Capítulo 16
S i la pizarra que hay delante de La Trama Perdida no anunciara UNA NOCHE CON ANNA MATTHEWS, diría que el lugar ha salido de su propia mente.
Con la fachada verde menta cubierta de sarmientos de glicina y el cálido resplandor que emiten sus ventanas de celosía, es justo el tipo de lugar en el que trabajaría una de sus heroínas.
O al menos una de las heroínas de la «antigua» Anna Matthews.
La protagonista afable y resuelta que se dedica a llevar su pequeño negocio intentando no flirtear con el panadero sexy de la puerta de al lado.
No la que se ve inmersa en conspiraciones de asesinato igual que la otra se sumerge en una historia de amor.
Esperamos en un silencio tenso al final de la fila para registrarnos. Grant no acaba de decidirse por una postura. Se cruza de brazos. Se mete las manos en los bolsillos. Se cruza de brazos otra vez.
El momento es surrealista, lo que constituye una ironía, dado que es el primer acontecimiento no ficticio que se produce en más de una semana.
En algún lugar del establecimiento cuqui que tenemos delante hay una mujer que puede devolvernos nuestras vidas normales con solo mandar un documento de Word a la papelera virtual en un par de clics.
Que pueda y que quiera son dos cosas muy distintas, claro. Pero si nuestra petición de cese prospera, será el fin. Se acabaron Lesley, Lisa y el motivo para que Grant y yo sigamos en contacto. Volveremos a ser dos desconocidos.
—¿Crees que nuestros caminos se cruzarán de nuevo?
Me sobresalto al oír hablar a Grant, y aún más al percatarme de que los dos estábamos pensando lo mismo. Él no me mira, sigue con la vista fija en la mesa de registro a la que vamos acercándonos poco a poco.
El sí con el que querría responder se me atasca en la garganta.
—No lo sé —es lo que me sale, en un trémulo hilo de voz.
Necesito decir algo más, que lo buscaré cuando todo esto acabe, que le prometo no olvidarlo.
Quiero proponerle quedar para comer o para dar un paseo.
Ir juntos a una librería para echar un vistazo a los títulos y no para accionar algún tipo de palanca de emergencia existencial que desencadene nuestra autodestrucción.
Podríamos ser amigos, quizá. De verdad. Dos personas que no tienen mucho en común más allá de un sueño febril compartido, pero que de todas formas se alegran de conocerse.
Antes de poder hablar, me interrumpe una voz dulce.
—Nombres, por favor.
La joven de la mesa de registro, con su rostro redondo enmarcado por unas trenzas multicolor y las muñecas cubiertas por pulseras de la amistad, nos sonríe. Ella sí que debería ser la protagonista de una novela de Anna Matthews. Si hasta desprende un leve aroma a bollería casera.
Grant da un paso al frente.
—Hoffman —responde—. Grant. Somos dos.
La chica inclina la cabeza sobre la hoja de registro y recorre la lista de nombres con una uña rosa antes de detenerse de golpe sin haber llegado siquiera a la B. Alza la mirada con gravedad y esboza una pálida imitación de su anterior sonrisa.
—¿Me permitís un segundo?
Nos deja a solas con nuestra confusión y serpentea entre el gentío reunido camino del escenario improvisado al fondo de la librería.
Una mujer alta de peinado pulcro y blusa de seda dispone botellines de agua junto a cada una de las sillas vacías, girándolas con la precisión de un robot para que la marca quede bien visible.
La joven del registro se le acerca y le susurra algo al oído que hace que levante la cabeza de golpe y nos clave una mirada de acero.
He oído decir a gente que odia las montañas rusas que lo peor es el lento clic-clic cuando se aproximan al punto más alto. La verdad es que nunca lo había entendido, pero ahora, al oír el taconeo de los zapatos de esta mujer cada vez más cerca sobre el parquet, creo que empiezo a pillarlo.
—¿Señor Hoffman? —Su voz es grave y precisa—. Soy Leah Reynolds, la asistente personal de la señora Matthews. Me temo que no vamos a poder permitir su entrada ni la de su acompañante al evento de esta noche.
—¿Cómo? —Su ceño se frunce tanto que casi se enrosca mientras se lleva la mano al bolsillo—. Pero me registré hace más de una semana. Aquí mismo tengo la confirmación. —Cuando toca la pantalla del teléfono para abrir el mensaje de correo electrónico, la mujer lo detiene con mano firme.
—Recibí su petición de registro —responde cortante—. También he recibido dieciocho preocupantes mensajes enviados a la señora Matthews en los que afirma estar atrapado dentro de su historia.
Lo miro boquiabierta. ¿Dieciocho mensajes? Si solo llevamos nueve días en Londres. Sabía que estaba desesperado por salir de aquí, pero… guau.
Grant se sonroja un poco.
—Entonces ¿no los ha visto?
—No, ni los va a ver. —Leah apoya las manos en la mesa que se interpone entre nosotros con gélido profesionalismo—.
Yo me encargo de sus comunicaciones mientras trabaja en su próximo proyecto y puedo asegurarles que no le van a llegar.
Como comprenderá, recibir una docena de mensajes no solicitados resulta alarmante.
Así que he de pedirles que se marchen y que dejen de acosar a mi jefa.
Se acabaron las súplicas, las exigencias y los inexplicables poemas. ¿Entendido?
Grant abre la boca para responder, y siento que se está preparando para informar a Leah de que dieciocho mensajes no son una docena. Pero lo que hace es soltar una carcajada desprovista de humor.
—Yo… Se trata de un terrible malentendido —afirma, al tiempo que se pasa una mano por el pelo—. En realidad es bastante gracioso.
—Muy gracioso —repito como un eco.
—No me interesa —replica Leah—, pero si lo desean puedo llamar a seguridad para que los saquen a la fuerza del establecimiento.
Grant la mira con el silencio asombrado de alguien a quien jamás han amenazado con llamar a seguridad.
Leah se cruza de brazos, impasible, y yo le doy a Grant un toque en el hombro.
—Venga —le digo mientras retrocedo—. Vámonos.
De vuelta en la calle, estamos tan estupefactos que los dos permanecemos en silencio un instante.
—Lo siento —decimos a la vez.
De inmediato, Grant me mira con el ceño fruncido.
Es la única persona que haya conocido nunca capaz de arrugar el entrecejo de siete formas distintas como mínimo.
Con angustia, con enfado, con reprobación, con un gesto específico de «me niego a admitir que moló un montón cuando secuestraste mi Uber».
Y otro gesto que no acabo de entender. El de ahora está a medio camino entre la sorpresa y la confusión.
—Debería haberte ayudado mejor a contactar con Anna —digo. Me he pasado todo este tiempo jugando a la heroína de acción mientras él estaba solo enviando señales de auxilio.
—No creo que hubiera servido de mucho —responde señalando a su espalda hacia la asistente personal más aterradora de todo Londres.
—Aun así. Es evidente que te mueres por salir de aquí —digo—. ¿Cómo no vas a querer abandonar un mundo de asesinatos, cuerpos en llamas, sangre y vísceras? —Solo de decirlo se me revuelve el estómago.
—Cuidado —me advierte con dulzura. Al alzar la vista, me topo con su ceño fruncido a lo «ay, no vomites».
Grant no se merece lo que está pasando. Se merece recuperar su cómoda vida, volver a casa y ver a su gato y no tener que zafarse de una llave de cabeza nunca más.
Merece que alguien luche por su tranquilidad igual que él ha luchado a lo largo de esta historia.
—Encontraremos la manera de entrar —le aseguro cada vez más resuelta.
Ninguna asistente guardiana de buzones de correo electrónico nos va a impedir recuperar nuestras vidas—.
Venga, tiene que haber una ventana o un conducto de aire por el que podamos colarnos, ¿no?
O podemos disfrazarnos de camareros y entrar con el servicio.
—A ver, lo primero: estás pensando en una comedia de situación —contesta frotándose la frente—. En una comedia de situación de espías, vaya. Lo segundo: es un encuentro con una autora en una librería independiente. No creo que haya camareros. No creo ni que haya refrescos.
—Vale, pues usaremos la puerta trasera —anuncio encaminándome desesperada de vuelta a la tienda.
—Roxie —me llama.
—Vamos por este callejón. Tiene que haber una forma de…
—Roxie. —Me sujeta del brazo. Cuando me vuelvo para mirarlo a la cara, el corazón me late en algún punto cercano a la garganta—. Déjalo —dice con un tono tan suave como resuelto.
—Pero…
—Demos un paseo —propone de un modo tan inesperado que al principio no sé si lo he oído bien.
Pero me suelta el brazo y, con una contundencia nacida del cansancio, añade—: Es lo único que me apetece.
Pasear por Londres y admirar la ciudad y disfrutar de una noche tranquila, normal. ¿Podemos hacerlo? ¿Por favor?
No sé qué responder. Un paseo, sin más. Con lo mucho que querría hacer algo por él, buscar la forma de arreglarlo todo.
Pero por ahora, una velada ordinaria, sin pretensiones, es lo mejor que puedo ofrecerle.
Así que asiento. Y juntos, sin mediar una palabra más, damos la espalda a la librería y echamos a andar por la acera.
Dejamos atrás tiendas cerradas y restaurantes llenos, caminamos envueltos por el aire fresco, las luces cálidas y el silencio insoportable de Grant.
Nunca lo había visto así. Trato de atrapar su mirada con la esperanza de adivinar su estado de ánimo, de averiguar si este Grant silencioso es un Grant derrotado o la calma antes de la tormenta.
Pero él tiene la mirada fija en la calle ante nosotros y solo veo su perfil: la mandíbula tensa, los labios prietos, la expresión pensativa.
Al cabo de seis o siete edificios, inspira hondo y tranquilo, como uno haría con el puro aire marino. No diría que está relajado (de eso no podría acusarlo nunca nadie), pero parece reflexivo. Daría cualquier cosa por saber qué se esconde tras ese entrecejo levemente fruncido.