Este libro puede matar Capítulo 24
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Capítulo 24

L a gran revelación queda flotando en el aire. La expresión de Grant es indescifrable mientras trata de procesar lo que acabo de decir. Es ese tipo de momento tenso, profundo y empapado que cualquier novela romántica desearía tener entre sus páginas.

Es un calvario.

Jamás me he sentido tan idiota. Todos estos años intentando proteger mis emociones, levantando muros y evitando que me rompan el corazón, ¿y qué hago? Voy y me enamoro de un personaje de ficción que se va a esfumar en cuanto acabe la historia.

Peor aún, también he hecho añicos su realidad al decirle la verdad. Pero ¿qué iba a hacer? ¿Quedarme ahí plantada y permitir que me besara? ¿Dejarle creer que podría haber algo real entre los dos? ¿Seguir deseando que fuera verdad?

Grant termina por dejar escapar una carcajada amarga.

—No, no lo soy —contesta—. No lo soy. Es como dijo le Regalante: me he visto arrastrado al interior del agujero negro por error. Soy una persona real. Tengo una vida.

—Crees que la tienes, eso es todo. —Odio cada palabra que pronuncio—. Pero no es más que una historia de fondo. Los personajes no saben que lo son. Mira a Lisa y a Lesley. ¿Crees que notan que no son reales?

Puedo verlo titilar en sus ojos: la verdad empieza a abrirse paso.

—Pero… ¿el interés amoroso? —Niega con la cabeza y me mira con escepticismo—. ¿Cómo voy a ser el interés amoroso? Si no hacemos más que discutir. La mitad del tiempo eres cruel conmigo.

—Vale, está visto que no has leído una novela romántica en la vida —murmuro.

—Bueno, pues ilústrame —responde, y veo cómo la frustración le arruga el entrecejo—. ¿Qué hace que estés tan segura?

El corazón se me encoge.

—He leído un millón de estas novelas —explico—.

Conozco todos los signos. Lo de compartir cama en la posada, lo de fingir ser pareja, lo de la gran revelación bajo la lluvia.

¡Cero sutileza, la verdad! —Esto último lo exclamo mirando al cielo, como si Anna Matthews fuera una especie de dios omnisciente a quien le viniera bien un consejillo de vez en cuando.

Las gotas de lluvia chorrean por las mejillas de Grant mientras me observa con intensidad.

Es el mismo silencio cargado de la noche en que fracasamos en nuestro intento de ver a Anna, solo que esta vez es él quien está a punto de resquebrajarse.

Cuando te das cuenta de que todo lo que conoces es una mentira, te rompes en mil pedazos.

Toma aire.

—Vale —dice.

Me quedo mirándolo.

—¿Cómo que «vale»?

—Pues eso —asiente—. Que vale. Vale, soy un personaje y nada de mi pasado ha sucedido en realidad, y esto es lo único verdadero en mi vida. En cierto modo, es casi un alivio.

—¿«Un alivio»? —Ahora me ha convertido en un simple papagayo incrédulo.

A ver si me queda claro: este hombre no es real; nada de su pasado, ni su trabajo, ni su familia, ni su dichoso gato existen de verdad.

Son meros detalles entretejidos en el tapiz de este ser urdido por su autora…

¿Y dice que es un «alivio»?—. Grant, te acabo de decir que toda tu vida es pura ficción. ¿Por qué no estás histérico perdido?

No acabo de interpretar su expresión, es como si él también tratara de entenderlo. Aunque su silencio no parece tanto petrificado por un cortocircuito como fruto de una calma genuina.

—Es como si…, de alguna manera, ya lo supiera —responde.

La lucidez ilumina sus ojos cuando me mira—.

Aquella noche en la casa de la playa, traté de escapar.

Hice el intento en cuanto subiste por las escaleras.

Llegué hasta la cocina, pero al abrir la puerta, me quedé paralizado.

Empecé a pensar en la vida a la que tendría que volver y…

nada. Aun con familia y amigos y un buen trabajo, mi vida me pareció vacía.

Como si pasara por ella como un sonámbulo.

»Pero entonces tú te subiste al taxi y te juro que una voz en mi cabeza dijo: “Gracias a Dios, por fin pasa algo”.

Y, desde entonces, me he sentido más despierto, más vivo, de lo que pueda siquiera recordar.

Así que sí. Es un alivio descubrir que estoy aquí porque tengo que estar…

a tu lado. Pero déjame preguntarte una cosa —dice, con sus ojos fijos en los míos—.

¿Me estás diciendo que todo lo que hay entre nosotros se reduce a clichés y convenciones de género?

—Sí —respondo.

—Y que únicamente se debe a que está escrito así. Porque es así como se desarrollan estas historias…

Asiento.

—Y, en consecuencia, no estarías sintiendo todo esto de verdad, ¿correcto?

«Correcto —tendría que responder—. No estoy sintiendo nada. Una observación muy astuta, Grant, espectacular hombre empapado que no me provoca la menor sensación».

Pero no lo hago. No digo nada de eso. Intento responder, creo, pero continúo boquiabierta, sin articular palabra alguna mientras lo miro. Él apenas entrecierra los ojos, que me queman a pesar de la lluvia helada.

—¿Correcto? —pregunta de nuevo.

Y, de pronto, ni siquiera importa que no se me ocurra una respuesta, porque es demasiado tarde. Veo el momento en que lo comprende.

Grant da un paso lento pero decisivo hacia mí. Yo, por instinto, doy uno hacia atrás.

—Solo hay un problema —digo—. No necesito un interés amoroso. No lo quiero.

—Eso no es lo que me pareció en el bed and breakfast —responde con voz suave—. Cuando me confesaste lo que deseabas en realidad.

—Eso no importa. No debería haber pedido aquel deseo. No sabía que sería así y yo… no puedo. Esto no puede suceder.

—¿Por qué no?

—¿Que por qué no? Porque no existes, Grant.

—Claro que existo. —Lo dice con una certeza que no puedo sino envidiarle. Yo ahora mismo no tengo ninguna certeza—. Puede que no en el mismo sentido que tú, vale. Pero estoy aquí, delante de ti, ¿no?

Contemplo cómo su aliento forma una nube en el aire, cómo la lluvia corre por la curva de su cuello mientras su silueta se recorta en contraste con la luz de las farolas.

Una cosa es cierta. Grant está aquí. De un modo más palpable e innegable que nadie a quien haya conocido.

Es como si su presencia fuera la clave que sostiene toda mi realidad.

Y cuando desaparezca, porque lo hará, todo se vendrá abajo y solo quedarán escombros.

Se acerca hacia mí.

—Puede que solo sea un personaje secundario en tu historia —dice—, pero para mí soy una persona. Una con recuerdos, pensamientos, sentimientos, todo. Y últimamente esos sentimientos, cuando no son de absoluto pánico o terror, giran en torno a ti.

—¡Pero es solo porque te han escrito así!

—¿Y? —Aún tiene el descaro de parecer exasperado—. ¿Tan distinto es de la vida real? Hay gente que cree en el destino, ¿no?

—También hay gente que cree en el capibara, Grant. Eso no quiere decir que exista.

—Lo que intento dec… Un momento, ¿el capibara? —Una vez más, arruga toda la cara—. ¿No estarás pensando en el chupacabras?

—¡¡¡Bastaaa!!! —les chillo a las estrellas sobre nuestra cabeza.

—Vale, vale. —Grant se pasa una mano por la cara antes de volver a mirarme con la mandíbula tensa—.

Lo único que digo es que el modo en que haya sucedido no hace que todo sea mentira.

Hay muchas parejas con sentimientos reales que creen que fue una especie de mano cósmica la que los unió.

Llámese destino, universo o Dios. La nuestra parece ser la de una londinense cincuentona con varios premios de Goodreads y una asistente personal terrorífica. ¿Y qué?

—¿Cómo que «y qué»? ¡Millones de «y qués»! —Ya sé que las ganas de corregir mi gramática lo reconcomen, y el solo hecho de que las reprima me da a entender lo grave que es la cuestión—. Para empezar, cuando esto acabe no volveremos a vernos.

—Eso también podría pasar en la vida real. No significa que no merezca la pena.

—Es que no me gusta que me manipulen —gruño.

—¿Quién dice que te estén manipulando?

No sé qué sería peor: que me estuvieran engañando para que sienta lo que siento, o que no pueda echarle la culpa a nadie más que a mí.

—Sé que me están manipulando —afirmo—. Porque yo no hago estas cosas. En la vida real, yo no me dejo llevar. Cuando dependo solo de mí, no siento nada así.

Su mirada no pierde un ápice de intensidad, pero asoma entremezclada una especie de dulzura.

—¿No estás cansada de depender solo de ti?

Claro que lo estoy. Estoy extenuada, al borde del colapso.

Y claro que puedo imaginarme dejándome llevar, sumergiéndome en esta parte de la historia como si fuera un cálido baño.

Pero ¿no es eso lo que hace una rana antes de que la hiervan viva?

Las palabras de Lesley ahora parecen burlarse de mí: «Prueba a no huir y ver qué pasa».

Ya sé yo lo que pasa: una despedida dolorosa, un corazón roto y una avalancha de remordimientos. Quedaría destruida.

—No puedo —digo—. Lo siento, pero no.

Como si este desastre no bastara, las lágrimas comienzan a quemarme y a nublarme la vista.

Necesito largarme para que Grant no las vea.

Pero antes de que pueda intentarlo siguiera, alarga la mano y me agarra de la muñeca con una caricia insoportablemente tierna.

Su voz suena tan baja que casi se pierde en la noche.

—¿De qué tienes miedo?

—De nada —le espeto arrebatándole mi brazo.

Grant ladea la cabeza como diciendo: «Venga ya, Roxie».

—Los dos sabemos que no es verdad.

Algo se tensa dentro de mi pecho. He leído a cientos de héroes románticos, pero Grant es el único que ha sabido leerme a mí.

Un millón de protestas atraviesan mi mente, pero cada una de ellas muere en mis labios.

¿Dónde se ha metido mi espíritu luchador?

¿Quién es esta versión triste y rota de mí, que se deja vapulear por la lluvia mientras intenta no echarse a llorar?

Grant da un paso más, pero esta vez no puedo moverme.

—Olvídalo —me dice—. Tengo una pregunta mejor: ¿qué quieres?

Menuda pregunta. Ese es justo el problema, no hay nada que querer.

No hay una opción mejor, solo un vertiginoso tiovivo de escenarios en los que todos salimos perdiendo.

Si dejo de oponer resistencia y digo que lo quiero a él, me quedaré destrozada cuando esta historia acabe.

Si sigo negándolo, estaré destrozada hasta entonces.

Parte de mí desearía no haber pedido jamás aquel deseo, no haber conocido nunca a Grant, pero otra parte se muere de pena solo de pensarlo.

¿Que qué quiero?

Quiero que me convenza. Quiero creer, igual que lo cree él, que esto merece la pena pese a su inevitable final.

Quiero tener un corazón más fuerte, uno que pueda sobrevivir a todo lo que le suceda.

Quiero ser capaz de confiar en mí lo suficiente para intentarlo.

Pasar con Grant el tiempo que se nos conceda. Decir que sí, por una vez.

Quiero ser una persona distinta.

Grant espera, paciente, buscando una respuesta en mis ojos. No sé si la hay. Está a medio suspiro de mi boca. Si se acerca un poco más, se acabó. Todo cambiará, y quiero y no quiero a la vez. Noto que voy a decir algo, pero no tengo ni idea de cuáles serán mis palabras.

—Yo…

Un dolor lacerante se extiende por mi brazo.

Grant se encoge al mismo tiempo.

Bajo la vista confusa, y me tambaleo mientras extraigo un penacho rojo de mi piel, del que sobresale una pequeña aguja.

Las luces de las farolas danzan sobre la acera encharcada.

Una densa pesadez me envuelve y me arrastra a algún lugar oscuro.

Alargo la mano hacia donde debería estar Grant, y puede que las yemas de mis dedos rocen algo, pero la neblina en mi mente es demasiado espesa.

Lo último que vislumbro es la punta de unos zapatos Oxford que se aproximan hacia mí. Luego todo se vuelve negro.