Este libro puede matar Capítulo 21 #3
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Capítulo 21 #3

A partir de ahí, la definición de «juego de beber» es cada vez más vaga.

El «más o menos vino pong » se convierte en charadas borrachas y luego en mímica beoda de escenas de pelis.

Grant tiene memorizado desde hace siglos el monólogo del «maddimonio» de La princesa prometida .

Yo lo deleito con una interpretación de «Love Is a Battlefield» a lo El sueño de mi vida , subiéndome de un salto a la cama para recrear el baile de las pataditas de Jennifer Garner, con coleta y bufanda improvisada incluidas.

Ponemos una lista de reproducción de clásicos de los ochenta en el móvil de Grant y saltamos, bailamos, tocamos guitarras invisibles por el cuarto hasta que nos desplomamos en el suelo con las espaldas apoyadas en los pies de la cama.

Nos sumergimos en un agradable y cómodo silencio; los pensamientos discurren lentos por los meandros de mi mente.

—Siento haberte dicho que eras un mierda —digo.

Grant, que todavía no ha recuperado del todo el resuello, se vuelve hacia mí.

—Lo que hiciste fue mandarme a la mierda.

—Sí, probablemente era lo que quería.

—Vale. Y yo siento haberte dicho que maduraras.

Al cabo de un minuto, digo:

—No creo que sea mejor que nadie. No odio a la gente que está pasando el fin de semana aquí.

—Sé que no —responde—. Lo que odias es el romance.

Suelto una carcajada aguda.

—No odio el romance. ¿No sabes por qué empezó todo esto? Porque deseé protagonizar una novela romántica. —Me río por lo bajo al recordarlo. Qué cándida jovenzuela era entonces, dos semanas atrás.

Pero Grant no se ríe. Me observa con curiosidad, lo que me recuerda que no, no lo sabía, porque he evitado a toda costa contárselo. Pero bueno, ya es demasiado tarde.

—¿Que deseaste protagonizar una novela romántica? —Estudia mi rostro como si estuviera reconfigurando la imagen mental que tiene de mí—. Así que lo de Anna Matthews no fue un accidente. Querías meterte en uno de sus libros a propósito.

Me recuesto contra la cama.

—Me encantan sus novelas románticas. Una sabe que todo va a salir siempre bien.

El amor espera a la vuelta de la esquina y va a funcionar y a ser adorable.

Pensé que podría meterme en una, disfrutar de una pequeña historia romántica con Jack y volver a salir.

Más fácil, imposible. Me daba un gustazo y ya.

Pero ¿qué pasó? Que casi me apuñalan. —Me río con amargura—. Menudo novio de libro.

Veo cómo le cambia la cara a Grant al comprender por fin cómo empezó todo esto. Por qué estaba con Jack, quién creía que era. Y no me gusta. Va a empezar a juzgarme… o, lo que es peor, a tenerme lástima. Entonces choca su rodilla con la mía.

—Al menos no era un novio de verdad —comenta—. Imagino que, de haberlo sido, me habría costado mucho más aceptar lo de su homicidio.

Le hago una pedorreta.

—Los novios de verdad no son mucho mejores. Lo único que hacen es devorar tu corazón como desayuno y cagarlo a la hora de comer.

Ni siquiera me dice que no tiene sentido. Es que es un encanto.

—¿Lo dices por experiencia?

Es una pregunta que normalmente me provocaría una respuesta refleja: «No quiero hablar de ellos», pero con Grant sí quiero hablarlo. Puede que sea el alcohol. O puede que sea porque es él.

—Nada grave —respondo—. Tuve un novio idiota en el instituto y le permití que me hiciera sentir mucho más inepta de lo que habría debido.

Estoy dispuesta a pasar página, pero Grant hace que me quede parada. Le han aparecido esas arrugas en la frente, las de «te estoy escuchando de verdad».

—¿Qué sucedió?

—Era un maestro de la manipulación —le cuento—. Me engañó y me hizo creer que estaba enamorado de mí.

—¿Cómo?

—Diciéndome que estaba enamorado de mí.

Grant arruga la cara.

—Ya. Con eso basta. En especial cuando eres adolescente.

Asiento.

—Me gustaba de verdad. Y estaba tan contenta de ser por fin la novia de alguien que no me di cuenta de que poco a poco me iba convirtiendo en una maceta o un cojín decorativo.

Me quedaba sentada en su sótano mientras él se pasaba las horas jugando a videojuegos, como si para mí fuera un honor que me quisiera a su lado, cuando en realidad él no sabía cómo decirme que me largara.

—¿Y cómo acabasteis cortando? —pregunta Grant.

—No cortamos. Hemos cumplido quince años de felicidad sotanil.

—Ja —replica, aunque sin reírse. Sigue con sus ojos fijos en los míos, paciente.

Suelto el aire.

—Le pidió a otra chica que fuera con él al baile de graduación —le explico—. En vez de cortar conmigo. Imaginó que pillaría el mensaje y así no le haría falta dejarme. Porque, y aquí cito sus palabras, no quería herir mis sentimientos.

—Dios… Menudo imbécil.

—¿Quieres saber lo peor? Que seguí pensando que estábamos juntos hasta una hora antes.

Él me había dicho: «Supongo que nos veremos por allí», y yo entendí que era como pareja.

Hasta tenía vestido y todo. Y entonces abrí Facebook y vi que había publicado fotos con una chica que llevaba un vestido a juego con su corbata.

Me río, pero siento ese familiar reguero de vergüenza serpenteando por mi interior.

Me digo que algo raro me tiene que pasar para que, a los treinta, un desengaño de instituto todavía sea la única herida romántica que he recibido.

Que debería haberse visto superado por algún dolor más adulto.

Que me hubiera engañado un contable, por ejemplo.

No es tanto que el recuerdo me duela, sino que es el único que está ahí, esperando, como una fractura que hubiera sanado hace mucho, pero que aún me advirtiera cuando amenaza tormenta.

—Lo siento —me dice Grant con la misma sinceridad que si me hubiera sucedido ayer.

—Yo no —respondo—. Si no hubiera hecho una idiotez tan gorda, quién sabe cuánto tiempo habría seguido con él.

A veces creo que es lo que más me molesta de todo el asunto; que no quiero volver a quedarme atrapada con alguien.

Es como mi madre y mi padre: son unos progenitores increíbles y los quiero un montón, pero son muy infelices juntos y no hacen nada por cambiar la situación.

A veces me preocupa que sea algo genético, el instinto de quedarte donde estás aunque no deberías.

La idea de que, si no me ando con cuidado, acabaré como ellos: atrapada, desgraciada y totalmente incapaz de reunir el valor para irme.

La mirada de Grant es impertérrita.

—Eso no puedes saberlo. Y si hay una cosa que sé que tienes, siempre, es valor.

«Siempre». Menuda palabrita. Intento obviar la punzada que me provoca.

—En fin, que no soy la única —digo—. He visto a demasiada gente destrozada por el amor.

Mis amigos. Mis padres. Todos los participantes de The Bachelor .

En la vida real, la gente sufre. —Me vuelvo para mirarlo mejor y me aparto el pelo de la cara—.

¿De veras crees que todos los que están aquí este fin de semana van a tener un final feliz?

Grant se encoge de hombros.

—No sé si todo el mundo, pero… sí, ¿por qué no? La mayoría de ellos parecen bastante felices.

—¿Hasta los Fiorello?

—Huy, no. A esos les doy tres meses como mucho.

Se me escapa una carcajada a pesar del calorcillo rosado que me inunda al recordar cómo Grant me defendió delante de ellos. Dijo que yo tenía historias que contar. Que sería un honor ser el elegido a quien quisiera contárselas.

Ojalá pudiera elegirlo.

Pero ese pensamiento es solo para mí.

—No creo que una relación, para ser buena, necesite durar para siempre —termina por comentar Grant—.

A ver, sí, eso sería lo ideal. Pero aunque no salga así, el final no tiene por qué invalidar las partes buenas.

—Me mira y baja la cabeza un poco, como si fuera a revelarme un secreto—.

Aunque al final usen tu corazón para cagarse encima, sigo pensando que tiene más ventajas que inconvenientes entregárselo a alguien.

Cómo me gustaría creerlo. Ahora mismo tengo un montón de deseos. ¿Dónde está le Regalante cuando una le necesita?

—Da igual —respondo—. No estoy hecha para algo así. Tú mírame. —Él lo hace. Lo siento—. Tengo treinta años y la experiencia en relaciones de una chavala de dieciséis, quitando algún que otro rollete de vacaciones. No sabría ni por dónde empezar. ¿Quién querría salir con alguien así?

La pregunta es retórica, lo juro. O pretendía que lo fuera, aunque en alguna parte, una minúscula parte de mí desespere por obtener una respuesta.

Pero entonces Grant responde:

—Yo.

Lo dice con convicción, con la misma llaneza con que pronunciaría cualquier otra palabra que brotara de su boca.

—Yo saldría contigo. De hecho, ya he salido contigo, y ha sido maravilloso.

—No, no —digo desmoralizada—. No me refiero a salir a cenar, me refiero a salir de salir. En plan novios.

—Ah, ¿te refieres a la típica definición de noviazgo de instituto?

—Justo.

Grant se queda parado y se rasca la nuca con indolencia.

—En ese caso, imagino que tendré que pasarte una nota que diga: «¿Quieres salir conmigo?» con una casilla para el sí y otra para el no.

«Está borracho», me digo. Pero yo también.

—Y yo marcaría el sí —respondo—. Pero luego me daría un ataque de pánico y lo borraría. Pero lo habría escrito a boli. Así que me daría otro ataque y me comería la nota.

A Grant se le forman unas arruguitas en los rabillos de los ojos y se le curva la boca.

—Eres más rara que un perro verde —dice con dulzura.

Suelto una carcajada desdeñosa y encojo los hombros.

—Lo que soy es una cobarde.

—¿Una cobarde? —Grant se vuelve y quedamos cara a cara, los dos cruzados de piernas frente al otro—. Roxie —me mira a los ojos—, te he visto empujar a inmolarse a un asesino en serie. Y estoy casi seguro de que disfrutaste.

Con un gruñido, escondo la cabeza entre las manos. Grant no lo pilla. Y ahora ha hecho que parezca una pirada.

—Hey. —Tira de mis muñecas antes de mirarme con solemnidad—. Tengo que decirte una cosa.

En algún lugar del fondo de mi mente, la Roxie sobria grita: «¡Huye, huye, huye!», pero la Roxie borracha la encierra en el armario escobero.

—¿Decirme qué? —musito.

Sin dejar de sujetarme con fuerza las muñecas, apoya la barbilla en mis nudillos pensativo.

Estudia mis ojos, vacilante, como si no supiera si decírmelo o no, pero en lo único en lo que yo puedo pensar es en que, sin darse cuenta, su boca está pegada a mi mano y que sería estupendo que lo estuviera haciendo a propósito.

Entonces, con un hondo suspiro, se echa hacia atrás, cierra los ojos y dice:

—La verdad es que moló muchísimo cómo le hiciste un Grand Theft Auto al taxi.

Me aparto de golpe con el frenesí de quien ha ganado diez mil loterías.

—¡¡¡Sí!!! —chillo—. ¡Lo sabía, joder! ¡¡¡Cómo lo sabía!!!

El subidón del triunfo es embriagador, puede que aún más que el alcohol, lo que me lleva a tomar su cara entre las manos y plantarle un besito ridículo en la frente arrugada antes de ponerme en pie para dar la vuelta de la victoria por el cuarto.

Él, derrotado, se deja caer en la cama y apoya los brazos sin fuerza sobre las rodillas dobladas, pero cuando alza la vista hacia mí, veo asomar una sonrisa en la comisura de su boca.

Me desplomo a su lado y levanto la mano para chocarle los cinco.

Él imita mi gesto, pero los dos fallamos y acabamos dándonos una palmada en el antebrazo.

La risa es mareante, de esa que me hace perder el equilibrio, y me da la impresión de que la habitación no exactamente da vueltas, pero sí se mece un poquitín.

Cuando recupero el aliento y todo parece dejar de moverse, me doy cuenta de que tengo la cabeza apoyada en el hombro de Grant.

Sé que no debería, pero no soy capaz de apartarme.

Me da tanta serenidad notar cómo inhala y exhala.

Entonces él apoya con suavidad la suya en la mía y, si antes ya era una batalla separarme, ahora es escalar el Everest.

Cinco segundos, decido. Me daré cinco segundos para disfrutar del momento. Uno… Dos… Tres… Cuatro… Cinco.

… Seis.

… Siete. ¿Por qué no?

Cuando por fin levanto la cabeza y lo miro, su cara está muy cerca de la mía.

Y luego aún más.

Me doy cuenta de que estoy mirándole la boca, contemplando cómo sus labios se abren una pizca al inhalar. Me obligo a apartar la mirada y subir hasta sus ojos, pero puede que sea aún peor. Hay algo en ellos que no sé cómo definir, pero que de alguna manera conozco a la perfección.

Estamos bailando demasiado cerca del borde de algo…

Y ahí están, por fin, las alarmas a las que tan acostumbrada estoy, abriéndose paso entre la neblina de la ebriedad como una sirena. Me pongo en pie con torpeza y agarro otras dos botellitas que descansaban en la cómoda antes de lanzarle una.

—¡Por Pat Benatar! —exclamo, antes de poner otra vez la música.

Cuando nos vence el sueño, lo veo todo más o menos borroso.

Pero aunque los pensamientos se me empiezan a escapar como pájaros que echasen a volar hacia el crepúsculo, dos de ellos permanecen conmigo: el recuerdo de los labios de Grant sobre mis manos y el de los míos en su frente.

Dos casi besos que no acaban de sumar uno entero.

Y, a continuación, lo único que queda es una certeza.

Llegará un momento en que los «casi» y los «no acaban de» no serán suficiente.