Capítulo 16 #3
Sé que esto le parecerá increíble, pero le ruego que siga leyendo.
Me llamo Grant Hoffman y he sido secuestrado por su protagonista, Roxie Mitchell.
Por algún motivo, todo lo que usted escribe nos sucede a los dos en la realidad, y parece evidente que, de continuar la historia, nos veremos en grave peligro.
¿Estaría dispuesta a que nos viéramos para hablar del asunto?
Nos encontramos en Londres (probablemente porque usted ha ambientado su libro aquí), por lo que podría adaptarme a su agenda, siempre y cuando no planee en su trama un asesinato que coincida con ese momento.
Atentamente,
Grant Hoffman
Señora Matthews:
Sé lo que pretende con la escena de Harrods, pero no me dejo comprar tan así como así. Necesito salir de aquí, por lo que le ruego que pare de escribir. Está usted poniendo en peligro a seres humanos reales. Tengo una vida. Tengo un gato. ¿Es que eso no significa nada para usted?
Atentamente,
Grant Hoffman
Anna: NO QUIERO SER PRESA DE LA BESTIA. PARE DE UNA VEZ, POR FAVOR.
Atentamente,
Grant Hoffman
Toc, toc.
¿Quién es?
Un personaje secundario accidental metido en una desastrosa novela de crímenes desatados que acaba de ver a un tipo ¡QUEMARSE A LO BONZO!
Por favor, acabe con esto.
Atentamente,
Grant Hoffman
Las rosas son rojas;
las violetas, azules,
sáqueme de aquí de una puta vez
(con todo respeto).
Atentamente,
Grant Hoffman
Basta, basta, basta, basta
por favor, basta, basta, basTA, BASTA
BASTA, BASTA, BASTA, BASTA
Atentamente,
Grant Hoffman
—Un haiku —digo—. Muy bonito.
Grant asiente.
—E incluye un acróstico. Si lo lees de arriba abajo dice SOCORROSOCORRO.
Pero no es ese mensaje el que me llama la atención. Salto hasta el último, fechado el 7 de marzo, hace tres días.
Mire, yo también soy escritor. Lo entiendo.
Tiene usted una protagonista fantástica que debe de ser tan estupenda de escribir como lo es de leer.
Es enérgica, divertida e ingeniosa, y aunque es el caos personificado y es tan valiente que roza lo patológico, estoy seguro de que tiene pensada alguna manera de explicarlo.
Pero mucho me temo que nunca lo averiguaremos porque va a conseguir que nos maten a los dos.
¿Podría responderme al menos?
Atentamente,
Grant Hoffman
Cuando levanto la vista, doy gracias al ver que Grant tiene la mirada perdida en el agua. Tengo la cara como una estufa y es probable que se me note.
—Me gusta esto —dice al tiempo que una brisa suave le acaricia el pelo—. Bueno, ya sabes, cuando es una simple ciudad y no la capital mundial de los asesinatos en serie.
—Cosa que no sucede a menudo. —Le devuelvo el teléfono—. La temporada de asesinatos en Londres va de marzo a febrero. Por eso todos los villanos de las pelis son británicos.
—Ah… —Grant asiente—. ¿Con un breve parón a lo Love Actually en Navidad?
—Por supuesto.
El paseo de vuelta a casa de Lesley es largo, y más largo resulta cuando nos desviamos varias veces al tomar la dirección equivocada antes de terminar por rendirnos y consultar el camino.
Aun así, cuando vislumbramos las cálidas luces de la casa, dudamos si entrar.
Puede que sea porque hace una noche preciosa, tranquila e inusualmente templada.
O tan solo porque cuando atravesemos las puertas, nos encontraremos de vuelta en una trama de asesinatos, y preferiríamos saborear los últimos instantes de lo que sea que está siendo esta noche.
«Una vida entera de normalidad», dijo Grant en Boston. En su momento me sonó a condena. Pero si esta ha sido una noche de normalidad, es posible que la normalidad sea bonita. Puede que hasta maravillosa.
Así que, aferrándonos a la normalidad un poco más, decidimos aprovechar que tenemos las llaves del reino de Lesley y vamos a explorar el jardín privado al otro lado de la calle.
—Siempre he querido sentarme en uno de estos jardines —explico mientras me acomodo en un banco para admirar el sereno verdor.
Los setos de hoja perenne nos protegen de las calles alrededor; los árboles desnudos se recortan contra las casas señoriales—.
Desde que vi a Hugh Grant y a Julia Roberts colarse en uno en Notting Hill .
—¿Y? —pregunta Grant, sentado a mi lado—. ¿Es tal y como esperabas?
Ladeo la cabeza y reflexiono.
—Está bien. Un poco anticlimático, creo. No es tan divertido cuando una no salta la verja.
Grant asiente; la sombra de una sonrisilla asoma en la comisura de su boca.
—Ya, no esperaba menos de ti.
De pronto me viene a la memoria el último correo que le envió a Anna. «Enérgica, divertida e ingeniosa». También dijo que soy un caos y que tengo algo patológico, pero da igual. Vuelve a surgir una pregunta que me reconcome desde que estuvimos en el puente.
—¿Por qué dejaste de escribir a Anna?
Grant permanece callado un instante, parece examinar el césped a nuestros pies.
—Bueno, en primer lugar, porque íbamos a verla —responde—. Y, de todas formas, tampoco me contestaba, así que no tenía demasiado sentido seguir intentándolo.
Asiento, sin saber si debería hacer la pregunta obvia, pero incapaz de contenerme:
—¿Y en segundo lugar?
Cuando alza la mirada, su silencio se extiende durante más tiempo. A pesar de la oscuridad, noto cómo sus ojos están fijos en mí, como si quisiera elegir las siguientes palabras con el máximo cuidado. Al rato, aparta la vista y dice:
—Creo que me ha venido bien estar aquí. De algún modo, lo necesitaba.
Vuelve a poner esa cara, como si tuviera algo más que decir. Esta vez sí espero.
—Mi padre solía decir: «El que vale, vale; y el que no, enseña» —termina por confesarme—. Refiriéndose, en concreto, a mí. Mi madre siempre repetía que era de broma, pero había un fondo de verdad. Él tenía otros planes para mí y lo decepcioné.
»Pero quería demostrar que estaba equivocado.
Pensé que lo conseguiría si lograba algo lo bastante significativo.
Entrar en una buena universidad o que me ofrecieran un buen contrato a pesar de mi título supuestamente inútil.
Escribir la gran novela americana. Al final, mi padre tendría que admitir que su hijo no era un fracasado.
A pesar de la oscuridad, veo el dolor dibujado en sus facciones. La tensión de mandíbula. El peso que carga.
—En cualquier caso, le dio un infarto y se acabó.
Nunca conseguí hacerle cambiar de idea. Fue como si al reloj se le hubiera agotado la pila y todo lo que pensaba de mí se hubiera quedado inmóvil.
Me vi incapaz de recordar por qué hacía las cosas, por qué escribía.
Así que lo dejé, y terminé dándole la razón.
Apenas… existía. Apenas participaba en mi propia vida, como si todo estuviera velado de gris.
Pienso en el Grant angustiado y agotado que conocí en Boston, vomitando datos sobre su vida desde el asiento trasero. Un grito de auxilio que en realidad no entendí. Puede que él tampoco lo entendiera en ese momento. Vuelve a mirarme a los ojos.
—Estos últimos diez días han sido los más aterradores de mi vida. Pero, hasta cierto punto, he terminado por preguntarme qué da más miedo: seguir aquí o volver a como estaban las cosas.
—¿Y? —pregunto en un hilo de voz, como si tuviera una canica atascada en la garganta.
Grant se encoge de hombros.
—No tengo ni idea. Pero creo que haberme hecho la pregunta ya significa mucho. Y sí que sé que, durante estos últimos diez días, al menos, por fin he hecho algo.
Ojalá supiera qué decir. Me alegro de haber escuchado sus palabras, de haber ido completando esta imagen de Grant como en un kit de pintar por números.
Siento una punzada de pena por lo que perdió, y otra de furia por la injusticia que supone.
Por pensar que alguien lo haya considerado una decepción.
«El que vale, vale…». Esas palabras debieron de calar hondo para llevarlo hasta donde lo llevaron.
—Son chorradas, ¿vale? —termino por decir—.
Enseñar es valioso. Y resulta duro, y terrorífico.
Uri lleva años intentando convencerme para dar clases en el gimnasio.
Una vez a la semana, como mínimo, me pide que me saque el certificado y siempre le doy alguna razón por la que no puedo.
Pero la verdad es que me muero de miedo.
—Y yo que pensaba que no le tenías miedo a nada.
«Valiente», así fue como me describió en su mensaje a Anna; al recordarlo me sonrojo de nuevo. Si él supiera…
—Me encanta practicar defensa personal —respondo—. Y si lo de enseñarla no funcionara…, no quiero arruinar algo que me gusta. —Sonrío—. Puede que el que no valga para enseñar se dedique a los trabajos temporales.
Me obligo a decirlo entre risas, pero no me borra la incómoda sensación de estar compartiendo demasiado de mí, ni tampoco la expresión pensativa de Grant.
—Eres buena enseñando —afirma—. Sigo vivo, ¿no? Eso tiene que contar.
Oírselo decir significa mucho, aunque no estoy segura de qué. Tengo una especie de sensación extraña, como si hubiera dicho y oído demasiado, y debiéramos dar marcha atrás hasta que Grant deje de mirarme como lo hace.
—Así que tu padre quería que hicieras algo distinto. ¿Crees que tendría esto en mente?
Grant deja escapar una carcajada desdeñosa.
—Seguro que su idea iba más en la línea de que me sumara a mi hermano Ted y lleváramos juntos el negocio familiar.
—Ah… —asiento—. Así que lo que quería era que te unieras a la mafia.
—Claro, siempre que para ti cuente como mafia una ferretería en la que lo más dramático jamás sucedido es que Ted se clavó sin querer a una pared con una pistola de clavos.
—Resopla; se trata una vez más de esa especie de carcajada medio reprimida.
Me pregunto cómo será cuando se ría de verdad—.
Aun así, creo que le habría gustado esta historia.
Y, si te soy totalmente sincero… Dios, sé que me arrepentiré de lo que voy a decir, pero…
—me mira vacilante y suspira— es posible que, en los últimos tiempos, no haya detestado cada segundo de esto.
Es como si alguien me hubiera retirado de los hombros una pesada manta.
—Me alegro mucho de que lo hayas dicho porque, lo siento, pero, si te soy totalmente sincera, creo que a mí me está encantando.
Sigue pareciéndome terrible admitir algo así, y en cierta medida espero que me mire con un nuevo ceño fruncido: el de «me siento traicionado». Pero tan solo asiente.
—Sí, ya lo sé.
—¿Que lo sabes? ¿Cómo?
—Porque cada vez que estamos en peligro mortal, te brillan los ojos. Hasta el punto de que, cuando sonríes ahora, entro de inmediato en modo de lucha o huida.
Una sonrisita pugna por asomar a mis labios, por lo que me los muerdo.
—Y entonces ¿qué? —pregunto—. Si ninguno de los dos detestamos esto, ¿seguimos adelante? ¿Con sus peligros y todo?
Hay una parte de mí que cree que cambiará de idea, por lo que quiero darle la opción de hacerlo. Pero, al cabo de un momento de silencio, responde con decisión:
—Dentro de una semana tenemos una nueva oportunidad de ver a Anna. Si para entonces la trama no ha concluido y la cosa va fatal, lo intentamos otra vez. Pero puede que no haga falta. Puede que esté bien.
Quiero alegrarme, y sé que terminaré haciéndolo.
Pero primero me permito asombrarme por el hecho de que Grant, el hombre que pasó los primeros días desde que nos conocimos asegurándose de que supiera que lo había arrastrado hasta el decimoséptimo círculo del infierno, ahora piensa que una historia de asesinos en serie podría estar «bien».
Debe de leer el escepticismo en mi cara, porque añade:
—No me malinterpretes. Ha sido realmente perturbador vivir de cerca mucho de lo sucedido en esta historia, pero ¿desde la perspectiva del lector?
Posee cierta ligereza. Los villanos de opereta, las gracias de Lesley, y Lisa…
, toda ella. No estoy seguro de que esto sea una novela negra pura y dura.
Podría ser más bien como una comedia negra.
El alivio me inunda una vez más. «Ligereza». Me encanta la ligereza. Me conformo.
—Podrías decir que soy muy graciosa y punto —replico dándole un golpecito en el hombro—. Sé que lo piensas. He leído tus correos.
Grant pone los ojos en blanco y se da media vuelta.
—Solo intentaba hacerle la pelota a Anna para que nos dejara marchar.
La idea de que Grant le haya hecho la pelota a nadie en la vida es tan ridícula que no puedo sino clavarle una mirada y enarcar las cejas. Él me la sostiene, como si fuera un reto, pero acaba por rendirse.
—Vale, a veces tienes cierta gracia.
—Y molo un montón —añado—. Sobre todo cuando me marco un Grand Theft …
—Pensándolo mejor, preferiría pasear entre el tráfico.
Cuando Grant se levanta del banco, no puedo evitar soltar una risita por este juego tonto al que estamos jugando y tirarle de la manga para que se vuelva a sentar.
Finjo cerrarme la boca con cremallera, cerrarla con llave y guardarme la llave en el bolsillo interior de la cazadora.
Con los ojos entrecerrados, él me lo abre, acerca la mano y hace el gesto de lanzar la llave muy lejos.
Me encojo de hombros.
—Vale, tengo una de repuesto.
—Vale. —Grant esboza una sonrisa renuente.
Pues ya está. Una semana más así. El corazón me da un pequeño vuelco al pensar en todo a lo que no vamos a renunciar todavía. Las persecuciones, el seguir de incógnito, los puñetazos. Lesley y Lisa. Todo el peligro. Toda la intriga.
Y nosotros dos. Grant y yo contra un anárquico mundo ficticio.
Enfrentándonos al peligro juntos, viéndonos arrinconados y encontrando la salida una vez más.
Puede que, con suerte, hasta haya más noches como esta: momentos robados de quietud, sentados uno al lado del otro.
Más cerca de lo que jamás creí que me sentiría cómoda, pero inexplicablemente tranquila.
Puede que un poco perdida en otro mundo, en su mundo, pero sin demasiadas ganas de buscar la forma de salir de él.
Es justo entonces, en ese jardín iluminado por la luna, sin otro sonido que el de los pájaros adormilados y el rumor de las hojas y el silencio perfectamente común de la noche a nuestro alrededor, con Gran sonriendo para sí y lo bastante cerca de mí como para oír su corazón, cuando por fin me doy cuenta de algo: estoy metida en un buen lío.