Este libro puede matar Capítulo 23
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Capítulo 23

E stoy en guerra conmigo misma mientras me preparo en mi cuarto para la gala de Hartley Gardens, y no solo porque no soy capaz de hacerme la raya a derechas.

Una mitad de mi cara dice: «Acércate y mírame a los ojos»; la otra: «Mi mamá no me dejó maquillarme hasta hoy».

Pero en realidad da igual, con el panorama que tengo por delante.

Por un lado, maldigo a Anna Matthews por hacerme esto. Una fiesta de gala es un cliché más viejo que el hilo negro, lo que me recuerda una vez más que soy un simple peón en su juego.

Pero mientras me aliso el vestido delante del espejo, tengo que reconocer el lado positivo: me encanta el momento de ponerme guapa.

Y con este vestido rojo sangre con la espalda al aire y una abertura de infarto, me cuesta no sentirme como una especie de espía supermodelo.

¡Si hasta llevo un liguero sexy para ocultar el móvil!

En realidad es una cinta de gimnasio tuneada a lo MacGyver con unas gomas del pelo, pero yo me entiendo.

Hoy he recibido un cursillo acelerado sobre el comportamiento de los nuevos ricos con el objetivo de conocer todas las tácticas para atraer al Desenmascarador en la gala de esta noche.

Lesley dirigió la formación, señalando con el puntero sobre su pizarra blanca las imágenes de referencia, lo que debemos hacer o evitar, así como los temas de conversación adecuados.

El rico de toda la vida es callado, acartonado, altanero.

El nuevo rico es estridente, tosco, ostentoso.

Lo que debemos hacer: mencionar a todos los famosos que conocemos, lucirnos con descaro, llamar la atención.

Lo que debemos evitar: ser tan vulgares que nos acaben echando.

Así que, empingorotados al máximo, nos preparamos para ir al Victoria and Albert Museum en un Lamborghini amarillo que Lesley ha alquilado para la ocasión.

Nos ha registrado como Zachary y Savannah Beaumont, y ya nos tenía las alianzas listas hasta que yo le insistí en que los Beaumont fueran hermanos, herederos enfrentados por la fortuna de una cadena californiana de batidos de fruta. ¿Ves, Anna? Yo también sé jugar a esto.

Y además he invertido mis horas en convertirme en una estadounidense rica y desesperada por codearse con la élite londinense, aunque con tutoriales de belleza en YouTube en vez de una escuadra de maquilladores.

Tras unas cuantas maniobras de defensa para comprobar el margen de movimiento que me permite el vestido, estoy lista.

Salgo a toda prisa de mi habitación y corro por el pasillo. Soy la última en llegar al vestíbulo, a juzgar por los sonidos de las discusiones sobre estrategia en voz baja y los pasos nerviosos que me alcanzan por las escaleras.

He dejado atrás la mitad de los peldaños cuando la visión de Grant me detiene en seco.

No es alguien a quien llamaría desastrado en ningún caso, pero decir que gana cuando se arregla sería quedarme corta.

Lleva un esmoquin tradicional, no verde, con el pelo apartado de la cara de un modo que parece elegante pero descuidado.

Y aunque no para de toquetear el flamante Rolex que sustituye su habitual reloj de pulsera de cuero marrón, es la viva imagen del clásico héroe de romance.

Me puedo conceder un segundito para admirarlo en secreto antes de volver a mi resentimiento habitual, ¿verdad?

Entonces me ve, y me vuelve a mirar, y su nerviosismo se esfuma. O puede que me lo mande a mí por telepatía, porque desde luego que el corazón se me acelera.

Lo único que dice, y tan bajo que ni siquiera sé con seguridad si lo ha hecho a propósito, es:

—Guau.

«Guau». Tal vez sea lo más manido que podía salir de su boca, pero que se lo cuenten a mi sistema nervioso. Su mirada es como una caricia sobre mi piel; su voz reverbera en mi interior como el viento en un cañón. «Guau». En lo que a mí respecta, es como si él hubiera acuñado la palabra.

Siento que debería responder algo: «Guau, igualmente», «No estás mal, supongo», «¿Qué pasa, bro ?». Pero me parece que tengo una roca atascada en la garganta. Apenas soy consciente del silbido que suelta Lesley.

—Vaya, vaya… —Lisa se cruza de brazos y empieza a examinarnos—. ¡Anda que no tenéis peligro con esa pinta!

Sus palabras hacen que vuelva en mí de golpe.

—No deberíamos parecer peligrosos —le recuerdo—. Lo que debemos parecer es trozos de salchicha en una trampa para cangrejos.

Me mira con una ceja enarcada y resopla.

—Vale. Grant, dile a Roxie que parece una salchicha.

Grant me contempla durante un par de ardientes segundos más antes de volverse con decisión hacia Lisa.

—Danos los anillos.

Yo entro en modo pánico.

—¿Qué?

Grant acepta el estuche de terciopelo que le tiende y se pone en el dedo una alianza de oro.

—Según te ves, nadie va a creer que seamos hermanos —explica.

—¿Alguna vez has oído hablar de adoptados, idiota? —Las palabras me salen más ásperas de lo que quería, pero no es momento de galanterías, sino de acabar con esta mierda de una vez por todas.

Grant me dirige una breve mirada impasible mientras se acerca y saca otros dos anillos del estuche.

—A lo que me refiero es a cómo voy a mirarte yo según estás. Con ese vestido.

Me quedo sin palabras y él aprovecha para tomarme la mano izquierda y deslizar sin ceremonia por mi dedo los dos anillos: una alianza a juego con la suya y un diamante indecente, del tamaño de un coche compacto. Rezo por que mi mano no esté tan caliente al tacto como siento la cara.

—Si acaso, ponerle ojitos a la hermana podría considerarse más de ricos de toda la vida que otra cosa —suelta Lesley, lo que tampoco ayuda.

—No podemos hacernos pasar por novios dos veces seguidas —protesto. Esto es demasiado, incluso para Anna Matthews.

—No vamos a hacernos pasar por novios —contesta Grant antes de sacudir levemente mi mano recién anillada—. Vamos a hacernos pasar por un matrimonio. Y, si te hace sentir mejor, podríamos estar a punto de divorciarnos.

Deja caer mi mano, pero la visión de una alianza a juego en la suya me hace sentir como si nos hubieran esposado el uno al otro.

De pronto, la idea de disfrutar de la compañía de un asesino en serie me es bienvenida. Hasta me alivia. Es como una ducha fría o una buena bofetada.

—Si queréis mi opinión —tercia Lesley, aunque nadie se la ha pedido—, haceros pasar por pareja constituye una ventaja a la hora de comportaros con mal gusto. Podéis discutir en las galerías, liaros en la pista de baile… Ese tipo de cosas.

—Puaj —respondo, puede que demasiado alto, bloqueando la imagen mental antes de que las mejillas se me sonrojen.

—Una vez más, muchas gracias —dice Grant.

Lesley se cala una ridícula gorra de plato y nos abre la puerta.

—Muy bien, par de dos, a ver si os relajáis un poquito. Haced lo que os plazca: bailad sobre las mesas, tirad la bebida al suelo, presumid de que conocéis a Banksy… Siempre y cuando seáis lo bastante maleducados como para incitar a un noble taimado a asesinaros, ¿vale?

Grant y yo refunfuñamos al mismo tiempo:

—Hecho.

—No eres Banksy.

Lesley sale para acompañarnos hasta el coche y, al pasar junto a Lisa, esta tose y evita el contacto visual.

—Grant y Roxie son noooviooos… —canturrea para el cuello de su camisa.

Suelto un «puaj» profundamente frustrado antes de adentrarme en la noche.

—Pero sin ofender —comenta Grant a mi espalda.

La verdad es que el Victoria and Albert Museum hace que la Biblioteca Pública de Boston parezca una caja de zapatos.

Es una catedral entre los museos, coronada por imponentes columnas y arcadas que brillan doradas contra el cielo del anochecer.

Siendo sincera, visto desde la perspectiva del Desenmascarador, lo entiendo.

Si yo fuera un esnob con tendencia a la espectacularidad y una sed de sangre insaciable, aquí es donde también querría dar el golpe.

Tras registrarnos en la entrada, Grant me conduce hasta el bar con la mano posada en la parte baja de mi espalda, y yo recurro a mi entrenamiento para concentrarme en la misión: «Estoy presente. Tengo el control. No estoy de pronto más pendiente de que mi vestido no tiene espalda que de otra cosa».

Con todo, no me vendría mal un buen chupito de tequila para calmar los nervios.

La primera fase de nuestro plan, sin embargo, es sobornar al camarero para que nos sirva ginger ale cada vez que le pidamos champán.

El motivo es doble: así tenemos una excusa para poner a la vista un fajo de billetes y, además, daremos la imagen de estar excediéndonos, pero conservando la cabeza fría.

La segunda fase es evaluar la escena e identificar a los sospechosos.

Con nuestro falso espumoso en la mano, nos dividiremos para abarcar más territorio, deambulando bajo la cúpula del magnífico vestíbulo y lanzándonos alguna mirada de vez en cuando.

Pero solo para no perdernos de vista, por supuesto.

No queremos que el Desenmascarador nos desenmascare a solas.

Puede que me quede embobada mientras Grant se ajusta los gemelos y recorre con mirada analítica los rostros de los presentes, pero me doy cuenta de que no soy la única que sigue sus movimientos: se ha topado con más de un golpe de melena o una sonrisa de admiración por parte de señoras envueltas en seda.

Y aunque no les devuelve más que un cortés gesto de asentimiento, un peculiar hormigueo me asciende por la espalda.

Creo que podemos dar por concluida la segunda fase.

Grant y yo nos reunimos en la galería, pero no tenemos ninguna pista.

La mayoría de los presentes no son un dechado de amabilidad, cierto, pero tampoco hay nadie que nos haya dado vibras de asesino.

Así que pasamos a la tercera fase o, como a mí me gusta llamarla, El Viejo Espectáculo de los Nuevos Ricos.