Capítulo 20
A hora que he dormido junto a Grant y sobrevivido sin mayores contratiempos, me siento un poco más tranquila. Esta mañana, no lo veo todo tan negro.
Lo cual no es poca cosa, visto que hoy es el Día del Asesinato.
Decidimos desayunar en el comedor, pues es el mejor lugar para empezar a buscar a nuestro lobo solitario. Cuando ya me dispongo a salir, Grant apoya la mano en la puerta antes de que pueda abrirla.
—Espera, ¿qué vamos a decir cuando lo encontremos? ¿Cuál es el plan?
Me encojo de hombros.
—No lo sé. Improvisar. —Grant deja escapar una leve carcajada áspera que no me gusta demasiado—. ¿He dicho algo gracioso?
Se rasca la coronilla mirándome con expresión inocente.
—Es solo que… ¿estás segura de que no quieres tener a mano algún tema de conversación? Sin ofender, pero no eres la mejor actriz de improvisación del mundo.
Resoplo con desdén.
—Lo primero: eso es porque Ryan Stiles es el mejor actor de improvisación.
Segundo: si te estás refiriendo al Suecogate, eso sucedió hará unos ocho o diez capítulos por lo menos.
Y tercero: tengo experiencia de sobra escuchando comentarios condescendientes en relaciones.
Lo tengo controlado, me conozco el percal.
—Me parece bien. —Alza las manos en un gesto de rendición—. A diferencia de conocer el idioma sueco, porque ni sabías lo que era Suecia.
De camino a la puerta, practico mi habilidad para el arte dramático lanzándole una mirada asesina sin que apenas asome la diversión en mis ojos.
La búsqueda de nuestro objetivo no se alarga demasiado; de inmediato lo vemos en el comedor, rodeado de parejas que charlan mientras comen tortillas y macedonias.
Está sentado en una mesa para cuatro con un vaso de zumo de naranja, un plato con tostadas y un ordenador portátil como toda compañía.
Grant y yo nos acercamos de la mano. Se me da fenomenal hacer caso omiso de la corriente que me asciende por el brazo cuando me toca.
He decidido que todo está bien. Mientras mantenga la guardia alta y me concentre en la misión, no me distraeré.
Esto no es más que un papel. No es nada.
Además, fingir estar enamorada podría ser un juego peligroso, pero ¿fingir ser la peor persona de la historia? Eso sí puedo hacerlo.
—Perdone —digo con una voz demasiado alegre para esta hora previa a la cafeína—. ¿Estos asientos están libres?
El hombre alza la vista sorprendido. Hay tres mesas vacías a nuestro alrededor, como mínimo, pero sonríe y señala las sillas frente a él con un gesto.
—¡Todas suyas!
Le damos las gracias con profusión y nos sentamos en el momento en que Paul llega para tomar nota del desayuno. Grant pide gofres para compartir. Yo añado café y me vuelvo hacia nuestro compañero de mesa, que teclea feliz frente a nosotros.
—Soy Rebecca —digo, antes de darle una palmadita a Grant en el brazo— y este es Nathan.
El hombre sonríe y nos tiende la mano.
—Encantado de conoceros. Yo soy Martin.
—Un placer, Martin —El hombre me estrecha la mano con firmeza.
Cuesta imaginar que esas amigables extremidades sean capaces de acabar con la vida de nadie.
Me figuro que eso significa que es bueno en lo suyo—.
Y bien, ¿qué te trae a la posada de Bluebird Hill?
¿Y justo el Fin de Semana de los Enamorados?
—¡Una feliz casualidad! —Cierra el portátil entre risitas—. Reservé la estancia antes de que anunciaran el tema del fin de semana. Parece un sitio estupendo para una escapada en pareja.
—Sí que lo es —responde Grant. Le dirijo el tipo de sonrisa reservada a los presentadores de televisión de los años cincuenta, pero la que él me devuelve es sincera.
Es una sonrisa que implica que nuestra cama no estuvo dividida por almohadas anoche, y que recuerda lo que allí sucedió con ternura.
Me rodea los hombros con el brazo y se vuelve hacia Martin—.
Tal vez para la próxima. ¿Tienes a alguna persona especial esperándote en casa?
—Me temo que soy yo solo —responde con la jovialidad acostumbrada—. Bueno, tengo a mi gato, Frankie. Normalmente es la única compañía que necesito.
—¿Sabes? Siempre he pensado que los hombres con gato son los héroes más subestimados de este mundo —dice Grant.
Martin y él se ríen.
—Y yo siempre digo —tercio— que si tanto le gustan los gatos, debería casarse con uno. ¡Me sorprende que no lo haya intentado!
Grant se limita a reír más fuerte y me atrae hacia él. Las carcajadas de Martin amainan hasta quedar reducidas a un leve rumor.
—Eso no quiere decir, por supuesto, que no esté dispuesto a renunciar a la vida de soltero con gato si apareciera la chica apropiada.
Me carcajeo con odiosa superioridad.
—¿Y quién te lo reprocharía? No hay nada como encontrar a tu media naranja. —Alargo la mano hacia la mejilla de Grant, pero fallo, le toco una oreja con torpeza y, al querer corregir la trayectoria, me paso y le meto el dedo en el ojo. Noto cómo intenta no encogerse.
—Realmente es… la sensación más maravillosa —se obliga a añadir antes de apartar mi mano y entrelazarla con la suya.
—Me alegro por vosotros —responde Martin, y parece decirlo en serio. Se apoya en los reposabrazos y se inclina hacia delante—. ¿Cómo os conocisteis?
—Ay, fue muy gracioso —contesto, y miro a Grant. No me puedo creer que se nos olvidara acordar esta parte—. ¿Quieres contárselo tú, cari?
Grant le sonríe a Martin.
—Todo empezó cuando robó el taxi en el que iba.
—Por accidente —corrijo, sonriente. Agarro a Grant de los hombros y lo sacudo con vigor—. Y él pensó de inmediato que era la mujer más molona del mundo. ¿A que sí, amorcito?
Él se ríe.
—No recuerdo haberlo dicho así…
—Anda que no. Palabra por palabra. —Me vuelvo otra vez hacia Martin y le doy un toque en su portátil—. Bueno, ¿y has decidido trabajar a tope durante este viaje a solas?
Se sonroja un poco.
—De hecho, me he organizado una especie de retiro de escritura.
—¿Eres escritor? —pregunta Grant con interés genuino. Demasiado genuino—. Fuera de bromas. Yo soy…
—Neurocirujano —le recuerdo enarcando las cejas—. Que no se parece en nada al oficio de escritor, ¿verdad, cariñín?
—Verdad —responde retomando el personaje—. Aunque me han llegado a llamar el Ernest Hemingway del quirófano.
—Ah, ¿sí? —Martin se inclina con interés—. ¡Qué interesante! ¿En qué sentido?
La expresión petrificada de Grant es agradable, pero tras sus ojos veo el pánico de quien se ha pasado de la raya con la improvisación.
—En que soy muy bueno —termina por responder.
—Sí que lo es —añado, al tiempo que me arrimo a toquetearle el cuello de la camisa—. De hecho, me salvó la vida. Fue así como nos enamoramos.
Martin frunce levemente el ceño.
—¿No decías que os conocisteis en un taxi?
—Sí, pero me bajé enseguida —me apresuro a responder—. Fue accidentado. —Martin asiente con un gesto de confusión cortés, antes de volver a concentrarse en su tostada. No puedo resistir la oportunidad de acercarme al oído de Grant y susurrar—: Así es como se hacen las cosas.
Paul nos trae el desayuno y seguimos charlando con Martin, sin dejar de recurrir a todas nuestras armas.
El problema es que Grant y yo debemos de tener un concepto de «arma» distinto.
Yo empleo ese tipo de afecto performativo diseñado para sacar de quicio al de enfrente; Grant es demasiado sincero e íntimo.
Mientras que yo no paro de llamarlo «cariñito» y de lanzarle indirectas a Martin sobre su soltería, Grant tan solo mantiene la cercanía conmigo: juguetea con mi pelo, me acaricia la espalda.
¡Pero si Martin ni siquiera puede verme la espalda!
El único momento en que Grant participa de mi estrategia es cuando me acerca un pedacito de gofre a la boca y luego me limpia un poco de sirope de los labios con la yema del pulgar.
Pero su leve carcajada hace que el gesto resulte más dulce que cursi y que el corazón me dé un desafortunado vuelco.
Aun así, si fuera una observadora independiente, imagino que ahora mismo estaría pensando: «Buscaos una habitación». Pero Martin ni se inmuta. De no sospechar nada, diría que está encantado con nosotros.
Solo cuando empieza a decirnos que ha sido un absoluto placer desayunar con nosotros y se excusa porque quiere ir a montar en bici, me pregunto si estamos empezando a irritarlo.
—Pásalo bien —le dice Grant con un atisbo de decepción en la voz.
Tras despedirse de él con un gesto de la mano, vuelve a rodearme los hombros con el brazo y a acariciarme el cuello. Soy muy consciente de mi piel y la suya, y es una lástima que en nuestras misiones anteriores no haya habido más contacto físico.
Y la sola idea dispara una alarma en mi cerebro, en el que de pronto suenan las sirenas y ondea una enorme bandera roja.
Ahora que Martin no está, solo queda Grant.
Y cuando solo queda Grant, cada sentimiento se ve multiplicado por mil. Un roce accidental se vuelve eléctrico. Cada cruce de miradas me corta la respiración. Hasta compartir espacio con él resulta peligroso.
Mientras contempla a Martin alejarse, sus ojos se topan con los míos y se fija en mi expresión preocupada.
—¿Qué pasa?
—Vamos a fastidiarle el paseo en bicicleta —digo al tiempo que me zafo de Grant—. Por supuesto.
En la vida me he encontrado a nadie tan fastidiosamente imperturbable como Martin.
Cualquiera pensaría que el que se te peguen un par de desconocidos pesados e interrumpan tu bucólica soledad te irritaría un poco, pero a él no.
Él acepta la compañía de buen grado. Cuando sacamos las bicis estaba silbando.
Y ahora sonríe de oreja a oreja con el rostro al sol, cual bigotuda fräulein Maria, mientras pedaleamos por la campiña.
Ha decidido apostar al largo plazo y a mí la paciencia se me va agotando por segundos.