Capítulo 21
T enía que ser Martin quien lo echara todo a perder.
Como se acerca la hora h (de «hasesinato»), Grant y yo nos acercamos a él después de cenar con la esperanza de que nos invite a las últimas etapas de su plan.
Tal vez a una última copita y a un estrangulamiento en el patio desierto, o a un buen ahorcamiento en el cobertizo de las bicis.
Pero no, nos da la enhorabuena a toda prisa y se excusa porque quiere probar el jacuzzi.
Así que ahora tenemos que ir a remojarnos también.
Es curioso que la perspectiva de compartir semejante cercanía con Grant, con mucha menos ropa de lo habitual, me devuelva a mi anterior y desastroso estado de pánico.
Mientras él se cambia en nuestro cuarto de baño, yo me planteo si le parecerá raro que me meta en la bañera con una camiseta extragrande, como un niño quemado por el sol en la playa.
O un jersey. Tal vez podría convencerlo de hacer lo mismo.
Y, como si los dioses de la proximidad forzada terminaran por darme un respiro, me suena el móvil. Me levanto de un salto a cogerlo y corro hacia la puerta.
—Tengo que contestar —alzo la voz para que Grant me oiga—. Le echaré un ojo a Martin.
Salgo al pasillo y me doy un instante para exhalar antes de responder al teléfono.
—Hola —digo mientras recorro el pasillo con paso pesado.
—¡Hola, hola! —me saluda Steph. Cómo me alegro de oír su voz—. Solo tengo un minuto, pero quería anunciarte que A medio hornear será nuestro próximo libro de Anna Matthews, porque acabo de encontrarme un ejemplar en la biblioteca de intercambio que hay delante del hospital.
Nuestro club de lectura. Sí. En los últimos tiempos me cuesta creer que yo antes leyera estas movidas por simple diversión y que luego siguiera con mi vida sin que las cosas se fueran por completo de madre.
Me viene una idea a la cabeza que me hace detenerme de golpe frente a la puerta del patio.
—¿Has visto el post de Instagram de Anna?
—No. Ya sabes mi regla: no seguir a nadie que no conozca en la vida real. Absorbe demasiado tiempo. ¿Por? ¿Está trabajando en algo nuevo?
De pronto me invade la amargura. Bastante mal está que me esté pasando esto, pero es aún peor que no pueda contárselo a mi mejor amiga. A menos que quiera que me dé una amable charla sobre los beneficios de los antipsicóticos, vaya.
—Ya veremos —digo intentando que no se me note cómo rechino los dientes—. En fin, A medio hornear suena bien. Lo tomaré en préstamo cuando vuelva.
—¿Volver? ¡No me habías dicho nada! ¿Dónde andas, haciendo parapente en el desierto australiano? ¿De rallies en Sudáfrica?
—Casi —respondo, al tiempo que me adentro en la noche.
El aire es fresco y resuenan el canto de los grillos y el viento en los árboles.
Un largo sendero serpentea entre los rosales durmientes y los setos de boj, al final del cual, metiéndose en un jacuzzi iluminado, está Martin.
Ni puede oírme ni está mirando hacia aquí, pero da igual: me escondo detrás de un macetero y bajo la voz—.
Estoy cerca de Londres. Es un… viaje de trabajo.
—¿De trabajo? ¿Desde cuándo os pagan viajes a los temporales? A menos que… —Ahoga un grito—. ¿Por fin has aceptado el curro en el gimnasio?
—No —replico con un puntito de irritación—. ¿Y desde cuándo tienen que viajar por trabajo los profesores de defensa personal?
—¡Yo qué sé! Tú eres la experta. Solo quiero saber por qué demonios no aceptas un trabajo que es, literalmente, perfecto para ti.
No, otra vez no.
—¡Porque no! —Las palabras me salen atronadoras como un solo de trompeta, y me vuelvo hacia Martin para asegurarme de que no se ha enterado. Está tan relajado que parece en trance, meciéndose al son de una música que solo él puede oír—. Estoy demasiado ocupada.
—Mmm —dice Steph.
—Y dar clases no es lo mío.
—Claro.
—Y el gimnasio queda muy lejos de mi apartamento.
—Te has ido hasta Londres por un trabajo que ni siquiera te gusta, pero vale.
Resoplo frustrada.
—¡Es que no quiero!
—Está bien. —Steph suspira—. Si tú lo dices… Pero ¿quieres que te diga lo que pienso yo?
—No —repongo, confiando en que, por mi tono, entienda que lo que en realidad quiero decir es «En cierto modo, sí».
—Creo que uno de estos días vas a tener que preguntarte si hay alguna diferencia entre no querer hacer algo y tener miedo de hacerlo.
—Lo que tú digas, Brené Brown —replico, en plan «no estoy enfadada contigo, pero se acabó esta conversación»—. De todas formas, ¿tú no tenías un trabajo al que ir? Los niños de San Diego no van a extirparse el apéndice solos, ¿sabes? Espero…
Steph suelta una carcajada.
—No, hoy es solo una canica atascada en la nariz. Pero superatascada.
Nos despedimos y nos decimos lo mucho que nos queremos, y cuelgo tan desalentada como antes. Solo por una vez en esta semana, me encantaría tener una conversación que no hurgue en el punto flaco de mis inseguridades más profundas.
El caso es que Steph es mi mejor amiga. Que me tenga calada es lo lógico.
Pero cuando Grant y yo estábamos en el jardín de Lesley, le abrí mi alma de forma voluntaria.
La verdad es que no lo entiendo, tal vez sea que algunos temas resultan más fáciles de abordar con gente que no te conoce tan bien.
Aunque mi sensación no fue esa. Sentí como si me conociera.
Y, durante un minuto, me pareció que quería que me conociese mejor.
Y justo ahí reside el peligro de todo esto.
No, tachémoslo. El verdadero peligro está metido en esa bañera. Es en eso en lo que debo concentrarme. Nada más.
Y así, al cabo de unos minutos, en bañador y albornoz blanco de felpa, Grant y yo contemplamos tiritando el sendero empedrado que conduce al lugar donde nuestro Ejecutante de Amantes se remoja mientras espera, con la cara bañada de un inquietante azul por el resplandor del jacuzzi.
—Creo que ya ha llegado —comento en voz baja, formando una nubecilla en el aire nocturno—. El gran desenlace. El momento definitivo. La hora de sacar nuestras mejores armas y acabar con este tipo.
—¿Alguna vez te han dicho que te preparas para los intentos de asesinato como un entrenador de baloncesto universitario júnior antes de un partido?
—Todo el tiempo.
Grant inhala hondo.
—Vale. —Exhala—. Entonces salgamos ahí fuera y demos el ciento diez por ciento.
Extiende la mano y yo se la doy. Caminamos en silencio, deteniéndonos únicamente para quitarnos el albornoz.
Mi plan de no mirar a Grant por debajo de la barbilla se esfuma en el momento en que desnuda su torso ante mí y sus hombros se mueven cuando deja la prenda en un banco.
No conocía los detalles de su silueta por debajo de sus típicos jerséis y sudaderas, pero ahora me siento como si hubiera estado perdiendo el tiempo.
Todo lo nuevo (su estómago fibroso, el leve rastro de vello en el pecho, los huecos en su cuello y sus clavículas) son la perfecta continuación de las partes que ya conocía.
Cuando me obligo a subir hasta sus ojos, veo con sorpresa que él también me estaba contemplando.
Sus ojos se deslizan por mi cuerpo estudiándome.
Cuando por fin se cruzan nuestras miradas, transmiten un mensaje sin palabras, algo que no puedo identificar aunque lo siento en cada centímetro de mi piel.
Pero entonces Grant se vuelve hacia Martin y lo recuerdo: nuestra misión.
La misión es lo primero. «Nada de excitarse», que toca ser una plasta. Eso sí puedo hacerlo.
Martin se sobresalta cuando nos metemos en el jacuzzi flanqueándolo y demasiado cerca como para que se sienta cómodo.
—¡Pero si es nuestro amigo Martin! —canturreo.
Parece algo sobresaltado, pero su mirada pasa del uno al otro y nos ofrece una sonrisa cortés.
—Hola, pareja.
—Espero que no te importe que nos unamos —dice Grant—. Cuando te vimos aquí tan solo, pensamos: «Hey, ahí hay un hombre al que le vendría bien algo de compañía». —Grant sacude a Martin por los hombros para darse énfasis. La sonrisa del sacudido se debilita por momentos.
—Sí —responde—. Nada mejor que un buen baño bajo las estrellas, en silencio…
—Claro, claro. Pero ¿sabes qué es mejor? —Me inclino por delante de Martin para dirigir una mirada dulce a Grant—. El cariñoso abrazo de tu persona favorita.
—Ay, tesoro. —Grant alarga la mano por detrás de Martin para dármela y, al hacerlo, le golpea la cabeza. Por fin, Martin no parece demasiado contento. Estamos llegando al momento del asesinato, y se nota.
—Nathan —le digo a Grant—, ¿qué es lo que más te gusta del amor?
—Uff, son tantas cosas —responde tras exhalar un suspiro reflexivo—. Quizá que nunca más tengamos que ir de vacaciones solos.
—Cierto —respondo—. A mí, personalmente, lo que más me gusta es que, si uno de los dos muriera de forma inesperada, no lo encontrarían semanas más tarde, medio devorado por un gato.
Grant pone cara de palo y me mira como preguntando: «¿En serio?». Yo me encojo de hombros a modo de disculpa.
Entretanto, Martin tiene los ojos fijos en el agua burbujeante y su boca forma una curva macabra que apenas se asemeja a una sonrisa. No diría que es una mueca homicida, pero se le va acercando.
—Y el sexo —digo de golpe. Martin se sobresalta y me mira azorado—. El sexo, salvaje y maravilloso, que practicamos sin parar. Cuéntaselo, cariñín.
—Oh, guau… —responde Grant con los ojos como platos. Yo reprimo una carcajada. Él choca el hombro con el de Martin y me señala con la barbilla—. Aquí donde la ves es un verdadero cohete en el… lecho conyugal.
«¿Lecho conyugal?», articulo sin voz, reprimiendo a duras penas la risa. Grant me lanza una advertencia muda, con los labios apretados, pero puedo ver el temblor de la carcajada reprimida en sus hombros.
—Sí —añado tratando de mantener la voz serena—. Una vez que empezamos… es un no parar.
Martin carraspea.
—Vaya, admiro vuestra… franqueza.