Este libro puede matar Capítulo 16 #2
52%

Capítulo 16 #2

No dice nada hasta que llegamos a las callejuelas adoquinadas de Covent Garden, donde se vuelve hacia mí con semblante serio.

—¿Tienes hambre?

Estudio su rostro en busca de signos de una inminente espiral hacia la perdición, un indicio de crisis, un mero atisbo de ansiedad por lo que podría haber sucedido. Nada.

—No me importaría comer algo —respondo.

Así que nos vemos atraídos por el resplandor ambarino de un restaurante griego, y nuestro paseo se convierte en un paseo con cena.

Acomodados frente a una bandeja de pita y tzatziki , estoy a punto de agarrar el toro por los cuernos y preguntarle si se encuentra bien de verdad, cuando me dirige una mirada curiosa.

—¿Cuál sería tu última comida si estuvieras en el corredor de la muerte?

Trago con dificultad.

—¿Crees que esta es nuestra última comida?

—No —contesta—. Solo me preguntaba cuál es tu comida favorita.

Sí que hay una nueva serenidad en él. Tal vez ha olvidado por qué estamos aquí o puede que tan solo esté demasiado cansado para dejarse llevar por el pánico. En cualquier caso, me resulta desconcertante y en cierto modo agradable.

—Churros —respondo—. Churros con Coca.

—¿El refresco o la droga?

—Sí.

Se le escapa un resuello por la nariz que casi podría confundirse con una carcajada.

—No es demasiado nutritivo.

—Voy a morir. ¿Para qué quiero nutrirme?

—Pues tienes razón.

Su primera elección es el pastel de pollo de su madre, pero luego decide que no sería justo pedirle que cocine cuando su hijo está a punto de morir, por lo que opta por un bocadillo italiano de una tiendita cercana a su apartamento.

A continuación le pregunto qué barrita de chocolate le ofrecería a un hombre de las cavernas y poco después estamos enzarzados en una conversación sobre situaciones hipotéticas: qué versos de una canción nos tatuaríamos, qué haríamos con un millón de dólares, a qué Chica de Oro salvaríamos de un incendio.

Conforme transcurre la velada me doy cuenta de lo mucho que desconozco sobre Grant.

Que es fan acérrimo de Dorothy Zbornak. Que se crio en Nuevo Hampshire, donde su pasatiempo supersecreto (que se sigue negando a confesarme) no era la magia ni la zumba ni las competiciones de cubo de Rubik.

Y que el libro que se llevaría a una isla desierta, y lo reconoce casi a regañadientes, es El hobbit .

—Me sorprende —admito al tiempo que me sirvo de un plato de souvlaki —. Creía que eras más de novela negra. ¿A que al final secuestré al profesor equivocado?

Se encoge de hombros sin dejar de masticar.

—De pequeño no leía novela criminal. Eso era cosa de mi padre.

—Se concentra en trocear su pita—. Empecé a leer los libros de su colección cuando murió hace unos años.

Y resultó que me gustan. —Antes de poder ofrecerle mis condolencias, levanta la vista y me sonríe con amargura—.

Supongo que ahí fue cuando por fin descubrí que teníamos algo en común, ¿sabes?

La tensión en su voz me provoca una oleada de tristeza.

Yo nunca he tenido ese problema con mis padres.

Puede que me juzguen por los intereses que comparto con el otro, sí: mi padre pone los ojos en blanco con mis novelas románticas; mamá querría que no disfrutara tanto del peligro.

Pero, al final, siempre tengo algo en común con los dos.

—Lo siento —digo—. Los padres son complicados.

Me preocupa haber dicho algo inadecuado, porque con dos progenitores vivos no puedo tener la menor idea de cómo se siente Grant, pero él enarca las cejas como diciendo «y tanto» al tiempo que repite:

—Sí, los padres son complicados.

Se queda mirando su plato mientras remueve la comida con el tenedor. Veo que hay algo que le gustaría añadir, pero que todavía no está preparado para hacerlo. Así que soy yo quien rompe el silencio.

—«Follar, casarse, matar», versión presidentes de Estados Unidos.

Suelta una carcajada y, de inmediato, volvemos a lo nuestro y nos ponemos a debatir si es mejor casarse con alguien por su atractivo físico, sus políticas o su capacidad para permitir ponerte Grant Grant como nombre legal.

Después de cenar, decidimos que, ya que hemos llegado hasta aquí, bien podemos volver paseando a casa de Lesley.

A medida que los edificios de piedra blanca se tornan minimalistas establecimientos con fachadas de cristal para luego volver a los edificios, me doy cuenta de que es la primera vez que veo el Londres real, no como escenario de un trepidante thriller, sino como ciudad.

Una urbe de verdad, llena de gente de verdad, de lugares y de pequeños detalles.

Las placas azules que señalan dónde vivieron y murieron personas ilustres.

El eco de las risas que nos llegan desde los restaurantes.

Pasamos por delante de los teatros del West End, de la National Gallery, de Trafalgar Square.

—Sin querer, hemos tomado una ruta de lo más turística —comenta Grant.

—Será porque no nos salimos de las calles principales —respondo—. Creo que tendríamos que alejarnos del camino más transitado para descubrir las joyas escondidas.

Grant mira con desconfianza una callejuela sombría.

—Puede que para la próxima —reconoce—. Por ahora, el camino más transitado me parece estupendo para evitar que nos asesinen.

—Grant, si todavía no has aprendido que te pueden asesinar en cualquier momento y en cualquier lugar, yo ya no sé qué decirte.

Me dirige una mueca burlona y proseguimos por la calle bien iluminada, pero da la casualidad de que hasta la vía más principal se guarda alguna que otra joya bajo la manga.

Encontramos decenas de memoriales y estatuas por el camino y nos entretenemos intentando adivinar sus orígenes.

Las historias que yo me imagino tienden a ser ridículas; las de Grant son más plausibles, aunque de vez en cuando me sorprende inventando alguna barbaridad.

Con todo, pone tal cara de póquer que me trago sus embustes una y otra vez.

—Por cierto, quería darte las gracias —dice cuando nos hemos detenido a leer la inscripción de una estatua de alguien que resulta no ser Guillermo Grillywiggings, inventor de la grillera doméstica— por haberme salvado el pellejo antes.

—Ah. —Casi se me había olvidado cómo empezó la jornada, cómo por unos instantes creí que no volvería a ver vivo a Grant y cómo hizo que todo lo demás careciera de importancia.

De pronto me siento cohibida e incómoda—.

No ha sido nada —respondo con demasiada despreocupación al tiempo que doy un puntapié a un guijarro—. Yo… esto… te cubro las espaldas.

—Y yo a ti.

Le ofrezco una pequeña sonrisa de agradecimiento. Casi me la devuelve, pero entonces arruga la cara.

—Ayyy, no me mires así —se queja.

—¿Así cómo?

—Así como diciendo: «Gracias, Grant, es muy mono que creas que podrías batirte con alguien». Lo intento, ¿vale?

—¡Claro que lo intentas! Y lo estás haciendo genial.

—No es que no tenga mis puntos fuertes. Si nos enfrentáramos a alguien que fuera más de mi estilo… —intenta poner cara de tío duro, pero no parece capaz de mantenerla—, que se ande con cuidado.

—Total —añado yo—. Si alguna vez nos encontrásemos a un asesino en serie dispuesto a cortarnos la cabeza a menos que respondamos a tres acertijos, serías la única persona que querría a mi lado.

Grant sonríe de oreja a oreja, y la risa nos sale a borbotones hasta que retrocede y deja tras de sí un par de sonrisas, como la superficie de un lago que volviera a la calma.

Desvío la vista por encima de su hombro.

—No mires —le digo, lo que hace que se vuelva de golpe—. Ahora sí que estamos hechos un buen par de turistas.

Como para confirmar mis palabras, el Big Ben da la hora ante nosotros. Puede que sea un cliché, pero nos da igual, vamos corriendo a buscar un lugar en el puente de Westminster desde el que admirar el colosal reloj, bañado en una gloriosa luz dorada. No puedo evitar soltar un suspiro.

—Bueno, puede que no nos hayamos encontrado una fiesta caníbal en el metro…

—Yo estaba pensando más bien en un acogedor pub local, pero vale.

—En cualquier caso, no estoy segura de que pudiéramos decir que hemos estado en Londres si no hubiéramos visto el Big Ben al menos una vez.

—Lo que estamos viendo, de hecho, es la Elizabeth Tower —replica Grant más Grant que nunca—. El Big Ben es la campana del interior.

Me siento tentada de resoplar con fastidio solo de oír el «de hecho», sin embargo, algo en su forma de decirlo hace que me pare.

De pronto pienso que tal vez su intención no sea hacerse el listo.

Puede que tan solo sea listo e incapaz de impedir que todos los datos que guarda en la cabeza escapen de vez en cuando.

Y he de admitir que he aprendido un montonazo de cosas con él.

—Lo siento —suelta de pronto, y no creo que se refiera a su sabiondez.

—No pasa nada.

—Sí, sí que pasa. No debería haber enviado todos esos correos electrónicos. Es que estaba asustadísimo. Me sentía impotente y desesperado por salir de aquí, me volví un poco loco y lo he echado todo a perder. También para ti.

Me quedo callada un segundo. No creo que sea él quien deba sentirse culpable. Pero no sé qué responder. Carraspeo.

—¿No habías escrito una quintilla, un soneto o algo así?

Grant arruga la frente y se pasa la mano por el mentón.

—Sí. Como ya te he dicho, me sentía impotente y desesperado.

—Imagino que no me dejarías echar un vistazo… —Espero a que me dirija una mirada de «vete a freír espárragos», pero no. En su lugar, aunque se le nota avergonzado, se saca el móvil del bolsillo y toquetea la pantalla antes de tendérmelo, mirando a otro lado.

—Es lo suyo.

Bajo por la pulcra fila de mensajes, dieciocho nada menos, y empiezo a leer. Al comienzo parecen bastante razonables, o todo lo razonables que uno puede esperar dadas las circunstancias, pero luego la cosa degenera.

Estimada señora Matthews: