Capítulo 14
PREMIO GORDO.
El breve y preciso sonido del rotulador de Lesley poniendo punto al final de la última palabra es un alivio tras el interminable rechinar mientras escribía las enormes letras.
—Y ahora… —dice golpeando la pizarra con los nudillos— recordadme qué más dijo el Terror antes de transformarse en una antorcha humana.
Recuesto la cabeza en el sillón y me hundo en el terciopelo burdeos mientras intento hacer memoria.
—Algo sobre dinero —respondo—. Algo sobre, mmm…
—Sangre —añade Grant por mí.
—Y sobre «ganar». Sobre «ser el mejor» —termino mi frase al tiempo que me yergo en el asiento—. Dijo que solo podía quedar uno.
—Hum… —Lesley, pensativo, se da toquecitos con el rotulador en la barbilla. Cuando quiere darse cuenta es demasiado tarde; chasquea la lengua y se limpia una mancha de tinta roja—. Suena a participante de un reality .
—Y que lo digas —añade Lisa, que está cortando un bizcocho sobre la mesita de centro—. ¿No mencionó que no estaba allí para hacer amigos?
—Imagino que lo dio por hecho —responde Grant.
Pensaba que a Lesley y a Lisa les molestaría no poder interrogarlo, pero están de un humor excelente desde que los hemos puesto al corriente. Resulta que obtener información, del tipo que sea y por el medio que sea, es algo que celebrar.
A mí me cuesta un poco más ver el lado bueno, pero lo intento.
—Al menos el tipo y su clasismo de mierda dejarán de aterrorizar Londres.
—Pero si para él el problema no era la gente —repone Lisa—, sino las tiendas de campaña.
Conseguimos recuperar su carnet y lo buscamos en Google.
Mickey Greenwood, que habría heredado la empresa Tiendas Greenwood si las grandes cadenas no hubieran arruinado el negocio de su papaíto querido.
Por lo que se ve, aquello lo volvió un poco tarumba y se propuso demostrar hasta qué punto era mala la calidad de esas tiendas baratas de poliéster inflamable.
Grant frunce el ceño.
—Pero… ¿era consciente de que había gente dentro de las tiendas que quemaba?
Lisa resopla como diciendo: «No me hagas hablar».
—Ay, guapi, como intentes buscar lógica en el razonamiento de un asesino en serie, podemos tirarnos aquí todo el día.
Nos tiende los platos con el bizcocho y trato de inspeccionarlo con discreción. Sí que parece más comestible que la mayoría de sus anteriores experimentos culinarios, pero el listón está bajísimo.
—¿Qué significa todo esto, entonces? —pregunto—. ¿Que el grupo de apoyo para asesinos en serie se ha convertido en una competición?
Lesley asiente.
—Eso parece. Operación Verdugo . Homicida Shore . La isla de los facinerosos .
— Factor XX , y las XX son los ojos de los muertos —contribuye Lisa.
—Justo —coincide Lesley, señalándola con el dedo para darse énfasis. Toma un bocado de bizcocho, mastica y traga con cierto esfuerzo—. Mi flor de lis —comenta con tono cariñoso—, ¿por casualidad no habrás confundido la levadura y la harina?
—¡Ja! Una pregunta capciosa. Son lo mismo —responde cruzándose de brazos toda ufana. El trozo de bizcocho que Grant tenía pinchado en el tenedor se desvía de su boca de vuelta al plato. Lisa pone cara compungida—. ¿No lo son?
Grant y yo negamos lentamente con la cabeza. Ella se deja caer derrotada en la butaca.
—Da igual —la consuela Lesley. Acto seguido se mete el resto de su porción en la boca—. Está perfecto. Gracias, Lis.
—¿Podemos volver al tema que nos ocupa? —pregunto—. Ya sabes, ese asunto más urgente, más letal.
—Eso sería debatible, aún no has probado el bizcocho —murmura Grant.
—Así que mister Page está invitando a los asesinos en serie a competir por no sé qué premio —prosigo sin hacerle caso.
Llevo nerviosita desde anoche, impaciente por obtener respuestas.
Quizá porque corremos contrarreloj en más de un sentido.
Quizá porque quiero saber que no vi tostarse a un tipo por nada.
Sería bonito que la trama se cierre de alguna manera antes de que Grant y yo tengamos que saltar del barco.
Antes de que «podamos» saltar del barco, quiero decir.
—Tenemos a todos estos tipos intentando demostrar que son el mejor asesino en serie. Y cuando fracasan…
—Los elimina —concluye Lesley. Destapa el rotulador y escribe PERDEDOR = KAPUTT en la pizarra antes de echar a andar—. Pero hasta entonces siguen luchando por ganar el premio. Interesante. ¿Para qué quieren el dinero los asesinos en serie?
—Seguro que para expandir sus operaciones —responde Lisa—. Pensad en el equipamiento que podrían comprar con una fortuna.
—Mejor no pensarlo —murmura Grant con los ojos cerrados, como si desease pasar este trance dormido.
—Y todo el rollo de Facebook… —tercio yo—, ¿por qué lo hace? Parece algo demasiado público para una gente cuyo oficio exige precisamente pasar inadvertido.
—Bueno, no es que haya redes sociales exclusivas para asesinos en serie —explica Lisa—. A menos que… ¿las hay? ¿En la web oscura o algo así?
Lesley gruñe pensativo antes de sacarse el móvil del bolsillo. Al cabo de unos instantes de toquetear la pantalla con los ojos entrecerrados, arruga el entrecejo.
—Bueno, acabo de poner el móvil en modo oscuro y no parece que cambie mucho. Tomad, mirad alguno de vosotros, que sois más jóvenes.
Nos lanza el móvil, que atrapo al vuelo antes de que golpee a Grant en la sien.
—Si el tipo ese supiera cómo funciona la web oscura —señala este—, ¿no creéis que estaría celebrando la competición allí y no en una página de Facebook normal?
—A menos que quiera esconderse a plena vista —apunta Lisa.
Es más probable que tan solo se deba a que Anna Matthews no sabe cómo funciona la web oscura y no tenga interés en averiguarlo.
Con todo, la teoría de Lisa me provoca un escalofrío.
Lo que sí sabemos es que, de alguna forma, mister Page sigue de cerca todos estos asesinatos, escondido entre bastidores.
Ese debe de ser el motivo por el que quiere conocer los detalles antes de que se cometan, para poder juzgarlos y, dado el caso, eliminar a los concursantes.
Todo lo ve y todo lo sabe, como un Papá Noel malvado.
El Terror, por pirado que estuviera, tenía razón en una cosa: mister Page podría ser cualquiera. Si Grant y yo adoptamos distintos papeles para acceder a las escenas de los futuros crímenes, ¿quién dice que mister Page no esté haciendo lo mismo?
Lisa interrumpe el hilo de mis pensamientos para recordarle a Lesley que debe ir yéndose.
—Tiene un seminario de criminalística para aficionados —nos explica—. Siempre está con alguna formación, más mono…
—Que es más de lo que hace la policía —añade él.
Cuando se pone una americana negra por encima de la camisa de vestir blanca, tiene un aspecto inusual de tan minimalista. Hasta que no se da la vuelta no veo la gigantesca calavera de estrás en la espalda.
—Gracias por… la comida —le dice a Lisa mientras se aleja, como si fuera físicamente incapaz de llamarlo «bizcocho»—.
Mejor no contéis conmigo para cenar; no estoy seguro de la hora a la que volveré.
Tengo que hacer una parada técnica en alguna parte para pintar a un niño jugando a las tabas con unas estrellas ninja.
—¡Que no eres Banksy! —exclama Grant a su espalda, pero la puerta se cierra sin que reciba respuesta.
En cuanto Grant se excusa porque quiere tomarse una pastilla para las migrañas y quedarse mirando el techo en su habitación, Lisa suspira y comienza a recoger los platos de postre. Sin embargo, se para al verme todavía sentada en el sillón, de brazos cruzados, y se sienta en el sillón frente a mí.
—¿Estás bien, guapi? —me pregunta con amabilidad—. Lo de anoche fue fuerte, ¿no?
—Sí, bueno…, ese no es el problema —confieso.
Lisa ladea la cabeza y se inclina hacia delante, prestándome atención. Sería una psicóloga excelente, una de esas terapeutas molonas y encantadoras que lleva aros verde lima en las orejas y Doc Martens floreadas para demostrar lo cercana e inofensiva que es.
—No me gustan los asesinatos. —Una advertencia que hasta ahora nunca me había parecido necesaria—.
Y preferiría no volver a presenciar una combustión espontánea voluntaria.
Es solo que, quitando los detalles cruentos…
—Inspiro hondo, sin saber muy bien cómo expresar la idea—.
¿Soy una psicópata por pensar que todo esto es… ? No sé…
—¿Divertido? —Lisa me mira con una chispa cómplice en los ojos, y siento cómo me inunda el alivio.
—Sí —confirmo. Noto de inmediato cómo se me destensan los hombros—.
Sé que Grant está traumatizado del todo, y tal vez yo también debería.
Y, después del mordisco, desde luego que debería tomarme un cóctel de antibióticos.
Pero, siendo sincera, durante un minuto sentí un subidón. ¿No te parece horrible?
Lisa me sonríe.
—Si eso te convierte en una psicópata, bienvenida al club. A mí me flipa este rollo. —Se levanta del sillón y se detiene; su sonrisa se torna pícara—. Además, no hay nada que haga subir la adrenalina como un ayudante atractivo, ¿eh?
Ay, que no empiece otra vez.
—Grant no es mi ayudante. Tan solo somos…, no sé, compañeros de equipo.
—Anda ya. Quien lucha es el héroe; quien piensa es el ayudante. —Abro la boca para protestar ante la insinuación de que yo no pienso, pero ella prosigue—: He visto cómo te mira cuando estáis entrenando, como si quisiera impresionarte. Es supercuqui.
—No, yo creo que es la cara que tiene y ya. Es su cara de «no quiero morir».
—Hum. —Recoge uno de los platos y, con gesto reflexivo, empieza a barrer las migajas para dejarlas caer sobre la pila con los demás—.
Yo solo te lo digo: una situación estresante, un tío atractivo…
No me sorprendería que subiera el termómetro.
Puede que resolver crímenes no sea la única diversión a tu alcance.
—Me sonríe de oreja a oreja—. Tú piénsatelo.
Y, con las mismas, la Polly Pocket de tamaño natural sale silbando de la sala.