Este libro puede matar Capítulo 15
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Capítulo 15

E sta mañana hubo un momento en que creí que Lesley conocía nuestros planes de escabullirnos para ir a nuestro cara a cara con Anna, poner punto final a la historia y hacer que el mundo de Lisa y el suyo se autodestruyera como una estrella al implosionar.

Pero no. Para sorpresa de nadie, su idea de «hoy es un gran día» tiene connotaciones mucho más criminales.

Hasta ahora nunca había aparecido un anuncio de asesinato para el mismo día, pero es justo lo que acaba de suceder.

Grant y yo estamos escondidos tras unos arbustos frente a una hilera de casas de ladrillo visto, con la esperanza de poder impedir un último asesinato antes de que le supliquemos a Anna que acabe con todo.

El delincuente del día secuestra a repartidores de comida a domicilio, y no ha habido manera de disuadir a Lesley de bautizarlo como el Raptor del Repartidor. El plan consiste en que uno siga la entrega y el otro se adentre en la casa y le dé apoyo en cuanto haya vía libre.

Lo primero que pregunto durante la sesión informativa es cómo ha sido posible que no hayan atrapado todavía al Raptor, visto que hay un historial de seguimiento preciso de los movimientos de sus víctimas.

—Eso es lo raro —explica Lesley—. Hace los pedidos y, cuando las víctimas desaparecen, no queda huella de su último destino en los sistemas de sus empleadores. Ni dirección, ni ruta por GPS ni nada. Así que se diría que es…

—Un fantasma —termino la frase.

—Un hacker, obviamente —señala Grant al tiempo que se le forma entre las cejas esa arruga tan característica.

A veces me mira como si su expresión no llegase a ser del todo de superioridad, porque está demasiado atónito por las cosas que atraviesan el filtro entre mi cerebro y mi boca.

«Obviamente». Qué palabra tan ridícula dadas las circunstancias. Por mucho que deba admitir que la lógica de Grant a menudo resulta útil, y que suele tener razón la mayor parte del tiempo, me reservo el derecho a que me moleste.

A juzgar por la agitación ansiosa y el cambio de peso que percibo en estos momentos junto a mí, no soy la única que está de los nervios.

—No entiendo por qué no podemos usar una moneda y echar a suertes quién va primero —protesta Grant—. El suspense es mucho peor.

—Porque, obviamente… —replico alargando cada una de las sílabas— tendrá que ser quien más se parezca a la víctima potencial. Porque, obviamente, no podemos mandarte a ti si le han dicho que el reparto lo va a hacer Jennifer. Obviamente.

—Ay, no fastidies, ¿todavía no lo has superado? Te dije que lo sentía. Y, en mi defensa, diré que un hacker es una opción muchísimo más obvia que un fantasma.

—Y, en «mi» defensa, si estamos aquí es solo porque a une barista-barra-vidente-barra-entusiasta de los sombreros se le antojó demostrar de qué era capaz. Así que no podemos descartar ninguna opción.

—Vale —reconoce Grant—, pues entonces espero que nuestro entrenamiento también valga contra los espíritus malignos.

A mí me basta que valga, punto. A pesar de su renuencia inicial, esta semana Grant ha sido un alumno de lo más aplicado.

Y su progreso ha sido, a decir verdad, notable.

Pero ¿será suficiente si es él quien tiene que encarar primero al asesino?

Y, si no, ¿seré capaz de llegar a tiempo para socorrerlo?

Lo único que puedo hacer es esperar a que el repartidor que baje por la acera cargando con las bolsas sea mi doble. Con cada segundo que pasa siento un nuevo nudo en el estómago. He pasado demasiado tiempo con Grant. Su ansiedad es contagiosa.

Me da un toque en el hombro y apunta con el dedo. La visión me golpea como un puñetazo.

Por la calle se nos aproxima a toda velocidad un chavalín en bicicleta con un polo verde a juego con una gorra de Pizza Paradise, calada sobre una mata de pelo naranja zanahoria.

Sostiene una enorme caja de pizza en equilibrio sobre el manillar.

La sangre se me hiela al recordar quién es y hacia dónde se dirige.

—Pues me va a tocar a mí —sentencia Grant, permitiéndose un solo segundo de respiración entrecortada antes de levantarse y salir de entre los arbustos. Lo agarro de la camisa y tiro hacia abajo.

—No te preocupes —digo, como si yo no estuviera preocupada también—. Ya voy yo.

Grant me dirige esa mirada con el ceño fruncido que he aprendido a interpretar como «No seas ridícula».

—Por el aspecto del chiquillo, diría que el asesino estará recibiendo ya una notificación que dice: «Dennis acaba de llegar con tu pedido».

Me encojo de hombros.

—Pues me recojo el pelo por dentro de la gorra. Puedo ser Dennis.

Grant suelta una carcajada desdeñosa.

—Como que una mujer tan guapa va a llamarse Dennis.

De repente, las ganas de discutir se me esfuman.

—¿Cómo?

Él parpadea y fija la mirada en la calle.

—He dicho: «Como que una mujer va a llamarse Dennis».

—Qué va. Lo que has dicho…

—¿Podemos ponernos en marcha de una vez? —me interrumpe a toda prisa—. ¿Por favor?

Estoy demasiado estupefacta para discutir. Grant sale de entre los arbustos y se aleja antes de que pueda centrarme de nuevo. Veo cómo cruza la calle en el momento justo en que el chico baja la pata de apoyo delante de la casa del Raptor.

Grant lo saluda con un gesto y entabla una conversación en apariencia informal que no puedo oír. Como si hubiera un motivo informal para pedir una pizza que no es tuya. En respuesta, el chico arruga el entrecejo y niega con la cabeza.

—Venga… —murmuro—. ¿Cuál es el plan?

Como si me respondiera, Grant se lleva la mano al bolsillo trasero y saca un fajo de billetes. Un soborno, cortesía de Lesley. Esto son palabras mayores.

O puede que no. El chico se baja de la bici, agarra la pizza con gesto protector y rodea a Grant. Él le cierra el paso y se saca un par de billetes más para aumentar la oferta. Esto tiene muy mala pinta.

El chaval se pone a discutir en voz alta.

—¡Largo de aquí! Déjame hacer mi trabajo. —Su voz resuena por toda la calle. Cuando echa a andar hacia la casa y Grant le vuelve a cerrar el paso, resulta cada vez más inquietante. Como siga así, alguien va a llamar a la policía porque hay un tipo muy raro acosando a un adolescente.

A la mierda. Salgo de mi escondite y atravieso corriendo la calle. Al pasar junto al chico, le arrebato la pizza de las manos y la gorra de la cabeza, al tiempo que le grito a Grant:

—¡Corre! ¡Corre! ¡Corre!

Doblo la esquina a lo que solo puede describirse como una velocidad sobrehumana.

Tal vez hasta pudiera clasificarme para las Olimpiadas.

Entonces Grant me alcanza con una rapidez humillante.

Damos una vuelta entera a la manzana para volver esprintando a nuestro escondite antes de que el chico pueda girar y vernos.

Nos agachamos jadeantes y observamos entre las hojas para no perder de vista al repartidor.

—Algo me dice que no es la primera vez que robas una pizza —musita Grant.

—Sin comentarios. ¿Qué le has dicho: «Dame la pizza y te doy cien libras»?

—Mil.

—¡¿Mil?! —El susurro suena tan fuerte como si estuviéramos en un teatro, por lo que Grant me hace callar. El chaval dobla la esquina a toda prisa, pero enseguida baja el ritmo. Nos está buscando—. ¿Y no las aceptó? Jo. Espero que lo asciendan.

—Ya lo sé. Recuérdame que luego llame a su jefe, eso si no acabo destripado en un congelador por ahí.

Le doy un golpecito animoso en el hombro. Me cuesta creer que el cagueta de la semana pasada ahora haga chistes. A ver, que sigue siendo un cagueta, pero vaya… chistes: estamos progresando.

El repartidor recorre la calle entera y regresa antes de propinarle una patada a una papelera y soltar un juramento. Esperamos en silencio hasta que acaba por agachar la cabeza, se sube a la bici y se aleja.

—Aquí tienes. —Le pongo la pizza en las manos y la gorra en la cabeza.

Grant se la ajusta y, con un último gesto de asentimiento, se pone en pie y se encamina hacia la casa.

No obstante, antes de llegar al bordillo, algo me impulsa a llamarlo por su nombre.

Él se gira. Yo noto la boca seca—. Nos vemos en nada —digo como una tonta.

Él esboza ese gesto de labios prietos que no acaba de ser una sonrisa y levanta el pulgar. Acto seguido, cruza la calle.

Habíamos acordado que esperaría cinco minutos antes de entrar en la casa, y hago todo lo posible por no pasármelos catalogando cada una de las maniobras de defensa personal que he olvidado enseñarle a Grant. Me limito a esperar sentada entre los arbustos. Así que espero. No pasa nada. Estoy bien.

Cinco minutos no es tanto tiempo. Hay canciones que duran más.

He recibido mensajes de voz de mi madre que duran más.

Es probable que pueda aguantar la respiración durante cinco minutos.

Me planteo hacerlo, por distraerme, pero entonces me doy cuenta de que ya estaba aguantándola, así que me estoy mareando.

Tomo una bocanada de aire y echo un vistazo al móvil.

«Minuto y medio». Ese es el tiempo que ha pasado desde que Grant llamó a la puerta y un anciano encorvado, con un andador y una máscara de oxígeno, abrió y lo invitó a pasar.

Querría creer que nos hemos confundido. Puede que no sea más que un octogenario inofensivo, demasiado frágil para cargar con una pizza. Puede que no se trate de un cebo para atraer a nadie al interior.

Pero las tripas me dicen lo contrario.

Apenas me consuela pensar que, fingiéndose frágil o no, el hombre era anciano y delgado. Grant podría reducirlo. Segurísimo. O al menos podría defenderse durante cinco minutos.

A no ser que el hombre le dispare a bocajarro.

O le arroje una pitón famélica.

O acerque una cerilla a la bombona de oxígeno y la casa entera salga por los aires.

Observo la puerta cerrada. A ver, ¿por qué acordamos cinco minutos?

Es un número arbitrario y ridículo. Con las mismas, decido acortarlo a dos.

Agarro el móvil y contemplo cómo la pequeña raya roja del segundero gira alrededor de la imagen del reloj hasta que un fuerte impacto al otro lado de la calle me sobresalta.