Este libro puede matar Capítulo 20 #3
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Capítulo 20 #3

Según Wendy y Paul, un compromiso en la propiedad es motivo de celebración con una cena de estilo familiar.

Aunque, según se ve, no es suficiente para que Heather ceda la atención un solo instante.

Poco después de que nos reunamos en el comedor iluminado con velas, observa mi mano con el entrecejo arrugado y me pregunta con honda preocupación dónde he dejado el anillo.

Luego interrumpe nuestra falsa historia (todavía lo están puliendo en Nueva York, pero Nathan estaba demasiado enamorado como para esperar) para contarnos cómo Nicholas le propuso matrimonio a ella.

Lo que lleva a Nicholas a darnos una charla sobre el coste del anillo, el corte, los quilates y el signo zodiacal.

Lo que lleva a que los dos reciten una lista detallada de todas las marcas de joyería fina con las que colaboran.

En breve, este es «El Show de Heather y Nicholas».

Y por mí, bien, ya que no tengo ganas de charla.

Grant y yo estamos tensos, sentados el uno junto al otro, sin ganas de tocarle las narices a Martin.

Aunque tampoco es que Heather y Nicholas lo estén consiguiendo.

Tras cuarenta y cinco minutos de parloteo, Martin sigue tan campante, disfrutando de su pollo asado y escuchándolos con tranquilidad.

Al cabo de un rato, sin embargo, Wendy parece dispuesta a desviar la atención del grupo, por lo que rellena todas las copas de vino.

—¿Qué tal si brindamos de nuevo por los prometidos?

Grant y yo sonreímos agradecidos al tiempo que levantamos las copas.

—Y por los prometidos en general —añade Heather, recorriendo todo el comedor con la mirada y esa sonrisa de plástico suya—.

¿Sabéis? Nicholas y yo nos alegramos mucho al saber de este fin de semana ¡porque ya no se ven eventos para parejas!

Siempre es «No sé qué para solteros», siempre.

Como si el mundo quisiera que la gente se quedara sola.

—Emite una risita cascabelera y hace girar el rosado en la copa—.

Qué alegría mirar a mi alrededor y ver que no somos los únicos que siguen enamorados.

—Lo cual no quiere decir que nuestros amigos solteros no sean bienvenidos —tercia Wendy con un amable asentimiento hacia Martin, quien hace un gesto restándole importancia, con una sonrisa de lo más animada.

—Oh, por mí no os preocupéis —dice—. Está siendo una estancia estupenda. ¡Verme rodeado de amor es tan maravilloso como imagino que sería experimentarlo en persona!

Pues sí. No hay duda de que hoy va a asesinar a alguien.

—Mmm. —Heather toma un sorbo y asiente mirando a Martin—.

Y nosotros nos alegramos de tenerte aquí, por supuesto.

Que un hombre viva y escriba en noble soledad tiene algo de sumamente digno, ¿verdad?

Aunque… —mastica un bocado de patata asada y ladea la cabeza, pensativa— en el caso de las mujeres es una verdadera lástima.

No es natural que nosotras estemos solas.

Y, sin embargo, tenemos a todas esas solteras que alardean de su supuesta independencia como si no fuera lo más triste del mundo.

Intento recordarme que Heather no es más que un instrumento para que avance la trama, diseñada literalmente para que sea una imbécil y, en consecuencia, no merece mi ira. Pero no funciona. De todas formas, la odio.

Antes de que pueda decidir si arrearle en la cabeza con la mano abierta o con una jarra de agua, Nicholas interviene:

—El hombre desea que lo necesiten —sentencia al tiempo que corta su pollo—. Todas esas tonterías de «no necesito a un hombre»… te cortan el rollo.

Bueno, pues ya está. Son las peores personas que haya conocido nunca. Incluso teniendo en cuenta que hay un asesino en serie sentado a la mesa con nosotros.

—Tienes toda la razón —coincide Heather acariciándole el hombro. Levanta su copa con una sonrisa condescendiente y añade—: La que diga que «no necesita a nadie» —dibuja unas comillas en el aire— nunca encontrará a nadie.

Con cada nueva palabra que brota de sus bocas sonrientes noto cómo se forma una nueva grieta en la fachada de mi personaje.

—Tal vez sea un mayor honor que te elija alguien que no te necesita, pero que aun así te quiere —replica una voz.

El silencio se extiende por el comedor al tiempo que todas las cabezas se vuelven hacia Grant, pero él no aparta la mirada de los Fiorello.

—Una persona que no espera sentada a que le den permiso para vivir la vida, con historias que contar. Yo me consideraría afortunado de ser a quien ella quisiera contárselas.

El silencio se vuelve atónito en mi caso, horrorizado en el de los Fiorello y una mezcla de aprobación y perplejidad en el resto de la mesa. Grant balbucea antes de controlar de nuevo su voz.

—Yo… me considero afortunado, digo —añade—, de estar con alguien así.

Martin levanta la copa.

—¡De estar prometido, querrás decir!

—Eso —se corrige Grant con la voz velada por una carcajada tímida.

Cuando la conversación en la mesa se desvía hacia temas más inocuos (una vez acallados los Fiorello, que cenan con remilgo), Grant inclina la cabeza hacia mí.

—Lo siento —murmura. Y no creo que se refiera a lo que acaba de suceder.

—Gracias —respondo. Y no me refiero a su disculpa.

Quienes están aquí esta noche son Rebecca y Nathan, no nosotros.

Y, ahora mismo, me siento bien haciendo de Rebecca y Nathan.

Mi mundo no se va a derrumbar porque lo admita.

Por eso, representando nuestro papel, me recuesto en su pecho cálido y él me acaricia la espalda con dulzura antes de rodearme con el brazo.

Pero conforme la cena continúa con su agradable murmullo a nuestro alrededor y yo me siento más cómoda y tranquila en esta situación, con sus dedos distraídos rozándome el brazo, todo fingimiento acaba por esfumarse.

Llevamos metidos en esto casi dos semanas; dos semanas de subidones de adrenalina constantes, alternando el horror con el frenesí. Sin embargo, esto es nuevo. Es la primera vez que me siento de veras en paz. Satisfecha. Apoyada.

Y hace que me dé cuenta de que lo que tengo aquí, lo que tengo de verdad, por debajo de todas las mentiras y los alias, por debajo incluso de estos estúpidos sentimientos, es un amigo.

No sé si la idea me calienta el corazón o me lo rompe.