Este libro puede matar Capítulo 20 #2
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Capítulo 20 #2

—¿Podías bajar un poco la velocidad? —le ruego a Grant en un momento en que Martin no nos oye. Espero que nuestra bicicleta tándem turquesa sea tan molesta de ver como lo es de montar—. No puedo seguir el ritmo de esas piernas kilométricas que tienes.

—Sabes que en realidad no tienes por qué pedalear, ¿no? —dice por encima del hombro—. Puedes estar ahí sentada y disfrutar de las vistas y no criticarme sin parar.

—No sé si te das cuenta, Grant, pero mis principales vistas son de tu espalda y tus hombros. —De las que estoy intentando por todos los medios no disfrutar.

Cuando Martin llega a nuestra altura, rompemos a reír como psicópatas.

—Anda, mira —digo dándole un golpecito a Grant en el brazo.

—Ay, los jóvenes enamorados… —dice Martin al pasar junto a nosotros.

Cuando regresamos, Grant se quita el casco que ha insistido en ponerse y me ha obligado a ponerme a mí, y cuando sus dedos rozan mi barbilla con suavidad, me cuesta Dios y ayuda no apartarlo de un manotazo o atraerlo más hacia mí.

Antes de ir a echarse una siesta, Martin nos desea una tarde espléndida con una sinceridad que me dan ganas de sacudirlo por los hombros y gritarle: «¡¡¡Mátanos de una vez!!!». El pánico se arremolina en mi estómago ante la perspectiva de quedarme a solas con Grant.

Por suerte, la pareja que estuvo enrollándose en el patio nos arrincona junto al jardín. Se nos presentan como Heather y Nicholas Fiorello, o @fiorellosinlove.

—Casi seiscientos mil seguidores en Instagram —dice Nicholas, y tanto él como su mujer cruzan los dedos de inmaculada manicura.

A pesar de que supuestamente «se mueren» por trabar amistad con otras parejas, apenas nos dejan meter baza durante más de media hora: nos cuentan la historia de su marca…

, es decir, de su relación. Es un no parar de «estilo de vida» por aquí y «autenticidad» por allá hasta que Heather me lleva a un aparte para hablar entre chicas.

—Bueno —comienza por decir con un tono tan sombrío como si me comunicase un diagnóstico fatal—. No he podido evitar darme cuenta de que no llevas alianza en el anular.

—Ah —respondo mirándome la mano, que luce de lo más normal—. Sí, pero los médicos dicen que no es grave.

—¡Ja! Qué graciosa. —Al sonreír, me deslumbra con sus dientes de blancura imposible, aunque no se le forma una sola arruga de expresión en la cara—.

Ahora en serio, que no te haya hecho la propuesta no quiere decir que no vaya a hacértela.

—Apoya una comprensiva mano en mi brazo—.

Pero hay un montón de formas de animarlo, ¿sabes?

Publiqué una serie en nuestro Insta: «Soltar indirectas sobre anillos de compromiso, darle un ultimátum a tu novio», ese tipo de cosas.

—Toca la pantalla de su teléfono, pero se detiene para dirigirme una mirada astuta—.

Por supuesto, nosotros ya teníamos nuestra proposición programada, pero el contenido es el contenido.

Dirijo una mirada a Grant, que frunce el ceño mientras soporta una perorata. Imagino que Nicholas está intentando convencerlo de lanzar un pódcast.

—Estaba pensando en acusarlo de malversación y chantajearlo para que me proponga matrimonio. ¿Crees que funcionará?

—Ajá… —responde sin escucharme—. Te etiquetaré. ¿Cuál es tu nombre de perfil?

Le respondo que es @consuertefuturaseñoradenathanbaker. Cuando no lo encuentra, le digo que me habrán bloqueado una vez más por ser demasiado adorable.

—A los envidiosos les encanta denunciarme la cuenta —añado—. Ya sabes cómo es la gente.

—Y tanto —responde negando con la cabeza en gesto de solidaridad—. De todas formas, no te preocupes demasiado por Nathan. Cuando un hombre mira como él te mira a ti, ya lo has pescado. Lo único que tienes que hacer es recoger el sedal.

Sin querer, observo al hombre que acaban de comparar con un pez condenado a muerte.

Me sobresalto cuando mis ojos se cruzan con los suyos, pero él no aparta la mirada.

Hay en ella una sutil dulzura que hace que sienta cómo se agrieta el suelo bajo mis pies.

Pero cuando abre los ojos en una silenciosa llamada de auxilio mientras Nicholas sigue hablando sin parar, las ganas de reír hacen que todo vuelva a la normalidad.

En cualquier caso, aunque conseguimos librarnos de los Fiorello, las palabras de Heather se me han clavado muy hondo.

«Cuando un hombre mira como él te mira a ti».

Nuestros ojos apenas se cruzaron un instante, pero ha bastado para desestabilizar mi centro de gravedad.

Ahora evito a toda costa el contacto visual, al mismo tiempo que lo miro de reojo en busca de esa sensación.

Insisto en llenar la tarde con las más platónicas de las actividades románticas que ofrece el Fin de Semana de los Enamorados: bádminton, pintura al aire libre, una vuelta al lago en el bote de pedales.

Mientras tanto, hago todo lo posible por controlarme.

Grant no es real. «No es real, no es real, no es real».

Solo que, en algún momento, ese mantra ha pasado de ser un recordatorio a un lamento.

Lo veo inspirar el aire fresco con los ojos cerrados al sol o reír ante sus horrorosos intentos de pintar los jardines y pienso que nunca lo había visto tan relajado, pero que todo es mentira.

No es real, y ni siquiera lo sabe. No termino de decidir qué sería peor: la crueldad de decírselo o la traición de guardar el secreto.

Me siento culpable, y desolada, y furiosa por haber permitido que me importe tanto.

Mi única opción es levantar un sólido muro de extravagancia tras el que protegerme.

Tras diez minutos de jugar, yo sola, a «adivina cuánto durará cada pareja» (un año es mi predicción más generosa), la tranquila satisfacción de Grant se ha convertido en irritación.

Mucho mejor. Si no se lo pasa bien y no parece que yo le caiga demasiado bien, todo duele menos.

Nos encaminamos hacia el estanque manteniendo una sana distancia entre nosotros, suficiente para que mis nervios se serenen y para retomar nuestro papel si Martin apareciera.

—¿Y si no fuera él? —pregunto mirando a mi alrededor.

La propiedad está salpicada de parejas que pasean sonrientes del brazo y con la cabeza apoyada en el hombro del otro.

Qué hartura de pasear, por favor—. ¿Estamos seguros de que es una persona sola?

Tengo la impresión de que esto está llenito de psicópatas.

—No son psicópatas. Son enamorados —responde Grant.

—Es lo mismo.

—Guau —señala con tono monótono al tiempo que me rebasa—. Cinismo. Eso es nuevo.

—Míralos, Grant. —Aprieto el paso para ponerme a su lado—. No es natural que una persona se obsesione tanto con otra. Es como si hubieran venido a darse palmaditas en la espalda por ser mejores que los demás. Detesto hasta hacerme pasar por uno de ellos. Es repelente y un rollo.

Grant se vuelve hacia mí, por lo que me detengo de golpe y me falta poco para chocarme con su pecho. Intento por todos los medios no parecer acalorada.

—En serio, Roxie, la que está un poco repelente ahora mismo eres tú.

Me quedo boquiabierta.

—¡Tú sí que eres repelente! —Esto es casi como decirle: «Rebota, rebota y en tu cara explota», pero a tiempos desesperados, respuestas desesperadas.

Me dirige una mirada lacónica y baja la voz.

—Lo estás pasando mal, lo entiendo. Yo tampoco puedo decir que me lo esté pasando en grande. Pero ¿es necesario que te pases refunfuñando cada segundo de cada minuto o crees que podrías parar para respirar de vez en cuando?

—¡Mira quién fue a hablar! —siseo—. La primera semana que pasamos aquí no hiciste más que quejarte.

—De los asesinos —susurra con aspereza mientras me fulmina con la mirada y baja la cabeza para ponerla a mi altura—. Lo único que haces tú es burlarte de gente que se está divirtiendo.

—¡Porque son insufribles!

—Porque son felices —replica cortando de un tijeretazo mi siguiente queja—. No sé cuál será tu problema, pero no se lo cargues a nadie. Si alguien aquí tiene complejo de superioridad, esa eres tú. Madura.

Me siento como si me hubiera abofeteado.

—Vete a la mierda, Grant.

Lo aparto de un empujón y camino como aturdida hacia el patio, con la mente llena de ruido estático. Por primera vez que recuerde, solo deseo volver a casa. No quiero seguir con esto. Casi ni sé por qué estamos aquí.

Entonces, al alzar la vista, me encuentro a Martin. Charla animado en medio del patio con Heather y Nicholas, radiantes y abrazados como si posaran para el catálogo de JCPenney.

Me giro de golpe, sorprendida por que sea Grant quien esta vez me alcanza. Parece algo mohíno, y en su entrecejo ha aparecido una nueva arruga, pero no tengo tiempo para descifrarla. Cuando abre la boca, lo corto.

—Martin… —murmuro señalándolo con un gesto de la cabeza—. Tenemos que hacer algo.

—¿El qué? —Grant frunce el ceño.

—No lo sé. ¡Algo! —me obligo a mascullar.

Nuestra reunión estratégica pronto se convierte en un intercambio de afiladas pullas entre susurros.

—Ni siquiera está mirando. ¿Qué quieres que haga?

—Me da igual.

—¿Por qué tengo que pensarlo yo?

—Grant, te juro por Dios…

Y entonces, con un «hay que joderse» entre dientes, me agarra el puño entre sus manos e hinca una rodilla.

—Rebecca Gwendolyn Vaughn… —Su voz reverbera en el aire, retumba en los muros de piedra y provoca un silencio inmediato y algún gritito ahogado en el patio. Hago todo lo posible por fingir sorpresa y me tapo la boca con la mano.

—¿Gwendolyn? —siseo. Aunque ha funcionado. Todos los presentes, Martin incluido, están pendientes de nuestra escenita.

Grant baja la voz para que solo nosotros dos podamos oírla y fuerza una mueca que, a distancia, espero que parezca una sonrisa.

—¿Me harías, por favor te lo pido, el hombre más feliz de la tierra aceptando clavarme un tenedor en la sien cuando vayamos a cenar?

—¡¡¡Sí!!! —chillo y, cuando una ovación jubilosa se extiende por el patio, me hundo las uñas en la palma de la mano—. ¡Sí, sí, mil veces sí!