Capítulo 19
L a posada de Bluebird Hill, una mansión de piedra escondida entre colinas y árboles que ya muestran los colores de la primavera, es una fantasía envuelta en hiedra.
La odio con todas mis fuerzas.
Además del plan para impedir los asesinatos, yo también he trazado uno: resistirme al romance en toda ocasión. No voy a caer víctima de los trucos de Anna. Aunque tenga que fingir en aras de la lucha contra el crimen, dejaré mis emociones de lado. No hay otra.
Nos registramos con las identidades que nos han asignado: Rebecca Vaughn y Nathan Baker, una planificadora de eventos y un médico que se han tomado un descanso de su ajetreada vida en Nueva York.
En realidad lo que nos han asignado son los nombres; el resto me lo he ido inventando mientras trataba de distraerme para no marearme durante el trayecto de dos horas por el lado equivocado de la carretera.
No sabría decir si he fracasado o si mis náuseas se deben a otros motivos.
—¡Muy bien! Vuestra habitación es la del Abejorro —nos explica Wendy, la alegre propietaria, cuando nos entrega las llaves en la recepción.
Hace poco que abrió el establecimiento con su marido Paul, y no para de cantar las alabanzas del lugar y asegurarnos que nos va a encantar—.
La última reservada para este fin de semana, pero, si se me permite la expresión, ¡una de las mejores!
—¿Y seguro que solo hay una cama? —pregunto.
Grant me mira y carraspea con fuerza.
—¡En efecto! Una preciosa cama de matrimonio antigua. Muy acogedora. —Nos guiña un ojo.
Como alguien más lo haga, se lo voy a sacar de cuajo; así tendrá motivos para guiñar.
—Es que… —sonrío—, aunque nos amamos con locura, preferimos dormir separados. Ya sabe que la distancia hace que los corazones latan más fuerte y todas esas cosas. ¿Tal vez haya un sofá en la habitación, o podamos poner un catre para él en alguna parte?
—¿O para ella? —replica Grant dándome una palmadita en el hombro con más fuerza de la estrictamente necesaria.
Wendy sigue sonriendo radiante cual sol matutino, aunque algo cohibida.
—¡Qué modernos! Sofá no hay, pero como nos estamos preparando para el Fin de Semana de las Reuniones Familiares, hemos pedido un montón de camas supletorias.
Me relajo un poco. Puede que esté exagerando.
—Aunque todavía no han llegado.
Pues no.
Grant le asegura a Wendy que todo está bien y le da las gracias antes de alargar la mano para tomar la mía mientras nos alejamos. Me la guardo en el bolsillo.
—Roxie… —me advierte entre dientes.
—Rebecca —siseo yo.
—Tienes que interpretar tu papel.
Saco la mano a regañadientes y se la doy con flojedad, pero él la toma en un gesto cálido y firme.
Grant tiene muy buenas manos: dignas y fuertes, con dedos que quedarían de fábula danzando sobre las teclas de un piano o manchadas de tinta mientras sostienen una estilográfica.
También resultan peligrosamente confortables alrededor de las mías.
En nuestra habitación, para sorpresa de nadie, abunda la decoración apícola.
Y cuando digo que abunda es que abunda. Todo encantador y de buen gusto, por descontado, pero no creo que haya un solo objeto que no tenga un abejorro grabado, pintado, bordado, tallado o plasmado de alguna otra forma.
La única excepción es la cama, cuyo cabecero de madera no solo tiene grabadas abejas, también cigüeñas. Muy sutil.
Soltamos el equipaje y revisamos la estrategia, que consiste en una lista de irritantes bobadas de parejas. Llamarnos por algún apelativo cariñoso, darnos de comer, referirnos a «nosotros» más de lo necesario… Las voy repasando mientras camino por el cuarto.
—¿Algo más? Pero que sea de verdad irritante.
—¿Más que intentar conversar con alguien que va de un lado a otro como un pinball humano?
Me paro y lo fulmino con la mirada.
—En caso de duda, supongo que podemos hacer lo que los demás, pero exagerándolo —dice antes de detenerse—. ¿Qué opinas de besarnos?
—No. ¿Qué? —Los oídos me pitan y me siento como si me hubiera tragado un balón—. No creo que sea necesario.
Grant achica los ojos.
—¿Por qué estás tan rara?
—No estoy rara. —Estoy rarísima.
—Sí que lo estás. Mira, no me puedo creer que sea yo quien vaya a decir esto, pero tienes que calmarte. Si la imagen de parejita feliz no cuela, el tipo este va a intentar matar a otra. Así que, sea lo que sea lo que te pasa, supéralo, ¿vale?
Me pilla de sorpresa; puede que hasta me moleste un poco, lo cual podría jugar a mi favor: las cosas no pueden ponerse demasiado románticas si me concentro en sacarlo de quicio.
—Vale —respondo.
Grant asiente cortante.
—Bien.
Suelto un suspiro exasperado y me precipito hacia la puerta, agarrándole de la mano por el camino.
Tras nuestro paseo al atardecer, hemos hecho recuento: diez huéspedes emparejados, un lago con seis botes de pedales, un jacuzzi en una rosaleda, dos cobertizos (uno con caballos y otro con bicicletas) y cero seres solitarios con pinta de asesino.
Por un segundo me pareció advertir una pista. Había una mujer sentada sola en un banco, pero enseguida se le acomodó al lado un hombre con dos chocolates calientes y le tendió uno. Ella ahogó un gritito de emoción.
—¡Gracias! —exclamó con voz cursi—. Espera, aléjate y ven otra vez para que pueda grabarlo.
La mujer sacó el teléfono y él se apartó del encuadre para revivir la escena; luego se besaron durante más de un minuto y medio en modo selfi. Diría que son la pareja a batir.
La ronda de reconocimiento continúa a la hora del cóctel en el patio, resplandeciente con sus braseros de sobremesa y sus guirnaldas de luces.
Mientras observamos con discreción a cada recién llegado, con un par de copas de cabernet en la mano, Grant alarga la suya por encima de la mesita de café y cubre la mía.
En respuesta, le doy un buen trago a mi vino.
—¿Qué haces? —masculla Grant sin dejar de sonreír—. Nada de beber. Debemos permanecer alerta.
Por el amor de Dios, de verdad que tengo que calmarme. Bajo la copa y escupo con delicadeza el vino en ella. Grant me da una palmadita en la mano.
—Qué elegancia.
Estoy a punto de soltarle un improperio cuando alguien me llama la atención: un hombre de mediana edad con gafas y expresión agradable, solo. Camina con parsimonia hasta una mesa vacía con un cóctel y un libro en rústica.
—Hey —llamo a Grant—. A las tres en punto. —Él mira en sentido contrario—. Las «otras» tres en punto.
Los ojos de mi compañero se desvían en todas las direcciones posibles antes de posarse sobre el huésped solitario.
—Para mí son las nueve en punto —murmura—. Las posiciones del reloj no funcionan cuando uno está enfrente…
—Lo que tú digas. ¿Podría ser nuestro hombre?
Miramos de reojo al tipo, que se acomoda y se pone a leer y a dar sorbitos.
—No lo sé —reconoce Grant—. Parece demasiado feliz.
Entiendo a qué se refiere. Con las arruguitas alrededor de los ojos y orondo cual Papá Noel, transmite una honda satisfacción con su vida. No parece afectado por verse solo en un mar de parejitas acarameladas que se susurran bobaditas.
Lo que, ahora que lo pienso, sí que hace que parezca un psicópata.
—¿Formará parte de su papel? —sugiero.
—Puede —responde Grant en voz baja—. ¿Qué está leyendo? ¿Es algo que leería un asesino?
—¿Y qué leería exactamente un asesino, Grant?
—No lo sé, Roxie. —Suelta un suspiro exasperado—. Lo que quiero decir es que tal vez active nuestras alarmas.
—Ahora que lo dices, sí que parece Asesinato para dummies . Ah, no, espera, que es Guía fácil para apuñalar a la gente hasta matarla .
—Vale, perdóname por pensar que deberíamos prestar atención a los detalles. Estamos dentro de una novela negra, ¿sabes? Podría haber pistas por todas partes. Podría haber mensajes ocultos. Podría… Huy, nos está mirando.
A decir verdad, hemos empezado nosotros, él tan solo nos ha descubierto. Grant y yo le dirigimos sendas sonrisas enormes y dentonas al tiempo que levantamos nuestras copas. El tipo mira a su espalda para ver con quién brindamos y, como no hay nadie, nos sonríe alegre y levanta la suya.
—Vale —digo—. Creo que es nuestro objetivo.
Grant no pierde el tiempo y, con descaro, entrelaza nuestros dedos, lo que me provoca una sacudida. Es que me ha pillado desprevenida, solo eso.
—Relájate —me dice al tiempo que me sacude un poco la mano. Sonríe, aunque distingo una chispa de advertencia en sus ojos—. Tal vez podrías mirarme como si nos conociéramos de algo.
—Tal vez podrías no decirme cómo debo comportarme —respondo con dulzura, subiendo con los dedos por su brazo hasta clavarle uno en el hombro.
Pero Grant, por una vez en la vida, se muestra imperturbable. Me toma la mano y se inclina despacio por encima de la mesa. Las guirnaldas luminosas salpican sus ojos de motas doradas.
Mi corazón desbocado se acelera aún más conforme Grant se me acerca y sus ojos se detienen en mis labios.
Me sujeta la barbilla con un dedo y me alza la cara hacia la suya.
Me aterroriza que se haya olvidado de la prohibición de besarnos, pero, con todo, no puedo evitar cerrar los ojos por la anticipación.
Entonces su boca se desvía hacia mi oído.
—¿Está mirando? —me susurra, y su cálido aliento me provoca un escalofrío involuntario.
—¿Qué… quién…?
Ah, vale, sí. Miro de reojo la mesa del hombre.
—Mierda —exclamo con voz algo ahogada—. Se ha ido.
—Maldita sea. —Grant se deja caer en la silla—. Puede que lo hayamos puesto demasiado incómodo.
Recorro el patio con la mirada, aunque no lo veo por ninguna parte. La pareja del chocolate caliente de antes está justo detrás de nosotros, compartiendo una nueva serie de besos babosos delante del teléfono.
—Puede que no hayamos sido nosotros.
Grant sigue la dirección de mi mirada y arruga la cara.
—Tenemos que hacerlo mejor —señala, y el traidor de mi corazón da un vuelco.
El patio se va despejando, así que sugiero que busquemos a mister Solitario, pero porque soy de lo más diligente con mi trabajo, no porque intente posponer el regreso a nuestra habitación con una única cama.
No se lo ve por ninguna parte. Recorremos la propiedad entera hasta que nuestros pasos se ralentizan y se nos acaban los lugares que registrar.
No nos queda otra que dar la jornada por concluida.
Cuando llegamos a la habitación, ya me han traído las almohadas extra que pedí, por lo que las dispongo a lo largo del centro de la cama como tabique. Grant me mira confuso.
—¿Qué? —Empiezo a ahuecarlas—. Me gusta tener espacio personal cuando duermo, Grant. Denúnciame si quieres.
—Lo que tú digas.
La verdad es que, a partir de ahí, no decimos gran cosa. Nos turnamos en silencio a la hora de cambiarnos y lavarnos los dientes; luego nos retiramos a nuestros respectivos lados de la cama. Grant alarga la mano para apagar la luz.
—Buenas noches —dice.
—Buenas noches.
Cuando me despierto por la mañana y veo que las almohadas siguen intactas y yo estoy en mi lado y Grant en el suyo, pienso: «Bien, como tiene que ser».