Este libro puede matar Capítulo 18
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Capítulo 18

L isa, que ha aprendido del mejor, ha bautizado a este asesino como el Ejecutante de Amantes. Se trata de un tipo solitario al que dejaron, por lo que su objetivo son las parejas locas de amor, como no podría ser de otra manera. Las estrangula, les abre el pecho y les arranca el corazón.

Lo que cada vez se me antoja más como la forma ideal de pasar un fin de semana.

—Mañana por la noche es la fecha fijada para el crimen —nos explica Lisa—, por lo que Lesley irá directo desde la conferencia y nos veremos allí.

Vosotros dos partiréis hoy para ir preparándolo todo: os registráis, reconocéis a los objetivos, lo de siempre.

¡Os he conseguido la última habitación disponible, pedazo de suertudos!

Yo no lo llamaría suerte. Suerte sería que me cayera encima un yunque para no poder ir.

—Bueno… —prosigue Lisa, tratando de parecer seria, aunque sigue sonriendo de oreja a oreja—, es el Fin de Semana de los Enamorados en el hostal.

«Mátame, camión».

—Así que habrá un montón de potenciales víctimas. Es vital, literalmente, que seáis los más tortolitos para llamar la atención del Ejecutante, ¿entendido?

Grant mira en mi dirección; yo sigo con la vista fija al frente, intentando hacer caso omiso de cada centímetro que nos separa.

—No os pueden superar —continúa—. Participad en todas las actividades, daos la mano, mostraos felices hasta la náusea cuando estéis rodeados del resto de los clientes. —Se inclina hacia delante y baja la voz—: Una vez a solas, en fin, ya depende de vosotros.

Nos guiña el ojo. El ojo nos lo guiña de verdad.

—Puaj —replico mirándola con los míos como platos.

—¿«Puaj»? —Grant me mira ofendido antes de volverse hacia Lisa—. Entendido. Cariñitos por el día, camas separadas por la noche.

Lisa calla.

—¿Qué pasa? —quiero saber.

Nuestra asistente levanta la vista al techo y abre la boca para hablar, pero vacila. Parece no tener prisa en escoger las palabras. Un horror incipiente comienza a correr por mis venas como agua helada.

—Habrá camas separadas en la habitación… —digo con lentitud—, ¿verdad?

Una sonrisilla pícara de falsa inocencia va aflorando en su cara.

—Es un lugar muy popular, ¿vale? Y está concebido para…

—¿Cuántas camas hay, Lisa?

—Una —termina por admitir. En su sonrisa se dibuja una falsísima curva de disculpa, pero no lo siente en absoluto. Si escuchara con atención, seguro que oía la canción de «Casamentera» sonando en su cabeza.

Pero, por lo que se ve, no consigo ir más allá del zumbido que siento en los oídos.

—No pasa nada —señala Grant mientras se incorpora—. Somos adultos. Podemos compartir una cama sin que se desate el apocalipsis. —Me tiende la mano para ayudarme a levantarme del sofá, pero finjo no verla y lo hago sola.

—Si tú lo dices… —gorjea Lisa poniéndose en pie—. Pero recordad: sed monísimos, dad vergüenza ajena, haced que ese celoso asqueroso os quiera muertos. ¿Entendido? Entendido.

Sale trotando de la habitación antes de que pueda protestar.

—Bueno, debería ser divertido —comenta Grant.

No sé si es sarcasmo o lo dice de veras, y no sé qué preferiría. La cabeza me da vueltas. No puedo mirarlo a los ojos.

—Mmm —gruño antes de excusarme e irme a preparar la maleta.

Me siento mareada mientras camino hacia mi cuarto.

Para cuando llego, cierro la puerta y apoyo la espalda en ella, casi no puedo respirar.

Uno pensaría que un giro de guion es como ir en un tren que de pronto cambia de vía, pero no.

La sensación es otra. Se parece más a perder el pie mientras bajas las escaleras y precipitarte al abismo.

Cuando has leído suficientes novelas románticas, terminas por aprender que hay cosas que no suceden en ningún otro género. Como enamorarte de un amigo anónimo por correspondencia o quedarte atrapada en un ascensor con tu archienemigo buenorro.

O tener que hacerte pasar por la pareja de alguna persona y compartir cama con ella.

Lo cual significa que Anna Matthews no ha abandonado por completo su género habitual; tan solo le está dando un nuevo enfoque.

Esto no es un thriller criminal, ni siquiera es una comedia criminal.

En algún punto de esta mezcla frankensteiniana de géneros, también está escribiendo una historia de amor.

Y, en el fondo, hay un personaje al que ha creado con este único fin: Grant.

No está aquí por casualidad. Nunca ha sido un espectador inocente que se ha visto inmerso en esta pesadilla de manera accidental. Formaba parte del plan de Anna desde el principio, está diseñado para conquistarme con sus sonrisas renuentes, su aguda inteligencia y su inquebrantable camaradería.

No me he pillado; me han tendido una trampa. Y he caído como una tonta.