Este libro puede matar Capítulo 23 #2
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Capítulo 23 #2

Nos movemos por el vestíbulo y entablamos conversaciones al azar, o nos colamos en las ya entabladas.

Grant se quita la chaqueta. Yo intento deslumbrarlos con mi anillo.

Presumimos, dejamos caer apellidos de postín, hacemos comentarios pasivo-agresivos sobre nuestro turbulento matrimonio.

Sacamos todos los trucos habidos y por haber, y convertimos la gala en nuestra Olimpiada personal de incomodar al prójimo.

«Heredar está bien, si uno prefiere esas cosas. Pero ¿ha oído hablar del Dogecoin?».

«¿Que eres lord? ¡Yo también! ¿En qué web dices que compraste el título?».

«Como mi querido amigo, el gran Mario López, me dijo una vez…».

Las personas a quienes honramos con nuestra presencia no nos quieren cerca; eso está más claro que el agua. Pero tampoco parecemos molestarlos tanto como para querernos muertos.

Lo que sí hemos conseguido, en cambio, es divertirnos de lo lindo. Al cabo de una hora y varias copas de ginger ale , casi se me ha olvidado que esto no solo es un gran concurso por ver si Grant o yo exageramos más que el otro. Es que es la monda.

Y diría que voy ganando, a juzgar por lo mucho que a Grant le cuesta mantener la cara de palo mientras agasajo a nuestras últimas víctimas con anécdotas de nuestros viajes por Europa. Voy contando con los dedos las ciudades y pronunciándolas lo peor posible: Paaaari, Barseilouna, Monte Cahlou.

—No olvides nuestra escapada a Suecia —tercia Grant con una sonrisilla—. Recuérdame qué es lo que más te gustó del país.

—Huy, fueron tantas cosas… —respondo, sonriendo de oreja a oreja a nuestros nuevos amigos, poco impresionados y bastante aburridos—.

¿Por dónde empezar? ¿Su monarquía constitucional?

¿Su rica historia de estado del bienestar, con sanidad universal y educación superior? ¿O el lema real: För Sverige—i tiden ?

Grant se atraganta con la bebida. Le dirijo una sonrisa melosa y le digo con la mirada: «Me vas a dar tú a mí lecciones de Google, piltrafilla».

El caballero a mi lado asiente con aprobación y responde:

—¡Ah, otra nordófila! Vilken är din favoritstad i Sverige?

—Y tanto —respondo haciendo chocar mi copa de champán con la suya—. Brindo por ello.

—Discúlpenos —se excusa Grant, que apenas puede contener la risa mientras tira de mi codo para alejarme del grupo.

En momentos como este, cuando jugamos y hacemos reír al otro, diría que se me olvida lo que antes me preocupaba tanto.

Sí, ya sé que estamos enredados en una maraña imposible de ficción y realidad.

Y sí, al ver a Grant con la camisa remangada y la pajarita deshecha, he dejado de negar la palpable atracción que siento hacia él.

Pero ahora mismo no parece tan peligroso.

Y es agradable estar a su lado, sin más. Es divertido. Sin presión, sin nervios.

Hasta que, pensativo, mira hacia el centro de la estancia, donde se acaba de instalar un cuarteto de cuerda, y dice:

—Deberíamos bailar.

La zona frente a los músicos está desierta; los invitados bien se han sentado en las mesas alrededor, bien pasean por las galerías, seguro que decidiendo si un Mondrian no les pegaría con los cortinajes de jacquard antiguos.

—No creo que… —vacilo.

—No hay nadie más bailando —baja la voz—. Podemos atraer la atención sin dar demasiado el espectáculo.

Por desgracia, tiene razón. Hacer cosas inocuas pero que «no se hacen» parece la manera decente de que esta tropa nos considere indecentes.

Tomo con renuencia la mano que me ha tendido y salimos juntos a la pista.

Los nervios se me ponen de punta mientras intento hacer memoria de cómo se hace esto.

¿Cuándo fue la última vez que bailé en pareja, pero de verdad, no en un club o un bar o con cierto grado de embriaguez?

¿En la fiesta para antiguos alumnos del instituto, hace ya media vida?

Dudo que mis oxidados movimientos adolescentes estén a la altura de una gala de etiqueta para las altas esferas de la sociedad londinense. Voy a tener que confesarle a Grant que no sé qué estoy haciendo, y lo odio. No quiero que se vea obligado a enseñarme o explicarme nada.

No quiero necesitarlo.

Pero lo único que hace es levantar mi mano derecha en la suya y colocarme la izquierda con suavidad alrededor de su hombro antes de rodearme la espalda con el brazo y atraerme hacia él. Y, de pronto, estamos meciéndonos al compás de la música y parece que, al final, sí que sé bailar.

Me esfuerzo por serenar mi respiración, por calmar mis pulsaciones.

—¿Alguien nos mira? —pregunto en un lamentable intento por distraerme.

Grant ladea sutilmente la cabeza para ver mejor a los asistentes, por lo que me roza el pelo. De inmediato, un escalofrío me recorre la nuca.

—Unas cuantas personas —me susurra al oído.

—¿Alguien con pinta de querer hacernos picadillo?

—Y yo que casi había olvidado a lo que habíamos venido… —gruñe.

—Estate a lo que hay que estar, Hoffman.

Grant inclina la cabeza levemente, con sus ojos clavados en los míos. Puedo distinguir cada variación de sus vivos iris castaños, como quien contase los anillos de un árbol.

—Para usted soy el señor Beaumont, señora Beaumont.

El instinto me pide soltarle un exabrupto, pero no se me ocurre nada. Ya no creo que estemos abocados al divorcio imaginario. No con la forma en que nos miramos; no con la forma en que no soy capaz de distinguir los latidos de su corazón de los míos.

—Oh, oh; esto se pone interesante —me anuncia, por lo que el cuerpo entero se me tensa. Entonces me da un toquecito con los dedos en la espalda—. Relájate. Quería decir que viene más gente a bailar.

Suelto el aire de golpe.

—Por Dios, Grant. No me vengas con «oh, oh; esto se pone interesante» cuando hay un asesino en serie por aquí suelto.

—Vale, pues deja que lo reformule —dice—: Oh, oh; ya no somos los únicos liándola en la pista de baile.

Me paro, confusa, y me echo hacia atrás para verle bien la cara.

—¿Cómo que «liándola»?

Grant (oh, sorpresa sorprendente) frunce el ceño.

—Pues… liándola, como Lesley nos propuso, ¿no? Dar el espectáculo.

De verdad que yo no quiero reírme, pero no puedo evitarlo. Además, siento una chispita de satisfacción porque, por una vez, yo sé algo que él no. Los labios de Grant se curvan formando una sonrisa.

—¿No hemos estado liándola todo este tiempo en la pista de baile?

Niego con la cabeza.

—Lesley no dijo «liarla» en la pista de baile —respondo entre risas—, sino «liándonos» en la pista de baile.

—Aaah…

Me daría de tortas por el modo en que se me ha cortado la respiración. Es solo que no lo oyó bien. No hace falta ponerse tonta.

—Ya sabes, besándonos —respondo, y la expresión de Grant se altera, aunque muy muy poco. Juraría que sus ojos bajan un instante hasta mi boca antes de volver a subir.

—Cosa que no queremos hacer —termina por decir.

—Desde luego que no —miento.

Bailamos en silencio mientras a nuestro alrededor llegan cada vez más invitados, formando parejas que se deslizan con elegancia por la pista. Es evidente que bailar en estas galas es algo socialmente aceptable, siempre que no seas el primero en hacerlo.

—Aunque… —dice Grant, y el pulso se me acelera.

—¿Aunque…?

—Ya no estamos lo que se dice llamando la atención —señala—. Así que podría ayudar, eso es todo.

«¡Dile que no! —me grita la mente—. ¡Dale un cabezazo! ¡Así sí que llamaréis la atención!».

—Podría… —es lo que la idiota de mi boca responde.

—Solo por la misión —se apresura a responder—. Y luego no volveré a tocarte, te lo prometo.

Trago saliva.

—Vale.

Grant deja escapar un pesado suspiro.

—Bueno —dice con voz suave—. Esto… no es nada.

Lo que yo interpreto como «nada» es un beso teatral, un morreo exagerado y vacío en busca del máximo efecto dramático.

En cambio, Grant me atrae con dulzura. Levanta los dedos y los desliza sobre mi sien para apartarme el pelo, se curvan sobre mi oreja antes de posarse sobre mi cuello y rodearme con suavidad el mentón con el pulgar. Sus ojos buscan los míos justo un instante antes de descender hasta mi boca.

Cuando se inclina, cierro los ojos de forma instintiva.

El aire parece tan cargado de electricidad estática que me espero una descarga.

Pero cuando sus labios se encuentran con los míos, lo hacen con una facilidad que me pilla desprevenida.

La sensación es tan bienvenida y tan familiar como cuando una se mete en la cama al final de un largo día.

Al principio me rindo a la sensación. ¿Cómo no hacerlo?

Me siento ingrávida y, al mismo tiempo, como si todo mi ser se concentrase en cada milímetro que Grant está tocando.

La mano que se desliza por mi pelo hasta curvarse sobre mi cuello.

Su otro brazo, que me rodea la cintura con mayor firmeza.

El roce de su barba incipiente, la suave insistencia de sus labios, que me besan como si yo fuera el hogar al que está deseando regresar.

Un hogar que no es… real.

El pensamiento racional entra en funcionamiento como un generador de respaldo que respondiese con retraso al corte de electricidad que se ha producido en mi cerebro.

Me aparto dando un brusco paso atrás, por lo que me pillo el bajo del vestido con el tacón. Tropiezo con un hombre malencarado de pelo relamido y zapatos tipo Oxford.

—¡Joder! Perdón, perdón.

Cuando me vuelvo hacia Grant, parece desconcertado y sigue con los brazos extendidos, como si no acabara de entender por qué ya no me estrecha entre ellos.

Se acabó lo que se daba. Tengo que salir de aquí, necesito huir de esta situación.

Me dirijo hacia la puerta sin la menor idea de adónde ir, pero eso da igual, siempre y cuando sea lejos. Tengo que hacer algo. Esto tiene que acabarse. Quiero irme.

Bajo los escalones con el vestido recogido de cualquier forma y salgo disparada a la calle. Falta poco para que un Mini Cooper me lleve por delante, por lo que toca el claxon con fuerza. Yo sigo corriendo. Imagino que si corro hasta quedarme sin aliento tampoco podré pensar.

Como la estrategia no me da resultado, pues sigo sintiendo la mano de Grant en la espalda y sus labios en los míos, y como el corazón se me encoge por el anhelo de haber prolongado aquel beso, y como me doy cuenta de que corro por delante de unas casas de columnas blancas igualitas a una delante de la cual Anna Matthews posaba en una foto de Instagram, una nueva oleada de indignación me inunda y rompo a chillar.

—¡Anna! —la llamo mientras recorro con paso marcial la pintoresca calle y me hago bocina con las manos—. ¡Anna Matthews!

Sé que no tiene sentido. Sé que hay un millón de casas como esa en Londres y que podría vivir en cualquiera de ellas.

Pero la lógica no tiene nada que hacer frente a mi desesperación.

Y ante la remota posibilidad de que pudiera estar cerca y oírme, de que pudiera explicárselo todo y que le pusiera fin.

Porque tiene que hacerlo. Porque como no lo haga y tenga que volver allí dentro…

Cuando oigo mi nombre, se me eriza toda la piel de la espalda desnuda. No me doy la vuelta. Sigo gritando.

—¡Solo necesito un segundo de tu tiempo! ¡Sal, por favor!

Por un lado, sé que ningún adulto responsable acudiría si un desconocido desquiciado grita su nombre en medio de la calle. Sobre todo un adulto responsable inmerso en la escritura de una novela sobre asesinos en serie.

Pero, por otro, me he quedado sin ideas. No tengo más opciones. Está venciéndome, lo siento.

—¡Anna!

He llegado al final de la calle y, al doblar la esquina, me topo con… otra igual que la anterior, una hilera infinita de casas idénticas.

—Roxie.

Grant posa una mano en mi hombro y me obliga a volverme hacia él. No quiero mirarlo, pero mis ojos quedan atrapados en los suyos, que me escrutan confundidos.

—¿Qué acaba de pasar?

—¡No puedo más! —suelto de golpe, como si unas compuertas se abrieran en mi interior—. Lo de bailar y lo de tocarnos, y lo de una sola cama y lo de las charlas de madrugada y…

El retumbar de un trueno venido de ninguna parte me corta en medio de la frase, y empieza a jarrear.

Así que ahora no solo tengo que mirar cara a cara a Grant.

He de hacerlo bajo la lluvia. Tiene el pelo mojado, y las gotas forman regueros por su cuello abajo, y la camisa se le pega al cuerpo de un modo que no es justo.

Y él sigue sin quitarme los ojos de encima.

—¿Te estás quedando conmigo? —les grito a las nubes, en vano—. ¡Joder! ¿En serio? ¡Es que no eres ni creativa!

—¿De quién demonios hablas? —me grita por encima del ruido de la lluvia.

—Todo esto está en el libro, Grant —respondo—.

En algún lugar, en una casita cortada por el mismo patrón, igualita que estas, pero desde la que, por supuesto, ¡¡¡no me puede oír!

!! —Aquí realmente vocifero como una descosida, en parte por rabia y en parte con la esperanza de que por fin funcione—.

Todo esto está escrito. La lluvia, la fiesta, el asesino oculto.

Y tú, Grant. Tú formas parte de esto. Tú estás dentro de la historia, escrito en ella. No eres real.

Me mira con perplejidad, el ceño más fruncido que nunca. Siento un enorme vacío en el pecho.

—¿Qué…? —Su boca se mueve como si intentara formar una pregunta, pero no acaba de conseguirlo—. ¿Qué estás…? —Se queda callado. No parpadea, con los ojos clavados en mí como canicas mientras la lluvia cae sobre nosotros en la calle desierta—. ¿Cómo lo sabes?

Este momento es una tortura y, aun así, daría cualquier cosa por prolongarlo, porque significaría que puedo evitar el que viene a continuación. Pero estoy en un callejón sin salida; no me queda otra que decirle la verdad.

—Porque… —respondo en un hilo de voz— tú eres el interés amoroso.