Capítulo 14 #2
Como no hay noticias del Club de Lectura de West Brompton, hacemos todo lo posible por prepararnos para lo que suceda a continuación.
Me paso el día con Grant en el jardín, enseñándole a lanzar un buen puñetazo o a romper bridas con los cordones de los zapatos.
Lesley y Lisa está ocupados rastreando, peinando Facebook y anteriores escenas de crímenes en busca de pistas que hubieran pasado por alto.
Cuando descansamos, Lesley enciende la chimenea de su despacho y nos entregamos a una rutina silenciosa.
Él escucha un pódcast de crímenes reales, Lisa busca en Pinterest recetas que cree poder copiar.
Grant se pasa la mayor parte del tiempo mirando el teléfono con el ceño fruncido, pero hace alguna pausa ocasional para aniquilarme en una partida de Scrabble.
A veces Lesley nos abandona para asistir a paneles y talleres, y otras Lisa nos abandona para acudir a citas en bares de mala muerte con nombres como Textil, Ilícito o Zapato; de camino a la puerta suele insinuar que a «algunos» también nos vendría bien una velada romántica, y es entonces cuando intento lanzarle una almohada a la cabeza.
Por suerte, Grant casi siempre está demasiado ocupado leyendo malas noticias en redes como para enterarse.
Pero lo más normal es que disfrutemos de paz y silencio, los cuatro juntos en el despacho, esperando.
Lo que hace que me suba por las puñeteras paredes.
No es que quiera que haya más intentos de asesinato, pero con el primer encuentro de Anna en una librería cada vez más cerca, aumenta la posibilidad de que la historia acabe sin que el malo haya sido identificado.
Cada mañana voy en busca de Lesley para preguntarle: «¿Se sabe algo?
». Y cada mañana, él niega con la cabeza y responde algo del tipo: «Nasti de plasti, Rox ‘n’ Roll», y la bola de angustia en mi estómago crece un poquito más.
Entretanto, Grant está cada vez más animado.
Bueno, puede que «animado» sea exagerar, pero pasa menos tiempo rezongando y más mejorando en nuestras clases de defensa personal.
Parece muy decidido y centrado en nuestra próxima oportunidad de escapar.
Los remordimientos me reconcomen por sentir algo muy distinto.
Para cuando llega el día del encuentro con Anna, padezco el peor caso de miedo anticipatorio del mundo entero, mientras que Grant baja las escaleras silbando, literalmente.
No quiero ser la nube de tormenta que le arruine el buen humor, así que inspiro hondo y me obligo a caminar con paso alegre para unirme a él en la cocina.
Está hablando por teléfono, sujetándolo entre la oreja y el hombro mientras se unta mantequilla en una tostada.
Su aspecto de profesor hoy parece un pelín más informal, con su jersey azul marino por encima de una camiseta en lugar de una camisa abotonada.
Y se ha arreglado un poco la barba, como si fuera una elección de estilo y no tanto un signo de cansancio.
Por lo que parece, está hablando con quienquiera que está ocupándose de sus clases en la Universidad de Boston.
Le oigo mencionar planes docentes, módulos y otras cosas que estoy segura de que le entusiasman.
Cuando me mira, esbozo una sonrisa y, no sé por qué, levanto ambos pulgares.
Sus cejas dibujan un gesto de confusión al tiempo que me tiende una taza de café.
—En serio, muchas gracias por todo, chicos —dice al teléfono—. Me siento mucho mejor. Espero que esto no se alargue mucho más. Por cierto, ¿qué tal Arthur? ¿Crees que me echa de menos?
Cuando me fulmina con la mirada, me doy cuenta de que he debido de poner los ojos en blanco de forma demasiado evidente. Entonces se queda petrificado con el cuchillo de la mantequilla flotando en el aire.
—No, lo siento —suelta con brusquedad—. No permiten visitas. Por riesgo de contagio y no sé qué más.
Mientras se despide, echo un vistazo de reojo al móvil.
He de admitir que a mí no se me ocurrió notificar a HillCare que no pensaba volver.
Pero tampoco se han puesto en contacto conmigo, ni siquiera para despedirme.
Ni para ver si seguía viva. Me pregunto cómo será trabajar con gente que te echa de menos cuando no estás.
Grant termina por colgar y se queda mirando la pantalla un segundo.
—Tengo suerte de trabajar con el tío más crédulo que jamás haya conseguido un máster.
—Parece un buen amigo, ¿no? —aventuro—. Te cubre con las clases y le da de comer al gato…
—Así es Steve. Bueno, el departamento entero.
Por lo visto, tenían pensado hacerme una visita en grupo al hospital.
Casi me da pena que, como entiendo que sucederá, todo vaya a resetearse cuando termine la historia y olviden que he estado ausente, porque me darían una fiesta de bienvenida antológica.
Se me hace muy raro imaginar que esta última semana se borrará de la existencia cuando esto acabe.
Como si nunca hubiera conocido a Jack o robado un Uber.
Como si nunca hubiera estado aquí con Grant, contando las arrugas que se le forman en la frente cuando cavila, oyendo cómo cruje su tostada cuando la corta en triángulos uniformes.
Tengo moratones en el brazo donde me pellizcó sin querer durante un entrenamiento.
¿Desaparecerán? ¿Quedará alguna prueba cuando volvamos a un mundo en el que yo no he huido de nadie y Grant ha vuelto a casa en su Uber sin contratiempos?
Pienso en ese mundo (uno en el que no hago más que buscar una nueva escapada, en el que Grant va a trabajar y juega al Trivial y asiste a fiestas sin mí) y me resulta extraño y ajeno, un poco como el propio hogar cuando una vuelve de un viaje que le ha cambiado la vida.
—En fin —digo intentando sonar despreocupada pero entusiasta sin conseguir ninguna de las dos cosas—. Hoy es el gran día. Anna Matthews, allá vamos.
—Mmm —responde Grant, los ojos clavados en su tostada antes de darle un bocado.
—Tienes las entradas, ¿verdad?
—Nos inscribí el mismo día en que llegamos —asiente.
—Bien. Genial. Así que vamos esta noche y lo resolvemos todo, allí mismo, con Anna Matthews.
Nos mira a mí y al café que me ha preparado, seguro que preguntándose si debería quitármelo de las manos.
—¿Qué te pasa?
—¿A mí? Pues…
Antes de que pueda balbucir una respuesta apropiada (ni idea de cuál podría serlo), las puertaventanas que comunican con el jardín se abren de par en par. Lesley entra con paso alegre y apunta hacia nosotros con una chispa maliciosa en los ojos.
—Rooooooxgrant —canturrea con voz aguda, imitando a Sting. Luego se calla para aumentar el efecto dramático antes de anunciar—: Hoy es un gran día.