Este libro puede matar Capítulo 21 #2
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Capítulo 21 #2

Una expresión pétrea ha aflorado en su rostro, pero aún no es suficiente. No lo entiendo. Estamos siendo los tíos más pesados que hayan pisado la faz de la tierra, pero él sigue sin intentar matarnos. ¿Qué más haría falta para sacarlo de sus casillas?

—¿Quieres saber un secreto? —le pregunta Grant. Martin pone cara de «gracias, pero no»; yo intento no parecer demasiado intrigada—. La clave está en los preliminares. Tienes que disfrutar del momento. Un baile lento, un masaje… ¿A que doy unos masajes estupendos, amorcito?

—Hum —respondo, algo descolocada—. Tiene unos dedos mágicos, sí.

Se produce una pausa en la que Grant no me quita los ojos de encima, y la temperatura del agua parece penetrar en mi riego sanguíneo.

—De hecho —prosigue—, ahora mismo diría que tienes los hombros tensos. ¿Por qué no vienes aquí, tesoro?

La respiración se me corta. «¿En serio?». Grant esboza un leve asentimiento antes de mirar de reojo a Martin, quien por fin empieza a fruncir el ceño. Esto va muy bien. Y no significa nada: forma parte del trabajo y punto.

Me muevo con cautela bajo el agua para colocarme delante de Grant. Él me aparta el pelo con gesto cuidadoso sobre el hombro y se calienta las manos exhalando sobre las palmas, como si no llevásemos todos un buen rato metidos en una bañera a casi cuarenta grados.

Empieza con algo sencillo, un movimiento de tajo karateka con la ventaja añadida de que salpica a Martin cada pocos segundos.

Veo de soslayo cómo arruga la cara, por lo que cierro los ojos para no echarme a reír.

Sin estímulos visuales, solo puedo concentrarme en las sensaciones y, aunque no son más que breves puntos de presión en la parte superior de la espalda y los hombros, es muy agradable. Grant tenía razón. Estaba tensa.

Pero es cuando empieza a masajearme cuando descubro el talento que posee.

Sus pulgares trazan lentos círculos en la base de mi nuca mientras sus dedos se deslizan por mis hombros.

Hasta el último resto de estrés en mis músculos se va diluyendo ante su tacto suave aunque insistente, además de absolutamente sublime.

No bromeaba. Sí que es bueno con los masajes. Lo que me hace preguntarme qué otras cosas me habrá dicho en serio.

«Disfrutar del momento»… ¿No bromeaba? ¿Sería así si de veras estuviéramos juntos: caricias lentas e indulgentes, y cada vez más intensas?

No me cuesta imaginarlo. Aún más, puedo sentirlo, ahora mismo, en la languidez con que sus manos se deslizan por mi espalda, se introducen bajo la cinta de mi biquini o acarician mis costillas con la yema de los dedos.

Solo que, si esto fuera real, no se detendría ahí.

Me atraería hacia él y sentiría su pecho en mi espalda, sus labios en mi cuello, sus dedos avanzando… constantes, sin prisa, reverentes.

Pero, una vez más, también está esa pasión que he visto encenderse en él cuando la ocasión lo requiere.

¿Se dejaría llevar por ella? ¿Abandonaría todo autocontrol y se entregaría al hambre y al calor?

También puedo verlo, y lo fácil que sería dejar que las ascuas prendieran y se alzaran las llamaradas entre los dos.

Lo único que tendríamos que hacer es dejar de luchar contra ello.

Y sería como si se desatara una tormenta, una tempestad de pulsos acelerados, besos voraces y…

Sus manos se detienen sobre mi espalda y solo entonces me doy cuenta del sonido que acaba de escapar de mis labios. Era un suspiro, seguro. Puede que hasta pronunciara su nombre.

Giro la cabeza para comprobar si me ha oído y, dado el caso, dar marcha atrás.

Pero sus ojos hacen que me detenga. Se clavan en los míos con una languidez y un calor que me llevan a pensar que no soy la única que se ha entregado a esta fantasía.

Entonces su mirada desciende y se me corta la respiración.

Si avanzara un par de centímetros, mi nariz rozaría la suya.

Sé que dijimos que nada de besarse, pero a ver… ¿Qué mal haría que nos besásemos una sola vez, metidos en el papel, por aliviar la tensión?

Cuando acorto la distancia entre nosotros, Grant me rodea el torso con los brazos y me atrae hacia él. Siento su aliento susurrante sobre mi labio inferior y, entonces, su boca…

—¡Parad!

Ay, Dios. Martin. Es verdad. Retrocedo de golpe, con todos los músculos en tensión, y veo a nuestro vecino tan ruborizado que las mejillas se le han puesto moradas. ¿Hemos… cumplido nuestra misión? ¿O es que me ha oído llamar a Grant por su nombre? ¿Se habrá dado cuenta de que es una trampa?

—Sois una pareja estupenda —dice, los ojos cerrados con fuerza—. Ha sido un placer charlar con vosotros y os deseo todo lo mejor. ¡Pero no voy a participar!

El silencio que se extiende podría ser como la aguja sobre un disco rayado.

—¿Perdón? —pregunta Grant con voz estrangulada.

—Oooh…. —se me escapa según me voy dando cuenta—. No habrás venido a…

—¡No! —chilla Martin poniéndose en pie—. He venido en busca de paz y silencio para pensar en mi escritura. No deseo nada más. Y ahora, si me disculpáis, me iré a hacer eso mismo en otra parte. Buenas noches.

Sale de la bañera salpicando a nuestro alrededor antes de envolverse con enfado en una toalla. Acto seguido, se pierde con paso rápido en la noche, y juraría que lo oigo refunfuñar que «siempre pasa lo mismo».

Grant y yo nos volvemos el uno hacia el otro, boquiabiertos y sin palabras. Hasta que, de pronto, estallamos en carcajadas histéricas. Es ese tipo de risa que te da dolor de tripa, que hace que se te salten las lágrimas y te agita como un terremoto, y parecería que vamos a romper el jacuzzi.

Grant se tapa la boca con las manos mientras sus hombros se convulsionan.

—¿Así que todo este tiempo ha estado pensando que ligábamos con él?

—Creo que estoy viviendo una experiencia extracorpórea. —Mi voz suena a graznido.

Repasamos todas las interacciones y, con cada una de ellas, vamos perdiendo cada vez más el control. El brindis con Martin en el patio. Nuestra agresiva cordialidad durante el desayuno. El renuente sándwich humano del jacuzzi.

—La verdad es que tenía toda la pinta de que queríamos echarle un polvo —jadeo.

—Ay, madre —dice Grant enjugándose los ojos. Cuando la hilaridad se esfuma como la niebla al sol, me mira con una ceja fruncida—. ¿Crees que será alguien más? Solo hay parejas y todas parecían bastante normales, pero… ¿nos habremos equivocado?

Niego con la cabeza. Contradiciendo mi arrebato de antes, hasta yo he de admitir que el resto de las parejas me parecen genuinas. Bueno, casi.

—Los Fiorello son los únicos que consideraría anormales, pero he visto el número de seguidores que tienen. Jamás se arriesgarían a perder patrocinadores por algo tan controvertido como una serie de asesinatos.

—Además, están ahí mismo. —Grant señala hacia el pie de la colina, donde las siluetas inconfundibles de Heather y Nicholas discuten sobre dónde colocar un aro de luz para hacerse una serie de fotos nocturnas.

Una lechuza ulula desde algún lugar en la distancia iluminada por la luna.

Los sonidos de las risas y un tema de jazz al piano nos llegan entremezclados desde el interior.

Grant levanta el brazo para echar un vistazo a su reloj de pulsera, y yo tengo que reprimir una sonrisilla.

Por supuesto que no se lo ha quitado para meterse en un jacuzzi.

—Creo que es posible que nadie trate de matarnos esta noche —anuncia.

Me levanto para alcanzar el albornoz y sacar el móvil del bolsillo.

—Diría que tienes razón —coincido mostrándole el mensaje de texto que acabo de recibir de Lisa.

AAAH, han borrado el post del Ejecutante! Misión cancelada. Pues nada, disfrutad del finde! ;) Besis

Grant se desinfla del alivio y yo decido que ya me ocuparé de Lisa y de su guiñito malintencionado más tarde.

Ahora, las prioridades: inesperadamente, tengo la noche libre.

En una lujosa posada campestre. Con una habitación y todos sus artículos de cortesía a cargo de una tarjeta de crédito que no es la mía.

Vuelvo a guardar el teléfono en el bolsillo y me giro hacia Grant.

—¿Te apetece arrasar el minibar?

Grant deja caer la cabeza hacia atrás con un suspiro.

—Sí, por favor.

Es increíble lo bien surtido que está el minibar de nuestra habitación, que tiene desde pequeñas botellas de vino hasta chupitos de vodka y whisky.

O lo estaba, antes de que llegáramos nosotros.

Nos hemos duchado y cambiado, y yo me estoy secando el pelo con una toalla cuando Grant se me presenta delante de la puerta del baño con las manos a la espalda.

—Elige —dice, por lo que señalo su brazo izquierdo. Me tiende una botellita de vodka. Debe de verme en la cara que no es mi bebida favorita, porque de inmediato me tiende la de whisky—. Por una noche libre de asesinatos —brinda levantando su botella.

—Y libre de orgías con Martin —brindo yo, haciéndola chocar con la mía.

—Eso que nos perdemos, seguro. —Cuando ambos hemos acabado nuestras bebidas, Grant carraspea—. Hablando del jacuzzi…

—Todo ha salido genial —me apresuro a contestar, con el whisky abrasándome garganta abajo. Voy a por otra botella—. Nuestras actuaciones están mejorando. O al menos han colado con Martin.

Grant asiente y me dirige una mirada que me lleva a pensar que, si lo intentara, podría ver el discurrir de sus pensamientos tras sus ojos.

—Sí —termina por decir—. Una actuación de lo más sólida.

Se produce un instante de silencio que parece un pelín cargado de más. Puede que sea el contacto visual. Puede que el recuerdo de sus manos sobre mi piel. Al final, digo:

—¿Qué opinión te merecen los juegos de beber?

Grant sonríe:

—Me encantan.

Empezamos con «yo nunca» y luego pasamos a algo parecido al beer pong , aunque en realidad tan solo intentamos encestar un caramelo de menta en la copa de vino del otro. Los dos ganamos. O los dos perdemos; no lo tengo demasiado claro.