Este libro puede matar Capítulo 17
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Capítulo 17

E s un bonito día en la ciudad de Londres y he salido a correr, y todo está bien, pero que estupendamente bien, porque no me he pillado por Grant y por eso salgo a correr como siempre, con normalidad.

¿La noche esa en el parque, en la que apenas he pensado durante los tres días y once horas transcurridos desde entonces?

Aquello no fue más que un pequeño desliz debido a esos raros momentitos de vulnerabilidad y no se va a repetir.

Porque todo ha vuelto a la normalidad. Y no me he pillado por Grant.

Y lo sé por la absoluta normalidad con la que he salido a correr.

Paso junto a un autobús estacionado en medio de la calle. Qué curioso. Entonces me doy cuenta de que no está aparcado, sino circulando a una velocidad normal y que soy yo quien, de hecho, lo ha adelantado.

Solo al detenerme de golpe me percato de que mis pulmones están tratando de incinerarme desde el interior. Joder. Esto no está funcionando.

Apoyo la espalda en un edificio a la sombra y siento el frescor de los ladrillos. En ese instante de silencio, solo interrumpido por mi respiración entrecortada y mi corazón palpitante, la mentira se derrumba como un castillo de arena.

Me he pillado por Grant como una imbécil.

No puede ser. Por lo general, yo no permito que estas cosas pasen.

Un poco de flirteo en vacaciones está fenomenal, pero ¿sentimientos?

¿Sentimientos de verdad, y por alguien que vive en la misma ciudad que yo (si es que alguna vez volvemos, claro)?

Podrían verse rechazados o, lo que es peor, correspondidos.

Y los sentimientos correspondidos tienen la manía de convertirse en relaciones.

Y las relaciones tienen la manía de romperle el corazón a la gente y arruinarle la vida.

Motivo por el que, normalmente, se me da de vicio mantener alejado el corazón. Pero Grant se me ha colado por dentro. Me ha pillado con la guardia baja, me ha engañado para que lo conozca y lo aprecie antes de poder darme cuenta de que podría haber algo entre nosotros.

Y lo peor es que no puedo huir y punto. Estamos atrapados en esta historia a vida o muerte, y la atracción irá a peor, lo sé.

Tenemos que seguir entrenando a diario. Hemos practicado la mayoría de las maniobras de defensa básicas, así que ahora cada mañana tengo que buscar movimientos que enseñarle y que no impliquen un contacto físico cercano.

Me he pasado dos días enteros mostrándole cómo quitarle un arma a alguien de una patada, lo que casi nunca es la respuesta.

Hemos dedicado horas a conceptos vagos como «usar lo que uno tenga a mano» o «mantener el efecto sorpresa», evitando, por supuesto, cosas como «intentar escapar cuando una está aplastada contra el suelo por un rival hasta que el momento da un giro radical y, de pronto, os estáis besando».

Y luego tenemos a Lisa, con su vista de lince y su movimiento de cejas cada vez que Grant y yo nos atrevemos a mirar al otro, aunque sea de reojo.

Le escribo un mensaje de texto a Steph («SOCORRO, me he pillado por un tío»), pero lo borro, porque sé lo que me va a decir. Algo del tipo: «¿Prefieres que en la boda lea un fragmento de la carta a los Corintios o de Crepúsculo : Amanecer ?».

Me obligo a inspirar por la nariz y exhalar por la boca.

Decido que todo va a ir bien. Que todo está bien, porque soy una adulta con autocontrol.

¿Qué más da que me haya pillado un poquitín?

No tiene por qué enterarse nadie. Hasta puedo convencerme para que se me pase.

Grant no es más que mi cómplice en la típica historia de dos compañeros que resuelven crímenes.

O que los impiden, vaya. Me gusta, pero como colega; es sobre todo una cuestión de instinto de supervivencia.

No hay más. Me lo repito como si fuera un mantra: «No hay más».

Continúo corriendo sin prisa («sin prisa, ¡sin prisa!

, ¡¡¡sin prisa!!!», me advierto en silencio) y me concentro en los motivos por los que no siento nada por Grant.

Lo juzga todo. Es un sabiondo. Y un manojo de nervios.

Lo veo en la forma en que se frota el mentón, en que le tiemblan las manos un poco cuando está ansioso.

Pero de todas formas lo intenta. Siempre lo intenta.

Y en sus ojos aparece una expresión resuelta, aunque esté muerto de miedo, porque está decidido a ayudarme y a estar siempre a mi lado.

No podría desear un mejor compañero de equipo en esta historia; no hay nadie que me haga sentir tan inundada de sol como él cuando esboza esa sonrisa renuente…

Vale, sí, no. Esto tampoco está funcionando.

Corro hasta llegar al cementerio. No sé si será de mal gusto correr por un cementerio, pero tal vez reflexionar sobre la mortalidad y encontrarme entre difuntos y empaparme de su sabiduría me dará un pequeño respiro.

Me siento de lo más irritada con todos los difuntos y lo poco que me están ayudando cuando, por fin, veo algo que me saca del torbellino en que se ha convertido mi cerebro.

Sentado sobre una mantita delante de una pequeña lápida, con un libro en la mano y un bolso de viaje de cuero al lado, está Lesley.

Sorprendido, suelta el libro cuando me ve aproximarme.

—Anda, no esperaba verte por aquí —dice.

—He salido a correr un rato —respondo jadeante.

Lesley enarca las cejas.

—¿Hasta aquí? Estamos a más de quince kilómetros de casa.

Madre mía. ¿Quince kilómetros?

—Yo… necesitaba despejar la mente un poco.

Se hace a un lado y da una palmada en la mantita, sobre la que me dejo caer a plomo.

—¿Qué haces aquí? —le pregunto.

Desliza el pulgar por el libro.

—Siempre le leía a mi hermana. No vi el motivo para dejar de hacerlo. Ah, perdón… —Deja el libro y vuelve el rostro de la lápida a mí y otra vez a la lápida—. Roxi, Agnes. Agnes, Roxie.

—Esto… encantada —le digo con apuro a la lápida.

—No puede oírte —señala Lesley mojándose un dedo con la lengua antes de pasar la página—. Está muerta.

Entonces comienza a leer en voz alta un capítulo de un cozy mystery sobre una maestra galesa que se convierte en detective.

Al principio me veo como una intrusa en un lugar sagrado, pero a medida que Lesley prosigue con la historia, poniendo voces y todo, me siento honrada de presenciar este pequeño ritual.

Lesley llega al momento de suspense con que acaba el capítulo y coloca un gastado marcapáginas en el punto correspondiente.

—Continuará —dice con la vista fija en la lápida antes de darle una palmadita.

La inscripción es pequeña y humilde, no dice más que EN CARIÑOSO RECUERDO DE AGNES MARY BURNS, 6 DE MAYO DE 1952 - 23 DE OCTUbrE DE 1960. Solo tenía ocho años. La mayoría de las lápidas a su alrededor están descuidadas, cubiertas de musgo y moho, pero la de Agnes está limpia y bien conservada.

Lesley ha sido una vívida presencia desde que nos conocimos, pero este momento añade nuevos matices a la imagen que tengo de él.

Con todas sus idas y venidas, con el ajetreo de sus talleres y la búsqueda de pistas y esas sesiones de arte callejero de incógnito que pueden o no haber tenido lugar, me pregunto con qué frecuencia habrá logrado escabullirse para venir a leerle a Agnes.

—Habría podido convertirse en una verdadera investigadora —comenta Lesley sacándome de mis pensamientos—.

De niños resolvíamos misterios, ¿sabes? Quién se había comido la última galleta, quién rompió una ventana…

, ese tipo de cosas. Nos hacíamos llamar Detective Higgins y Detective Wiggins.

Al final yo me aburría y detenía a nuestro perro como sospechoso, pero Aggie no cejaba.

Bajaba con paso firme por la calle e interrogaba hasta al último vecino.

Una vez hizo llorar al cartero con tantas preguntas.

—Se ríe por lo bajo al recordarlo—. Nunca supe cómo era posible que alguien tan pequeño poseyera una chispa tan grande. En eso, Lisa me recuerda a ella.

—¿Qué sucedió? —pregunto en voz baja; no quiero extralimitarme.

Lesley retira un poco de tierra de la lápida antes de responder:

—Cáncer. El asesino más cruel que haya conocido jamás. Despiadado y sin motivo. —Suspira—. Yo crecí y amasé una gran fortuna y me aburrí de ver cumplidos mis sueños. Así que imaginé que también podría ver cumplido el suyo.

Siento una punzada cuando cala en mi interior lo que Lesley busca en realidad con esta historia de resolver crímenes.

No es la venganza ni la gloria, tan solo la cercanía con un ser amado y perdido.

Por muchos años que hayan pasado, Lesley no quiere cerrar el libro de su niñez y olvidar la vida que su hermana habría vivido.

Puede que, como detective, sea un tanto torpe, pero no puedo evitar sentir que, a pesar de todo, Agnes estaría orgullosa de él.

Solo entonces me percato de que, en realidad, Agnes nunca ha existido.

Que ni siquiera Lesley, sentado frente a mí con un libro en las manos salpicadas de manchas solares, mirándome a través de sus gafas con unos ojos rodeados de patas de gallo, existe.

En realidad no. Y como odio la sola idea, la descarto.

De todos modos, ¿qué es la realidad? Puede que Lesley y yo no ocupemos la misma, pero por ahora me alegro de vivir en la suya.

Visto que estamos compartiendo un momento de confidencias, me atrevo a hacerle una pregunta más.

—¿Qué pasó con Wally?

Lesley arruga la nariz con desagrado.

—Le gustaría olvidar que una vez formamos equipo. Éramos compañeros, aunque uno de nosotros era policía y el otro jamás habría deseado nada tan aburrido para sí. Todo en secreto, claro. Las operaciones que yo llevo a cabo no siempre son lo que se dice legítimas.

—Qué me dices…