Este libro puede matar Capítulo 22
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Capítulo 22

F alta poco para las seis cuando la habitación en la que me encuentro vuelve a verse enfocada.

La lluvia ha pintado una acuarela de azules grisáceos al otro lado de la ventana, y la contemplo en una difusa semiconsciencia, acurrucada como estoy en el lecho más mullido jamás inventado.

Mi cuerpo no siente sino la suavidad y la calidez del sólido peso a mi espalda.

Al girarme con las extremidades y los párpados pesados, me quedo totalmente inmóvil en cuanto percibo mi entorno.

Cualquier parecido a la Gran Muralla de Almohadas sería pura coincidencia, después de que anoche mutaran en munición para la Gran Batalla Achispada, como (a duras penas) recuerdo.

Y si la cama siguiera dividida en dos zonas, desde luego que Grant se encuentra en la mía.

Continúa dormido, su respiración profunda y serena, su brazo curvado sobre mi cintura.

Soy más o menos consciente de que no debería permitirlo, pero estoy demasiado grogui y cómoda para moverme.

Lo que sí me permito es esbozar una sonrisa en la privacidad del momento.

Nunca le había visto la cara tan relajada.

La leve sombra de una arruga en el entrecejo es la única prueba de que el fruncimiento es su estado natural.

Alargo el dedo para trazarla con suavidad.

«Me gusta su cara». El pensamiento aflora en algún lugar de mi mente desprotegida. «Me gusta mucho».

Cuando la yema de mi dedo entra en contacto con su piel, Grant se remueve y, de forma refleja, su mano se tensa un instante contra mi espalda.

Aparto la mía como si me hubiera dado un calambre; la precaución ha tardado demasiado en aparecer.

Grant parpadea para desterrar el sueño de sus ojos hasta que su mirada se posa como una manta calentita sobre mí. No puedo moverme; no puedo respirar.

—Hola. —Su voz posee esa ronquera de quien no está despierto del todo.

—Hola.

La leve arruga termina de fruncirse del todo cuando Grant me mira.

—¿Me estabas tocando la cara?

—No —miento con brusquedad. En mi interior crece algo parecido al pánico, recargando todos los centros de alarma de mi cerebro. Su brazo sigue rodeándome. El calor de su cuerpo aumenta mi temperatura. Su cara, una vez más, está demasiado cerca de la mía.

Los recuerdos de anoche ahora fluyen como un torrente: los bailes por toda la habitación, los dos desplomándonos en el suelo, nuestras rodillas en contacto cuando nos sentamos el uno al lado del otro. «Yo. Yo saldría contigo».

Ay, madre. Es como si me hubiera tirado de cabeza a un tanque de remordimiento. Me aparto de él, me quito el nórdico de encima lo más rápido posible y me levanto de la cama de un salto.

Pero saltar, por lo que se ve, es la mejor forma de que te asalten a la vez todos los síntomas de la resaca. La cabeza me retumba y me da vueltas. Me vienen las náuseas. Siento las piernas frías. ¿Eso también es síntoma de la resaca?

De algún rincón en la aturdida papilla que es mi cerebro surge un nuevo recuerdo de la noche anterior, al ritmo de los distantes y persistentes compases de «Love Is a Battlefield» : estoy bailando en la cama con una bufanda alrededor del cuello.

Pero yo no traje ninguna bufanda.

Bajo la vista mientras el horror se apodera de mí. No llevo más que una camiseta y las bragas.

Me giro en el momento justo para ver a Grant sacar de debajo de él el pantalón de mi pijama de franela; cuando levanta la vista hacia mí se ve que se lo está pasando en grande.

No me lo puedo creer. Luché contra el cliché de una sola cama y ganó el cliché. Y encima sin pantalones.

—¡No me mires! —exclamo tironeando de la camiseta para taparme el trasero mientras salgo zumbando hacia el cuarto de baño, donde tengo intención de pasar el resto de mi vida.

Pero cuando me encierro para maldecir cada una de las decisiones que he tomado, no es el bailecito sin pantalones lo que me corroe de la vergüenza, sino el recuerdo de lo que pasó después. Cuando le confesé mi estúpido deseo. Y lamenté mi vida amorosa. «Soy una cobarde».

Quien invente un ibuprofeno que trate la vulnerabilidad de la resaca, además del resto de los síntomas, va a hacerse de oro conmigo.

Cuando volvemos a Londres, soy una mujer con una misión, y esta es arrancarle la cabeza a Lisa.

Entro como un vendaval en la casa, con las gafas de sol puestas y en la mano la botella de Gatorade (o su peculiar equivalente británico) que a regañadientes dejé que Grant me comprara en una gasolinera.

Por lo que se ve, creyó que eso me haría dejar de gruñir: «No vuelvo a beber en la vida». Se equivocaba.

Me precipito a la cocina y encuentro a Lisa sentada frente a la isla con un plato de galletas al lado, hojeando una revista como si fuera la viva imagen de la inocencia.

—Tú… —bramo.

—¡Roxie! —gorjea—. ¿Ha estado bien el finde?

—«¿Ha estado bien el finde?» —la imito con una vocecilla que hasta un colegial consideraría inmadura—. Cómo te atreves. Te he calado, Lisa. Ya puedes dejar de poner ojitos de cordera.

No deja de sonreír, pero palidece un poco.

—No tengo ni idea de a qué te refieres —responde.

—No existe ningún Ejecutante de Amantes. Nunca ha existido. Todo este rollo del Fin de Semana de los Enamorados, lo de una sola cama, lo de la estúpida campiña preciosa bajo las estrellas… ¡Solo querías hacer de casamentera!

Su sonrisa angelical se transforma en una decididamente más pícara al tiempo que levanta las manos a la defensiva.

—Lo creas o no, guapi, el cosmos no es mi jurisdicción. Si las estrellas hicieron que te pusieras romanticona, eso es cosa de tu conciencia. —Radiante de escandalizada emoción, se inclina hacia delante como si fuéramos un par de amigas compartiendo un cotilleo—. ¿Y pasó algo?

—Basta. ¡Basta! —Me noto las mejillas ardiendo—. No, no pasó nada. Porque no hay nada que tenga que pasar. Hemos venido a pararles los pies a unos asesinos en serie, no a alimentar tus fantasías de «¿acabarán o no juntos?». ¡No soy tu marioneta, joder! ¡Soy una persona real!

Me doy cuenta de que le estoy gritando al techo, por lo que vuelvo a fulminar con la mirada a Lisa, que se encoge al instante.

—¿Por quééé? —gimotea—. Mira, siento haberos engañado, pero solo estoy dándole un empujoncito a lo inevitable, ¿no? ¡No me digas que no sentís algo el uno por el otro!

—Eso da igual —respondo, aunque de inmediato me arrepiento de no haberlo negado.

—En absoluto. —Lisa da una palmada sobre la encimera.

Me horroriza ver que está cogiendo carrerilla—.

¿No entiendes lo poco común que es que dos personas sientan lo mismo la una por la otra?

¿Que las estrellas se alineen de tal manera?

Por el amor de Dios, Roxie. El último hombre al que amé me acompañó a una fiesta, se olvidó de que me había llevado en coche y se largó con otra.

Así de invisible era para él. —Se pasa el dorso de la mano por los ojos; el dolor se lee con claridad en su semblante—.

Mataría por importarle a alguien como tú le importas a Grant.

—Bueno, pues yo no soy tú —replico, empeñada en no empatizar con ella—. Y aquí no se ha alineado ninguna estrella. Somos dos desconocidos que han acabado formando equipo en unas circunstancias disparatadas. Eso es todo. Así que deja de entrometerte.

Al oír los pasos de Grant por el pasillo, las dos nos quedamos calladas, sin dejar de lanzarnos cuchillos con los ojos.

Cuando entra, se detiene a mitad de camino del frigorífico con la típica incomodidad que uno siente al ver que acaba de interrumpir.

Así que se desvía hacia la bandeja que se está enfriando junto al horno, agarra una galleta y se larga hacia la puerta.

Veo el instante en que se percata de su error, pero se detiene con el bocado a medio masticar y observa el resto de la galleta en su mano.

—Están… buenas, Lisa.

Se la ve asombrada de verdad por el cumplido y, cuando lo mira, los ojos se empañan de nuevo. Se levanta de un salto y lo rodea con los brazos.

—Gracias —dice, con la voz amortiguada por la camisa de Grant. Él me mira aturdido con media galleta todavía en la boca, antes de darle una tensa palmadita en la espalda. Ella me lanza una mirada furibunda al apartarse—. ¿Ves, Roxie? Esto es un buen hombre.

Con una sonrisa azorada, Grant toma otra galleta y se larga de la cocina.

Lisa niega con la cabeza mientras retoma la revista.

—Unos desconocidos que han acabado formando equipo en unas circunstancias disparatadas —murmura antes de lanzarme una mirada áspera—. Como si esa no fuera la receta exacta para toda gran historia de amor desde el principio de los tiempos.

Ne tengo tiempo de contestarle como se merece porque la puerta se abre de golpe. Lesley llega con una velocidad y un nerviosismo inusitados, y apoya una mano en la encimera mientras intenta recobrar el aliento.

—El … Desenmascara… dor de… Nuevos Ricos —jadea—. Y no es un simulacro.