Este libro puede matar Capítulo 17 #2
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Capítulo 17 #2

—Mis métodos —Lesley ríe por lo bajo— no le suponían mayor problema cuando lo beneficiaban.

Pero se produce un pequeño contratiempo durante la persecución de un sospechoso y, de pronto, soy «un lastre» y «un obstáculo para la justicia».

—Pone los ojos en blanco—. En serio, por estrellar un coche patrulla.

Ni que no tuvieran más. —Borra el recuerdo con un gesto de la mano—.

En fin, mejor así. Me puse por mi cuenta, contraté a Lisa y aquí estamos.

Al final me va mejor sin las trabas que Wally me ponía.

Por ejemplo, mira lo del grupo de Facebook: lo descubrí cuando a un asesino idiota se le cayó el teléfono en la escena del crimen.

Otro lo llamaría manipular pruebas; yo lo llamo un filón.

Si Wally lo hubiera encontrado, lo habría envuelto en plástico y cinta roja, y habría dejado que se pudriera en el almacén de la policía.

Chasquea la lengua y niega con la cabeza, apenado por la situación.

—Te garantizo que, si Grant y tú no le hubierais avisado, jamás habría atrapado al Raptor. Se limitaría a investigar en los círculos habituales, sin arrestar a nadie y amenazando con arrestarme a mí por interferir con la justicia.

—¿Por qué no lo hace? —pregunto—. Sin ofender, pero diría que tiene base para detenerte.

—Por favor… —Lesley se carcajea—. Me debe demasiado, y jamás se arriesgaría a revelar el secreto tras sus anteriores éxitos. Ahora prefiere fracasar solo que triunfar con mi ayuda. Es como si no quisiera que se resolvieran los crímenes.

Vuelvo a recordar mi encuentro con Wally, cómo parecía especialmente furioso porque alguien hubiera dado con una pista clave para su investigación. Cómo hizo callar a Howard cuando estaba a punto de darnos información sobre mister Page.

Lesley se da una generosa palmada en el muslo y se vuelve hacia mí con expresión optimista.

—En fin, eso es agua pasada. ¿Quién necesita a un policía acabado cuando tiene a un equipo estrella de cazadores de asesinos?

—Hasta ahora hemos cazado un total de cero asesinos —señalo.

—Teniendo en cuenta las circunstancias, estamos haciéndolo genial —repone—. Uno de estos días le entregaremos a mister Page y Wally se dará cuenta de lo mucho que metió la pata.

Siento una oleada de orgullo por nuestra pequeña tropa. Sea real o no, es agradable formar parte de algo y poder ayudar a Lesley en su búsqueda de la redención.

Me señala con un gesto de la barbilla.

—Te toca, Dwayne «The Rox» Johnson. ¿Qué hay en esa cabecita tuya?

—Ah… —Me estaba gustando lo de no pensar en mis propios problemas, pero se acabó la pausa—. Es una tontería.

—Seguro —responde Lesley—. Una tontería que te ha hecho correr quince kilómetros.

Hay algo en sus ojos y en el modo en que ladea la cabeza que me hace preguntarme si no sabrá más de lo que da a entender. Pero, de ser así, se conforma con guardárselo. Al cabo de un instante de silencio, se levanta de la mantita y sacude la rodilla rígida.

—Tengo que instalar un banco —comenta con un gruñido—. Con lo que me gusta un buen banco.

Se retira un par de briznas del pantalón antes de ayudarme a levantarme. Yo recojo la mantita y empezamos a doblarla juntos.

—No quiero meterme donde nadie me llama —señala mientras unimos las esquinas—, pero te voy a dar un consejo para las cosas que te hacen querer huir.

—¿Cuál?

Me mira por encima de las gafas con una chispa en sus ojos azul grisáceo.

—Prueba a no huir y ver qué pasa.

Cuando salimos a la calle, Lesley llama a un taxi con un gesto. Es solo para mí. Él participará en una convención sobre crímenes sin resolver en Birmingham hasta mañana por la tarde, a menos que algo emocionante lo haga regresar antes, pero me asegura que hasta entonces Lisa vigilará el fuerte.

Lo veo encaminarse a grandes zancadas hacia la estación de metro con su bolsa de viaje, el libro y la mantita bajo el brazo.

«No es real», me recuerdo. Pero mientras me alejo en taxi y Lesley se suma a la corriente de peatones, siento una calidez en mi pecho, una nueva y minúscula punzada, al preguntarme cuánto tardará en esfumarse por completo.

Ni siquiera me ha dado tiempo a cerrar la puerta cuando aparece Lisa y me provoca un tirón al arrastrarme del codo hasta el despacho de Lesley.

—¡Llegas en el momento perfecto! —canturrea antes de volverse y gritar—: ¡Grant! ¡Al despacho!

El pánico me atraviesa como un disparo cuando lo veo bajar las escaleras con paso lento y una expresión aprensiva que se alivia un poco cuando me ve.

—Hola —me saluda al llegar al pie. Esboza una sonrisa, leve pero sincera, que convierte mi corazón en uno de esos emojis con corazoncitos en los ojos; demasiados corazones para un corazón solo.

—Hola. —Intento comportarme con desenfado, pero me paso y le arreo un puñetazo en el hombro. Él frunce el ceño y se frota el punto dolorido—. Perdón. Es la adrenalina de entrenar.

Nos acomodamos en el sofá frente a Lisa, Grant en su lugar habitual y yo tan lejos que puede que quede encajada entre el cojín y el reposabrazos. Lisa está sentada en el borde de su asiento y tamborilea con su manicura lila sobre las rodillas. Parece a punto de estallar en una explosión de confeti.

—Entiendo que hay una nueva misión —dice Grant.

—¡¡¡Sí!!! —canturrea.

Que Lisa esté emocionada no es nada nuevo, pero esta vez parece distinto. Es como si hubiera mutado en un colibrí alimentado con Peta Zetas. Ya estoy viendo a la editora de Anna pidiéndole que le baje el tono en general.

Hago un gesto a Lisa para que vaya al grano.

—¿En qué consiste?

Reprime una sonrisa, deja escapar un gritito y sus ojos verdes van de mi cara a la de Grant. Inhala y exhala, tratando de serenarse, y hace todo lo posible por continuar con cara inexpresiva.

—Tenéis que ir a un romántico bed and breakfast en los Cotswolds, ¡este fin de semana!