos. El temor va creciendo en mi interior como una inundación.

—Esto no es una sentencia de muerte, ¿ves? —dice Alistair—. Es una oportunidad para demostrar que me equivoco y que eres un hombre de mérito. Puedes batirte en duelo por tu vida y la de ella.

Cuando le tiende una de las espadas a Grant, este parpadea antes de soltar una carcajada áspera e incrédula.

—Tienes que estar de coña.

La mirada de Alistair se vuelve pétrea cuando le arroja la espada. Cierro los ojos del miedo cuando Grant la atrapa con tanta torpeza que le falta poco para cortarse con la hoja.

—Pero yo no sé…

Alistair chasquea la lengua.

—Ten algo de fe, hombre. Es una espada larga, no un monociclo. —Estudia su arma con interés mientras camina con tranquilidad hasta el centro de la sala—. Además, ¿crees que el rey Arturo sabía cómo sacar Excalibur de la piedra?

—Déjame a mí —salto, aunque no he blandido una espada en la vida, y no digamos batirme en duelo con una. Aun así, mis practicados instintos de defensa deberían servir para algo. O puede que, simplemente, obtenga una bonita y limpia decapitación.