Este libro puede matar Capítulo 15 #3
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Capítulo 15 #3

Dos pares de ojos se vuelven hacia mí: los de Grant con súbito alivio, los de Howard horrorizados y muy abiertos.

Este sería el momento en el que evalúo la amenaza, reviso mis opciones y me pregunto qué haría Uri.

Pero no sucede nada de eso. En su lugar, una especie de Monstruosa Roxie Rabiosa despierta de su letargo y hace que me abalance con un grito de furia.

Mi mente lo borra todo salvo la fuerza de mis extremidades y las partes más vulnerables del cuerpecillo de Howardo Cobardo.

El talón de mi mano choca con el puente de su nariz.

Mis dedos le aferran la muñeca. Lo que quedaba de la botella se estrella contra el suelo de hormigón.

Sacudidas por impacto. Gruñidos de dolor.

Retuerzo, sujeto, golpeo. Y, de pronto, se acabó.

Lo que empezó como un arrebato furioso acaba con Howard desarmado, gimoteando y con ambas manos esposadas a una tubería en la pared.

Sin aliento, lo examino durante un segundo para asegurarme de que está inmovilizado de veras. Tiembla como un ratoncillo miedoso. No es temible, es patético. Aunque, ahora que lo pienso, ¿no es justo con los hombres patéticos con los que una debe andarse con cuidado?

Me vuelvo hacia Grant, por fin, y lo miro de arriba abajo frenética. Tiene el pelo alborotado y la ropa arrugada, pero por lo demás está igualito que la última vez que lo vi: psicológicamente atormentado pero ileso en lo físico.

El contraste con las imágenes que bullían en mi cabeza es tan grande que me precipito y lo abrazo.

Él se tambalea un poco, porque lo he pillado desprevenido, pero para cuando me doy cuenta de que nosotros no somos de esos y que estoy poniéndonos en una situación incómoda, él me rodea la espalda con los brazos.

—Han sido los cinco minutos más largos de mi vida —dice contra mi pelo.

—No he esperado más que dos. ¿Qué ha pasado?

—Fue… un accidente —gime Howard desde su posición junto a la pared.

—Tú, a callar —le suelto con una mirada despectiva al tiempo que me separo de Grant. Howard se encoge como un niño al que riñera la maestra.

Cuando vuelvo a mirar a Grant, veo un rastro de sangre en su mejilla que no estaba hace un segundo. El estómago me da un vuelco. Su rostro está teñido de preocupación.

—Escucha, tenemos que ir a urgencias —anuncia.

Me había olvidado de la ventana rota con la que me arañé. Me llevo la mano a la sien, pero me arrepiento al instante, ya que la retiro ensangrentada.

—Ay, madre. —La leve punzada se ha convertido en un dolor intenso—. ¿Tan mal estoy? ¿Crees que necesito puntos? —Imagino la aguja penetrando en la piel. Los puntos de sutura atravesándola. Voy a vomitar.

—¿Qué? —Grant frunce el ceño—. No. Estás…

—Me toma la barbilla con suavidad y me gira la cabeza para verlo mejor.

Tengo toda la cara ardiendo—. Estás bien.

No es más que un rasguño. —La dulzura de su voz hace que las ganas de vomitar se reduzcan a unas náuseas levemente amenazantes—. Pero tenemos que llamar a alguien para…

—¡Holiii! —Una voz alegre y con acento extranjero lo interrumpe desde el rincón a mi espalda—. Soy la princesa Diana.

Me giro de golpe.

La persona que nos mira con arrobo no es precisamente la princesa Diana, sino un barbudo de mediana edad esposado a otra tubería al fondo del cuarto. Tiene una camiseta de Café Bombay, un ojo morado y lo que no puede ser más que un traumatismo cerebral de gravedad por determinar.

—Por lo visto, el golpe de hoy era doble —me explica Grant en un aparte, sin dejar de mirar al hombre con preocupación.

—¡Yo no quería! —lloriquea Howard.

—Que te calles —espeto.

El hombre herido del rincón no tiene buena pinta. Al hablar ha debido de recordar que tiene lengua y ahora está intentando tocarse la nariz con ella.

—Creo que el Raptor lo golpeó con la bombona de oxígeno —dice Grant—. Es lo que intentó hacerme a mí, pero lo esquivé, así que se asustó y me metió aquí dentro. Creo que es su modus operandi : encierra a la gente y la deja morir.

—¡No es verdad! —protesta Howard—. Yo no lo golpeé. ¡Se resbaló él solo!

Suelto aire como si fuera una olla a presión.

—Te juro por Dios que como vuelvas a decir algo…

—¡Ni siquiera es mi casa! Me perdí y…

Le pego un codazo en la cara sin siquiera volverme.

A Uri no le habría gustado. «Responde solo en caso de amenaza activa», me censuraría. Pero en mi defensa diré que Howard estaba amenazando activamente mis puñeteros nervios.

En cualquier caso, he conseguido que se calle. Demasiado bien, de hecho. Al girarme veo que, contra todo pronóstico, está inconsciente, suspendido de las esposas y ¡roncando! Desde algún lugar de mi mente desconcertada envío un «tienes que estar de broma» a Anna Matthews. Me vuelvo hacia Grant.

—Necesito que sepas que esto jamás de los jamases sucedería en la vida real.

—Tomo nota —responde desconfiado—. Y ahora, ¿qué vamos a hacer con…? —Dirige una mirada nerviosa hacia la otra víctima.

Me acerco con precaución y de puntillas al hombre, dado su frágil estado, pero él se limita a sonreírnos con los ojos vidriosos.

—Buenas —le digo—. Disculpe, pero ¿sabe usted dónde está?

—Sí, ¿no? —Se ríe entre dientes.

—¿Recuerda lo que le ha pasado? —prueba Grant.

El rostro del hombre se ilumina, asiente con fuerza y responde:

—¡Hola!

—Hola. —Grant suspira—. Vale, usted tranquilo, que vamos a buscar ayuda.

Saca el teléfono del bolsillo y se encamina hacia el pasillo. Yo lo agarro antes de que se aleje.

—¿A dónde vas?

—Aquí no hay cobertura —responde señalando el cuarto con un gesto circular—. Debe de ser por las paredes.

—Pero… ¿a quién vas a llamar?

Grant me mira con incredulidad, como si se preguntara si he malinterpretado la situación tanto como para hacer un chiste sobre Los cazafantasmas .

—¿A una ambulancia…?

Empieza a marcar y, cuando le arrebato el móvil, me mira estupefacto.

—Piénsalo bien, Grant. ¿Qué vamos a decirles?

—Eso, ¿qué vamos a decirles? —repite el hombre herido. Parece reflexionar al respecto y empieza a rascarse la barbilla con la mano libre, luego asiente como si hubiera alcanzado la sabiduría—. Probablemente palabras.

Grant abre los ojos como platos, pero se obliga a sonreír.

—Una idea estupenda, princesa Diana —responde con suavidad al tiempo que tira de mi codo—. Discúlpenos un momento, ¿eh, su alteza?

El hombre se ríe jovial.

—Por favor —responde agitando la mano con pereza—. La princesa Diana es mi padre. Puedes llamarme Raj.

Grant y yo discutimos entre susurros delante de la puerta.

—¿Estamos seguros de que necesita asistencia médica? Es un personaje de ficción —alego—. Que sepamos, puede que se cure por arte de magia en cuanto abandonemos la escena.

—Pero ahora mismo compartimos escena con él —replica Grant—. ¿De verdad piensas dejarlo así solo porque, en teoría, no es real?

Todos mis argumentos se esfuman al instante.

—No —reconozco.

Es lo mismo que con cualquier otra historia.

Hay pequeñas ficciones y hay grandes verdades: las cosas que se quedan contigo mucho después de que hayas olvidado el nombre de los personajes.

La esperanza, la prudencia, la importancia de socorrer a un repartidor con un traumatismo. Esas son las cosas que importan.

Con todo, tal y como le advierto a Grant, no va a ser fácil aclarar la situación a los servicios de emergencia. Y, como la policía se inmiscuya…; en fin, ese era el primer punto en la lista de Lesley sobre lo que debíamos evitar. Ni siquiera sé si morir iría por delante.

Grant suelta aire y se pasa una mano por el pelo.

—¿Quizá podríamos acompañarlo hasta el hospital más cercano?

Echo un nuevo vistazo a Raj. Ha empezado a canturrear en voz baja una versión cadenciosa de «Space Oddity». Se diría que está estupendamente hasta que entra en bucle y no para de repetir la misma pregunta: «Can you hear me, Major Tom?» .

Resignada, le devuelvo a Grant su teléfono y hago un gesto señalando el pasillo.

—Ve a llamar. Yo haré compañía a nuestro amigo.

Mientras llegan los servicios de emergencia, Grant camina por el pasillo y discute por teléfono con Lesley, quien, como era de esperar, no está lo que se dice encantado con nuestra decisión de implicar a los cuerpos y fuerzas de seguridad.

Pero Grant no cede. Lo de ahí fuera es como una serie de juicios, con sus graves expresiones de desafío y sus gestos afilados y respuestas del tipo: «No, eres tú quien me tiene que escuchar a mí» o «Se acabó la discusión».

Casi no oigo ni la mitad de la conversación y, además, estoy intentando prestar más atención a que Raj siga consciente, pero me cuesta no sentirme inspirada.

Nunca había visto a Grant tan apasionado por nada.

Centrado, sí. Vehemente, siempre. Pero ¿esto?

Esta convicción por hacer lo correcto, por defender a alguien necesitado…

es digna de admiración. Si me apuran, resulta casi… sexy.

—Me gusta —dice Raj mientras dirige a Grant una mirada sincera y, a la vez, perdida—. Es un mío muy tajo.

—Sí —coincido—. Un tío muy majo.

Raj vuelve su mirada, dulce y vacía, hacia mí y posa la mano en mi hombro con suavidad.

—Y tú —prosigue— tienes un bigote precioso.

Un estruendo reverbera por toda la casa, seguido de gritos: «¡Policía! ¡Que nadie se mueva!». Grant se despide a toda prisa y cuelga en el momento en que un par de agentes entran en tromba con las armas desenfundadas.

Howard se despierta sobresaltado justo a tiempo de farfullar:

—¡Yo no he sido!

Nos mandan poner las manos en alto mientras examinan la escena.

Los oficiales no tardan en echar un vistazo a la habitación: son una mujer con el pelo recogido en una coleta y un hombre joven y pecoso que casi parece un chaval disfrazado por Halloween.

Ella pide que acudan los servicios de emergencia médica mientras él avanza para cachear a Howard.