Capítulo 15 #2
Al levantar de golpe la cabeza, veo que el anciano está cerrando la puerta con llave desde el exterior.
O tal vez debería decir el «ex» anciano.
A pesar de unas arrugas de preocupación en la frente que podrían rivalizar con las de Grant, parece décadas más joven que hace unos momentos.
Se toma un segundo en que apoya la espalda en la puerta, murmura algo, se frota las sienes, se incorpora y echa a andar a toda prisa, sin máscara de oxígeno a la vista.
Tengo el estómago en la garganta. Ahora mismo Grant estará herido dentro de la casa, ¿o muerto? ¿Sobrevaloré una barbaridad su capacidad de defenderse?
Cuando el hombre se acerca a la esquina de la calle, me doy cuenta de que estoy a punto de dejar pasar la oportunidad. No puedo permitir que se me escape, pero tampoco puedo dejar atrás a Grant. Me siento como una soga de la que tirasen dos equipos enfrentados. Ojalá pudiera partirme en dos.
Inspiro hondo, tomo una decisión y espero a que el hombre desaparezca por la esquina antes de salir corriendo hacia la casa.
La puerta delantera y las ventanas están cerradas, pero hay una alta cancela por la que se accede a un sendero que lleva a la parte trasera.
Arrastro el contenedor de reciclables, me subo y salto por encima.
Mi corazón amenaza con romperme las costillas mientras camino hasta un descuidado jardín trasero, lleno de malas hierbas y parterres abandonados.
Agarro un gnomo de jardín y lo lanzo contra la ventana, por la que trepo tan rápido que me araño la sien con una esquirla de cristal.
Mis ojos tardan un segundo en adaptarse y ver más allá de las motas de polvo que flotan allí donde penetra la luz.
La casa es bastante normalita, vieja pero ordenada, con cierto aire espartano.
En el pasillo trasero no hay gran cosa, solo unas cortinas amarillentas cubriendo las ventanas y varios cubos de basura con tapa en un rincón.
Echo un vistazo al interior de uno de ellos.
Está repleto de envases de comida rápida: vasos de plástico, cartones de comida china, cajas de pizza rotas. Se me revuelve el estómago.
Recorro el pasillo con cautela y paso leve, pero el lugar parece desierto.
—¿Grant? —susurro, pero no obtengo respuesta. Me muerdo los labios en un intento por respirar por la nariz sin hacer ruido.
Paso por delante de algunas habitaciones descuidadas y casi vacías, pero no veo a nadie.
Una cocina sin electrodomésticos, un cuarto de estar con un sofá apolillado y un pequeño televisor de tubo catódico, un cuarto de baño iluminado por una bombilla titilante.
Y una desoladora oficina doméstica con un monitor gigante lleno de códigos ininteligibles que proyectan una luz verdosa por la habitación.
No podría parecerse más a la típica guarida de un hacker.
No es que haya visto una en mi vida, pero aun así.
—Yo te mato, Hoffman —mascullo entre dientes, y rezo por que siga habiendo un Hoffman al que matar.
Una escalera enmoquetada conduce a la segunda planta, pero no me cuadra subir. ¿Quién escondería a sus víctimas en el piso de arriba?
Regreso sobre mis pasos, y con cada nuevo vistazo infructuoso me asusto más.
Con las prisas casi lo paso por alto. No es más que un cuadro, una estampa de flores enmarcada en una pared, justo al lado de una estantería a rebosar de libros sobre negocios y productividad. Pero llama la atención en medio de la sobria austeridad del resto de la casa. Y está torcido.
Cuando lo aparto a un lado, ahí está: un teclado numérico luminoso.
Busco a toda prisa, deslizo los dedos sobre la pintura desconchada hasta dar con una junta en la pared que coincide con los bordes de la estantería. Una puerta oculta.
—Ay, Dios —musito—. ¿Grant? Si puedes oírme, da un golpe en la pared o algo.
Nada. Así que no puede oírme.
O ya no tiene manos. Ay, madre.
Me vuelvo otra vez hacia el teclado y pulso «1234» a la desesperada.
Suena un pitido y parpadea una luz roja, lo que significa: «Buen intento, idiota».
Pruebo con «4321». Piiiiiii. Pruebo con «6969».
Piiiiiii. Juraría que el pitido dura más, que la luz roja parpadea con una pizca más de indignación.
Frustrada, golpeo la pared, pero no suena hueca como habría esperado.
No sé cómo será la cámara secreta, pero está reforzada, puede que hasta insonorizada.
Eso podría ser bueno; tal vez el silencio no implique que Grant esté muerto o inconsciente.
Puede que esté desesperado, enumerando datos personales a voz en grito. Es solo que no puedo oírlo.
O que llego demasiado tarde.
«¡Aguanta, Grant! ¡Ahora mismo te salvo!» es el grito heroico y animoso que querría lanzar hacia la estantería, pero estoy un pelín ocupada tratando de bloquear las imágenes que me vienen a la mente, en las que yace en el suelo, desangrándose, así que lo que me sale es:
—¡¡¡Levanta, Grant!!! ¡¡¡Ahora mismo te asalto!!!
Doy media vuelta en un intento desesperado por dar con el código en algún lugar de la casa. Subo las escaleras de dos en dos.
Entonces oigo cerrarse la puerta delantera. Me quedo pasmada.
Unos pasos pesados me llegan desde el piso inferior, junto con unos murmullos agitados e incomprensibles.
—Venga, Howard, que tú puedes. Al lío.
Oigo una débil palmada, como si alguien se abofeteara en la cara, pero no fuera capaz de hacerlo con ganas.
Me agacho unos centímetros y me aventuro a echar un vistazo entre los barrotes de la escalera.
El hombre, de perfil, se frota nervioso la calva con una mano.
En la otra lleva una bolsa de papel de estraza, de la que saca una botellita de whisky.
Casi me da la risa. Este asesino en serie es tan flojo que ha tenido que abandonar la escena del crimen para ir a buscar un trago con el que infundirse fuerzas.
Retira el sello de plástico con mano trémula, quita el tapón y se bebe la mitad antes de romper a toser.
Se queda quieto, cierra los ojos y aprieta los labios hasta formar una fina línea.
—No soy un cobarde —afirma, como si estuviera frente a un invisible matoncillo del colegio—. Se acabó lo de Howardo Cobardo. Me llamo Howard ¡y puedo hacerlo!
Con las mismas, se gira bruscamente hacia la cámara escondida y, con un estremecimiento que le recorre toda la espalda, desaparece de mi vista.
Tengo que refrenarme para no salir detrás de él. Por mucho que me gustara dejarlo hecho un Picasso, primero tiene que llevarme hasta Grant.
Respirando despacio para serenar los nervios, bajo a hurtadillas por las escaleras y lo sigo de puntillas. Retrocedo cuando se gira frotándose las manos. Inspira hondo, exhala trémulo y repite: «No soy un cobarde», antes de continuar hacia el cuarto.
Lo sigo de cerca. Me escondo en la cocina cuando da un paso atrás y se pregunta si de verdad quiere entrar.
Me agazapo tras la puerta del baño cuando se gira para darle otro trago al whisky.
La misma tónica se repite a lo largo del pasillo: él se acobarda y se obliga a continuar; yo lo sigo con una cautela felina.
Un paso, dos pasos y me escondo. Un paso, dos pasos, tres pasos…
y me escondo. Estoy metida en el armario de los abrigos cuando por fin llega al cuadro de las flores.
Entonces se queda inmóvil, con los nudillos blancos alrededor de la botella.
Observo por la rendija de la puerta del armario cómo se deja caer hasta quedar acurrucado con la espalda contra la estantería.
—Escucha, Howard —susurra con aspereza, dando golpes con la cabeza contra una balda. Cae un ejemplar de Cómo ganar amigos e influir sobre las personas , que no le acierta por poco—. Lo único que tienes que hacer es entrar, esposarlo y salir. Ya está. Tampoco hace falta un máster.
«Esposarlo». La palabra me provoca una oleada de alivio. Uno no esposa a alguien muerto o herido de gravedad, ¿no?
¡¿No?!
Apura el whisky que le quedaba y, levantándose sin prisa, cambia la botella de posición en la mano y la sujeta por el cuello. Acto seguido saca con sumo cuidado unas esposas del bolsillo.
Casi puedo paladear el silencio que reina en la casa.
Es esa quietud espesa y asfixiante que solo se respira antes de que estalle la tormenta.
La marea que retrocede justo antes de un tsunami.
Las bocanadas lentas y trémulas de la última chica justo antes de que se desate el horror en una peli de miedo.
Yo misma aguanto la respiración; no soy una aficionada.
El hombre permanece inmóvil junto a la puerta oculta, sopesando por última vez si entrar o darse media vuelta.
Y, al final, se decide: va a entrar.
Rompe la botella contra la estantería, y su base se transforma en una corona de cristales. La agarra con fuerza, con determinación. Su dedo se posa en el teclado. Tres pitidos. Luz verde. La puerta se abre.
En algún momento del interminable segundo que tardo en salir del armario y recorrer el pasillo, oigo la voz que tanto deseaba escuchar: «¡Atrás!
», seguida de un «ay, mierda» mucho menos seguro.
Una llamarada solar se extiende desde el fondo de mi pecho.
Grant está bien. Lo suficiente para morirse de miedo, vaya.
Sujeto la puerta oculta justo antes de que se cierre y, al tirar, veo un cuarto mohoso, de paredes de cemento y sin ventanas, iluminado por una bombilla que cuelga del techo. Y ahí, en un rincón, están Howard y Grant forcejeando.
Howard se ha armado de valor suficiente para hacerle a Grant una llave de cabeza y, con torpeza, trata de ponerle las esposas sin que se le caiga la botella rota.
—Calla, hombre —dice mientras intenta en vano agarrarle la muñeca—. Que no voy a hacerte daño.
—Por supuesto que no —digo.