Este libro puede matar Capítulo 15 #4
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Capítulo 15 #4

—¡Han sido ellos! —protesta Howard al tiempo que me señala con un gesto de la cabeza—. Yo soy la víctima. Mire, ¡son los únicos que no están esposados! ¡Ellos me asaltaron a mí!

—¿También vinieron a su casa y construyeron una mazmorra del terror antes de llamar a la policía?

Todas las cabezas se giran hacia la voz grave que se oye en el umbral.

El hombre fornido con perilla allí parado hace que todos nos quedemos en silencio.

Lleva ropa sencilla, una combinación de corbata y camisa almidonada y planchada a la perfección, pero su postura autoritaria y su mirada de acero no dejan lugar a dudas: él es quien manda aquí.

Entra en el cuarto con las manos en los bolsillos y observa la escena como un sargento preparando la inspección antes de dirigir un gesto de asentimiento al pecoso.

—Adelante —dice cruzándose de brazos.

—Eeeh, Howard Armstrong —responde el pecoso con voz nasal—, está usted detenido por posible secuestro, además de agresión con lesiones.

—Añada unos cuantos asesinatos —tercio burlona.

—Y piratería informática —suelta Grant desde el pasillo, quizá con una pizca de orgullo de más.

—¡Nooo! —lloriquea Howard.

El joven oficial nos mira a Grant y a mí, traga con dificultad y dice:

—Vale. Secuestro, agresión, etcétera.

Cuando termina de leerle sus derechos a Howard, se queda callado. Los únicos sonidos en el cuarto son los sollozos de Howard, las preguntas que la mujer le hace con tono quedo a Raj y cómo este le responde con lo que parecen varios trinos de pájaro.

El jefe se remueve impaciente y se cruza de brazos con firmeza.

—Desespóselo —ordena al pecoso.

—Sí, señor. Disculpe, señor, pero… creo que me he dejado la llave en el coche.

El jefe, exasperado, alza las manos al aire.

—No me joda, Harris. Pues vaya a por ella.

Harris sale escopetado, dejando una ristra de «sí, señor» y «lo siento, señor» tras de sí. A continuación, el jefe se vuelve hacia mí.

—Ya puede bajar las manos. Y usted también —añade dirigiéndose hacia Grant—. Soy el inspector de homicidios Walter Akinyemi —se presenta—. Necesitaré una declaración de cada uno de ustedes, claro.

—Ay, madre, ¿usted es Wally? —me sale antes de poder pensármelo dos veces.

El modo en que su expresión se transforma es sutil pero peligroso, como ver formarse hielo donde antes solo había un frío goteo.

—Flores —llama con calma a la oficial que quedaba en el cuarto, aunque sin dejar de mirarnos—. Sospecho que Harris se habrá vuelto a quedar encerrado en el coche patrulla. Vaya a ayudarlo, por favor.

Cuando la mujer sale del cuarto, Wally nos dirige una mirada glacial.

—Cambio de planes —dice con voz áspera—. No necesito su declaración. De hecho, soy yo quien va a declarar algo: los quiero lejos de mi investigación.

—Pero acabamos de atrapar a un criminal —arguye Grant.

—¡No soy un criminal! —solloza Howard—. ¡No lo entienden!

—¡¡¡A callar!!! —vocifera Wally con una explosión pirotécnica de ira que deja a Howard encogido y temblando contra la pared.

Acto seguido se vuelve otra vez hacia nosotros, con una calma inquietante—.

Sé por qué están aquí. Solo hay una persona en el mundo que me llama Wally, y no pertenece ni de cerca al sistema de justicia penal.

Lo que significa que ustedes tampoco. Así que, o cortan todo contacto con Lesley Burns, o verán lo que es bueno.

Se me escapa una carcajada desdeñosa. Por espeluznante que sea todo esto, nadie puede sacarse una amenaza así de la manga. Ni siquiera el superduro inspector Walter Akinyemi.

—Ay… —Solo ahora me percato de su mirada fulminante—. Que lo ha dicho en serio. Perdón.

Wally se inclina hacia nosotros y su voz adquiere una gravedad peligrosa.

—¿Que si es en serio? —comienza por decir—.

Ni en sus peores y más oscuras pesadillas serían capaces de imaginar las cosas que he visto durante el servicio.

Así que, si poseen el menor instinto de supervivencia, pedazo de memos, darán media vuelta, harán el petate y se largarán de vuelta a casa.

O tendrán que atenerse a las consecuencias…

—Esto último lo pronuncia con un destello particularmente malicioso de dientes—.

Es más que probable que nos los envíen en una cajita con la etiqueta RESTOS HUMANOS.

Y eso si mis colegas son capaces de encontrar el contenedor en el que acabarán y pueden pescarlos, miembro ensangrentado a miembro ensangrentado.

—Se echa hacia atrás y se cruza de brazos—. ¿Mejor así?

Tras un interminable momento de náuseas, todo el aire se me escapa de golpe de los pulmones, y tengo la horrenda impresión de que Anna va a describirlo como «Dejó escapar un suspiro que ni sabía que estaba aguantando».

Me miro el brazo.

—Buah, si hasta me ha puesto la piel de gallina. Mire.

Harris y Flores regresan con los servicios de emergencia y, de inmediato, Howard reanuda sus lamentaciones.

—Vale —jadea mientras Harris le cambia sus esposas de secuestrador por las oficiales de la policía—. Fui yo, ¡pero no fue culpa mía! ¡Me lo ordenaron! Les diré…

—¡Ni una palabra más! —La voz de Wally transmite la inminente amenaza de un volcán a punto de estallar. Luego nos clava su punzante mirada a Grant y a mí—. Y menos delante de estos dos idiotas.

No nos quita el ojo de encima hasta que sacan del cuarto a Raj, que está cantando yódel, y a Howard, que no para de gimotear. Entonces, arisco, nos ordena que nos vayamos.

Grant sale pitando hacia el pasillo; yo lo sigo con algo más de renuencia. Me alegro de que Raj esté bien y de que Howard esté fuera de juego. No obstante, esto no ha salido como debía.

Y ahora no tenemos tiempo que perder si queremos llegar a la siguiente parada, Anna Matthews. Muy pronto, todo esto no será más que parte de un pasado ficticio. Yo volveré a mis trabajos temporales y a esperar a vivir entre contrato y contrato. Grant regresará con sus queridos colegas y su gato.

Diría que él sale ganando.

—Hey —nos llama Wally antes de que doblemos la esquina; al girarnos nos topamos con su mirada siniestra—. Díganle a Lesley que se acabó.

Cuando nos disponemos a salir de la casa, Grant se detiene junto a la ventana trasera y contempla el gnomo tirado en el suelo y los trozos de cristal.

—¿Esa es la ventana por la que entraste?

Toco uno de los añicos con la punta del pie.

—Sí.

—¿Justo al lado de una puerta sin cerrar?

Levanto la vista y sí, la puerta solo tiene echado el pestillo, sin girar.

—Aaah.

Grant me mira con asombro antes de negar con la cabeza, y juraría que le oigo soltar una risita casi silenciosa.

Los paramédicos han tendido a Raj en una camilla y se disponen a subirlo a la ambulancia. Imagino que ni se acordará de que nos conoció hace cinco minutos, pero da igual, me despido de él con un gesto de la mano.

—Gracias, Shrek —responde agitando también la suya.

Grant se les acerca a él y al sanitario, posa una mano cuidadosa sobre el hombro de Raj, le desea pronta recuperación y, cuando se vuelve hacia mí, lo veo pelando una tirita.

—Toma —dice al tiempo que me la coloca sobre el corte de la sien—. Ahora podrás mirarte al espejo sin marearte.

De todas formas, siento una pequeña agitación en el estómago.

De camino al encuentro con Anna, no puedo dejar de preguntarme qué pasará si podemos llegar hasta ella. ¿Me curará la cabeza? ¿La tirita desaparecerá como por encanto? ¿Terminaré por olvidar la sensación de los dedos de Grant rozándome la piel al ponérmela?

De alguna manera, no creo que pueda.